Hambre en medio de la abundancia
Élder John A. Widtsoe
Del Consejo de los Doce Apóstoles
La abundancia material no satisface el alma; solamente el regreso a las leyes espirituales de Dios puede traer felicidad y paz.
Hambre espiritual • Rectitud • Paz
Amigos de La Iglesia en la radio:
Nuestra generación ha obtenido un dominio extraordinario sobre las cosas y las fuerzas que la rodean. La materia y la energía se han convertido en servidores sumisos del hombre. Su dominio sobre el universo físico ha alcanzado alturas que superan los sueños de épocas anteriores. Todas las comodidades y ayudas materiales imaginables, incluida la conquista de la mayoría de las enfermedades, parecen encontrarse al alcance del hombre. El hombre se ha convertido en un gigante conquistador. Comparadas con nuestro lujoso mundo actual, las utopías del pasado y los sueños de lugares ideales eran insignificantes en cuanto a comodidades materiales.
HAMBRE EN MEDIO DE LA ABUNDANCIA
Sin embargo, en medio de tanta abundancia existe hambre, un hambre mundial que oprime: hambre de felicidad sencilla que culmine en la paz. La naturaleza del hombre no queda satisfecha con la multiplicidad de inventos de nuestra era mecánica y científica. El temor y la infelicidad están convirtiéndose en los amos del mundo. Los mismos descubrimientos que han hecho posibles las comodidades físicas del mundo, utilizados de manera perversa, han producido instrumentos de destrucción indescriptiblemente horribles. La paz ha sido reemplazada por la guerra, sangrienta y brutal; y cada día aparecen nubes de guerra en el horizonte. Como resultado, el temor —el principal instrumento de tortura del mal— recorre los salones del Gobierno, permanece ante las puertas de los hogares y desgarra todo corazón humano. El mañana ya no constituye una esperanza; se ha convertido en una amenaza. El mundo está enfermo.
No se necesita ser sabio ni «estadista veterano» de la Iglesia o del Gobierno para explicar por qué existe esta situación. Los extraordinarios dones de nuestra época son solamente materiales. Estas dádivas físicas no producen felicidad; únicamente contribuyen a nuestra comodidad. Los dones materiales, empleados a lo largo de los siglos con la esperanza de satisfacer el hambre del hombre, siempre han resultado insuficientes. Si la verdadera felicidad pudiera encontrarse en las cosas materiales, el gozo de la humanidad debería superar actualmente todo lo conocido anteriormente.
LA CURA PARA EL DILEMA DEL MUNDO
Para curar la enfermedad actual del mundo, debemos acudir en busca de ayuda al dominio más amplio del cual el mundo material no es más que un débil reflejo. Del mundo invisible procede un conjunto de leyes, las llamadas leyes morales, entre ellas los Diez Mandamientos (Éxodo 20:3–17) y las Bienaventuranzas (Mateo 5:3–11). Estas leyes son tan reales y comprensibles como cualquier ley física. Si se coloca un cable que transporta corriente eléctrica sobre la brújula de un marinero, la aguja gira bruscamente hacia un lado y permanece allí. Del mismo modo, la obediencia a cualquiera de las leyes morales determinará y mantendrá las acciones del hombre bajo esa ley. Aceptar o rechazar estas leyes morales o espirituales —las leyes superiores de Dios— determina verdaderamente el comportamiento y la conducta de todo ser humano. Determinan el uso que una persona hace de cualquier don. El mal uso de las leyes físicas, desafiando las leyes superiores, ha dado origen a cañones, bombas, torpedos y otros artefactos destinados a destruir vidas humanas. Si las leyes morales se utilizan sincera y apropiadamente, proporcionan el poder necesario para resolver los problemas de la vida. Por encima de todo, cumplirlas permite que los hombres se conquisten a sí mismos. Entonces se atreven a hacer lo correcto. En resumen, el cumplimiento de las leyes que fluyen desde el mundo invisible donde mora Dios, así como su aceptación en espíritu y en hechos, constituye la cura para el dilema del mundo. Es verdad que se trata de un remedio antiguo, pero ciertamente curará la angustia del alma.
Sin embargo, como nación y como mundo, ignoramos en gran medida estas leyes del bienestar. Nos hemos alejado de las prácticas que constituyen el fundamento de una vida feliz. No debemos apartarnos del conocimiento de las condiciones existentes.
LA FELICIDAD COMIENZA CON LA SALUD
Por ejemplo: la felicidad comienza con la salud del cuerpo humano, formado a imagen de Dios (Génesis 1:26–27). Sin embargo, en la actualidad tratamos nuestro cuerpo con absoluto desprecio, quizás con frecuencia debido a la ignorancia. No solamente se desprecian las leyes generales de la salud, sino que en ninguna otra época de nuestro país las personas han utilizado de manera tan generalizada y abundante sustancias destructivas que alteran los nervios. Estamos pagando un precio terrible, mediante enfermedades del cuerpo y de la mente, por rendirnos ante apetitos contrarios a la naturaleza. Resulta inconcebible que el whisky y el vodka constituyan una preparación razonable para considerar sabiamente los asuntos del Estado, algo que necesitamos con tanta urgencia en la actualidad.
UNA LISTA DE NUESTROS PECADOS
El convenio matrimonial, fundamento de una sociedad saludable, se olvida descaradamente. El creciente índice de divorcios se ha convertido en una vergüenza nacional. De esa manera se socavan los fundamentos mismos de nuestra nación. La inmoralidad, con su indescriptible suciedad degradante, está recogiendo su cosecha.
El día de reposo, ordenado por Dios (Éxodo 20:8), se ha convertido en el día principal y completo para los placeres. Debido a la frenética búsqueda de riquezas, la nación no tolera que se establezca durante la semana otro día para la recreación. En consecuencia, no solamente se encuentran vacías las iglesias, sino que los hombres ya no dedican tiempo a comunicarse con Dios, un requisito esencial para una vida feliz. Nos estamos convirtiendo rápidamente en una nación sin Dios.
Asimismo, debido a nuestro codicioso amor por el oro, nos aprovechamos de nuestro prójimo siempre que sea legalmente posible. Nuestra propia ventaja constituye nuestra preocupación principal. Cuando damos, lo hacemos porque nos beneficia. Ese no es el espíritu de la honradez. Nos encontramos al borde de convertirnos en una nación deshonesta.
Hemos olvidado la práctica de la oración familiar y personal. Hemos llegado a considerarnos autosuficientes y, por tanto, hemos desatado el vínculo que nos une con Dios. De esa manera permitimos que el mal se desplace libremente y con horror entre los hombres. Hemos perdido la protección divina y la dulce paz y satisfacción que recibe una familia que participa diariamente en la oración.
La lista de nuestros pecados es larga, demasiado larga para este discurso.
REGRESO AL REDIL ESPIRITUAL
Sabemos que, para corregir estos y otros males, sanar nuestro mundo enfermo y llevar felicidad a los corazones hambrientos, la humanidad debe regresar al redil espiritual y convertirse en una ciudadanía digna del reino moral. Pero ¿cómo puede lograrse? Las iglesias y otras organizaciones que procuran conducir a los hombres hacia una mejor manera de vivir han obtenido resultados limitados. Solamente han podido llegar hasta unos pocos.
¿No podríamos intentar con esperanza una antigua clase de esfuerzo misional que, lamentablemente, ha caído en desuso en los asuntos relacionados con el bienestar humano? Hemos probado otros métodos y hemos fracasado. ¿Por qué no intentamos este?
Que cada seguidor de la ley moral en toda la nación acepte el deber de ser guardián de su prójimo. Que asuma una responsabilidad personal en la tarea de curar un mundo enfermo. Que se convierta en misionero para sus vecinos y amigos, enseñándoles mediante el ejemplo y las palabras una mejor manera de vivir y persuadiéndolos de que es la mejor.
SE NECESITA UNA RECTITUD FIRME
Bajo este llamado al servicio mundial, todos los hombres de buena voluntad —empresarios, profesionales, agricultores y artesanos, miembros o no de organizaciones— comenzarían con valor, firmeza y una fe constante a hablar y enseñar acerca del plan eterno para el gozo humano y de la estricta necesidad de vencerse a uno mismo para que pueda curarse la enfermedad del mundo.
Esto podría convertirse en un movimiento colectivo de alcance nacional e internacional. Fluiría y crecería desde centros como el grupo que escucha hoy. Sería doblemente poderoso al proceder del corazón de hombres comunes. Ayudaría a las iglesias y a otras organizaciones que procuran el bienestar humano. Constituiría un poderoso impedimento para el mal, porque Satanás —un cobarde personificado— huye ante una rectitud firme. Y contaría con el apoyo divino.
Es verdad que una campaña semejante requeriría cierto sacrificio de tiempo, fortaleza y dinero. Pero esta es la causa más grande de la tierra. Causas de menor importancia proclaman sus mensajes vigorosamente. Cada año se gastan millones de dólares para anunciar una marca de whisky o cigarrillos. ¿Por qué no proclamamos desde los tejados el camino hacia la paz? La publicidad y la repetición no tienen que limitarse a los aspectos materiales de la vida. Nuestras necesidades espirituales, que siempre luchan contra el mal, tienen mayores derechos. Esta podría convertirse en la campaña más grandiosa por la felicidad humana de los últimos dos mil años. Superaría cualquier movimiento realizado en cualquier época en favor del bienestar humano.
CONSIDERACIÓN DEL INDIVIDUO
Toda campaña a favor de la rectitud debe considerar primeramente a la persona. Tal como sea el individuo, así será el grupo. Es él quien, al observar los acontecimientos actuales, siente esperanza o desesperanza; quien procura valerosamente resolver por sí mismo los problemas de la época o, al pensar que no existe ninguna escapatoria de los acontecimientos inminentes, come, bebe y se divierte. Las personas felices edifican una nación feliz, tal como los ladrillos de determinado color y forma revelan el sueño del arquitecto. Las conversiones colectivas son semejantes a montones de ladrillos.
Además, debemos enseñar a estas personas hambrientas de nuestro país cristiano las doctrinas de Cristo tal como Él las enseñó, y no como han sido concebidas e interpretadas por los hombres. Cristo habló de hombre a hombre, a personas comunes, y ellas lo comprendieron. Con frecuencia, las personas pierden el espíritu de una doctrina porque no pueden ponerse de acuerdo acerca del significado de palabras bien conocidas. No existe ninguna gracia salvadora en tales discusiones de sutilezas ni ninguna cura para el hambre del alma. Solamente confunden a la persona común. Al ofrecer las palabras de Cristo y Sus claras enseñanzas como solución para nuestra crisis actual, debemos hablarnos unos a otros utilizando un lenguaje sencillo y comprensible.
Además, el individuo pide instrucciones concretas. Las generalizaciones sirven de poco. Cuando hablamos de la ley moral, responde: «¿Cuál de ellas?». Pregunta qué cosas debilitan nuestra nación. «¿Qué debo hacer», pregunta, «para ser salvado de la confusión del mundo?». Para responder estas preguntas, podemos comenzar con los problemas cotidianos del hogar, como los que se han mencionado aquí. Aceptar una ley facilita la disposición a obedecer las demás.
SOLUCIÓN PARA LOS PROBLEMAS DEL MUNDO
Existen, entonces, dos principios de acción para resolver los problemas del mundo: todo hombre debe ser guardián de su hermano (Génesis 4:9) y, durante su labor, debe considerar primero las necesidades individuales y, en último lugar, las colectivas.
Vivimos en una tierra de abundancia material. Nos deleitamos en el lujo. Mientras tanto, la sangre de nuestros hijos se derrama sobre la tierra, por razones que solamente el cielo conoce. Vivimos en una tierra donde existe hambre espiritual. Tenemos hambre del pan que alimenta el espíritu. Debido a nuestra rebeldía, las contenciones, las guerras y otros males nos privan de la felicidad que el Señor desea que disfrutemos.
Sin embargo, no debemos perder la esperanza en el futuro. El arrepentimiento y el perdón son principios eternos. Pero existe una obra que debemos realizar. Cada uno de nosotros debe cambiar su propia vida. Cada uno debe ayudar a convertir a los demás.
Que el Señor de los cielos nos ayude a edificar de tal manera que ya no exista hambre en la tierra, en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.


























