«No darás falso testimonio»
Élder George F. Richards
Presidente del Consejo de los Doce Apóstoles
Decir la verdad; evitar la calumnia y los rumores; tratar con bondad a quienes se equivocan.
Honestidad y verdad / Amor al prójimo
Al escuchar los informes de esta mañana, creo que, pese a la diversidad de pensamientos de quienes llenamos este edificio, todos coincidimos en algo: la obra en la que participamos es «una obra maravillosa y un prodigio» (véase Isaías 29:14). Como sugirió el élder Clifford E. Young, debemos valorar todo lo que significa pertenecer a esta Iglesia. Creo que los Santos de los Últimos Días lo hacen; de hecho, tenemos abundantes pruebas de ello. Sin su fidelidad en el pago de diezmos y ofrendas y en su disposición a responder a los llamamientos de los líderes, los logros del año pasado que se han informado hoy habrían sido imposibles.
Muchas oportunidades de trabajar en la Iglesia
Hablando en nombre de las Autoridades Generales, si se me permite, consideramos un honor que hayan venido en tan gran número. Apreciamos su fidelidad al vivir su religión y al cumplir sus responsabilidades como líderes y servidores del Señor. Nosotros oramos por ustedes, y ustedes oran por las Autoridades Generales. Existe armonía entre nosotros; no conozco nada que indique lo contrario. El Señor bendice abundantemente a este pueblo, y tenemos oportunidades de demostrarle nuestra gratitud.
Nadie que sea digno de servir en esta obra debe temer que lo dejen de lado. Hay oportunidades suficientes para que cada miembro trabaje hasta el límite de su capacidad con un mismo propósito: cumplir los designios de Dios para salvar las almas de Sus hijos, tanto vivos como muertos.
Quisiera ofrecer unas palabras de advertencia a los Santos de los Últimos Días. Si no tenemos cuidado, podemos desviarnos sin darnos cuenta del camino estrecho y angosto que conduce a la vida eterna. Espero poder ofrecerles, hermanos, hermanas y amigos, algo del verdadero pan de vida, para que lo reciban con gusto y lo hagan parte de su vida. Como dijo el apóstol Santiago:
«Sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos» (Santiago 1:22).
Dar falso testimonio proviene del maligno
Quisiera llamar su atención a dos personajes importantes. Debemos procurar la compañía de uno y rechazar la influencia del otro. El primero es el Amigo y Salvador de la humanidad; el segundo, el enemigo de Dios y de los seres humanos.
¿Por qué dio el Señor este mandamiento?
«No hablarás contra tu prójimo falso testimonio» (Éxodo 20:16).
Lo dio porque el adversario emplea métodos sutiles para dividir al pueblo del Señor y destruir su amor y su unidad. Dar falso testimonio quizá no parezca una falta muy grave, pero sus consecuencias pueden ser profundas y crueles; por eso lo utiliza quien instiga el mal.
El Señor nos advierte contra esa práctica. Dar falso testimonio, divulgar rumores, calumniar, propagar chismes o escándalos, buscar faltas en los demás, hablar a sus espaldas y hablar mal de ellos son prácticas de una misma clase. Son algunos de los medios que Satanás emplea para dividirnos como pueblo y destruir el amor fraternal, la bondad y la disposición a ayudarnos mutuamente.
«Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo 22:39).
No lastimamos deliberadamente a alguien a quien amamos. Nadie ama a quien destruye la reputación de los demás. El Espíritu de Dios nos mueve a amar a nuestros semejantes, a hablar bien de ellos y a destacar sus virtudes. Quien así actúa lleva en su interior el espíritu de paz y el reino de Dios.
En cambio, bajo la influencia de Satanás, una persona da falso testimonio y divulga las debilidades de su prójimo. Se convierte en propagadora de rumores y destruye reputaciones. Le arrebata a su vecino algo cuya pérdida lo empobrece profundamente, sin enriquecerse ella misma. Hace infelices a los demás y lleva en su interior el reino de Satanás.
«Escogeos hoy a quién sirváis» (Josué 24:15).
El plan de Satanás para obstaculizar la obra de Dios
Satanás es enemigo de Dios y del ser humano. Trabaja constantemente para frustrar los propósitos del Señor de salvar a Sus hijos. Debemos estar atentos para no terminar ayudando a Satanás y obstaculizando la obra del Señor.
Cuando decimos algo malo de los líderes de la Iglesia, sea verdadero o falso, podemos disminuir su influencia y su capacidad de servir. Así obramos contra el Señor y Su causa. Cuando hablamos bien de nuestros líderes, contribuimos a fortalecer su influencia y su servicio. Si alguien ataca la reputación de un hermano ausente, debemos defenderlo, haciendo por él lo que desearíamos que se hiciera por nosotros. El Señor necesita la ayuda de todos. ¿Estamos ayudando o entorpeciendo Su obra? Cito:
«Malditos son todos los que levanten el calcañar contra mis ungidos, dice el Señor, y pregonen que han pecado, cuando no han pecado delante de mí, dice el Señor, sino que han hecho lo que era propio a mis ojos y que yo les mandé.
«Mas los que claman transgresión lo hacen porque son siervos del pecado, e hijos de la desobediencia ellos mismos» (Doctrina y Convenios 121:16–17).
«…Ningún otro pecado se compara con pecar contra el Espíritu Santo y ser un traidor para con tus hermanos.
«Les daré una de las claves de los misterios del reino. Es un principio eterno que ha existido con Dios desde toda la eternidad: el hombre que se levanta para condenar a otros, encuentra faltas en la Iglesia y dice que sus miembros se han desviado mientras él mismo es justo, ese hombre va camino a la apostasía. Si no se arrepiente, apostatará; tan cierto como que Dios vive» (José Smith, Compendium, págs. 270–271).
Al dar falso testimonio podemos destruir la fe de otra persona. Podría tratarse de un hijo, un padre, una esposa o un amigo querido. Tal vez después nos arrepintamos, pero no podemos arrepentirnos en su lugar. Debemos tener especial cuidado de no causar daños que no podamos reparar. Cuando damos falso testimonio, perjudicamos al menos a cuatro: a nosotros mismos, a la persona de quien hablamos, a quien nos escucha y al Señor.
«…en cuanto lo hagáis al más pequeño de estos, a mí lo hacéis» (véase Doctrina y Convenios 42:38).
El camino hacia la felicidad
¿Estamos seguros de que en la historia de nuestra vida no hay ninguna escena que nos avergonzaría ver expuesta ante todos? ¿O dudamos de la capacidad de Dios para registrar y mostrar, cuando lo desee, lo que el ser humano puede registrar: la voz, las acciones e incluso los pensamientos y las intenciones del corazón?
George Eliot escribió:
«La gloria del cristianismo consiste en que pide a sus seguidores hacer el bien a los demás: alegrarse por sus éxitos, no por sus fracasos; ofrecer comprensión y no hacer que su situación resulte penosa ante los ojos de otros».
Debemos vivir y trabajar de tal manera que nuestros amigos no crean las cosas malas que se digan de nosotros, a menos que se les presenten pruebas de gran peso.
«Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; y a otros, pastores y maestros;
«a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo;
«hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios» (Efesios 4:11–13).
El Señor dijo:
«…sed uno; y si no sois uno, no sois míos» (Doctrina y Convenios 38:27).
Nos sentiríamos solos si tuviéramos que vivir sin compañía en la tierra. Si nos apreciamos unos a otros, debemos demostrarlo conviviendo con amor y comprensión y haciendo agradable nuestra relación. Esto requiere sacrificio y servicio mutuo. Debemos evitar lo que rompe esos sentimientos.
Como pueblo, los Santos de los Últimos Días hemos recibido buenas enseñanzas y conocemos el camino para alcanzar la felicidad y las bendiciones de la salvación y la vida eterna. Lo que más necesitamos, a mi parecer, es comprender la necesidad de hacer lo que ya sabemos que debemos hacer.
Las palabras inspiradas de los poetas pueden presentar la verdad de manera atractiva y memorable. Permítanme citar algunos versos sobre el falso testimonio y los males relacionados con él:
No busques defectos al recorrer la vida;
y aun cuando los encuentres,
es sabio y bondadoso no mirarlos demasiado
y buscar las virtudes que hay detrás.
Detente a un lado y mírate pasar;
piensa en ti como «él» en vez de «yo».
Busca defectos y faltas, olvidando que eres tú,
y procura que tu juicio sea sincero.
—«Watch Yourself Go By», Strickland Gillilan.
Hay tanto bien en el peor de nosotros
y tanto mal en el mejor de nosotros
que poco nos corresponde
hablar de los demás.
—Autor desconocido.
Dar falso testimonio es una falta grave
Una mañana, un niño regresó de la Escuela Dominical y encontró a su padre leyendo el periódico. Le preguntó: «Papá, papá, ¿qué es peor: robar o dar falso testimonio?».
El padre levantó los lentes y, mirando por encima del periódico, respondió: «Veamos. El Señor dijo: “No hablarás contra tu prójimo falso testimonio” (Éxodo 20:16). También dijo: “No hurtarás” (Éxodo 20:15). ¿Tú qué piensas, hijo?».
«Es peor dar falso testimonio», respondió el niño.
«¿Por qué dices eso?».
«Si robara algo a mi vecino y después me arrepintiera, podría devolverle lo robado, pedirle perdón y reparar así lo que hice. Pero si diera falso testimonio contra él, quizá después lo lamentaría muchísimo y, aun así, no podría deshacer el daño causado».
El poema titulado «Escándalo» ilustra este principio:
Una mujer acudió a su confesor
para reconocer sus pecados.
Fielmente contó, uno por uno,
los grandes y los pequeños.
Entre todos confesó especialmente
haber divulgado chismes:
había llevado una historia escandalosa
a todos los que gustaban de hablar en la ciudad.
El sacerdote le concedió el perdón
que pidió por sus otras faltas.
Pero le dijo que esta era muy grave
y que, como penitencia, debía ir
al borde del camino, donde crecían los cardos,
escoger el más grande y maduro,
esparcir sus semillas
y volver otro día a contarle que lo había hecho.
La mujer, pensando que la penitencia era ligera,
se apresuró a cumplirla aquella misma noche.
Se alegraba de haber salido tan bien librada.
Dos días después volvió a informar al sacerdote.
Él escuchó en silencio su relato
y entonces le dijo: «Aún te falta algo por hacer.
Ve y recoge una por una
todas las pequeñas semillas que esparciste».
«Pero, padre —respondió la mujer—, sería inútil intentarlo.
El viento las ha llevado lejos,
por los prados, los valles y las laderas».
El sacerdote le dijo: «Espero que así comprendas
la lección que he querido enseñarte.
No puedes recoger esas semillas dispersas,
que crecerán por todas partes como maleza.
Tampoco puede deshacerse por completo,
mediante una penitencia, el daño causado por un rumor».
Quienes han cedido a la tentación y cometido un pecado grave tal vez lo hayan hecho por debilidad humana, no por un deseo deliberado de hacer el mal. Necesitan compasión más que censura y condena.
Una súplica por quienes se equivocan
Para concluir:
Piensa con bondad en quien se ha equivocado;
no olvidemos jamás
que, por muy manchado que esté por el pecado,
sigue siendo nuestro hermano.
Heredero de la misma promesa,
hijo del mismo Dios,
solo ha tropezado en un camino
por el que también nosotros, débiles, hemos andado.
Habla con ternura a quienes se equivocan;
aún podemos ayudarlos a volver
con palabras santas y un tono de amor,
lejos del sendero espinoso del sufrimiento.
No olvides, hermano, que tú también has pecado
y que aún podrías volver a hacerlo.
Trata con ternura al corazón que yerra,
como Dios te ha tratado a ti.
—Henry A. Tuckett.
Cito nuevamente a Santiago:
«Si alguno entre vosotros se cree religioso, y no refrena su lengua… la religión del tal es vana» (Santiago 1:26).
Un discurso como este solo nos beneficia si aplicamos sus enseñanzas a nuestra manera de vivir. Hermanos y hermanas, ¿hay en este mensaje algo que merezca nuestra seria consideración? Si lo hay, me sentiré agradecido. Ruego que el Señor lo santifique para el bien de todos nosotros, en el nombre de Jesucristo. Amén.


























