Conferencia General — abril de 1947

¿Vio José Smith a Dios?

Élder Joseph F. Merrill
Del Consejo de los Doce Apóstoles

Tema central: La realidad de la Primera Visión; Dios como ser personal; el testimonio y la obra de José Smith.
Primera Visión y Restauración / Naturaleza personal de Dios


Hermanos y hermanas, tanto los presentes como quienes nos escuchan desde otros lugares:

La Primera Visión de José Smith

El mormonismo, como generalmente llama el mundo a la fe religiosa que enseña La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, se distingue por muchas enseñanzas características. Una de ellas es que José Smith fue llamado por Dios y que su llamamiento comenzó con una visión maravillosa y gloriosa. En relación con esto, hay una pregunta básica y fundamental que todo miembro de la Iglesia, al igual que toda persona que investigue sinceramente, puede hacer con razón: ¿Vio José Smith realmente a Dios?

A mi juicio, quizá sea la pregunta más natural y lógica que puede hacerse acerca del origen del mormonismo. Merece la atención de toda persona que crea en Dios y en la vida después de la muerte, sea o no miembro de nuestra Iglesia.

Todos los Santos de los Últimos Días que conocen la historia saben cómo relató José Smith la Primera Visión. Pertenecía a una familia sinceramente religiosa, pero él no era miembro de ninguna iglesia. Aunque solo tenía catorce años, esa situación le preocupaba. Para encontrar una respuesta, leía la Biblia con gran interés, pues quería saber a cuál de las iglesias que sostenían opiniones diferentes debía unirse. Por eso decidió seguir la exhortación de Santiago (véase Santiago 1:5–6): fue a un bosque y oró para que Dios le diera sabiduría y le permitiera saber qué hacer.

José contó que, en respuesta a su sencilla oración, lo envolvió una columna de luz brillante que descendió de lo alto. Al levantar la vista, vio sobre él a dos Personajes cuyo fulgor y gloria desafiaban toda descripción. Uno de Ellos lo llamó por su nombre y, señalando al Otro, dijo: «Este es mi Hijo Amado: ¡Escúchalo!» (José Smith—Historia 1:17). Entonces José oyó la voz de Jesucristo, el Hijo, y recibió instrucciones de Él.

Así pues, según su relato, José Smith, un muchacho de catorce años, vio al Padre y al Hijo y oyó Sus voces. Hasta donde indican los registros, esta fue la visión más gloriosa jamás concedida a un ser humano mortal. Nunca antes se habían aparecido simultáneamente el Padre y el Hijo a una persona mortal. He llamado su atención a este relato por su enorme importancia para nuestra fe, para el mormonismo, del cual testificamos que es el evangelio restaurado de Jesucristo.

Por eso pregunto de nuevo: ¿vio José Smith realmente a Dios? Creo que a todos nos beneficia plantearnos esta pregunta, al menos de vez en cuando. La respuesta correcta puede fortalecernos y llenarnos de satisfacción.

La visión dio testimonio de un Dios personal

Las consecuencias de una respuesta afirmativa son de enorme importancia. Debido a malentendidos e interpretaciones erróneas, el mundo había perdido el concepto correcto de la imagen y la personalidad de Dios. Para restaurar esa verdad era indispensable una nueva revelación.

Según entendemos la Biblia, desde el principio hasta el fin enseña que Dios es un ser personal a cuya imagen fuimos creados, y que el Padre y el Hijo son dos Personas separadas y distintas, semejantes en imagen y atributos. Sin embargo, por ignorancia y falta de comprensión, gran parte del mundo moderno niega estas verdades fundamentales. Son tan importantes para una fe firme que, a mi parecer, constituyen su base. Sin un concepto concreto de cómo es Dios, ¿cómo puede alguien desarrollar la clase de fe que, según el apóstol Santiago, se necesita para recibir respuesta a una oración?

Sí, Dios el Padre y Su Hijo Jesucristo son seres personales a cuya imagen fue creado el ser humano. Así lo declaró José Smith. En ese sentido, creemos en un Dios con forma humana y encontramos gran satisfacción en esa creencia.

La veracidad de las afirmaciones de José Smith

Además de haber visto al Padre y al Hijo, José afirmó que, durante su decimoctavo año de vida, recibió la visita del ángel Moroni. Entre otras cosas, Moroni le dijo que su «nombre se tomaría para bien y para mal entre todas las naciones, tribus y lenguas», o que se hablaría bien y mal de él entre todos los pueblos (José Smith—Historia 1:33).

Habría sido una declaración sumamente atrevida e imprudente de parte de José si no se la hubiera comunicado realmente un mensajero divino. En aquel momento solo tenía diecisiete años: era un joven muy pobre, con poca educación, que vivía en una pequeña localidad fronteriza. Desde una perspectiva humana, nada permitía prever que su nombre llegaría a conocerse fuera de aquella región.

Alguien podría preguntar qué pruebas podemos ofrecer de la veracidad de sus afirmaciones. Es una pregunta natural y razonable. El tiempo de que dispongo en esta reunión solo me permite señalar algunos aspectos destacados del hombre, sus enseñanzas y sus obras. En el gran Sermón del Monte, Jesús enseñó que un árbol se conoce por sus frutos (véase Mateo 7:16–20). ¿Podría haber una base más justa y satisfactoria para juzgarlo? Los seguidores del Profeta no pedimos otra.

Los logros de José Smith

Consideremos al hombre. Nació de padres dignos que vivían humildemente en una zona rural de Vermont. Cuando José tenía diez años, la familia se trasladó a la región fronteriza del oeste de Nueva York, donde continuó ganándose una vida muy modesta mediante el ahorro y el trabajo arduo. José llegó a la edad adulta sin la mayoría de las oportunidades de recibir siquiera una educación escolar común. Por ello, su formación académica fue muy limitada. Según los criterios actuales, prácticamente no tenía estudios ni preparación para dirigir empresas intelectuales. Dadas esas desventajas a los ojos del mundo, ¿sorprende que muchas personas lo rechazaran y consideraran sus relatos producto de una imaginación desbordada e insensata?

Sin embargo, a pesar de todas aquellas graves limitaciones económicas y educativas, ¿qué llegó a ser José Smith? Permítanme compartir algunas citas. La primera procede del libro de John Henry Evans titulado Joseph Smith, An American Prophet:

«He aquí un hombre que nació entre las áridas colinas de Vermont; que creció en una región apartada de Nueva York; que nunca estudió en una universidad ni en una escuela secundaria; que vivió en seis estados, ninguno de los cuales lo aceptó mientras vivía; que pasó meses en las terribles prisiones de su época; que, aun cuando estaba en libertad, fue perseguido como un fugitivo; que una vez fue cubierto de brea y plumas y abandonado como si estuviera muerto; que, junto con sus seguidores, fue expulsado por vecinos enfurecidos de Nueva York a Ohio, de Ohio a Misuri y de Misuri a Illinois; y que, a la temprana edad de treinta y ocho años, fue asesinado a tiros por una turba de hombres con los rostros pintados.

«Y, sin embargo, este hombre llegó a ser alcalde de la ciudad más grande de Illinois y uno de los ciudadanos más destacados del estado; comandante del mayor cuerpo de soldados entrenados del país fuera del ejército federal; fundador de ciudades y de una universidad; y aspirante a la presidencia de los Estados Unidos.

«Escribió un libro [el Libro de Mormón] que durante cien años ha desconcertado a los críticos literarios y que hoy es más leído que cualquier otro volumen, con excepción de la Biblia. En los albores de una era de organización, estableció uno de los sistemas sociales más completos del mundo moderno y desarrolló una filosofía religiosa que, por su amplitud y coherencia, puede compararse con cualquiera de la historia. También puso en marcha las bases de un sistema económico capaz de disipar los temores que afligen al ser humano: el temor a pasar necesidad a causa de la enfermedad, la vejez, el desempleo o la pobreza.

«En treinta naciones hay hombres y mujeres que lo consideran un líder mayor que Moisés y un profeta mayor que Isaías. Sus discípulos se acercan ya al millón. Dos monumentos de granito se elevan hacia el cielo: uno en el lugar donde nació y otro donde recibió la inspiración para su libro».

La opinión de Josiah Quincy

Quizá también les interese saber lo que escribió acerca de José Smith Josiah Quincy, escritor y figura pública conocido en todo el país, que había sido alcalde de Boston. En mayo de 1844, el señor Quincy y su culto amigo Charles Francis Adams —hijo y nieto, respectivamente, de presidentes de los Estados Unidos— visitaron Nauvoo durante dos días. Como eran hombres destacados y conocidos, fueron recibidos en la Casa de Huéspedes, residencia de José Smith.

El señor Quincy relató aquella visita en el último capítulo de su libro Figures of the Past, publicado en 1880. Cito parte de ese capítulo de veinticuatro páginas:

«No es en absoluto improbable que algún futuro libro de texto, destinado a generaciones aún no nacidas, contenga una pregunta semejante a esta: ¿Qué estadounidense del siglo XIX ha ejercido la mayor influencia en el destino de sus compatriotas? Y no es imposible que la respuesta escrita sea: José Smith, el profeta mormón. Esa respuesta, por absurda que hoy parezca a la mayoría de las personas, podría resultar evidente a sus descendientes. La historia está llena de sorpresas y paradojas tan sorprendentes como esta.

«El hombre que estableció una religión en esta época de libre debate, y que fue y sigue siendo aceptado por cientos de miles como enviado directo del Altísimo, es un ser humano demasiado singular para descartarlo arrojando insultos contra su memoria. Fanático, impostor o charlatán pudo haber sido; pero esos calificativos no resuelven el problema que plantea. Fanáticos e impostores viven y mueren todos los días, y su recuerdo desaparece con ellos. En cambio, la extraordinaria influencia que ejerció y aún ejerce este fundador de una religión hace que se presente ante nosotros como un fenómeno que debemos explicar, en lugar de simplemente condenarlo.

«Algunas de las preguntas más importantes que se hacen hoy los estadounidenses tienen que ver con este hombre y con lo que nos ha dejado… José Smith, quien afirmaba ser un maestro inspirado, afrontó adversidades como pocos hombres han tenido que afrontar, disfrutó de un breve período de prosperidad como pocos han conocido y, finalmente, cuarenta y tres días después de que yo lo viera, fue alegremente hacia una muerte de mártir.

«Nacido en la pobreza más extrema, sin instrucción académica y con uno de los nombres más comunes, había llegado a ser, a los treinta y nueve años, una fuerza en la tierra. Entre los numerosos miembros de la familia Smith… ninguno había conquistado corazones ni moldeado vidas como este José. Su influencia, para bien o para mal, sigue siendo poderosa hoy, y todavía no conocemos su alcance final».

El señor Quincy concluyó su capítulo con estas palabras:

«He procurado narrar los detalles de mi visita al profeta mormón con absoluta exactitud. Si el lector no sabe qué pensar de José Smith, no puedo resolverle la dificultad. Yo mismo quedo perplejo ante este enigma».

Una cita de The New York Times

Compartiré una cita más, esta vez de un escritor que no simpatizaba con él, publicada en The New York Times el 4 de septiembre de 1843:

«Este Joe Smith debe ser considerado un personaje extraordinario, un profeta héroe, como quizá lo llamaría Carlyle. Es uno de los grandes hombres de esta época y, en la historia futura, ocupará un lugar entre quienes, de una u otra manera, han dejado una profunda huella en la sociedad.

«No es poca cosa, en pleno siglo XIX, dar a las personas una nueva revelación, fundar una nueva religión, establecer nuevas formas de adoración, construir una ciudad con nuevas leyes, instituciones y estilos arquitectónicos, establecer jurisdicciones eclesiásticas, civiles y militares, fundar centros de enseñanza, enviar misioneros y ganar conversos en dos hemisferios. Sin embargo, Joe Smith ha hecho todo eso frente a toda clase de oposición, burlas y persecuciones».

En el breve espacio de quince años, José Smith, sin instrucción en el saber ni en los métodos del mundo, hizo todas esas cosas importantes. ¿Cómo fue posible? ¿No se encuentra la única explicación razonable en su afirmación de que Dios le enseñó y en la verdad literal de estas palabras?

«…te levanté para manifestar mi sabiduría por medio de las cosas débiles de la tierra» (Doctrina y Convenios 124:1).

Sí, José Smith pudo confundir a los sabios, asombrar a los eruditos y maravillar a los poderosos.

Las verdades que enseñó José Smith

He señalado brevemente quién fue José Smith y algunas de las cosas que logró. Otra pregunta importante es: ¿qué enseñanzas características impartió que no enseñaban otras iglesias? Varias aparecen en los trece Artículos de Fe de la Iglesia, redactados por el propio Profeta. Muchas de sus enseñanzas no son aceptadas por el mundo, pero el tiempo solo me permite mencionar algunas.

Ya he señalado una enseñanza muy importante y fundamental: que Dios el Padre y Su Hijo Jesucristo son Personas reales con imagen propia, y que el Hijo redimió a la humanidad del dominio de la muerte producido por la caída de Adán. José enseñó también que somos hijos espirituales del Padre y que, antes de nacer en la vida terrenal, existíamos como personas conscientes junto a Él y a Jesucristo, nuestro hermano mayor en espíritu. Indudablemente, Dios nos creó en la carne, y los biólogos enseñan que la familia humana procede de unos mismos antepasados. De ello se desprende que la hermandad universal de los seres humanos, tanto en espíritu como en la carne, es una verdad divina.

Otra enseñanza estrechamente relacionada con la paternidad de Dios es que Satanás, el diablo, existe y es un ser personal. Es una persona real, con un cuerpo espiritual de forma humana. Se encuentra aquí en la tierra acompañado por muchos otros espíritus que colaboran con él en su obra maligna. Deben tenerlo presente todos los que sinceramente desean vivir rectamente y resistir las tentaciones de hacer el mal. Tales tentaciones proceden del diablo y de su hueste de espíritus malignos, hermanos nuestros en espíritu que fueron expulsados del cielo a causa de su rebelión. El Padre permite que estén aquí como parte de nuestra prueba, para que, al ejercer nuestro albedrío, demostremos si somos dignos de regresar a Su presencia.

Esto me lleva a hablar del albedrío: la libertad que el Padre ha concedido a cada hijo que nace en la vida terrenal para elegir sus actos, siempre que no atropelle ni niegue esa misma libertad a los demás. Multitudes de personas niegan hoy la existencia de un Padre Celestial amoroso y misericordioso porque permite la guerra y los horrores que la acompañan. No comprenden la doctrina divina del albedrío; de lo contrario, nunca responsabilizarían al Señor por la maldad, los delitos y los horrores que cometen Sus hijos. El Señor es misericordioso, amoroso y bueno con todos Sus hijos que se abstienen del mal y siguen el camino de vida que Él les ha dado. Dijo a Moisés:

«…esta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre» (Moisés 1:39).

El Señor cumplirá Su propósito con aquellos de Sus hijos que le obedezcan y colaboren con Él.

Esto nos conduce a la hermosa doctrina de la salvación de los muertos que enseñó el profeta José Smith. Según la entiendo, esta doctrina revela de manera absoluta que el Padre es un Dios de amor, misericordia, perdón y justicia, y que posee todos los demás atributos que reconocemos en un Padre perfecto. Ha concedido el albedrío a Sus hijos y ha preparado para ellos un plan de progreso eterno. Ninguno será aniquilado: todos continuarán viviendo eternamente, sean santos o pecadores. Toda persona que venga a la vida terrenal tendrá, en esta vida o después de la muerte, la oportunidad de oír y aceptar el evangelio de Jesucristo. Quienes cumplan todas sus condiciones —oportunidad que se les dará— finalmente serán salvos en el reino del Padre.

Hermanos y hermanas, ¡qué hermoso es el camino del Señor! ¡Qué grandes son Su misericordia y Su perdón! ¡Qué amplio es Su amor!

El mundo moderno debe en gran medida a las enseñanzas y los esfuerzos del profeta José Smith una interpretación correcta del plan de vida, salvación y exaltación que el Señor ha dispuesto para Sus hijos, si desean regresar a Su presencia.

Concluyo con este pensamiento: las afirmaciones, enseñanzas y obras de José Smith son tan extraordinarias que invitan a toda persona capaz de hacerlo a investigarlas honrada y detenidamente. Rehusarse a ello podría ocasionar, en algún momento, pesar y dificultades. Ciertamente, todo miembro de la Iglesia se debe a sí mismo el cumplimiento de ese importante deber. Ruego, en el nombre de Jesucristo, que cada uno de nosotros busque dignamente la ayuda del Señor para responder a los llamados del deber. Amén.

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