El amor al prójimo
Élder Mark E. Petersen
Del Consejo de los Doce Apóstoles
Convertir las oraciones en acciones; seguir el ejemplo del buen samaritano; ayudar a los pobres y a quienes sufren.
Amor cristiano, caridad y ministración / Ayuda a los pobres
Me habría gustado que cada uno de ustedes viera la expresión de orgullo y satisfacción en el rostro del presidente Howard McDonald cada vez que su magnífico coro se ponía de pie para cantar. Estoy seguro de que todos han disfrutado del glorioso canto de estos excelentes jóvenes tanto como su presidente. Yo lo he disfrutado muchísimo.
Quisiera leerles algo que recomiendo por el sentimiento que expresa, aunque no necesariamente por su calidad poética:
Vivir conforme a lo que pedimos en oración
Al terminar el día me arrodillé a orar
y dije: «Señor, bendice a todos;
alivia el dolor de cada corazón afligido
y devuelve la salud a los enfermos».
Al despertar al día siguiente,
seguí despreocupadamente mi camino.
En todo el día no intenté
enjugar las lágrimas de nadie.
No procuré compartir la carga
de ningún hermano que encontré;
ni siquiera fui a visitar
al enfermo que vivía a mi lado.
Y, sin embargo, al terminar el día,
volví a orar: «Señor, bendice a todos».
Mientras lo hacía, una voz
susurró claramente a mi oído:
«Detente, hijo mío, antes de orar:
¿a quién procuraste bendecir hoy?
Las más dulces bendiciones de Dios llegan
por manos que aquí abajo le sirven».
Entonces oculté el rostro y lloré.
«Perdóname, Dios; no lo he intentado.
Concédeme vivir un día más
y viviré conforme a lo que pido al orar».
Nuestra responsabilidad hacia quienes sufren
Anteayer por la tarde, un muy buen amigo mío vino a nuestra oficina del Deseret News y me habló de una familia que acababa de llegar de Holanda después de soportar allí los amargos años de la guerra. Esas personas habían pasado hambre y frío; muchas no tenían suficiente ropa. Carecían de calefacción en sus hogares. Habían sufrido una de esas grandes tragedias que sobrevienen en la vida humana. El hambre llegó a ser tal que, cuando podían conseguir algo como cáscaras de papa, las consideraban un manjar.
Ahora han llegado a los Estados Unidos. La otra noche, cuando se sentaron a la mesa de mi amigo, apenas podían creer que alguien tuviera a su disposición comida tan buena y abundante. ¡Allí había papas, no solo las cáscaras, sino las papas mismas, blancas, cremosas y hechas puré! Antes habían considerado un manjar las simples cáscaras.
Pensar en lo que esas personas han soportado parte el corazón. Ayer, mientras escuchaba el excelente informe del presidente Clark y los comentarios sobre la familia mencionada por el hermano Stover —que vivía en un piso alto, sin calefacción y con los vidrios de las ventanas rotos; una niña sin zapatos; ropa de cama y vestimenta insuficientes; niños acostados, temblando de frío y de hambre—, me conmovió pensar que los seres humanos deban pasar por situaciones así. Al pensar también en tantos otros que han sufrido de manera semejante y en las condiciones que describieron ayer el hermano West, el hermano Max Zimmer y el hermano Babbel, recién llegados de aquellos países, me pregunto si valoramos lo que tenemos y si comprendemos nuestra gran responsabilidad hacia quienes carecen de ello.
La parábola del buen samaritano
Recordarán que, en cierta ocasión, el Salvador habló con un intérprete de la ley acerca de los dos grandes mandamientos. Uno de ellos es: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mateo 22:39). El pasaje dice:
«Y he aquí, un intérprete de la ley se levantó y dijo para tentarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna? Y él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? Y él, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. Y le dijo: Bien has respondido; haz esto y vivirás.
«Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Y Jesús, respondiendo, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron de sus ropas, le hirieron y se fueron, dejándole medio muerto. Y aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino y, al verle, pasó de largo por el otro lado. Y asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar y viéndole, pasó de largo por el otro lado.
«Pero un samaritano que iba de camino llegó cerca de él y, al verle, fue movido a compasión; y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole sobre su propia cabalgadura, le llevó a un mesón y cuidó de él. Y otro día, al partir, sacó dos denarios y los dio al mesonero, diciéndole: Cuídamelo; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando vuelva.
«¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? Y él dijo: El que tuvo misericordia de él. Entonces Jesús le dijo: Ve y haz tú lo mismo» (Lucas 10:25–37).
Vivir conforme a lo que pedimos en oración
Al hablar de vivir conforme a lo que pedimos en oración, supongo que el sacerdote que pasó junto al viajero asaltado, golpeado y abandonado medio muerto era un hombre que oraba. Era parte de su ocupación. Quizá hasta recibía una remuneración por ello. Pero, a pesar de todas sus oraciones, no se interesó lo suficiente en su manera de vivir ni en convertir sus oraciones en acciones como para hacer algo por aquel pobre hombre que los ladrones habían dejado allí.
Estoy seguro de que el levita también era un hombre de oración. Supongo que habría pocas personas más devotas en toda Palestina. Seguramente podía orar tan bien como cualquier fariseo que diera gracias a Dios por ser mejor que los demás. Sin embargo, aquel levita, olvidando sus oraciones y el verdadero significado de la religión, se detuvo a mirar al herido, pasó de largo y lo dejó allí sin prestarle la ayuda que necesitaba.
Pensé en esto ayer, cuando el presidente Clark leyó el informe de bienestar. Fue un buen informe. Se había logrado mucho mediante el programa de bienestar, pero se debería haber logrado mucho más. Cuando el hermano Cowley habló aquí de nuestras ofrendas de ayuno, sentí que lo que hacemos no es suficiente. Hay demasiados entre nosotros que no viven conforme a lo que piden en oración.
Supongo que pocas oraciones se repiten tanto como las súplicas al Señor para que bendiga a los pobres y necesitados. Sin embargo, las ofrendas de ayuno han disminuido, y todavía hay muchos miembros de la Iglesia que no viven suficientemente conforme a sus oraciones: no están dispuestos a participar en el programa de bienestar ni a trabajar para que este ayude a quienes lo necesitan. ¿Hasta qué punto vivimos de acuerdo con lo que pedimos al orar?
Cuando pienso en las estacas y los barrios que, después de once años, todavía no cuentan con almacenes ni proyectos permanentes; cuando pienso en quienes critican continuamente el programa de bienestar, quizá porque no lo comprenden, recuerdo también lo que dijo Santiago en su epístola acerca de la fe y las obras:
«Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del sustento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?» (Santiago 2:14–16).
Del mismo modo, cuando oramos al Todopoderoso y le decimos: «Bendice a los pobres y necesitados», pero no les damos lo que su cuerpo necesita, ¿de qué aprovecha?
Ayudar a los pobres
Algunas personas dicen: «Quisiera ayudar a los pobres a mi manera».
Creo que todos debemos ayudar a los pobres por iniciativa propia. Pero también creo que debemos hacerlo a la manera del Señor, quien ha dicho claramente:
«Y es mi propósito abastecer a mis santos, porque todas las cosas son mías. Pero es preciso que se haga a mi propia manera; y he aquí, esta es la manera que yo, el Señor, he decretado para abastecer a mis santos: que los pobres sean enaltecidos, y los ricos sean humildes» (Doctrina y Convenios 104:15–16).
Les llamo la atención sobre las palabras del Señor: «es preciso que se haga a mi propia manera». En 1947, este año del centenario, la manera del Señor consiste en prestar ayuda organizada mediante el programa de bienestar de la Iglesia y los cuórums del sacerdocio que colaboran con él. Pedimos a todos los que trabajan en esta Iglesia que cooperen plenamente, de corazón y de buena voluntad con ese programa, recordando que debemos seguir la manera del Señor.
Volviendo a la idea de vivir conforme a lo que pedimos en oración, supongo que todos los miembros de la Iglesia que me escuchan oran cada día para que las Autoridades de la Iglesia reciban la guía y la inspiración del Señor. Espero que así lo hagan. Necesitamos la fe y las oraciones de los santos. Pero recuerden que tienen la responsabilidad de vivir conforme a sus oraciones. Si piden que los líderes de esta Iglesia sean guiados por inspiración, estén dispuestos a seguir la inspiración que reciban esas Autoridades. Parte de esa inspiración, parte de esa revelación, es el programa de bienestar de la Iglesia, y los invitamos a todos a participar en él con empeño.
Después de decir que la ayuda debe brindarse a Su manera, el Señor añade:
«Porque la tierra está llena, y hay suficiente y de sobra; sí, yo preparé todas las cosas, y he concedido a los hijos de los hombres que sean sus propios agentes. De manera que, si alguno tomare de la abundancia que he creado y no impartiere su porción a los pobres y necesitados, conforme a la ley de mi evangelio, en el infierno alzará los ojos con los malvados, estando en tormento» (Doctrina y Convenios 104:17–18).
Antes me parecía que el Señor hablaba con mucha severidad al decir que, si no estábamos dispuestos a ayudar a los pobres y necesitados a Su manera, correríamos el peligro de sufrir el tormento del infierno. Pero, cuando comencé a leer ese pasaje a la luz del capítulo 25 de Mateo y a relacionarlo con el programa de bienestar de la Iglesia, empecé a comprender lo que el Señor quería enseñarnos. Recordarán estas palabras del Salvador:
«Y cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará en su trono de gloria. Y serán reunidas delante de él todas las naciones; y apartará los unos de los otros, como aparta el pastor las ovejas de los cabritos. Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a la izquierda.
«Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a mí.
«Entonces los justos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, o sediento y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero y te recogimos, o desnudo y te vestimos? ¿O cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y vinimos a ti? Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos, mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.
«Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis.
«Entonces también ellos le responderán, diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o forastero, o desnudo, o enfermo, o en la cárcel, y no te servimos? Entonces les responderá, diciendo: De cierto os digo que en cuanto no lo hicisteis a uno de estos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis» (Mateo 25:31–45).
Nuestra vida demuestra si amamos a Dios
Vivimos en días de tribulación. La paz ha sido quitada de la tierra, y las dificultades continuarán entre nosotros. Tal vez ustedes y yo nunca tengamos que afrontar el hambre extrema. Tal vez nunca veamos a nuestros pequeños hijos en las últimas etapas de la inanición, como el hermano Benson y otras personas han descrito que ocurre en el extranjero. Quizá no atravesemos una prueba de esa clase. Pero les digo que estamos siendo probados aquí y ahora, lo reconozcamos o no.
Nuestra vida cotidiana le demuestra al Todopoderoso si lo amamos, si amamos a Sus hijos y si amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Mediante nuestra conducta demostramos si somos egoístas, si nos aferramos a lo que tenemos, si estamos dispuestos a ayudar a los demás y si queremos compartir.
¿Cómo estamos respondiendo a esa prueba? ¿Estamos dispuestos a compartir mediante el pago de las ofrendas de ayuno? ¿Estamos dispuestos a trabajar con empeño en el programa de bienestar de la Iglesia, o demoraremos nuestra participación? ¿Somos egoístas? ¿Amamos a nuestro prójimo como a nosotros mismos? ¿Vivimos conforme a lo que pedimos en oración? ¿Nos parecemos al sacerdote y al levita de la historia del buen samaritano? ¿O amamos al Señor nuestro Dios con todo el corazón, comprendiendo que no podemos amar a Dios, a quien no hemos visto, si no amamos a nuestro hermano, a quien sí hemos visto?
Sí, estamos en un lugar de prueba. Se está poniendo a prueba si somos dignos de llamarnos santos y si amamos al Señor nuestro Dios con todo el corazón y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Se nos prueba para ver si, incluso en tiempos de extrema necesidad, estaríamos dispuestos a compartir nuestro último pedazo de pan con otra persona hambrienta.
¿A quién procuraste bendecir hoy?
Las más dulces bendiciones de Dios llegan
por manos que aquí abajo le sirven.
Cuando oren por los pobres, recuerden que alguien debe ayudarlos, y que ustedes pueden ser esa persona. Ruego humildemente, en el nombre de Jesús, que todos vivamos conforme a lo que pedimos en oración y que sirvamos a Dios sirviendo a nuestros semejantes. Amén.


























