Enseñanzas fundamentales de la Iglesia
Élder Joseph F. Merrill
Del Consejo de los Doce Apóstoles
La revelación, el sacerdocio y el testimonio del Espíritu Santo confirman la realidad de Dios y la Restauración.
Revelación • Sacerdocio • Testimonio
Hermanos, hermanas y amigos, tanto quienes escuchan aquí como en otros lugares: durante los breves minutos que se me han concedido, me propongo hablar principalmente al pueblo mormón; pero me sentiría honrado si otras personas también desearan escuchar. Resulta trillado afirmar que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días posee numerosas enseñanzas características, enseñanzas que otras iglesias no aceptan ni enseñan como nosotros lo hacemos. Algunas de ellas son esenciales y, por consiguiente, fundamentales para el mormonismo, como todos ustedes saben. Entre ellas se encuentran que José Smith recibió visiones, visitas y revelaciones divinas; que el Libro de Mormón es un volumen dado por Dios al mundo que, debido a la manera milagrosa en que salió a luz, es el libro impreso más maravilloso de la actualidad; y que el Santo Sacerdocio —la autoridad para actuar por Jesucristo y en Su nombre— fue conferido a José Smith y Oliver Cowdery mediante la imposición de manos de mensajeros celestiales: primero Juan el Bautista y, poco después, los apóstoles Pedro, Santiago y Juan. Para los miembros de nuestra Iglesia, estos son hechos reales de los cuales cientos de miles expresan ferviente testimonio, declarando, en efecto, que verdaderamente saben —no que solamente creen— que estas cosas son verdaderas. Permítanme decir, incidentalmente, que expresar testimonios de esta naturaleza es, como ustedes saben, una práctica característica entre nosotros.
TESTIMONIOS DE LOS MISIONEROS QUE REGRESAN
Desde que hace doce años comenzó la norma actual de que alguna de las Autoridades Generales entreviste a los misioneros que regresan, he entrevistado a cientos de estos jóvenes. Al interrogarlos, por lo menos el noventa y nueve por ciento de ellos declaró de manera inmediata y categórica que sabía con certeza que Dios vive y que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es Su Iglesia. ¿Decían la verdad estos jóvenes? ¿Sabían ellos, y puede alguien saber categóricamente, que Dios vive? Multitudes de personas del mundo responden que no. Sin embargo, en semejante caso, una respuesta negativa carece de valor. Lo único que puede demostrar es que el testigo no posee conocimiento. El testimonio de un solo testigo que conoce los hechos tiene mucho más peso que el testimonio de las multitudes que no los conocen.
Leemos que Jesús declaró en una ocasión:
Mi doctrina no es mía, sino de Aquel que me envió.
El que quiera hacer la voluntad de Él conocerá si la doctrina es de Dios o si yo hablo por mí mismo (Juan 7:16–17).
Además, en cierta ocasión, al dirigir una pregunta a Sus discípulos, Jesús les preguntó:
Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?
Respondió Simón Pedro y dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces, respondiendo Jesús, le dijo: Bienaventurado eres, Simón hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos (Mateo 16:15–17).
Los Santos de los Últimos Días aceptan esta enseñanza, y multitudes de ellos declaran que saben por experiencia personal que es verdadera. «Pero ¿cómo pueden saberlo?», pregunta quien duda. Quienes poseen ese conocimiento rara vez, si es que alguna vez lo hacen, afirman haber visto u oído a Dios; aunque el joven José Smith declaró que lo vio y lo escuchó (José Smith—Historia 1:17). «Entonces, ¿cómo pueden saberlo?», pregunta quien duda. La respuesta es: por el poder del Espíritu Santo, tal como lo declaró Moroni (véase Moroni 10:4–5). ¿No fue mediante el poder del Espíritu Santo que Pedro obtuvo su conocimiento? (Mateo 16:17; Hechos 4:8).
MANERAS DE OBTENER CONOCIMIENTO
Existen maneras de obtener conocimiento aparte de ver, oír o tocar. Una de ellas es mediante la mente y los sentimientos. Si una persona siente dolor, ¿acaso no sabe que lo siente? ¿Cómo lo sabe? Por medio de sus sentimientos. Si se encuentra eufórica, triste, deprimida o hambrienta, ¿no lo sabe? Gran parte de nuestro conocimiento llega por medio de nuestros sentimientos. Durante su obra de traducción del Libro de Mormón, ¿cómo sabía el profeta José Smith que una traducción específica era correcta? Mediante un «ardor» en el pecho (Doctrina y Convenios 9:8), según declaró; es decir, mediante un sentimiento de certeza absoluta.
Muchas oraciones han recibido una respuesta divina mientras quien oraba todavía permanecía de rodillas. ¿Cómo sabía esa persona que la respuesta provenía de lo alto? Por la manera en que se sentía: el sentimiento de satisfacción, de gozo, de certeza absoluta y de rectitud que acompañaba las impresiones mentales recibidas. Sin embargo, conviene que recordemos que las impresiones mentales pueden provenir de dos fuentes diferentes: una de lo alto y la otra de abajo; del Señor o de Satanás. Podemos conocer la procedencia de una impresión por la manera en que nos hace sentir. Si procede del diablo (José Smith—Historia 1:15–16), nunca se encuentra acompañada de un sentimiento de gozosa satisfacción y certeza absoluta de que es correcta, característica propia de las impresiones que provienen del Señor. Quien ora no tiene por qué ser engañado por las impresiones que llegan a su mente como respuesta a la oración. Las impresiones divinas van acompañadas de características que confirman su autenticidad.
LA VISIÓN DADA A JOSÉ SMITH
Sí, Dios vive. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres Seres personales y separados (Doctrina y Convenios 130:22), semejantes en forma, a cuya imagen fue creado el hombre (Génesis 1:27). Para que estas verdades esenciales y fundamentales, perdidas para el mundo durante siglos de enseñanzas erróneas, estuvieran nuevamente al alcance de las personas de nuestra época, fue necesaria una nueva revelación. Esta fue concedida a José Smith, de catorce años, en forma de la visión más gloriosa jamás otorgada a un hombre mortal, hasta donde indican los registros: una visión en la que el Padre y el Hijo aparecieron simultáneamente (José Smith—Historia 1:17). Fue dada a este muchacho sin instrucción, procedente de una región rural, con el propósito de «manifestar mi sabiduría por medio de las cosas débiles de la tierra» (Doctrina y Convenios 124:1); un joven a quien, tres años y medio más tarde, un mensajero celestial declaró que su nombre se tendría por bueno y por malo entre todas las naciones, tribus y lenguas (José Smith—Historia 1:33). Sí, José Smith fue llamado divinamente, una verdad de la cual testifican sinceramente sus obras y el testimonio personal de cientos de miles de sus seguidores. Juzgado únicamente por sus obras —la norma universalmente empleada para determinar la grandeza de los hombres—, José Smith presenta indudablemente un desafío para todo adulto razonable que esté interesado en su propio bienestar y felicidad y en los de sus semejantes: el desafío de estudiar cuidadosamente e investigar a fondo sus afirmaciones y enseñanzas. Personalmente, creo que incluso muchos de nuestros miembros mormones son, en mayor o menor grado, descuidados e indiferentes ante la importancia del mensaje que José Smith fue llamado a transmitir al mundo.
SATANÁS ES RESPONSABLE DE LOS PROBLEMAS DEL MUNDO
En relación con esto, quizás convenga recordar que Satanás, el diablo, a quien mencioné hace unos momentos, es un ser personal real, un hermano espiritual nuestro con un cuerpo espiritual de forma semejante al de todos los demás hombres. Se encuentra aquí sobre la tierra con una multitud de otros hijos espirituales de nuestro Padre Celestial. Él y sus huestes hacen todo lo posible por entorpecer la obra del Señor, obstaculizando a los hijos del Padre que se encuentran aquí en la vida mortal. Todos nuestros problemas, tristezas, miserias, pecados e iniquidades se remontan a Satanás, quien, por medio de sus tentaciones y maquinaciones, aleja a los hombres de los caminos de la paz, el trato justo y la vida recta, así como del amor a Dios y a sus semejantes.
Cuando viajábamos por Europa hace entre doce y quince años, con frecuencia conocíamos a personas que decían: «No existe un Dios que nos ame y de quien seamos hijos; de lo contrario, jamás habría permitido la Primera Guerra Mundial, la cual produjo sufrimiento y destrucción para millones de seres humanos». Naturalmente, la respuesta del mormonismo a esas conclusiones falsas es que, en definitiva, Satanás, y no Dios, es responsable de esos problemas. Nuestro Padre Celestial ha concedido a cada hijo que viene a la vida mortal su albedrío: la libertad de actuar como desee, la libertad de ceder ante las tentaciones y el poder de Satanás, y la libertad de rechazar a Dios y la rectitud. Los Santos de los Últimos Días comprenden bastante bien estos asuntos, pero no sucede así con muchos de sus hermanos que no son mormones. Sí, Satanás es el padre de las mentiras (Moisés 4:4), el inspirador de la iniquidad y el origen de las guerras. Hace algunos años, un importante periódico del Medio Oeste tituló su editorial principal: «Hitler, el diablo encarnado». Dios obra por medio de hombres dispuestos a obedecerle para conducir a Sus hijos mortales por las sendas de la rectitud. Del mismo modo, Satanás obra por medio de hombres dispuestos a ceder ante las tentaciones para causar problemas y destrucción a los hijos de Dios. Servir a Dios o a Satanás es una decisión que corresponde a cada persona. Sin embargo, después de conceder a cada persona su albedrío, Dios la considera responsable de la manera en que lo utilice, ya sea para el bienestar y la edificación de sus semejantes o para algo diferente.
EL PODER DE SATANÁS
En cuanto a Satanás, quizás ejerza actualmente más influencia entre los hombres que en cualquier otra época de la historia humana. Todavía no tenemos ningún tratado de paz con Alemania ni con Japón, ni parece haber alguno a la vista, aunque los enfrentamientos con esos países terminaron hace más de tres años. Durante la Primera Guerra Mundial, el Día del Armisticio llegó el 11 de noviembre. En junio del año siguiente se firmó un tratado de paz con Alemania. ¿Cuál es ahora el problema? Mi respuesta es Satanás. Creo que los líderes de ciertas naciones que participan en la elaboración de tratados se encuentran bajo el poder de Satanás. Y Satanás no desea la paz. Cuantos más problemas, enfrentamientos e iniquidad existan en el mundo, más se regocija Satanás. ¡Cuán infantiles, débiles e insensatos somos muchos de nosotros! Cedemos con mayor o menor facilidad ante nuestro destructor, tanto en asuntos que nos afectan personalmente como colectivamente. Rusia, sin embargo, es completamente atea. En todas sus escuelas públicas, desde el jardín de infancia hasta la universidad, se enseña a los niños la doctrina satánica de que Dios no existe. La «ley de la selva» gobierna en los círculos gubernamentales. ¿Cuándo entrarán en vigor en Alemania y Japón tratados de paz que se ajusten a las normas cristianas, si Rusia participa en su elaboración?
Sin embargo, no es necesario mirar al extranjero para contemplar problemas y conductas contrarias al cristianismo. Tenemos muchos en nuestros queridos Estados Unidos. Pero, ya sea en nuestro país o en el extranjero, la causa final es la misma: la influencia de Satanás. Y esa influencia se manifiesta en gran medida mediante una característica humana universal: el egoísmo. ¿No se han debido todas las grandes guerras de la historia al egoísmo, especialmente cuando este se relaciona con características semejantes, como la ambición y la codicia? La norma cristiana de conducta se encuentra expresada en el segundo gran mandamiento: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo 22:39). Si hacemos esto, necesariamente trataremos a nuestro prójimo como nos gustaría ser tratados en circunstancias semejantes. En otras palabras, observaremos la Regla de Oro (Mateo 7:12), algo tan difícil de hacer que quizás nadie logre cumplirlo plenamente. Sin embargo, esa regla expresa el ideal cristiano. Si ese ideal motivara, aunque fuera aproximadamente, a quienes elaboran los tratados internacionales, pronto existiría paz entre las naciones, el gran anhelo de la inmensa mayoría de los habitantes de todos los países.
PROBLEMAS INSPIRADOS POR EL DIABLO
Ahora bien, ¿qué vemos en nuestro propio país? Una multitud de problemas inspirados por el diablo, la mayoría de los cuales tiene sus raíces en un egoísmo excesivo y descontrolado. Este se manifiesta en los precios excesivos de los artículos de primera necesidad, las interrupciones laborales, las huelgas, los piquetes multitudinarios, los cierres patronales, los delitos, la participación en prácticas pecaminosas, los grupos de presión que presentan demandas desmedidas y los esfuerzos por obtener algo a cambio de nada, por mencionar solamente algunos. A menos que los Estados Unidos despierten ante los graves peligros de las tendencias de la época y adopten medidas para controlar y eliminar estos males, su destino como tierra de personas libres, prósperas y felices estará sellado. Esta tierra continuará siendo una «tierra escogida sobre todas las demás» (1 Nefi 2:20) —palabras pronunciadas divinamente— únicamente con la condición de que sus habitantes vivan con rectitud.
Los Santos de los Últimos Días advertirán que no he dicho nada nuevo, nada que ellos no sepan ya. Sin embargo, mi propósito al decir estas cosas es dirigir nuevamente nuestra atención hacia ellas. En obediencia a la voluntad divina que se nos ha dado mediante revelación, participamos semanalmente de los emblemas de la Santa Cena como recordatorio y para renovar nuestros convenios. El Señor sabe que somos muy propensos a olvidar; sabe que necesitamos recordatorios frecuentes.
SE NECESITA EL ARREPENTIMIENTO
Hermanos y hermanas, miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, necesitamos arrepentirnos de las prácticas pecaminosas del mundo en las cuales muchos de nosotros participamos en mayor o menor grado. Necesitamos colocar nuestros deseos y prácticas egoístas dentro de los límites establecidos por la Regla de Oro. Necesitamos cultivar la humildad y orar con mayor sinceridad, especialmente dentro de nuestros círculos familiares. Necesitamos mantener más vívidamente en nuestra mente los mandamientos del Señor y aumentar con mayor determinación nuestros esfuerzos por gobernar nuestra vida de acuerdo con ellos; es decir, poner en práctica estos mandamientos en nuestra vida cotidiana.
Cada uno de nosotros ejerce cierta influencia sobre quienes nos ven y saben cómo actuamos y cómo vivimos. Puesto que se espera que todos seamos misioneros y enseñemos el evangelio de Cristo nuestro Señor a todo el mundo, debemos recordar que, a largo plazo, la manera más eficaz en que la mayoría de nosotros puede hacerlo es mediante el ejemplo. Todos conocemos el antiguo dicho: «Preferiría ver un sermón antes que escucharlo», una actitud muy natural. Junto con el apóstol Santiago, enseñamos que la fe sin obras está muerta (Santiago 2:26) y que, durante el gran día del juicio, seremos juzgados de acuerdo con nuestras obras (Apocalipsis 20:12).
LA OBSERVANCIA DEL DÍA DE REPOSO
En relación con esto, permítanme mencionar el cuarto mandamiento, que nos manda santificar el día de reposo (Éxodo 20:8), un mandamiento que multitudes de personas quebrantan con mucha frecuencia, incluso algunos de nuestros propios miembros. Lo que hagan quienes no pertenecen a la Iglesia para quebrantar este día santo no nos justifica en lo más mínimo para actuar de la misma manera. No podemos asistir al cine, a encuentros deportivos ni a otras clases de espectáculos comerciales. No podemos salir a cazar, pescar o jugar al golf durante el día de reposo sin quebrantar su santidad. Esta es una doctrina del evangelio de Jesucristo tal como nosotros la interpretamos, a pesar de las enseñanzas contrarias de algunas personas que profesan ser cristianas. El Señor ha hablado en nuestros días acerca de este tema.
He mencionado algunas enseñanzas características de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Además de ellas, poseemos algunas enseñanzas que constituyen el fundamento de toda vida cristiana aceptable. Algunas se indican en el decimotercer Artículo de Fe:
Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer el bien a todos los hombres… (Artículos de Fe 1:13).
Hermanos y hermanas, Dios se ha manifestado nuevamente y ha hablado al hombre en la época moderna. Él es un Ser personal, a cuya imagen nosotros, Sus hijos, fuimos creados tanto en el espíritu como en la carne. Esta es Su Iglesia, la única sobre la tierra que Él reconoce como propia; una verdad que declaramos, no con jactancia, sino con humildad y con profunda gratitud porque se nos han dado ojos para ver, oídos para escuchar, corazones para sentir y mentes para comprender.
Que Dios nos ayude a todos a aceptar estas verdades y a continuar siendo leales y fieles a ellas; lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.


























