«Pioneros de hoy: preparar el camino del Señor»
Élder Marion G. Romney
Ayudante del Consejo de los Doce Apóstoles
Tema central: Continuar la obra pionera; fortalecer el programa de bienestar; ejercer fe para cumplir las responsabilidades actuales.
Bienestar y servicio / Fe para continuar la obra
Hermanos y hermanas, si pudieran medir mi presión arterial y sentir los latidos de mi corazón, pensarían que lo que voy a decir es lo único importante de esta conferencia. No me hago tal ilusión. Sin embargo, deseo que mis palabras estén en armonía con el espíritu de esta gran ocasión, y agradeceré su fe y sus oraciones mientras estoy aquí.
La Iglesia: una luz para el mundo
En esta conferencia ya se ha hablado mucho del programa de bienestar y de los pioneros. No he podido apartar mis pensamientos de estos dos grandes temas, así que hablaré de ambos.
Con toda razón, dedicamos este año del centenario a honrar y recordar a nuestros antepasados pioneros, que llegaron a estos valles montañosos hace un siglo después de un viaje largo y agotador. Ciertamente cumplieron bien su importante función en la gran obra pionera de esta última dispensación.
Pero esa obra no comenzó ni terminó con el dominio de una región agreste y la transformación del desierto. La Iglesia tiene el encargo de alzar una luz para el mundo y establecer una norma para sus miembros en todo lo relacionado con la vida recta y el bienestar eterno de la humanidad. El Señor lo dejó muy claro en marzo de 1831, cuando dijo:
«…he enviado mi convenio sempiterno al mundo, a fin de que sea una luz para el mundo y un estandarte a mi pueblo, y para que lo busquen los gentiles, y para que sea un mensajero delante de mi faz para preparar el camino delante de mí» (Doctrina y Convenios 45:9).
El convenio sempiterno del que habla esta revelación es el evangelio de Jesucristo, y las llaves del Evangelio han sido confiadas a la Iglesia. Por lo tanto, la obra pionera continua —avanzar primero y preparar el camino para que otros sigan— es una responsabilidad ineludible de la Iglesia. Como declara la revelación, su misión pionera general consiste en preparar el camino para la segunda venida del Redentor.
Una obra pionera continua
Se realizó mucha obra pionera antes de que los santos cruzaran las llanuras. De hecho, comenzó incluso antes de que se organizara la Iglesia: en la Primera Visión del Profeta, una abundancia de nueva luz y conocimiento irrumpió en el mundo, y las estrechas fronteras de la ignorancia sectaria retrocedieron derrotadas. Sin duda, el profeta José Smith fue un gran pionero en la búsqueda del conocimiento de Dios y de la verdad religiosa. La Iglesia también ha sido pionera en otros campos, especialmente en la salud y la educación.
En cierta medida, las iniciativas pioneras de la Iglesia han seguido un mismo modelo. Por lo general, se ha presentado una necesidad; para atenderla se ha buscado y recibido guía divina; y la solución ha abordado los aspectos fundamentales del problema. Así, además de satisfacer la necesidad inmediata, se ha avanzado en la edificación del reino de Dios.
Puesto que la obra pionera es una responsabilidad continua de la Iglesia, los Santos de los Últimos Días de hoy también debemos ser pioneros si somos fieles a nuestra herencia y a lo que profesamos. Creo que lo somos. El viernes escuchamos, en la sección sobre bienestar del informe anual, parte de lo que se ha logrado durante los últimos diez años y de lo que se está haciendo ahora en el programa de bienestar de la Iglesia. Al considerar esas actividades junto con las anteriores iniciativas pioneras, estoy convencido de que la Iglesia cumple hoy su responsabilidad pionera mediante este programa. Creo que, si lo desarrollamos hasta alcanzar todas sus posibilidades, realizaremos en nuestros días una obra pionera comparable a la de los pioneros de 1847.
El significado del programa de bienestar
Creo, como ha dicho el presidente Clark, que mediante el programa de bienestar la Iglesia procura obedecer el segundo mandamiento: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo 22:39). El Señor trató de llevar a Su pueblo a vivir de ese modo mediante la Orden Unida, pero no pudo hacerlo y tuvo que retirarla de entre nosotros. Los registros muestran que la causa fue el egoísmo y la codicia de las personas.
Si el pueblo hubiera vivido conforme a la Orden Unida, podríamos haber tenido entonces, hace cien años, un milenio de paz. Si ahora no llevamos adelante el programa de bienestar ni vivimos sus principios, será por nuestro egoísmo y codicia, y el Señor nos quitará el programa. En ese caso, los miembros de la Iglesia de dentro de cien años mirarán hacia nuestra época y comprenderán que podríamos haber dado paso a un milenio de paz si hubiéramos vivido esta ley. Solo cuando la vivamos se convertirán las espadas en arados (véase Isaías 2:4) y llegará ese día de paz. El presidente Grant describió el programa como:
«…una de las cosas más grandes e importantes que la Iglesia haya emprendido jamás».
El desarrollo del programa de bienestar ha seguido el modelo habitual. En primer lugar, con su nombre actual, surgió de una necesidad apremiante de nuestros días. Algunas personas lo han criticado por ello, como si la Iglesia no debiera ocuparse de los problemas del presente. Pero ¿cómo puede ser una luz para el mundo si no atiende los problemas que afligen al mundo?
La Iglesia se ocupaba de un problema de su tiempo cuando emprendió el gran viaje hacia el Oeste hace un siglo. El profeta José atendía una pregunta de su época cuando recibió su Primera Visión, pues otras personas de su comunidad, al igual que él, se preguntaban cuál de las iglesias enfrentadas tenía la verdad. Lo que distinguió al Profeta de sus contemporáneos y lo convirtió en pionero no fue la naturaleza de la pregunta, sino lo que hizo para responderla.
En segundo lugar, el plan de bienestar fue inspirado por el Señor y cuenta con Su guía. Así lo consideraba el presidente Grant, el profeta por medio de quien el Señor lo estableció con su nombre actual. El presidente George Albert Smith lo llamó «el gran programa de bienestar del Señor». El presidente Clark, el presidente McKay y el élder Harold B. Lee, del Consejo de los Doce —quienes trabajaron estrechamente con el presidente Grant durante los primeros años del programa—, han testificado que fue inspirado por el Señor. También lo han hecho otros hombres a quienes sostenemos como profetas, videntes y reveladores. Por supuesto, no todos han aceptado su origen divino. Ninguna verdad ha sido aceptada por todos desde el momento en que fue revelada.
Gratitud a quienes trabajan en el programa de bienestar
Recuerdo la visita de un venerable hermano que vino a mi oficina hace unos tres años para protestar por lo que algunos de los líderes habían dicho sobre el bienestar de la Iglesia. Durante nuestra conversación, me contó que había emigrado a Utah durante la presidencia de Wilford Woodruff porque aquel profeta del Señor se lo había aconsejado. Creía que el presidente Woodruff hablaba por inspiración de Dios. Pensaba lo mismo del presidente Snow y del presidente Joseph F. Smith. Le pregunté si creía que el presidente Grant, quien presidía la Iglesia cuando mantuvimos aquella conversación, hablaba por inspiración del Señor. Me respondió: «Creo que debería guardar silencio sobre los asuntos de bienestar».
No es tan difícil afirmar que aceptamos a los profetas que ya han fallecido. La verdadera prueba consiste en aceptar lo que dicen los profetas vivientes, porque eso requiere absoluta sinceridad y el valor de actuar conforme a nuestras convicciones.
Y aquí, antes de que lo olvide, permítanme expresar mi reconocimiento a ustedes, hermanos y hermanas, que por decenas de miles han oído la voz del Señor en el programa de bienestar, la han aceptado y siguen adelante como verdaderos pioneros. Les expreso mi sincero agradecimiento.
En relación con esto, tengo constancia de 3.088 personas que merecen una mención especial. Por creer que el programa de bienestar es el plan del Señor, 1.729 de ellas dejaron de recibir ayuda pública y 1.359 se abstuvieron de solicitarla, a pesar de la enorme presión pública y privada para que la aceptaran. Cito una carta que me escribió un obispo el 28 de enero de 1947:
«Al revisar los registros del barrio, veo que treinta y cinco personas han dejado de recibir la pensión de vejez o la han rechazado desde que comenzó el plan. Hay también otras seis familias que han aceptado el programa de la Iglesia, aunque cada una de ellas reúne los requisitos para recibir más de cien dólares mensuales del gobierno. De las cuarenta y una personas mencionadas, que han rechazado la ayuda o el subsidio gubernamental, solo estamos ayudando a diez. Únicamente una recibe todo lo necesario para su sustento; todas trabajan menos una, cuya situación nos ocupa actualmente. Las cuarenta y una han recibido alguna ayuda.
«Creo sinceramente que el apoyo más importante que han recibido estas buenas personas ha sido el apoyo moral. Han aceptado la garantía de ayuda de la Iglesia y, confiando en esa promesa, han seguido adelante valiéndose en gran medida de sus propios recursos. Llevan una vida feliz y útil.
«Durante el último año, en términos económicos, tuvimos que solicitar aproximadamente trescientos dólares a la estaca y al Obispado Presidente. Pero, dado que entre este grupo hubo tres fallecimientos y casos de enfermedad grave, seguimos satisfechos con el resultado. Si nuestra gente pagara una ofrenda de ayuno honrada, nos habrían sobrado cientos de dólares».
Las cifras de esta carta son muy significativas. De cuarenta y una personas que recibían ayuda pública, treinta y una ahora se sostienen por sí mismas. De las diez restantes, solo una necesita que se cubran todas sus necesidades. Gracias a los recursos de un solo barrio —sus ofrendas de ayuno, sus aportaciones de bienestar y el almacén del programa—, más apenas trescientos dólares procedentes de las ofrendas de ayuno de otros barrios, los fondos públicos ahorran 2.175 dólares al mes, o 26.100 dólares al año. Ustedes pueden calcular cuánto se ahorraría en fondos de asistencia pública si todos los barrios y estacas de la Iglesia hicieran funcionar plenamente el programa de bienestar. Esta es, en verdad, una demostración práctica de la inspiración del plan.
No dudo que miles de los que me escuchan pueden testificar sinceramente, por experiencia propia, que el programa recibe guía divina. Testifico que los demás también pueden obtener ese testimonio si siguen la exhortación que Moroni dio con respecto al Libro de Mormón (véase Moroni 10:4–5).
Aunque esto no añade ni resta nada a su origen divino, cuando mostramos la Manzana de Bienestar a los visitantes es común oírlos expresar sorpresa, e incluso asombro, ante el programa y sus logros. También suelen concluir que solo una motivación religiosa y una gran fe espiritual pueden impulsar a las personas a sostener una labor semejante.
Como ocurre en otros ámbitos, mediante su programa de bienestar la Iglesia atiende los asuntos fundamentales que están detrás de los problemas que desea resolver. La Iglesia no actúa por simple conveniencia ni se conforma con medidas a medias. Para hacer frente a los males del alcohol y del tabaco, enseña a sus miembros a abstenerse de ambos. Para hacer frente a los males relacionados con la conducta sexual, enseña la castidad y la virtud. Para eliminar la guerra, procura que el amor y la mansedumbre sustituyan al odio y al uso de la fuerza en el corazón de las personas.
La Iglesia procede de igual modo en su programa de bienestar. Mientras sus miembros reciben la ayuda que necesitan, tienen la oportunidad de preservar y desarrollar, mediante su propio esfuerzo, las virtudes pioneras del trabajo y el ahorro. Son posesiones invaluables para toda persona que se respeta a sí misma y son indispensables para el progreso eterno. De esta manera, la Iglesia procura vencer la ociosidad y la indolencia y enaltecer a los pobres (véase Doctrina y Convenios 104:16), librándolos de la degradación de la dependencia temporal, política y espiritual a la que inevitablemente conducen las soluciones del mundo cuando descuidan el desarrollo de esas virtudes fundamentales.
Para financiar su plan de bienestar, la Iglesia recibe las ofrendas voluntarias y las consagraciones de dinero y servicio de personas temerosas de Dios que, por propia voluntad, procuran seguir la exhortación del Maestro de amar al prójimo como a sí mismas.
La fe necesaria para llevar adelante la obra de la Iglesia
Así, mediante el programa de bienestar, la Iglesia no solo atiende la necesidad inmediata de proporcionar lo indispensable para la vida a sus miembros, ayudando a cada uno según sus necesidades. Al mismo tiempo edifica el reino de Dios al abrir un camino por el cual todos, ricos y pobres, pueden unirse en amor y unidad. Ciertamente, en esta obra la Iglesia va delante y prepara un camino que otros podrán seguir. Alza una luz para el mundo, una norma a la que sus miembros y los gentiles pueden aspirar.
Entre los gentiles hay personas que buscan esa luz, y algunas han alcanzado a vislumbrarla. Hace poco, un industrial que vino a Utah para establecer una empresa manufacturera me dijo que lo primero que lo atrajo al estado fueron unas palabras del presidente Grant pronunciadas a mediados de la década de 1930. En ellas exhortaba a los miembros de la Iglesia a evitar la maldición de la ociosidad, rechazar los subsidios, dar una jornada completa de trabajo por el salario de una jornada y conservar en su vida las virtudes pioneras de la laboriosidad, el ahorro y el respeto por sí mismos. El industrial dijo que aquellas palabras le habían sonado como el llamado de un gran líder a una civilización que se desintegraba. Así reaccionó a la voz del profeta viviente de Dios.
Ahora bien, hermanos y hermanas, ¿hasta dónde llegaremos en esta obra pionera de nuestros días? ¿Tendremos éxito? La respuesta depende de la fe y del valor que ustedes y yo tengamos. Recordarán que, cuando el presidente Grant la describió como «una de las cosas más grandes e importantes que la Iglesia haya emprendido jamás», añadió: «Y saldrá adelante, porque tenemos la capacidad y el poder para hacerlo».
Por mi parte, todo lo que veo y oigo en el mundo de hoy me convence —y la inspiración que recibo me da el mismo testimonio— de que la continuidad de nuestra forma de vida depende de que los principios de pensamiento y acción que pone en práctica el plan de bienestar triunfen en la vida de las personas. No tengo dudas acerca del resultado final. Lo que desconozco es cuánto tiempo llevará y cuánto sufrimiento hará falta para que aprendamos a obedecer. Pues el Señor ha dicho que Su «pueblo tiene que ser disciplinado hasta que aprenda la obediencia» a estos principios, «si es necesario, por las cosas que padezca» (Doctrina y Convenios 105:6).
También deja claro que esa obediencia debe preceder a la redención de Sion (véase Doctrina y Convenios 105:1–6). Y ninguno de nosotros duda que Sion será redimida. Por tanto, es evidente que, mediante su plan de bienestar, la Iglesia cumple su misión pionera general: ser un mensajero delante del Señor y preparar el camino para Su gloriosa venida. Que Dios nos conceda no desfallecer. Es mi oración en el nombre de Jesucristo. Amén.


























