Conferencia General Octubre de 1948

Lo que el Señor ha hecho

Presidente George Albert Smith

El crecimiento de la Iglesia, la obra misional y sus bendiciones manifiestan la dirección y el poder del Señor.
Restauración • Gratitud • Obediencia


Aprecio el hecho de que haya muchas personas que vienen a este recinto de vez en cuando y que no comprenden la bendición que una reunión de esta naturaleza significa para quienes asisten. Como el primer orador de esta mañana, y para beneficio de la audiencia de la radio, diré: George Albert Smith, Presidente de la Iglesia, hablará ahora.

CONFERENCIA DE LA SOCIEDAD DE SOCORRO

Les declaro que en ninguna otra parte del mundo pueden encontrar una reunión comparable con esta. Hemos tenido dos días de reuniones en esta manzana. Este recinto ha estado lleno de mujeres de la Sociedad de Socorro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, reunidas aquí en representación de las estacas y misiones de la Iglesia. Ellas representan la organización religiosa de mujeres más antigua del mundo. No vinieron en un viaje turístico, sino para adorar y recibir instrucción. Vinieron aquí, a la casa del Señor, sabiendo que, si se reunían en las condiciones apropiadas, serían bendecidas. Sus dos días de convivencia y regocijo han preparado el camino para esta otra gran conferencia general.

Esta conferencia continuará durante tres días, y durante ese tiempo sería sorprendente que no estuvieran ocupados todos los asientos del edificio y que no hubiera personas de pie. Además, el Salón de Asambleas, que ha sido equipado con transmisión por radio, dará cabida, en la medida de lo posible, a quienes no puedan entrar; y muchas personas también podrán disfrutar al aire libre, escuchando desde el exterior el programa amplificado.

Al entrar esta mañana y contemplar esta maravillosa audiencia, estas hermosas flores y a nuestras hermanas aquí, representantes de una gran organización, las Madres Cantoras, sentí humildad en mi alma y gratitud hacia mi Padre Celestial porque me es posible reunirme hoy con ustedes. Cuando pensamos en los disturbios que hay en el mundo y en la incertidumbre que existe en la mente de las personas de todas partes respecto a lo que pueda suceder, nos sentimos agradecidos de poder entrar en la casa del Señor, como lo hacemos esta mañana; una casa que le fue dedicada en los días de pobreza de nuestro pueblo, una casa reconocida como excepcional entre todos los lugares de adoración del mundo. Desde este Tabernáculo se transmite cada día de reposo un programa a todos los estados de la Unión Americana y a muchas regiones de otros países del mundo; una transmisión de música religiosa y un breve sermón. En ninguna otra parte puede encontrarse algo comparable con este programa. Estos cantantes vienen voluntariamente cada domingo para presentar estos programas.

SERVICIO DEL CORO DEL TABERNÁCULO

Durante veinte años, este gran coro ha prestado servicio para el deleite y la edificación espiritual de cientos de miles, sí, de millones de personas, por medio de la radio; y el coro mismo no recibe remuneración alguna. Cuando se construyó este órgano, era uno de los grandes órganos del mundo y todavía lo es, y ha sido escuchado en muchas tierras. Personalmente he tenido el placer de escucharlo, junto con el coro, mientras visitaba las misiones de los Mares del Sur y otros lugares. Ellos dedican su tiempo cada domingo a cantar alabanzas a nuestro Padre Celestial, haciendo que Sus hijos de todas partes se regocijen.

Aquí, en Salt Lake City, un gran porcentaje de la población no pertenece a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días; sin embargo, miles de ellos escuchan este programa y parecen complacerse en decirnos que sienten que constituye una rica fuente de edificación espiritual para ellos.

LA OBRA MISIONAL

Esta mañana tenemos a más de cinco mil misioneros distribuidos por todo el mundo. ¿Con qué propósito? «Seguramente», como me dijo un ministro religioso en Inglaterra hace muchos años, «no desean que vengan aquí a predicar; tenemos todas las iglesias que podemos llenar». Y añadió: «Tenemos todos los predicadores que podemos permitirnos pagar. ¿Por qué vienen aquí?».

Y mi respuesta fue: «Hermano mío, estamos aquí sin recibir remuneración económica para compartir el evangelio de Jesucristo con las maravillosas personas que habitan esta parte del mundo».

Él preguntó: «¿Por qué no van a predicar a los paganos, como lo hacemos nosotros?». Y yo respondí: «Lo hacemos». Preguntó: «¿Adónde van?». Y le dije: «Venimos precisamente aquí».

Él pareció un tanto molesto, y le dije: «Ahora bien, no se inquiete, hermano mío. Esto no pretende ser una ofensa en absoluto. No hay personas mejores en el mundo que las que tienen aquí; pero, después de todo, ¿qué es un pagano?».

Con cierta vacilación, respondió: «Bueno, un pagano es un hombre que no cree en el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, ni en Jesucristo».

Le dije: «¿Tienen personas así aquí, en Gran Bretaña?». Él inclinó la cabeza y dijo: «Sí, lamento decir que las tenemos». Entonces le dije: «Seguramente no se quejará de nosotros si venimos aquí para ayudarles a convertirlas. Ustedes no han podido hacerlo y por eso estamos aquí. Queremos que todas ellas comprendan el evangelio de Jesucristo».

Hoy nuestros cinco mil misioneros se encuentran distribuidos por toda la faz de la tierra, pagando sus propios gastos o recibiendo el sustento de sus seres queridos en casa. El único propósito de ese gran esfuerzo misional es que todos sus hermanos y hermanas, y los míos, todos los hijos de nuestro Padre Celestial, lleguen a conocer el propósito de la vida y reciban entendimiento de lo que significa nacer en este mundo y saber que estamos viviendo vidas eternas. ¡El mundo entero es un maravilloso campo misional para esta gran Iglesia! Hay algunas naciones en las que no hemos podido efectuar la obra misional, pero el Señor, a Su propia manera, proporcionará los medios para llevarla a cabo. Y, por supuesto, muchas personas escuchan el evangelio de Jesucristo por medio de la radio, quienes de otro modo no lo escucharían.

CENTRO DE LA ACTIVIDAD MISIONAL

Al hablar del campo misional, a veces me pregunto si comprendemos que Salt Lake City es el centro de nuestra gran actividad misional. A mi juicio, no hay otra ciudad en el mundo que sea más conocida que esta debido al templo, al Tabernáculo y al gran órgano y coro, que han transmitido sus programas cada domingo durante casi veinte años. Salt Lake City es una de las ciudades más hermosas del mundo.

Me pregunto si algunos de ustedes comprenden las horas, los días y los meses que dedican sus hermanos, bajo la dirección del presidente Irvin T. Nelson, de la Estaca Big Cottonwood, a embellecer los jardines, hacer florecer las plantas, mantener hermosos los arbustos y conservar verdes los prados. Quisiera que esos hermanos que realizan tan excelente labor supieran que muchos de nosotros la apreciamos profundamente. Ellos ayudan a que las personas que vienen aquí se interesen en el evangelio de Jesucristo, y muchas de ellas dicen: «Nunca habíamos visto algo semejante en ningún otro lugar»; y luego se marchan y se lo cuentan a sus vecinos y amigos.

Dondequiera que voy, esto parece estar en la mente de muchas personas, quienes dicen: «Algún día iré a Salt Lake City. Quiero ir allá y ver lo que ustedes han logrado en el desierto». No lo hemos hecho todo nosotros, hermanos y hermanas. Esta es la Iglesia del Señor. Él le dio el nombre de Su Hijo Amado (Doctrina y Convenios 115:4). Él dirigió a los pioneros para que vinieran aquí. No los envió a otro lugar y, bajo Su guía y Su inspiración, el pueblo ha vivido aquí y, con Su bendición, la tierra se ha vuelto fructífera. No hay en todo el mundo un lugar más hermoso, ocupado como hogar por los hijos y las hijas de nuestro Padre Celestial, que la región del país en la que ustedes viven. Ciertamente debemos estar agradecidos.

En cuanto a la obra misional, piensen en enviar a más de cinco mil personas por el mundo para enseñar el evangelio de Jesucristo a personas que creen que ya lo poseen. Sin embargo, cuando comparan lo que el Señor ha revelado en estos últimos días con lo que ya poseen, descubren que fueron necesarias las revelaciones del Señor al profeta José Smith en nuestros días para hacer que la Biblia, el Antiguo y el Nuevo Testamento, resultara clara para ellas.

CONVERSIÓN MEDIANTE EL LIBRO DE MORMÓN

Recuerdo que, hace muchos años, cuando me encontraba en California, conocí a un hombre llamado Robert Hill, quien era un destacado geólogo. Mientras trabajaba en investigaciones en México y Centroamérica para el Instituto Smithsoniano o Museo Nacional, llegó a sus manos un ejemplar del Libro de Mormón y lo leyó. Trabajaba bajo la dirección del departamento de Washington, donde reúnen toda clase de objetos curiosos procedentes de las diversas regiones del país. Se encontraba allí como empleado del Gobierno. Supongo que gran parte de ese material puede encontrarse en el Museo Nacional.

Cuando leyó el Libro de Mormón, solicitó un permiso para ausentarse. Vino a Salt Lake City y preguntó por alguien que pudiera explicarle el origen del Libro de Mormón, pues dijo: «Este libro explica algunas cosas que los científicos no pueden armonizar». El doctor James E. Talmage se encargó de él y le explicó el origen del Libro de Mormón, cómo había sido revelado y cómo el pueblo había llegado hasta aquí bajo la dirección de nuestro Padre Celestial y había edificado esta región. Antes de marcharse, Robert Hill dijo: «Esto es lo que he estado buscando», y fue bautizado y llegó a ser miembro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Regresó a México y más tarde lo vi en Los Ángeles. Cuando le pregunté qué efecto había tenido el Libro de Mormón en su vida, respondió: «Hermano Smith, me permitió comprender la Biblia como nunca antes la había comprendido».

Se han distribuido cientos de miles de folletos y libros que enseñan el evangelio de Jesucristo, cuyo costo ha sido sufragado por la Iglesia y sus miembros, a fin de que otras personas puedan disfrutar de lo que nosotros disfrutamos.

Nada enriquece tanto nuestra vida como la comprensión de los propósitos de la existencia y la capacidad de vivir el evangelio de Jesucristo. Toda felicidad digna de ese nombre llega a nosotros cuando observamos las enseñanzas de nuestro Señor y vivimos de tal manera que seamos dignos de ser Sus hijos y Sus hijas.

VISITANTES DE LA MANZANA DEL TEMPLO

Desde que entré en este edificio esta mañana, he preguntado cuántos visitantes llegan a esta manzana cada año. Yo había supuesto que el año pasado fue el mejor que hemos tenido, debido a la cantidad de personas que vinieron durante nuestra celebración; pero tengo entendido que, en lo que va de este año y hasta el día de hoy, 840.662 hijos de nuestro Padre Celestial, hermanos y hermanas de ustedes y míos, han venido a esta manzana para ver y conocer lo que el Señor ha hecho. Considero que esto es maravilloso. Por eso, esta mañana, al estar aquí en su presencia, me siento agradecido de pertenecer a la misma organización a la que ustedes pertenecen; agradecido de que todas las cosas buenas de las que disfruta el mundo, todo lo que es verdadero, sano, edificante y educativo, pueda ser disfrutado por los miembros de esta Iglesia sin que tengan que renunciar a una sola cosa.

Cuando muchas personas me han preguntado: «¿Qué tiene esa organización a la que usted pertenece? ¿Qué es eso que tanto les interesa, que envían a sus misioneros por todo el mundo?», en ocasiones les he respondido: «Queremos que todos ustedes sean felices. Queremos que todos se regocijen como nosotros nos regocijamos. Después de un tiempo tendremos que comparecer ante nuestro registro y, si hemos sido fieles, estoy seguro de que el Padre de todos nosotros nos agradecerá y nos bendecirá por haber llevado a tantos de Sus hijos e hijas a comprender el propósito de la vida y la manera de disfrutarla bajo la influencia de Su Espíritu».

LA OBEDIENCIA TRAE BENDICIONES

Es glorioso vivir en esta parte del mundo. Podría decir que es glorioso vivir en esta época del mundo, a pesar del dolor, la angustia y la incertidumbre que existen. Hemos recibido la seguridad de que nuestro Padre Celestial está pendiente de nosotros si somos fieles. No tenemos ninguna promesa de que cuidará de nosotros bajo otras condiciones; pero Él ha dicho que, si lo honramos y guardamos Sus mandamientos, velará por nosotros, nos protegerá y nos bendecirá (Mosíah 2:22, 41). Pienso en aquella hermosa audiencia que vi aquí ayer, integrada por todas nuestras hermanas, y ahora, esta mañana, hay una gran audiencia mixta, aparentemente compuesta en su mayoría por hombres. Sin embargo, no somos más que una pequeña parte de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días que se ha identificado con la Iglesia del Cordero de Dios desde el año 1830. Es maravilloso, mis hermanos y hermanas, lo que el Señor ha hecho; y Él es quien lo ha hecho.

INSPIRACIÓN DE LA CONFERENCIA GENERAL

Hoy y durante los próximos días tendremos el placer de escuchar a muchas de las personas que dedican su tiempo a enseñar el evangelio de Jesucristo. Tenemos aquí personas procedentes de casi todas las regiones de la Iglesia alrededor del mundo. Muchas han recorrido grandes distancias, no para escuchar hablar a los hombres, sino para sentir la inspiración del Todopoderoso a medida que fluye hacia quienes son llamados a dirigirnos la palabra, tocar para nosotros y cantar para nosotros en esta maravillosa casa del Señor.

Sé que Dios vive. Sé que Jesús es el Cristo. Y estoy agradecido de saber que todos somos hermanos y hermanas; agradecido de que Él nos conceda a todos oportunidades para ordenar nuestra vida aquí, de tal manera que, cuando termine la vida mortal y concluyamos nuestra obra, moremos en Su presencia y disfrutemos para siempre de la compañía de aquellos a quienes amamos. ¿No debería eso hacernos sentir que nuestros hogares deben ser la morada del Espíritu del Señor? ¿No debería hacer que cada uno de nosotros sintiera que, cuando sabemos lo que el Señor nos ha aconsejado hacer, eso es lo mejor para nosotros y que haremos lo que Él desea que hagamos? Quiero decir que las personas más felices de todo el mundo son aquellas que obedecen el consejo de nuestro Padre Celestial.

Ruego que Su Espíritu permanezca con nosotros. Ruego que, cuando hayamos concluido esta conferencia, podamos marcharnos sintiendo que hemos esperado en nuestro Padre Celestial y que no lo hemos hecho en vano. Regresaremos a nuestros hogares compartiendo lo que hemos disfrutado aquí con quienes no pudieron venir, y volveremos a nuestras familias con una determinación renovada de guardar los mandamientos de Dios y de ordenar nuestra vida de tal manera que nuestros hogares sean la morada de Su Espíritu, el cual nos guiará a toda la verdad (Juan 16:13). Que el Señor añada Sus bendiciones y que Su paz nos acompañe durante esta conferencia; lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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