«Y daréis testimonio»
Élder Marion G. Romney
Ayudante del Consejo de los Doce Apóstoles
El Evangelio transforma el corazón, produce paz y rectitud, y debe ser proclamado como la solución para los problemas del mundo.
Conversión • Testimonio • Paz
Quisiera pedir a cada uno de ustedes que eleve una oración en silencio a su favor para que, mientras hablo, puedan disfrutar del Espíritu Santo y para que yo también pueda disfrutarlo, a fin de que todos seamos edificados (Doctrina y Convenios 50:21–22).
Al igual que algunos de los demás hermanos, acabo de regresar de visitar una de las misiones, la Misión Canadiense. El presidente Eyre, con el competente apoyo de su buena esposa, realiza una excelente obra. Mientras me encontraba allí, tuve la impresión que, según creo, podría tener alguien que observara un gran experimento, un experimento mediante el cual se determinaba lo que el poder del evangelio de Jesucristo puede hacer para transformar la vida de hombres y mujeres. Las experiencias de aquella visita todavía ocupan mi mente.
PRIMEROS ESFUERZOS MISIONALES EN CANADÁ
Recordé algunos de los acontecimientos que tuvieron lugar durante los primeros años del establecimiento de este reino en los últimos días. El profeta José Smith, junto con Sidney Rigdon, estuvo en Brantford, Ontario, en 1833. Fueron allí después de recibir la revelación que conocemos como la sección 100 de Doctrina y Convenios, en la cual el Señor les manifestó gran misericordia y consideración al informarles que sus familias se encontraban bien (Doctrina y Convenios 100:1). Habían estado separados de sus familias durante algún tiempo y se encontraban preocupados por ellas. Mientras estuvieron en Canadá, experimentaron el cumplimiento de la promesa que el Señor les había hecho en aquella revelación: que se les abriría una puerta eficaz en las regiones circunvecinas (Doctrina y Convenios 100:3). En Mount Pleasant y Brantford, entre dieciséis y dieciocho personas se unieron a la Iglesia. Allí se cumplió la promesa de que el Espíritu Santo daría testimonio de la veracidad de lo que dijeran los hermanos (Doctrina y Convenios 100:8).
Con respecto a una reunión, el Profeta dijo:
El élder Rigdon predicó ante una gran congregación… y yo di testimonio, mientras el Señor derramaba Su Espíritu de una manera extraordinaria.
El Profeta manifestó hacia las personas los mismos sentimientos de bondad que el Señor había demostrado hacia él y Sidney Rigdon. En su diario escribió acerca de ellas comentarios como: «Las personas eran muy sensibles y deseaban aprender». Y también: «Oh Dios, sella nuestro testimonio en sus corazones».
Todos ustedes conocen el hecho de que, en 1836, Parley P. Pratt viajó a Canadá después de una gran profecía pronunciada por Heber C. Kimball, en la cual se indicó a Parley P. Pratt que fuera a Toronto. Se le dijo que allí encontraría personas que lo esperaban y que recibirían el Evangelio, y que desde ese lugar el Evangelio se extendería hasta Inglaterra, donde se llevaría a cabo una gran obra. Ustedes saben cómo encontró al presidente John Taylor, a los Fielding y a otras personas, y cómo la correspondencia que salió de aquel lugar preparó el terreno para la apertura de la gran Misión Británica.
En agosto del año siguiente, 1837, el profeta José Smith, acompañado por Sidney Rigdon y Thomas B. Marsh, quien entonces era Presidente de los Doce Apóstoles, visitó Toronto. Viajaron en carruaje y celebraron reuniones nocturnas a la luz de las velas mientras visitaban las iglesias. El élder Taylor los acompañó. «Aquello fue uno de los mayores privilegios que jamás disfruté», dijo. «Tuve diariamente la oportunidad de conversar con ellos, escuchar sus instrucciones y participar de los abundantes tesoros de inteligencia que fluían continuamente del profeta José».
ESPIRITUALIDAD OBSERVADA EN LA MISIÓN CANADIENSE
Mientras viajábamos por la misión, me pareció que el espíritu que acompañó a aquellos primeros hermanos durante sus labores misionales todavía podía encontrarse entre los habitantes de aquella hermosa tierra.
Podíamos sentirlo entre los misioneros cuando estrechábamos sus manos, conversábamos con ellos y escuchábamos sus informes. El poder del Evangelio que obra sobre ellos está efectuando una transformación maravillosa en su vida. Durante las reuniones misionales expresaron testimonios elocuentes acerca de la veracidad del evangelio de Jesucristo y de su restauración mediante el profeta José Smith. Sus ojos se llenaban de lágrimas al expresar su gratitud a su Padre Celestial, a ustedes, sus padres, y a otros seres queridos que hacen posible que cumplan sus misiones.
Resultaba inspirador contemplar a estos jóvenes misioneros —quienes pocos meses antes eran, en gran medida, muchachos y jovencitas despreocupados e irresponsables— vigilando las puertas de los centros de reuniones a medida que se acercaba la hora de comenzar. Cuando llegaban sus contactos, los reunían, los acompañaban como pastores hasta los asientos cercanos a la parte delantera y, con orgullo y ternura, se sentaban entre ellos.
En cada una de las reuniones generales de las conferencias asistieron entre siete y veinte amigos de los misioneros que no pertenecían a la Iglesia y estaban interesados en el Evangelio. Algunos viajaron hasta quinientos kilómetros para asistir a la reunión —por supuesto, algunos santos recorrieron distancias mucho mayores—, y todos dijeron que había valido la pena. Así como el Evangelio ha influido en la vida de los misioneros que participan en esta gran obra, también ha influido en la vida de los miembros y de los investigadores. Cuando aceptan verdaderamente el evangelio de Jesucristo, adquieren una perspectiva completamente nueva de la vida.
Después de las reuniones se muestran reacios a abandonar el lugar. Permanecen allí durante mucho tiempo. Naturalmente, esa es una característica de todas las reuniones de los Santos de los Últimos Días. Después de que uno de los visitantes que no pertenecía a la Iglesia había permanecido allí durante una hora, conversé con él y me dijo: «Bien, desde que terminó la reunión he estrechado cuatro veces la mano de aquel joven misionero que está allí. Y», añadió, «lo he disfrutado cada vez».
Permítanme decir nuevamente que el efecto que ha producido el evangelio de Jesucristo en estos misioneros, miembros e investigadores sinceros constituye una prueba indiscutible de su poder para transformar los intereses y la vida misma de hombres y mujeres. Siempre ha sido así.
LA EXPERIENCIA DE ENÓS
Recuerdo la experiencia de Enós, nieto de Lehi, quien anhelaba en su corazón conocer la veracidad de las cosas acerca de las cuales había escuchado hablar a su padre Jacob. Mientras cazaba animales en el bosque, se arrodilló sobre la tierra y clamó a su Padre Celestial con poderosa oración y súplica. Mientras oraba, escuchó una voz que le dijo:
…Enós, tus pecados te son perdonados y serás bendecido. Y él exclamó: Señor, ¿cómo se lleva esto a efecto? Entonces el Señor dijo:
…Por tu fe en Cristo, a quien nunca jamás has oído ni visto… por tanto, ve, tu fe te ha salvado (Enós 1:5, 7–8).
El efecto que aquel testimonio de la verdad y aquel conocimiento del Evangelio produjo en Enós se manifiesta en el siguiente párrafo, donde dijo:
Ahora bien, aconteció que cuando hube oído estas palabras, empecé a anhelar el bienestar de mis hermanos, los nefitas; por tanto, derramé toda mi alma a Dios por ellos (Enós 1:9).
Su corazón no solamente cambió hasta el punto de desear el bienestar de los nefitas, quienes eran sus hermanos, sino que también sintió un deseo semejante por los lamanitas (Enós 1:11), quienes eran sus enemigos, y derramó su alma a Dios por ellos.
EL EVANGELIO PRODUCE CAMBIOS
En los capítulos 23 y 24 de Alma encontramos un relato extraordinario acerca del poder del Evangelio para transformar casi a una nación entera, convirtiendo a un pueblo sediento de sangre, ocioso y guerrero en uno trabajador y amante de la paz. Acerca de estas personas, el registro dice que miles fueron llevados al conocimiento del Señor y que cuantos llegaron al conocimiento de la verdad nunca se desviaron (Alma 23:5–6).
Porque se convirtieron en un pueblo justo; abandonaron las armas de su rebelión, de modo que no combatieron más contra Dios ni contra ninguno de sus hermanos (Alma 23:7).
Y: …entre todo el pueblo que se había convertido al Señor no hubo una sola alma que quisiera tomar las armas contra sus hermanos… ni siquiera hicieron preparativos para la guerra (Alma 24:6).
Por el contrario, dieron gracias a Dios porque les había concedido una porción de Su Espíritu para ablandar sus corazones.
Este es el gran mensaje que deseo dejar aquí: este Evangelio ablanda los corazones de las personas que lo reciben.
El registro continúa: …y esto hicieron, prometiendo y haciendo convenio con Dios de que, antes que derramar la sangre de sus hermanos, ellos darían sus propias vidas; y antes que quitarle a un hermano, ellos le darían; y antes que pasar sus días en la ociosidad, trabajarían abundantemente con sus manos (Alma 24:18).
Y: …enterraron las armas de guerra en bien de la paz (Alma 24:19).
Esta extraordinaria transformación realizada en el corazón de aquellos miles de personas se produjo durante un periodo muy breve bajo la influencia y el poder del evangelio de Jesucristo. En la actualidad haría lo mismo por todos los pueblos de la tierra si tan solo lo recibieran, porque verdaderamente es, como dijo Pablo, «poder de Dios para salvación» (Romanos 1:16), no solamente espiritual, sino también temporal, política y de cualquier otra naturaleza.
Es una luz maravillosa que aún resplandece en medio de las tinieblas de este mundo oscurecido; pero, lamentablemente, como dijo Juan: …la luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron (Juan 1:5).
CONSECUENCIAS DEL RECHAZO
Una y otra vez, a lo largo de la historia de la permanencia del hombre sobre esta tierra, el Señor ha enviado Su Evangelio —esta luz maravillosa— al mundo para transformar el corazón de los hombres durante épocas de crisis, a fin de que pudieran ser salvados de la destrucción; pero, una y otra vez, los pueblos de esta tierra lo han rechazado.
Así como aceptar el Evangelio transforma el corazón de hombres y mujeres y produce rectitud, amor, paz y felicidad, rechazar el evangelio de Jesucristo produce iniquidad, odio, guerra y sufrimiento. La historia establece claramente que el mensaje del evangelio de Jesucristo no puede rechazarse impunemente.
En cuanto a este asunto, recuerdo y les pido que consideremos durante unos momentos las experiencias de los judíos durante el meridiano de los tiempos. El Salvador se presentó ante ellos y les enseñó personalmente Su Evangelio; pero lo rechazaron. Cerca del final de Su ministerio, sabiendo que lo habían rechazado tanto a Él como al Evangelio que les había enseñado, fue conmovido por una profunda tristeza y pronunció aquel conocido y gran lamento:
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que son enviados a ti! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!
Como consecuencia de este rechazo, dijo:
He aquí, vuestra casa os es dejada desierta. Porque os digo que desde ahora no me veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor (Mateo 23:37–39).
El élder James E. Talmage dice que probablemente pronunció estas fatídicas palabras mientras se encontraba por última vez en lo alto del templo, contemplando la ciudad del gran Rey. Este pensamiento pareció continuar con Él porque, poco después, mientras abandonaba por última vez los alrededores del templo, los Apóstoles se acercaron y dirigieron Su atención hacia la belleza del templo y de los edificios situados en ese lugar. Su única respuesta fue: …De cierto os digo que no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derribada (Mateo 24:2).
Regresó nuevamente a este asunto mientras se dirigía al Gólgota, cuando dijo a ciertas mujeres que lo seguían y lamentaban el destino que le esperaba: …Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas y por vuestros hijos (Lucas 23:28).
Después les describió los terribles acontecimientos que acompañarían la destrucción de Jerusalén, la cual sabía que ocurriría como consecuencia del rechazo de Su mensaje por parte de las personas de aquella época. Les dijo que aquellos tiempos y acontecimientos serían tan terribles que pedirían a las montañas que cayeran sobre ellas y a las colinas que las cubrieran (Lucas 23:30).
Todos ustedes conocen lo que sucedió después: cómo los judíos llevaron a cabo su terrible conspiración y crucificaron al Hijo de Dios, y cómo posteriormente continuaron luchando contra Su Evangelio. También recuerdan el precio que pagaron: cómo en el año 70 d. C. la ciudad cayó en manos de los romanos como culminación de un asedio durante el cual, según nos dice el historiador Josefo, murieron un millón cien mil personas, y… …decenas de miles fueron llevados cautivos para posteriormente ser vendidos como esclavos, despedazados por fieras o asesinados en combates de gladiadores para divertir a los espectadores romanos.
Toda aquella destrucción y la dispersión de los judíos se habrían evitado si el pueblo hubiera aceptado el evangelio de Jesucristo y permitido que este transformara su corazón.
LA DECISIÓN QUE AFRONTA EL MUNDO ACTUAL
En la actualidad, los pueblos de la tierra se encuentran en la misma encrucijada que afrontaron los judíos durante los días de Jesús. Tienen ante sí la misma decisión. Pueden aceptar el evangelio de Jesucristo y avanzar hacia la rectitud, la paz, el amor y la felicidad, o pueden rechazarlo y sufrir la iniquidad, el odio, la guerra y la destrucción.
El Señor, en Su gran misericordia, contempló anticipadamente los acontecimientos de nuestra época, hizo sonar la advertencia y ofreció la vía de escape. Recuerden que en la primera sección de Doctrina y Convenios dijo: …yo, el Señor, sabiendo las calamidades que sobrevendrían a los habitantes de la tierra, llamé a mi siervo José Smith, hijo, y le hablé desde los cielos y le di mandamientos; y también les di mandamientos a otros para que proclamasen estas cosas al mundo (Doctrina y Convenios 1:17–18).
Al instruir a Sus siervos acerca de lo que debían proclamar al mundo, dijo: …saldréis con el poder de mi Espíritu, de dos en dos, predicando mi Evangelio… …tal como lo estamos haciendo. …en mi nombre, alzando vuestras voces como con el son de trompeta, declarando mi palabra cual ángeles de Dios.
Y saldréis bautizando en el agua, diciendo: Arrepentíos, arrepentíos, porque el reino de los cielos se acerca (Doctrina y Convenios 42:6–7). …y daréis testimonio de mí, sí, Jesucristo, de que soy el Hijo del Dios viviente, que era, que soy y que he de venir (Doctrina y Convenios 68:6).
Esta declaración de que Jesús es el Hijo del Dios viviente, de que Él era, es y ha de venir constituye, según creo, el núcleo del evangelio de Jesucristo. Un testimonio de su veracidad constituye el único motivo que he podido encontrar con la suficiente fuerza para transformar el corazón de los hombres y llevarlo del odio y la iniquidad a la paz y la rectitud. Según las palabras del Señor, rechazar ese mensaje traerá azotes…
…hasta que quede vacía la tierra, y sus habitantes sean consumidos y enteramente destruidos por el resplandor de mi venida.
Al continuar con esta revelación moderna, el Señor se refiere a aquella experiencia de Jerusalén que les he relatado:
He aquí, os digo estas cosas, así como también hablé al pueblo de la destrucción de Jerusalén; y mi palabra se verificará en esta ocasión como hasta ahora se ha verificado (Doctrina y Convenios 5:19–20).
Ahora bien, mis amados hermanos y hermanas, para concluir, doy testimonio de que el evangelio de Jesucristo, restaurado sobre la tierra en estos últimos días mediante el profeta José Smith, tiene el propósito de ser —y verdaderamente es— la clave para resolver los problemas que afronta nuestro mundo actual, tanto individual como colectivamente. Que quienes lo hemos aceptado y declarado nuestra lealtad hacia él lo mantengamos brillando intensamente en nuestra propia vida y ante las naciones del mundo; y que una cantidad suficiente de los demás hijos de nuestro Padre lo reciba antes de que sea demasiado tarde, para que el mundo pueda ser salvado de la destrucción; lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.


























