El principio de las ofrendas de ayuno
Élder Matthew Cowley
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
Ayunar para bendecir a otros; cuidar de los necesitados; reconocer la fe de quienes sirven en circunstancias difíciles.
Bienestar, ayuno y ofrendas / Compasión hacia los necesitados
El presidente Smith me presentó primero como Matthias F. Cowley. Mi padre falleció hace ya varios años, pero nada me agradaría más que poder hablar hoy con su misma voz y conocimiento. Ojalá, después de mis muchos años de servicio misional, estuviera tan preparado para exponer las Escrituras y explicar el Evangelio como él lo estaba a los diecinueve años, cuando partió por primera vez a los estados del sur. Para entonces sabía de memoria cuatrocientos ochenta y tres pasajes de las Escrituras.
Estoy muy agradecido de participar hoy en esta gran conferencia. También agradezco el privilegio de prestar servicio misional en esta Iglesia, adondequiera que me lleve el llamamiento.
Visita a los santos que padecen lepra
Hace ocho días estuve en una pequeña localidad llamada Kalaupapa, en la isla de Molokai, del archipiélago de Hawái. Allí hay una colonia de personas que padecen lepra. Volé hasta ese lugar para pasar una tarde con nuestros hermanos y hermanas de la Iglesia. Era la primera vez que los visitaba. Fui con la aprensión de que la experiencia me entristecería; salí de allí sabiendo que me había elevado espiritualmente.
Asistí a una reunión con ellos. Escuché a un coro cantar nuestro hermoso himno bajo la dirección de un hombre anciano a quien esa terrible enfermedad había dejado ciego. Los oí cantar «Te damos, Señor, nuestras gracias». Mientras viva, ese himno jamás resonará en mi alma con una armonía tan hermosa como la que brotó de los corazones y las voces de aquellas personas debilitadas por la enfermedad.
Los pioneros de nuestros días
Cuando esta mañana escuché hablar a los hermanos de Europa, mi corazón se conmovió por quienes viven en esos países. Hoy rendimos homenaje a los grandes pioneros que llegaron aquí hace cien años para hacer que este desierto floreciera como la rosa (Isaías 35:1). Muchas veces me he preguntado si todavía hay en esta gran Iglesia pioneros tan extraordinarios como aquellos. Después de escuchar esta mañana a los dos hermanos de Europa, tengo la certeza de que sí. Hoy viven en la Iglesia pioneros tan grandes como los de hace cien años.
Pienso en quienes atravesaron los terribles años de guerra en Europa y sufrieron la destrucción de sus hogares y ciudades. A pesar de todo, siguieron adelante con fidelidad y devoción al Evangelio de Jesucristo, sin contar con una dirección como la que tuvieron nuestros pioneros cuando llegaron a este desierto. Por eso afirmo que en La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días seguimos teniendo pioneros tan grandes como los que hemos tenido en cualquier época.
El ayuno y las ofrendas de ayuno
Hermanos y hermanas, tengo un mensaje para ustedes. Se relaciona con una de las cifras mencionadas esta mañana y con el sufrimiento de nuestros hermanos y hermanas en las regiones de Europa devastadas por la guerra. Mi mensaje trata de las ofrendas de ayuno.
Hemos oído que nuestra tasa de mortalidad es muy, muy baja. Si somos honrados al pagar las ofrendas de ayuno, nuestra vida es un milagro. Sin embargo, no estamos obedeciendo el principio del ayuno, que es un principio del Evangelio de Jesucristo. No estamos entregando al Señor, ni a los santos de Europa que carecen de ropa de cama, prendas de vestir y alimentos, lo que Dios espera de nosotros. Supongo que aportamos menos de diez centavos al mes como ofrenda de ayuno. ¿Representa eso el costo de los alimentos que consumimos, o de los que dejamos de consumir el día de ayuno? Basta con mirarme para saber que yo mismo debería aportar más de un dólar al mes como ofrenda de ayuno a esta Iglesia. Y, sin embargo, aquí se ha anunciado que no hemos alcanzado nuestra meta. ¿Cuál es esa meta? ¿Un dólar al año? No lo sé. Hermanos y hermanas, la meta es dar una ofrenda honrada que corresponda a los alimentos de los que nos abstenemos, conforme al plan de Dios, el primer domingo de cada mes.
No podemos comprender el sufrimiento y las necesidades de nuestros hermanos y hermanas en los países de Europa a menos que ayunemos, y que ayunemos con frecuencia. ¡Necesitamos ayunar! Los grandes pioneros que vinieron aquí eran personas que ayunaban. No eran hombres y mujeres de grandes recursos económicos. Este edificio, el gran edificio al este de aquí y toda esta manzana del templo se construyeron con fe y sacrificio, más que con dinero. El fundamento de todo ello fue la rectitud, el buen carácter, la iniciativa, la independencia y la capacidad de valerse por sí mismos. Si edificamos sobre el fundamento que nuestros padres pioneros dejaron aquí, nuestra mayor obra no será construir mejores edificios, sino formar mejores personas.
Sé que este es el poder más grande del mundo para desarrollar el carácter y llevar la rectitud a la vida de hombres y mujeres. Cristo dijo: «Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado» (Juan 8:34). Cuando una persona se vuelve esclava del pecado, pierde su libertad. Quienes beben alcohol dicen que tienen derecho a hacerlo y que esa es su libertad; pero con demasiada frecuencia pierden esa libertad al convertirse en esclavos de la bebida, en lugar de ser dueños de sus decisiones.
Hermanos y hermanas, la libertad que nuestros pioneros trajeron aquí es la libertad de hacer lo que Dios desea que hagamos y lo que debemos hacer, en vez de seguir únicamente nuestros propios deseos. Tenemos la responsabilidad de mantener en alto esa gran antorcha de libertad fundada en la rectitud, que los padres de ustedes y los míos trajeron a este valle.
Para concluir, permítanme decir que todos estamos aquí en cumplimiento de la promesa que Dios hizo por medio de Sus profetas: que en los últimos días el monte de la casa del Señor sería establecido sobre la cumbre de los montes, sería exaltado sobre los collados y todas las naciones acudirían a él (Isaías 2:2–3). Nosotros estamos hoy aquí en cumplimiento de esa profecía. Sin embargo, por todo el mundo hay miles de Santos de los Últimos Días —en Alemania, en Escandinavia y en las islas del mar— que también anhelan de corazón participar de sus bendiciones. Sus ojos miran hacia lo alto y sus esperanzas se dirigen a la cumbre de los montes. La única manera de acercarlos a nosotros es tenderles la mano allí donde se encuentran y procurar que no sufran ni les falten alimentos o ropa.
Vinimos a estos valles y recibimos el sostén de los fundamentos de esta Iglesia. Ahora debemos extender al mundo entero ese mismo sostén que hemos recibido aquí. Paguen sus ofrendas de ayuno, obedezcan los principios del plan de bienestar y llevemos el monte de la casa del Señor, con todos sus dones y bendiciones, a los cuatro extremos de la tierra. Lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.


























