Conferencia General — abril de 1947

El llamamiento a servir

Élder S. Dilworth Young
Del Primer Consejo de los Setenta

Responder al llamamiento del Señor; responsabilidades misionales de los Setenta; servir con disposición.
Obra misional y llamamiento de los Setenta / Seguir la palabra del Señor


Al leer la historia de la Iglesia, me han impresionado profundamente la fe sencilla y los deseos de los hombres que emprendieron esta obra hace más de cien años. Cuando descubrieron que el profeta José Smith podía acudir a nuestro Padre Celestial, muchos fueron a verlo y le pidieron que preguntara al Señor qué deseaba Él que hicieran.

La palabra del Señor a los primeros miembros

Sospecho que tantas peticiones a veces incomodaban al Profeta y, en ocasiones, le hacían perder la paciencia. Sin embargo, muchas veces acudió al Señor en nombre de sus amigos y hermanos para preguntarle qué debían hacer en el reino de Dios. Su padre, Joseph Smith, padre, hizo esa pregunta. Oliver Cowdery pidió instrucciones. Hyrum Smith, hermano del Profeta, Joseph Knight, padre, David Whitmer, Thomas B. Marsh, Ezra Thayer y Northrup Sweet estuvieron entre quienes recibieron una respuesta. A casi todos ellos, el Señor les dijo que, si deseaban servir a Dios, eran llamados a la obra y que había llegado el momento de actuar. Debían meter la hoz (Doctrina y Convenios 4:4) y cosechar mientras durara el día, pues había muchas almas listas para la siega. El mensaje que más se repite en las palabras del profeta José, según lo entiendo, es que quienes desean ser llamados pueden serlo (Doctrina y Convenios 4:3). Creo que siempre ha sido así.

El otro día, en la Estaca Tooele, una hermana me dijo que cierto miembro de la estaca quería salir a una misión, pero que su familia estaba esperando a que el Señor inspirara al obispo para que conociera el deseo de esa persona. Pues bien, creo que con el tiempo el Señor inspirará al obispo, pero sería mucho más fácil que la persona interesada fuera a verlo y le expresara su deseo. Así seguiría el ejemplo de aquellos hermanos de hace más de cien años.

¿Qué desea el Señor de nosotros? Desea que lo sirvamos y hagamos todo lo que nos pidan Sus siervos, los líderes de la Iglesia.

El llamamiento especial de los setenta

Permítanme dirigir unas palabras a los setenta sobre este asunto. Es al grupo que particularmente deseo ayudar. Si entiendo correctamente Doctrina y Convenios, los setenta son los misioneros de la Iglesia. No quiero decir que sean los únicos misioneros, sino que han sido llamados especialmente a esa labor. Cuando un hombre llega a ser setenta y es ordenado como tal, debe comenzar de inmediato a desarrollar su capacidad para expresarse, comprender los principios del Evangelio y aprovechar toda oportunidad de comunicarlos, a fin de que algún día pueda cumplir su llamamiento y realizar la obra misional.

Recuerdo que, hace unos quince o dieciséis años, el presidente J. Golden Kimball fue a Ogden y preguntó a todos los setenta reunidos en la estaca cuántos saldrían a una misión si pudieran. Todos levantaron la mano. Luego preguntó cuántos estarían dispuestos a morir por el Evangelio, si fuera necesario. Nuevamente, todos levantaron la mano. En aquel momento pensé: «¿Cómo podrán salir todos estos hombres a una misión? Trabajan, tienen familias; no pueden dejar a quienes dependen de ellos al cuidado de la Iglesia. ¿Cómo cumplirán ese llamamiento?».

Ahora es fácil comprenderlo. Hay misiones en las estacas de Sion. Cada estaca tiene la suya. En ellas se prepara a los misioneros y se los envía a enseñar a quienes no son miembros de la Iglesia, para que tengan la oportunidad de escuchar y aceptar el Evangelio. Todo hombre que sea setenta y desee hacer obra misional para cumplir su llamamiento debe comunicar cuanto antes ese deseo al presidente de su estaca. Entonces, cuando llegue el momento dispuesto por el Señor, esos hermanos, guiados por la inspiración, llamarán a ese setenta al ministerio y al campo misional.

Nadie debe pensar que esta labor carece de importancia. Uno de los lugares más fructíferos para hacer obra misional está aquí mismo, entre la gente de nuestras comunidades. Dos hermanos de mi estaca recibieron un llamamiento misional. Antes de comenzar, se dijeron a sí mismos y al Señor: «Dedicaremos a esta obra cada minuto que nos quede libre después del trabajo». Y así lo hicieron. Pronto pasaban cinco noches por semana visitando a las personas y enseñándoles el Evangelio. En dieciséis meses, después de celebrar una serie de reuniones en hogares y compartir las verdades del Evangelio con sus vecinos, habían bautizado a la asombrosa cantidad de veintidós adultos que se habían convertido. ¡Veintidós adultos en dieciséis meses! Difícilmente se podría encontrar hoy un campo más fructífero.

Esos hermanos me contaron que, mientras caminaban por la calle para visitar los hogares, muchas veces sentían que el Espíritu les susurraba: «Entren en esta casa». Al hacerlo, pudieron enseñar y convertir a la familia. No recuerdo haber oído a mi padre ni a ninguno de mis parientes relatos de experiencias misionales mejores que esos. Y todo ocurrió aquí, cerca de casa, entre la gente de nuestra comunidad. Aquellos hermanos no tuvieron que gastar dinero para viajar a un campo misional lejano. Después de terminar sus labores de cada noche, podían volver a estar con sus familias. El Señor bendijo sus esfuerzos, y también bendecirá los de ustedes.

Así pues, hermanos de los cuórums de los setenta —ustedes son alrededor de veinte mil—, cuando pregunten a la presidencia de su estaca «¿Qué podemos hacer?» y consulten al Señor qué desea de ustedes, tal vez reciban esta respuesta: «Los llamaremos a una misión, conforme a su oficio, y les pediremos que dediquen su tiempo libre a enseñar el Evangelio a nuestros amigos que no pertenecen a la Iglesia». Si reciben ese llamamiento, espero personalmente que lo acepten, salgan con todas sus fuerzas y cosechen mientras dure el día. Creo que ese es nuestro llamamiento como setenta. No importa si vamos lejos o permanecemos cerca de casa, siempre que recibamos el llamamiento y los hermanos que nos presiden deseen que sirvamos.

Por mi parte, solo deseo predicar el Evangelio. Durante un tiempo seré enviado lejos de ustedes. Lo único que puedo prometerles es que haré cuanto esté a mi alcance para edificar sobre los cimientos que hayan puesto quienes me precedieron y para enseñar, junto con sus apreciados misioneros, el Evangelio de Jesucristo a los habitantes de los estados de Nueva Inglaterra, porque sé que es verdadero. Es un honor para mí ser enviado a realizar esta obra con los jóvenes y las jóvenes de ustedes, que tanto anhelan decirle al mundo lo que ellos y yo sabemos: que José Smith fue un profeta y que, mediante el poder de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, pudo restaurar Su Evangelio en la tierra. Esa es mi esperanza y mi oración, en el nombre de Jesús. Amén.

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