El Hijo de Dios
Élder Albert E. Bowen
Del Consejo de los Doce Apóstoles
La Resurrección de Jesucristo; la fuerza espiritual de Sus enseñanzas; la necesidad de vivirlas en una sociedad atribulada.
Jesucristo y Su Resurrección / Vivir Sus enseñanzas
Amigos del programa La Iglesia por radio:
El relato del acontecimiento extraordinario que conmemoramos hoy, y que hace de este uno de los días de mayor significado, es breve y sencillo.
El relato de la Resurrección
Jesús de Nazaret, quien había proclamado ser el Hijo de Dios, fue crucificado, y Su cuerpo, sometido a terribles sufrimientos, fue colocado en un sepulcro prestado. Al amanecer del tercer día, «pasado el día de reposo» (Mateo 28:1), algunas mujeres devotas regresaron para terminar los preparativos de Su sepultura. Encontraron el sepulcro vacío y los lienzos funerarios colocados allí (Lucas 24:1–3). Un mensajero celestial calmó su inquietud. Les dijo que sabía que buscaban a Jesús y les preguntó con suavidad:
«¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?
«No está aquí, sino que ha resucitado; acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea,
«diciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado y resucite al tercer día.
«Entonces ellas se acordaron de sus palabras» (Lucas 24:5–8).
El relato añade poco a aquella historia que cambió el curso de los tiempos, salvo que el Señor resucitado se dio a conocer a María, una de las mujeres (Juan 20:16); luego, en distintas ocasiones, se apareció a Sus discípulos cercanos (1 Corintios 15:3–8; Lucas 24:36) y, finalmente, a un numeroso grupo de personas antes de despedirse de ellos y ascender (1 Corintios 15:6; Hechos 1:1–9).
Según el cómputo común, todo esto ocurrió hace más de mil novecientos años. Sin embargo, aquel sencillo relato, difundido ampliamente y aceptado por millones de personas, ha perdurado sin interrupción a través de los siglos. Hoy, como muestra de la profundidad con que ha influido en sus vidas y de la amplitud de su alcance, multitudes de personas de esa extensa parte de la tierra que llamamos el mundo cristiano acudirán a sus iglesias, o ya lo han hecho, para rendir homenaje a Aquel que coronó Su ministerio terrenal de misericordia y redención triunfando sobre la muerte. Con ello dio a toda la humanidad la seguridad de que la vida no puede ser destruida y continúa más allá de la tumba. Ese es el significado y el mensaje del sepulcro vacío.
Los logros de Jesús durante Su vida
Pero la historia comprende mucho más que el relato de la Resurrección. Por sí solo, ese acontecimiento probablemente no habría prevalecido frente a la oposición que suscitó. Debía estar unido a la vida, las obras y las enseñanzas de Aquel cuyo cuerpo salió del sepulcro cerrado con una piedra y vigilado por guardias. Tampoco Su vida o Sus enseñanzas, consideradas por separado, habrían sido suficientes. Necesitaban ser coronadas con la confirmación de la inmortalidad que llegó mediante Su victoria sobre la tumba. Todo ello —Su vida, Sus enseñanzas, Su muerte y Su resurrección— forma un conjunto inseparable y no puede tratarse como partes independientes.
La integridad de ese relato se ve enormemente fortalecida por lo que ocurrió después: cambió profundamente el curso de la historia mundial y ejerció durante mucho tiempo una influencia decisiva en los pueblos de Occidente.
Es evidente que una consecuencia tan extraordinaria no puede atribuirse a la posición social ni a las posesiones terrenales de Jesús. No tenía ninguna de las dos. Sin embargo, no deseo detenerme en las humildes circunstancias de Su nacimiento ni en la sencillez de Su vida. Ambas han sido durante siglos tema de elocuentes discursos.
Sí deseo destacar que Jesús no vivió ni expuso Su doctrina entre un pueblo sumido en la ignorancia o dispuesto a creer ingenuamente cualquier cosa. Vivió y obró entre pueblos herederos de una civilización de dos mil años de antigüedad, y después de Su muerte Sus discípulos llevaron el mensaje a esos mismos pueblos. El estandarte de Roma se extendía por todas las tierras bañadas por el mar Mediterráneo. Allí convergían el saber de los antiguos; las leyes y las creencias en Dios de Israel, con su noble literatura y los majestuosos mensajes de los profetas hebreos; el arte, la literatura, la poesía y la música de Grecia; y los frutos del talento romano para la organización y el gobierno.
Fue allí, en el corazón de la cultura del mundo conocido, donde nació el cristianismo. Entre los pueblos que habían creado esa cultura, la Iglesia encontró a sus primeros seguidores y echó raíces firmes. Allí se abrió paso y llegó a ser aceptada como la religión de la mayoría de los habitantes del imperio que antes la había perseguido. Después se extendió por las naciones del mundo occidental, que incluso llevan en su identidad el nombre de Cristo.
Desde entonces ha influido en el curso de las naciones y lo ha moldeado. Hasta hoy les ha proporcionado sus ideales más nobles y sus mejores criterios para juzgar la conducta como buena o mala. Introdujo la idea de la hermandad humana, así como del valor y la dignidad de cada persona. La historia no ofrece paralelo al poder y la influencia de Jesucristo. En todos los logros de los diecinueve siglos transcurridos desde Su muerte, nada ha surgido que dispute Su preeminencia. En esta época extraordinaria, cuando el estudio de las fuerzas físicas parece haber llevado nuestro conocimiento de ellas casi a su punto más alto, nada de cuanto hemos aprendido —sea físico o metafísico, místico o filosófico— conmueve el corazón de las personas como lo ha hecho el poder irresistible del Hombre de Galilea. «¿De dónde tiene este hombre esta sabiduría y estos milagros?» (véase Mateo 13:54).
La importancia de lo espiritual en las enseñanzas de Jesús
En todas Sus enseñanzas, Jesús destacó la supremacía del espíritu. El mensaje que confió a Sus discípulos era espiritual. Su poder residía en él mismo: no provenía de ninguna fuente material ni dependía del favor cambiante de los hombres. Ese es el secreto de su expansión. Jesús vino a enseñar una religión, no simplemente un código de conducta.
Eso fue lo que encargó a Sus discípulos difundir por todas partes. Les dijo:
«Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado» (Mateo 28:19–20).
Jesús hizo de la realidad de Dios y de Su autoridad para guiarnos el tema central de todas Sus enseñanzas. Declaró que había venido del Padre, a quien regresaría, y que había venido a hacer únicamente Su voluntad (véase Juan 5:30). Oró fervientemente al Padre y enseñó a Sus discípulos a hacer lo mismo. Prometió la vida eterna a quienes creyeran en el Padre. Sus últimas palabras al morir en la cruz fueron: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lucas 23:46). Todo ello lleva implícita la doctrina de que vivió con Dios antes de nacer y de que es Su Hijo.
También enseñó que el ser humano es un ser eterno, hijo de Dios, y lo puso así en relación directa con el Padre y con el Hijo. Nada dignifica tanto a una persona ni da tanta firmeza a su conducta como esa convicción, una vez que penetra en su alma.
Este concepto, fundamental en la religión cristiana, dio forma al pensamiento de las personas y se expresó no solo en sus formas de adoración, sino también en los asuntos cotidianos de su vida y en las propias estructuras de los gobiernos civiles. Se encuentra en los cimientos de la civilización y la cultura de las naciones cristianas.
El estado actual del mundo
En este día de Pascua, detengámonos a evaluar esa civilización. ¿Cuál es su estado?
Está enferma, terriblemente enferma; el mundo entero lo está, y todos lo saben. El odio, la desconfianza, la envidia, la codicia y el ansia de poder recorren la tierra y mantienen al planeta en agitación. El temor paraliza a las naciones. La civilización cristiana ha sufrido un trágico derrumbe moral. Ninguna persona reflexiva lo discute. Pero es muy dudoso que hayamos diagnosticado correctamente la enfermedad. Parece, más bien, que atendemos los síntomas mientras dejamos crecer y propagarse sus causas profundas, y que administramos paliativos en lugar de remedios.
Solemos atribuir nuestros males a la guerra. Es una explicación que tenemos muy a mano. La guerra es terrible y causa tantos males que resulta fácil cargar sobre ella toda la responsabilidad de nuestras aflicciones. Pero es evidente que no es la causa profunda de nuestros problemas. Es un síntoma, la manifestación de una enfermedad anterior que la produjo. Si la guerra hubiera sido la causa, esta habría desaparecido al cesar los combates y solo nos quedaría recuperarnos. Eso no fue lo que ocurrió. Ahora parecemos más lejos de la paz que cuando la batalla estaba en pleno desarrollo.
La presión del conflicto había ejercido cierta fuerza que mantenía unidas a las naciones, y esa fuerza ya no existe. Muchos países pequeños parecen haber cambiado simplemente de dominadores, sin que su situación haya mejorado. Parecen haber perdido toda perspectiva inmediata de decidir su propio destino. Reconocemos, con razón, que la guerra es una terrible calamidad, y existe un intenso deseo de impedir que se repita. Pero la guerra nace de causas anteriores; la única manera de prevenirla es eliminar esas causas.
Influencias destructivas
La verdad es que nuestro problema es espiritual. Si no lo resolvemos, nuestra civilización se perderá. La solución no consiste únicamente, como muchos desean creer, en la reconstrucción técnica y económica. Ya he dicho que la civilización del mundo cristiano se funda en la creencia en Dios. Si se deja desaparecer ese fundamento, la civilización será destruida. Para vivir, necesita alimentarse constantemente de su fuente.
A los jóvenes nazis se los apartó por completo de las prácticas cristianas que habían orientado durante siglos la vida humana. Se les enseñó a negar las enseñanzas de Cristo; lo mismo ocurrió con los jóvenes fascistas. Ustedes conocen el resultado, y no fue bueno. Por desgracia, el debilitamiento de la fe cristiana no se ha limitado al nazismo, a los territorios dominados por el fascismo ni a los revolucionarios bolcheviques. Es cierto que en la mayor parte del mundo cristiano no se han empleado los mismos métodos; aun así, las influencias destructivas llevan mucho tiempo actuando en todas partes.
Se reduce a Jesús de Su condición divina a la de un simple maestro de moral, y Sus enseñanzas dejan de considerarse una religión para convertirse en un conjunto de ideales valiosos, pero sin fuerza obligatoria. Una persona destacada en el pensamiento educativo expresó de esta manera la concepción humanista centrada en el ser humano con la que algunos pretenden sustituir la religión cristiana centrada en Dios:
«El cosmos en su conjunto, del que surge la vida humana, no da muestras de ser inteligente ni de desear serlo. El espíritu humano está solo en un universo que, por lo demás, no es humano ni espiritual. Toda sensibilidad, sabiduría, generosidad, libertad o justicia que posee o pueda llegar a poseer, la ha creado y la creará por sí mismo» (Alexander Meiklejohn, Education Between Two Worlds).
Frente a ese ateísmo humanista presento las palabras de un doctor en filosofía, profesor de una de nuestras grandes universidades, que fue enviado a Alemania para registrar las emociones y reacciones de los acusados en los juicios de Núremberg. Después de sus experiencias allí y de presenciar la desolación de aquella tierra devastada, se cuenta que dijo:
«Yo era uno de esos muchachos inteligentes que, en la universidad, solían ridiculizar la idea de Dios y ayudaban a sus alumnos a burlarse de Él. Pero ahora, al estar en este lugar de ruina absoluta y ver el juicio de Dios que ha sobrevenido a esta ciudad y a este pueblo, y que pesa sobre estos acusados, los dirigentes de Alemania, voy a regresar a los Estados Unidos y a proclamar con toda la fuerza de mi voz: “Es hora de que volvamos a Dios, no sea que nos sobrevenga un destino peor”».
La debilidad del mundo cristiano
No debemos olvidar que la guerra devastadora que acaba de asolar la tierra estalló en el corazón mismo del llamado mundo cristiano: naciones cristianas destruyeron a otras naciones cristianas. La degradación que dejó tras de sí, el trágico derrumbe moral, la desolación extendida por todas partes y la inestabilidad de todo el orden social entre pueblos que han olvidado a Dios deberían enseñarnos humildad. Deberían hacernos comprender que el ser humano, por sí solo y rodeado de esta destrucción general, «no es más capaz de salvar al mundo de lo que fue de crearlo en un principio».
Puede sonar elevado negar la divinidad y afirmar que el ser humano debe crear por sí mismo todo cuanto tiene o pueda llegar a tener. Algunos profesan aceptar a Jesús como un gran maestro de moral y consideran que Sus doctrinas constituyen el mejor código de conducta que el mundo haya conocido. Pero Sus enseñanzas morales ejercen influencia en la vida humana por la majestad de la autoridad divina que les confiere el evangelio de Cristo. Ahí están sus raíces. Si se separan de aquello que las nutre, no podrán sostener una civilización, del mismo modo que una flor cortada de su tallo no puede conservar indefinidamente su lozanía.
Hemos intentado mantener la fe en una ética cristiana sin mantener la fe en la religión que la produjo. ¡Eso no puede hacerse! Es verdad que una civilización y su cultura pueden seguir avanzando durante un tiempo, impulsadas por el movimiento que ya habían adquirido, después de perder la fe en la fuente de la que surgieron. Pero, si no se nutren de sus raíces, acabarán por agotar sus reservas. No se puede recurrir indefinidamente a las reservas morales sin reponerlas, como tampoco se puede retirar dinero de una cuenta bancaria sin hacer nuevos depósitos. Durante demasiado tiempo, la civilización del mundo cristiano ha vivido de los restos de una fe que ha dejado de lado. Su debilidad se manifiesta en la falta de orientación moral que caracteriza a nuestra época. La historia enseña que el deterioro moral sigue al debilitamiento de la creencia en Dios.
Un comité formado por algunos de los clérigos más destacados de Inglaterra informó, después de un estudio prolongado:
«Se observa un marcado descenso de la veracidad y de la honradez personal, una alarmante expansión de la permisividad sexual y de la afición al juego. Los magistrados han expresado su preocupación por el aumento de la delincuencia juvenil. Los maestros se quejan de la dificultad de inculcar a los jóvenes el rechazo a la mentira y al robo, conductas que estos imitan de los adultos en sus hogares».
Lo más triste es que algunos de los vicios más degradantes se practican sin vergüenza ni remordimiento. Pero también estas cosas son síntomas de una enfermedad destructiva profundamente arraigada en el alma humana. El comité concluyó:
«La depravación es un síntoma seguro de enfermedad espiritual. La idea del ser humano como persona responsable corre el peligro de desaparecer junto con la pérdida de la creencia en un Dios viviente».
Basta con leer nuestra propia prensa para saber que las condiciones de nuestro país se parecen mucho a las que lamentan los clérigos ingleses. Si no lo creen, lean la columna de Los Angeles Times que enumera los delitos cometidos en un solo día en esa ciudad.
La fe de los primeros discípulos de Jesús
Debemos recordar que fue la religión que Jesús trajo —el evangelio— la que ganó adeptos en Roma pese a obstáculos abrumadores. Los hombres que Él escogió para representarlo después de Su partida, y a quienes encargó difundir Su evangelio por todo el mundo, eran hombres humildes, sin poder político ni fuerza militar. Su único recurso era el mensaje que el Maestro les había dejado y les había mandado proclamar. Tuvieron que abrirse paso luchando contra la furia desatada del imperio más poderoso de la tierra. Creían, desde lo más profundo del alma, en la verdad de lo que declaraban. Su fuerza era su fe inquebrantable en el Dios viviente y en la misión redentora de Jesucristo.
Nuestra celebración de este día de Pascua, aunque hayamos acudido en multitud a nuestras iglesias, será en vano si no salimos de ellas con esa fe renovada y con una voluntad más firme de restaurarla como el poder capaz de salvar al mundo.


























