La fe y los pioneros
Élder Joseph Fielding Smith
Del Consejo de los Doce Apóstoles
Recordar lo que padecieron los primeros santos; honrar su legado mediante la obediencia; santificar el día de reposo
Fe y fidelidad de los pioneros / Santificar el día de reposo
Mis amados hermanos y hermanas, me dirijo a ustedes esta mañana con cierto temor y temblor, y busco la guía del Espíritu del Señor en lo que voy a decir.
Los sufrimientos y las persecuciones de los primeros santos
Vivimos cien años después de que los pioneros emprendieran su viaje y llegaran a este valle. Es natural que los hermanos recuerden a los pioneros y la gran obra que realizaron. He visitado la mayoría de los lugares relacionados con los primeros años de la historia de la Iglesia. He recorrido buena parte de la ruta que siguieron al venir a estos valles. He reflexionado mucho sobre aquellos lugares, los viajes, las privaciones, las dificultades, los sufrimientos y las persecuciones de esos primeros días. Al estar en esos sitios sagrados y recorrer parte de las tierras por las que pasaron, mi corazón se ha conmovido. Sin embargo, he comprendido que está más allá de mi capacidad entender, y quizá sentir, todo lo que aquellas almas buenas y fieles soportaron, todo por causa del evangelio de Jesucristo.
La Iglesia tuvo sus comienzos en Nueva York. La persecución sobrevino a los santos desde el principio y fueron expulsados. El Señor les mandó congregarse en Ohio (Doctrina y Convenios 37:3). Establecieron su sede en Kirtland, en ese estado. Sin duda, cuando llegaron allí no pensaban marcharse. Pero el Señor les reveló que había otro lugar, al que llamó «Sion», en las fronteras de los lamanitas (Doctrina y Convenios 28:9), y sus corazones se volvieron hacia él. Aun así, nunca habían tenido la intención de abandonar por completo su sede en Kirtland. La persecución, sin embargo, los obligó a salir.
Se congregaron con alegría, muchos de ellos en el condado de Jackson, donde se les había revelado que sería edificada la gran ciudad, la Nueva Jerusalén o Sion (Doctrina y Convenios 101:70–71). Se regocijaron por ello, pero no pudieron permanecer allí. Sus enemigos, llenos de odio y amargura, los expulsaron. Se trasladaron a otra parte de Misuri, donde nuevamente intentaron establecerse. La persecución los siguió, y la hostilidad de las autoridades de ese estado terminó en su destierro: el gobernador decretó que debían marcharse o ser exterminados.
Regresaron hacia el este, cruzaron el gran río y se establecieron en Nauvoo, Illinois. Prosperaron durante un tiempo, aunque sin quedar libres de la persecución y el odio. Finalmente, ese odio llegó a su punto culminante, y su profeta y el hermano de este, mi abuelo, fueron asesinados como mártires. Sus enemigos pensaron que aquello pondría fin a la Iglesia. Así lo declararon los periódicos. Sus enemigos se alegraron, pero la Iglesia no llegó a su fin; siguió creciendo. También crecieron la animosidad y el odio de sus enemigos, hasta que los santos fueron expulsados de sus hogares y despojados de casi todo cuanto poseían. Así emprendieron su viaje hacia esta tierra del oeste, desamparados y en la pobreza. El mundo dijo que iban a su destrucción y se alegró de ello.
Hermanos y hermanas, les aseguro que no comprendemos todo lo que vivieron: las privaciones, los sufrimientos, las persecuciones, los asesinatos y las expulsiones que padecieron antes de iniciar su viaje hacia el oeste. Y, sin embargo, llegaron a este valle con alegría. Fue el presidente George A. Smith quien dijo que habían venido por su propia voluntad y elección… porque no les quedaba otra opción. Y es verdad. Cruzaron las llanuras; muchos empujaban carros de mano que contenían sus escasas pertenencias. Recorrieron largas y agotadoras distancias con los pies doloridos y sangrantes, entre dificultades y sufrimientos que nosotros no comprendemos. Al llegar al valle del Lago Salado, agradecieron al Señor que les hubiera preservado la vida y conducido a un lugar de paz donde pudieran adorarlo. Y todo ello, si me permiten decirlo, porque amaban la verdad.
El primer día de reposo en el valle
Los pioneros —es decir, el presidente Young y su compañía— llegaron a este valle el 24 de julio de 1847. El día siguiente fue domingo. Llenos de gratitud, celebraron reuniones, tal como tenían la intención y la costumbre de hacer. En la reunión de la mañana hablaron los élderes George A. Smith, Heber C. Kimball y Ezra T. Benson. Con los ojos llenos de lágrimas, se regocijaron y agradecieron al Señor por haberlos conducido sanos y salvos.
Por la tarde se celebró otra reunión en la que hablaron los élderes Wilford Woodruff, Orson Pratt y Willard Richards. También ellos dieron testimonio de la verdad y expresaron su gratitud porque el Señor los había llevado a aquella tierra. En sus corazones oraron para que el pueblo recordara sus convenios y obligaciones, permaneciera fiel al Señor y lo sirviera con íntegro propósito de corazón.
El presidente Brigham Young estaba enfermo, pero hizo algunos comentarios. Deseo llamar la atención sobre algo que dijo, según lo relató el élder Wilford Woodruff. Este contó que, en sus breves palabras, el presidente Young «dijo a los hermanos que no debían trabajar el domingo; que al hacerlo perderían cinco veces más de lo que ganarían. Nadie debía salir de caza ese día, y ningún hombre que no observara estas reglas viviría entre nosotros. Podían ir a vivir a otra parte si así lo deseaban, pero no debían vivir entre nosotros». Y hablaban en serio. ¿Por qué no habrían de hacerlo? ¿Por qué habría de venir a esta tierra, entonces o después, un miembro de la Iglesia que no tuviera en su corazón el deseo de guardar los mandamientos del Señor y andar en rectitud?
¿Estamos a la altura?
He estado pensando, como muchas veces antes, en el gran legado que hemos recibido: las grandes bendiciones que nos han llegado sobre un fundamento de persecución, muertes y privaciones; del sacrificio de hombres y mujeres que dieron su vida para que pudiéramos habitar en esta tierra con paz y seguridad. ¿Qué sentimos hoy al respecto? ¿Santificamos el día de reposo? ¿Oramos? ¿Sentimos gratitud en el alma por todo lo que hicieron por nosotros aquellas personas firmes que amaban la verdad y vinieron aquí para adorar a Dios según los dictados de su conciencia?
Cuando veo informes sobre las condiciones en este estado y en los estados vecinos donde viven Santos de los Últimos Días; cuando veo cuánto alcohol, tabaco, té y café se consumen, junto con otras cosas perjudiciales para la salud y contrarias a los mandamientos del Señor; cuando veo a personas quebrantar el día de reposo y cometer toda clase de pecados contrarios a lo que se les ha enseñado, me pregunto si el Señor está complacido con nosotros.
El castigo del antiguo Israel
Quisiera llamar su atención sobre un relato de las Escrituras. Cuando el Señor condujo a Israel a la tierra de Palestina, entonces conocida como Canaán, les dio mandamientos y les dijo qué ocurriría si los quebrantaban. Entre ellos se encontraba el mandamiento de guardar el día de reposo (Éxodo 20:8–11). No solo debían santificar ese día: también la tierra debía disfrutar de un período de reposo en determinados intervalos (Levítico 25:1–11). Por medio de Moisés, el Señor les advirtió que, si no guardaban el día de reposo ni permitían descansar a la tierra, llegaría el momento en que esta tendría su reposo porque ellos ya no estarían allí. Los sacaría de su lugar. Y eso fue lo que sucedió.
Después de que las diez tribus de Israel fueran llevadas cautivas, Babilonia sitió Judá y se llevó cautivos a los habitantes de ese reino. El profeta Ezequiel les habló entonces y les recordó todas aquellas promesas que el Señor les había hecho. Les dijo que esas destrucciones y expulsiones habían venido sobre ellos porque habían quebrantado Sus mandamientos. Quiero leer dos pasajes de su amonestación. El Señor dijo:
Y les di mis estatutos y les hice conocer mis decretos, por los cuales el hombre que los cumpla vivirá. Y les di también mis días de reposo, para que fuesen una señal entre yo y ellos, para que supiesen que yo soy Jehová que los santifico (Ezequiel 20:11–12).
Y de nuevo:
Yo soy Jehová vuestro Dios; andad en mis estatutos, y guardad mis decretos y ponedlos por obra; y santificad mis días de reposo, y sean por señal entre mí y vosotros, para que sepáis que yo soy Jehová vuestro Dios (Ezequiel 20:19–20).
También es una señal para nosotros. Si no santificamos el día de reposo, Él puede seguir siendo nuestro Dios, pero quizá nosotros no seamos Su pueblo en el sentido que nos corresponde serlo. Todos los habitantes de la tierra le pertenecen, pero nosotros somos un pueblo peculiar. Con ello queremos decir que somos diferentes y que debemos ser diferentes del resto del mundo, porque, aunque estamos en el mundo, no somos del mundo.
Palabras del presidente Joseph F. Smith sobre el día de reposo
El tiempo no me permite decir mucho más, pero tengo aquí unas palabras del presidente Joseph F. Smith tomadas de una carta que escribió a sus hijas mientras estudiaban lejos de casa. Ellas querían saber acerca del día de reposo porque las personas del lugar donde se encontraban no lo observaban. Deseaban saber por qué nosotros debíamos obedecer ese mandamiento. Creo que dispongo del tiempo justo para leerles lo que escribió:
Todas las cosas deben hacerse con prudencia y moderación. En cuanto al día de reposo: «Y acabó Dios en el día séptimo la obra que había hecho; y reposó el día séptimo de toda la obra que había hecho. Y bendijo Dios el día séptimo y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho» (Génesis 2:2–3). «Acuérdate del día de reposo para santificarlo. Seis días trabajarás y harás toda tu obra; mas el séptimo día será día de reposo para Jehová tu Dios; no harás en él obra alguna» (Éxodo 20:8–10).
Este es el mandamiento y obliga a todos. Hay sólidas razones religiosas para observarlo y razones fisiológicas igualmente sólidas. En efecto, es una ley fisiológica además de divina. Quienes la guardan reciben la recompensa de obedecer la ley divina y disfrutan de los beneficios de la ley física. El descanso no es menos necesario para el ser humano que el sueño, aunque la necesidad no se sienta con la misma rapidez. Nadie puede vivir sin dormir, ni puede subsistir mucho tiempo sin descansar. El sueño no contribuye a prolongar la vida más que el descanso del día de reposo, aunque, desde el punto de vista físico, podamos resistir más tiempo sin este último que sin dormir.
Desde el punto de vista espiritual, quebrantar deliberadamente la ley del descanso del día de reposo es tan perjudicial para el desarrollo moral y la fe como lo es la falta de sueño para el cuerpo mortal. Pero el punto principal es que Dios lo ha mandado, no para Su propio beneficio, sino para el bienestar del hombre. Por tanto, el hombre debe obedecer. Si no lo hace, tendrá que afrontar las consecuencias temporales y espirituales.
También leemos: «Porque en verdad este es un día que se te ha señalado para descansar de tus obras y rendir tus devociones al Altísimo» (Doctrina y Convenios 59:10). Aprendemos a hacer las cosas haciéndolas. Nunca aprenderemos a hacerlas si no las hacemos. Quien cierra firmemente los ojos es más ciego que quienes verdaderamente carecen de la vista. Las cosas de Dios se conocen por el Espíritu de Dios (1 Corintios 2:11), no por el espíritu del hombre ni por el del mundo. Los que buscan hallarán; a los que llaman a la puerta se les abrirá, y los que piden recibirán, y no de otra manera (Mateo 7:7).
Quien tiene el Espíritu discierne por el Espíritu y ama las obras del Espíritu, porque le brindan deleite y gozo. Quien se dedica a hacer buenas obras encuentra en ellas belleza y recompensa; y quien siembra viento cosechará torbellino (Oseas 8:7). Quizá no lo coseche ahora, pues lo sembrado primero debe echar raíces, luego brotar y después dar fruto. El fruto será de la misma especie que la semilla. Aprendemos un principio al acercarnos a él, estudiarlo y darle cabida en nuestra mente y nuestro corazón.
[…] La verdad es eterna. No fue creada ni hecha. Es una joya preciosa. Permanece oculta para nosotros, y debemos encontrarla, aplicarla y hacerla nuestra.
Ruego que el Señor los bendiga, en el nombre de Jesucristo. Amén.


























