Los buenos libros y la pureza de nuestros pensamientos
Élder Joseph L. Wirthlin
Primer Consejero del Obispado Presidente
La influencia de lo que leemos en nuestros pensamientos; la responsabilidad de los padres; estudiar y memorizar las Escrituras.
Pureza de pensamiento / Escrituras y enseñanza en el hogar
Confío sinceramente, hermanos y hermanas, en poder disfrutar del Espíritu del Señor y contar con su fe y sus oraciones durante los breves momentos en que estaré ante ustedes.
Fuentes de nuestros pensamientos
Un escritor de la antigüedad declaró:
«Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él» (Proverbios 23:7).
Aquel escritor comprendía plenamente la relación entre la mente y el corazón, y entre nuestros pensamientos y los actos que surgen de las emociones y pasiones que albergamos. «Primero el pensamiento y luego la acción». «Pensamientos nobles, acciones nobles». Shelley declaró: «Los pensamientos extraños engendran acciones extrañas».
Quisiera considerar con ustedes, por un momento, las fuentes de nuestros pensamientos. Creo que se dividen en cuatro categorías: lo que vemos, lo que oímos, lo que leemos y, finalmente, esa gran fuente de pensamientos que recibimos por inspiración del Santo Espíritu del Señor, siempre que nuestros pensamientos y actos sean lo suficientemente puros para disfrutar de la compañía del Espíritu Santo. El tiempo no permite hablar de las cuatro fuentes; por ello, deseo referirme a la tercera: lo que leemos.
La literatura de nuestros días
Hace algún tiempo me encontraba en una estación de ferrocarril esperando un tren. Como disponía de unos minutos, me acerqué a un expositor de revistas. Allí conté cuarenta y siete publicaciones relacionadas con el crimen y los temas sexuales, todas a la venta por entre diez y veinticinco centavos cada una. Durante mis viajes por el país en tiempos de guerra, observé lo que leían nuestros jóvenes de las fuerzas armadas. En muchos casos encontré que leían el mismo tipo de material que había visto en la estación.
Recientemente, algunos escritores de nuestro país han comenzado a construir relatos en torno a personajes bíblicos. Por desgracia, en vez de mostrar al público lector de los Estados Unidos las buenas cualidades de esos grandes personajes, destacan sus debilidades. Hace poco llegó a mis manos un relato sobre David. Cuatro o cinco capítulos estaban dedicados a su relación con la esposa de Urías, descrita con detalles tan minuciosos que resultaban desagradables y vulgares.
Hay periódicos sensacionalistas que resaltan el lado morboso de la vida. Algunos incluyen las llamadas historietas cómicas, que, estoy seguro, introducen en la mente y el corazón de los niños y jóvenes que las leen pensamientos que, si se convierten en acciones, les causarán graves problemas.
Ahora hay libros sobre el control de la natalidad, libros sobre las uniones de hecho y muchos otros que no favorecen la moral ni los mejores pensamientos de quienes los leen. Una encuesta reciente realizada en 7.600 hogares comunes de clase media reveló un hecho alarmante: el cuarenta por ciento de ellos no tenía una Biblia.
Causas de la delincuencia juvenil
El doctor Walter Athren realizó un estudio que abarcó todo el país. Mostró que el setenta por ciento de los jóvenes de los Estados Unidos llega de la infancia a la edad adulta sin recibir enseñanza ni formación constructiva y sistemática en materia moral o religiosa. También mostró que entre sesenta y cinco y setenta de cada cien niños crecen sin conocer la Biblia. A todo ello debemos añadir que, en los Estados Unidos, gastamos más dinero en bebidas alcohólicas que en educación.
¿A qué conduce todo esto? A lo que llamamos delincuencia. Sin embargo, creo que ha llegado el momento de hablar de «delincuencia general», porque afecta tanto a los jóvenes como a los adultos. Consideren que más del noventa por ciento de los divorcios en los Estados Unidos se atribuyen a lo que se llama infidelidad, es decir, inmoralidad. Esto contribuye a esa delincuencia general, de la que surgen el vandalismo, la inmoralidad, la indolencia mental y física, y el lenguaje profano. Menciono este último porque buena parte de la literatura actual imprime abiertamente algunas de las expresiones más viles que hayamos oído.
¿Podemos cambiar estas condiciones? ¿No hay algo que despierte al pueblo estadounidense ante un futuro de degradación y debilidad espiritual, mental y física, si no cambian sus lecturas para dar lugar a obras nobles, edificantes y formativas? Así como en la antigüedad el dedo del Dios de Israel escribió la condenación de Babilonia (Daniel 5:5), un juicio semejante se cierne sobre cualquier nación que olvide a Dios hasta el punto de que haya Biblias en pocos hogares y los jóvenes desconozcan las enseñanzas de las Santas Escrituras. Sí, así como el Dios de Israel pidió cuentas a Babilonia, también pedirá cuentas a los habitantes de esta gran nación por permitir que jóvenes y mayores sean instruidos en los principios del maligno mediante la lectura de literatura inmoral y vulgar.
La responsabilidad de los padres
¿Y qué hay de nosotros, los miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días? El Señor nos ha amado tanto que, en Su bondad, nos ha dado protección contra los malos pensamientos. Nos ha revelado:
«Y como no todos tienen fe, buscad diligentemente y enseñaos el uno al otro palabras de sabiduría; sí, buscad palabras de sabiduría de los mejores libros; buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe» (Doctrina y Convenios 88:118).
En los días de Kirtland se estableció la Escuela de los Profetas con el propósito de que nuestros líderes conocieran lo mejor de la sabiduría disponible. Entre otras cosas, se dijo que esa escuela no era solo para los sumos sacerdotes, sino también para los diáconos. El Señor quería que todos disfrutaran de la sabiduría y la verdad reveladas, a fin de llevar adelante Su gran obra y cumplir Sus propósitos en la tierra.
La gran responsabilidad de orientar los pensamientos de los jóvenes recae en el hogar. Esa obligación descansa directamente sobre los hombros de los padres. A veces pienso que, como padres, tendemos a dejar demasiado en manos de las escuelas la formación de lo que piensan nuestros hijos. Como indicó ayer el obispo Richards, se están enseñando a nuestros niños y jóvenes doctrinas que debilitarán su fe. Afirmo que el Señor nos pedirá cuentas como padres si no examinamos lo que se les enseña en las instituciones educativas del país.
Por lo general, los padres también cuidamos mucho las amistades de nuestros hijos e hijas. Pero hay otra clase de compañía que debemos considerar con igual cuidado: los libros que leen. Después de todo, los libros son más que compañeros, porque llegan a lo más íntimo de la persona. Recordemos que los libros que leen esos jóvenes guardarán en su memoria pensamientos que los impulsarán a realizar actos nobles o malos.
Libros para los hogares de los Santos de los Últimos Días
En todo hogar de los Santos de los Últimos Días debería encontrarse la biblioteca del Señor. Es pequeña en cuanto al número de libros: consta de cuatro, la Biblia, el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio. Además de ellos, se pueden adquirir miles de libros escritos por hombres inspirados. Estoy seguro de que el Señor espera que tengamos Su biblioteca en nuestros hogares.
Brigham Young dejó claro que, sin la biblioteca del Señor, andaríamos en tinieblas y no disfrutaríamos del Espíritu de nuestro Padre Celestial. Dijo lo siguiente:
Al leer cuidadosamente el Antiguo y el Nuevo Testamento, podemos descubrir que la mayoría de las revelaciones dadas antiguamente a la humanidad se referían a sus deberes cotidianos; nosotros seguimos el mismo camino. Las revelaciones contenidas en la Biblia y el Libro de Mormón nos sirven de ejemplo, y el libro de Doctrina y Convenios contiene revelaciones dirigidas a esta Iglesia. Son una guía para nosotros, y no queremos prescindir de ellas; no queremos que queden obsoletas ni dejarlas de lado. Deseamos continuar recibiendo las revelaciones del Señor Jesucristo día tras día y tener Su Espíritu continuamente con nosotros. Si podemos hacerlo, ya no andaremos en tinieblas, sino en la luz de la vida (Juan 8:12). (Discourses of Brigham Young, edición de 1943, pág. 12).
Estoy seguro de que todos los Santos de los Últimos Días aquí presentes desean que sus hijos comprendan las revelaciones que se encuentran en la Biblia, el Libro de Mormón y Doctrina y Convenios. ¿Con qué frecuencia nos sentamos con nuestros hijos para estudiar una sección de Doctrina y Convenios, señalar las grandes verdades allí reveladas y explicar lo que pueden hacer por nosotros si las aplicamos en la vida diaria?
Memorizar las Escrituras
Creo que sería bueno que toda la familia memorizara al menos un versículo por semana. Piensen en lo que el hermano Matthew Cowley nos contó ayer sobre su padre: a los diecinueve años había memorizado cuatrocientos ochenta y tres versículos de las Escrituras. Estoy seguro de que, cuando aquel joven salió al campo misional, pudo enseñar el evangelio de Jesucristo con vigor e inteligencia, y realizar una gran obra.
Si enseñáramos a nuestros hijos un versículo de las Escrituras por semana, memorizarían alrededor de cincuenta y dos en un año y quinientos veinte en diez años. ¡Piensen en lo que significaría que salieran a predicar el evangelio del Señor Jesucristo con quinientos veinte versículos a su disposición! ¡Piensen en el tiempo que ahorrarían y en la impresión que causarían en las personas que conocieran! Más aún, esas grandes verdades y esa luz penetrarían en su mente y corazón y los impulsarían a realizar actos nobles.
También debemos considerar el Libro de Mormón, pues, como dijo el presidente Grant:
Estoy convencido, mis queridos hermanos y hermanas, de que este libro, el Libro de Mormón, es el instrumento más poderoso para convertir a hombres y mujeres a la verdad de la divinidad del evangelio de Jesucristo. Es, en todo sentido, un verdadero testigo de Dios; sostiene la Biblia y está en armonía con ella.
¿Cuántos de nuestros jóvenes llegan a conocer en el hogar esta Biblia de América? Ustedes y yo podemos responder mejor esa pregunta. Creo que, si deseamos protegerlos de los males del país, de los malos pensamientos y de los libros perjudiciales, nada mejor podemos hacer que enseñarles las grandes verdades del Libro de Mormón. Allí encontramos el evangelio del Señor Jesucristo en su plenitud y sencillez.
La sabiduría que se obtiene de los buenos libros
Con respecto a las reglas que podríamos adoptar para distinguir las malas lecturas, permítanme compartir una sugerencia del presidente J. Reuben Clark, hijo. Él dijo:
Mi regla ahora es no leer nunca nada que no valga la pena recordar. Ahora sé que toda la sabiduría del pasado está a nuestro alcance y que el único lugar donde podemos aprender esa sabiduría —fruto de todo lo que los hombres han pensado, trabajado, sufrido y logrado— es en los buenos libros. La sabiduría es uno de los dones más preciosos que el Señor puede conceder. Cuando Salomón fue hecho rey, solo pidió sabiduría al Señor. Como no pidió la vida de sus enemigos ni riquezas, bienes u honores, el Señor le concedió todas esas cosas y, además, sabiduría en gran abundancia. Por eso, desde entonces hasta hoy, Salomón ha sido reconocido como el sabio de todas las épocas.
Hermanos y hermanas, si queremos tener la clase de hogar que corresponde a los Santos de los Últimos Días, nos convendría seguir el consejo de Proverbios 24:3–9:
«Con sabiduría se edificará la casa, y con entendimiento se afirmará; y con conocimiento se llenarán las cámaras de todo bien preciado y agradable. El hombre sabio es fuerte, y el hombre de conocimiento aumenta su fuerza. Porque con sabio consejo harás la guerra, y en la multitud de consejeros está la victoria. Muy alta está para el insensato la sabiduría; en la puerta no abrirá él su boca. Al que piensa hacer el mal le llamarán hombre de malos pensamientos. El pensamiento del necio es pecado, y abominación a los hombres es el escarnecedor» (Proverbios 24:3–9).
No olvidemos nunca que «la gloria de Dios es la inteligencia» (Doctrina y Convenios 93:36) y que ningún hombre será salvo más rápidamente de lo que adquiera conocimiento e inteligencia. Por tanto, al considerar la relación entre nuestra mente, nuestros pensamientos y nuestro corazón, comprendemos que nuestro corazón debe llegar a ser puro si entendemos el evangelio del Señor Jesucristo. ¿Qué dijo el Señor acerca de los puros de corazón?
«Por tanto, de cierto, así dice el Señor: Regocíjese Sion, porque esta es Sion: los puros de corazón; por consiguiente, regocíjese Sion mientras todos los inicuos se lamentarán» (Doctrina y Convenios 97:21).
Que las palabras de aquel hermoso himno antiguo, «Hermosa Sion para mí», sean nuestro lema, y que recordemos siempre las palabras del escritor de la antigüedad: «Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él» (Proverbios 23:7). Es mi oración en el nombre de Jesucristo. Amén.


























