Conferencia General — abril de 1947

¿Qué trajeron los pioneros?

Élder Stephen L Richards
Del Consejo de los Doce Apóstoles

La fe como herencia pionera; el valor del trabajo y la educación; conservar su sabiduría y sus ideales.
Fe y legado espiritual de los pioneros / Educación, trabajo y sabiduría


Creo, hermanos, hermanas y amigos, que durante esta conferencia no hace falta disculparse por repetir el tema de los pioneros. Su recuerdo domina tanto esta ocasión y nuestros pensamientos que difícilmente podría esperarse que habláramos de otra cosa. Por ello, deseo tratar la pregunta: «¿Qué trajeron los pioneros?».

El propósito de los pioneros mormones al establecerse en el Oeste

Hace cien años, los movimientos de pioneros que buscaban establecerse en nuevos territorios no eran raros en los Estados Unidos. La tierra era la forma de riqueza más comúnmente reconocida, y la disponibilidad de nuevos terrenos hacía que su búsqueda fuera una ocupación predominante. La colonización había contribuido a construir el país, y la expansión de sus fronteras era una empresa generalizada.

Es cierto que el establecimiento pionero que hoy conmemoramos estuvo acompañado de muchas circunstancias extraordinarias. La distancia recorrida desde las comunidades establecidas y la penetración en un territorio inexplorado e inhóspito fueron mucho mayores de lo habitual. El número de personas que emigraron y se establecieron fue excepcionalmente grande, y el territorio que se pretendía abarcar era vasto. La expulsión de aquellas personas de sus hogares y el trato cruel e intolerante que recibieron en un país libre y democrático dieron un carácter particular a su emigración. También fueron inusuales la persecución que continuó después de que se establecieron aquí y la actitud adversa de su gobierno.

Todas esas circunstancias permiten considerar el movimiento pionero de 1847 como algo singular entre las empresas comparables de quienes poblaron las fronteras de nuestro país. Sin embargo, a mi juicio, no bastan por sí solas para explicar por qué la colonización mormona del Oeste ocupa un lugar preeminente entre los movimientos pioneros de los Estados Unidos, especialmente si se tienen en cuenta los recursos disponibles y los resultados alcanzados.

Para comprender a los pioneros y sus logros, debemos examinar sus motivos. Ahí encontraremos la diferencia entre ellos y otros pioneros de nuestro país. Vinieron en busca de libertad y paz, como lo han hecho otros. Vinieron a construir hogares, como lo han hecho otros. Vinieron para adorar a Dios y practicar su religión conforme a su conciencia, como lo han hecho otros. Pero también vinieron por un motivo que, hasta donde sé, no tiene equivalente en ningún otro movimiento pionero: tenían el propósito declarado de establecer una sociedad desde la cual pudieran llevar de regreso a la civilización de la que habían huido —sí, incluso a sus perseguidores— los principios de vida y conducta que eran la fuente de su inspiración, unidad, éxito y felicidad. No quiero decir que otros grupos no hayan realizado esfuerzos misionales; pero, por su altruismo cristiano tanto en propósito como en obras, sitúo a los fundadores de esta comunidad en la cima de los esfuerzos cristianos.

Llevaban profundamente arraigada la convicción de que sus mayores bendiciones vendrían al bendecir a los demás. Sabían que tenían un mensaje beneficioso para la humanidad; sabían que estaban obligados a compartirlo con los pueblos del mundo, y ni por un momento perdieron de vista esa responsabilidad ni su empeño por cumplirla. Mientras trabajaban para hacer habitable una tierra sumamente difícil, con todos los desalientos, decepciones y exigencias de tiempo, energía, paciencia y valor que ello suponía, nunca dejaron de aportar generosamente sus bienes, ganados con esfuerzo, ni de dedicar parte de sus limitadas fuerzas a llevar al extranjero los principios sagrados que regían sus vidas.

Durante sus largas marchas por las praderas, los primeros grupos de inmigrantes se cruzaron con misioneros que recorrían en sentido contrario el mismo camino difícil por el que ellos acababan de pasar. Aquellos misioneros avanzaban con la misma determinación, expectativa y esperanza, y muchas veces con sacrificios comparables a los de quienes habían emprendido el largo viaje hacia el Oeste. Así, los pioneros llegaron y volvieron a salir como ningún otro pueblo lo había hecho, y sus descendientes han continuado haciéndolo durante un siglo.

Su fe en una antigua profecía

¿Qué fuerza los impulsó a realizar esfuerzos sobrehumanos y sacrificios tan extendidos? Por extraño que parezca, fue su aceptación literal de una antigua profecía, renovada mediante la revelación moderna:

«Acontecerá en los postreros días que el monte de la casa de Jehová será establecido como cabeza de los montes, y será exaltado sobre los collados, y correrán a él todas las naciones. Y vendrán muchos pueblos y dirán: Venid, y subamos al monte de Jehová, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñará sus caminos, y caminaremos por sus sendas. Porque de Sion saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Jehová» (Isaías 2:2–3).

Cada pionero creía en esa profecía de todo corazón. En medio de sus labores, pruebas y privaciones, veía la posibilidad de que se cumpliera. Por supuesto que deseaba un hogar cómodo para su familia, una buena sociedad y prosperidad. Pero todo ello estaba subordinado al cumplimiento de la profecía: el establecimiento de Sion.

Todos nos alegramos del gran reconocimiento que se concede a Brigham Young como colonizador, estadista y constructor de una gran comunidad. Merece plenamente ese reconocimiento; sin embargo, pocos fuera de sus seguidores han comprendido el verdadero secreto de su éxito. Es cierto que era práctico, tenía visión de futuro y era hábil para organizar. Pero quienes conocen las fuerzas internas que impulsaron sus logros les dirán que su poder era espiritual más que temporal.

La unidad indispensable para el esfuerzo conjunto del pueblo era una unidad espiritual. Nacía de la convicción compartida de que la causa que habían abrazado era sagrada y de que todos aceptaban las responsabilidades que esta implicaba. En toda la obra y el ministerio de Brigham Young había otra persona que, en espíritu, permanecía siempre a su lado, lo apoyaba y lo inspiraba, y cuya guía él siempre reconoció. Era su predecesor, José Smith, el fundador terrenal de la causa que representaba, quien había inspirado al pueblo y por medio de quien se les había revelado su destino. Brigham nunca olvidó ni dejó de reconocer a José; tampoco lo hizo el pueblo. Lucharon con todas sus fuerzas por cumplir la misión que él les había confiado. Esa misión tenía aspectos temporales y espirituales, pero era principalmente espiritual.

Laboriosidad, educación y lealtad

Entonces, ¿qué trajeron los pioneros? Trajeron una laboriosidad pocas veces igualada. Enseñaron y practicaron el evangelio del trabajo como fundamento del éxito y la felicidad. Por desgracia, quizá ese principio era más ampliamente aceptado en sus días que en los nuestros. Demostraron su eficacia, y esa demostración sigue siendo hoy un ejemplo y un estímulo para el mundo.

Trajeron educación y amor por el arte y la belleza. No muchos de ellos habían recibido una formación académica extensa. Sus oportunidades de aprendizaje habían sido muy limitadas, pero poseían un deseo innato de conocer la verdad, que es, después de todo, la verdadera base de la educación. Para ellos, desarrollar la inteligencia y adquirir conocimiento era parte esencial del propósito de la vida. A la inteligencia se le atribuía la mayor dignidad posible, pues se había proclamado que era «la gloria de Dios» (Doctrina y Convenios 93:36). Por tanto, era natural que apoyaran con entusiasmo la educación y su influencia cultural y refinadora.

La educación que promovieron no era limitada ni estrecha, como a veces lo es la educación. Buscaba adquirir conocimiento sobre todos los aspectos de la vida y del universo. Además, hacía algo que, lamentablemente, la educación moderna no siempre hace: no subordinaba la inteligencia necesaria para comprender las cosas del espíritu a la inteligencia necesaria para aprender otros hechos.

Junto con ese elevado concepto de la inteligencia había un profundo amor por la belleza, fundamento tanto de la creación artística como de la capacidad de apreciar el arte. Ese amor no siempre encontró una expresión visible, pero impulsó muchas iniciativas valiosas, algunas sobresalientes, en la arquitectura, la música, el teatro y otros ámbitos culturales. Sin duda, ese profundo amor por el aprendizaje y la verdad contribuyó a que, en las generaciones siguientes, nuestro estado alcanzara una posición destacada en alfabetización y educación, así como en la proporción de habitantes que han recibido reconocimiento en las ciencias y otros campos del saber. Creo que, en estos aspectos, Utah ha estado entre los primeros estados de la Unión, si no en el primer lugar.

También trajeron una gran lealtad y una notable capacidad de entregarse con firmeza a la causa que habían abrazado. Difícilmente podemos calcular cuánto significó esto para el éxito de sus empresas. En general, eran personas fuertes e independientes, hombres y mujeres libres, muchos de cuyos antepasados cercanos habían luchado por la libertad. Aun así, estaban dispuestos y deseosos de consagrarse, junto con todo cuanto poseían, a la causa que los había traído aquí: la causa que amaban. Su entrega desinteresada era de la clase que permite prosperar a las grandes causas del mundo. Sin ella, ningún líder, por competente que fuera, habría tenido éxito.

La sabiduría: una cualidad sobresaliente de los pioneros

Llego ahora a lo más importante que trajeron consigo los pioneros. Lo llamo sabiduría: sabiduría acerca de las cosas importantes de la vida. Los aspectos verdaderamente esenciales de nuestra existencia pueden agruparse en unas pocas categorías. Creo que cuatro serían suficientes: el cuerpo, el carácter, la familia y el orden social. Si todo estuviera bien en estos cuatro aspectos, el mundo estaría en buena condición. La sabiduría para abordarlos es, y siempre ha sido, una de las mayores necesidades de la humanidad.

Los pioneros trajeron esa sabiduría tan necesaria. No la habían creado ellos. Se les había dado antes de que llegaran aquí. De hecho, no era creación de ningún ser humano, pues era la sabiduría de las edades legada a ellos por la Divina Providencia.

Consideremos primero el cuerpo humano. Todos desean tener un cuerpo sano, pero no todos están dispuestos a hacer lo necesario para conservarlo. Los pioneros trajeron un nuevo concepto del cuerpo que le confería un significado sagrado. Enseñaron que el cuerpo es el tabernáculo terrenal donde mora el espíritu del ser humano, hijo literal de Dios. Enseñaron también que no podemos profanar, contaminar ni maltratar el cuerpo introduciendo en él venenos o sustancias dañinas sin ofender a Dios, cuyo espíritu mora en él.

Según este concepto, quebrantar las leyes de la salud trae consecuencias no solo físicas, sino también espirituales. Tenemos, por tanto, un doble deber de preservar la salud del cuerpo. Para orientarnos en ese deber, los pioneros trajeron un código de normas de salud que, aunque había sido dado más de cien años antes, ha recibido el respaldo y la confirmación de investigaciones científicas que ni siquiera se imaginaban cuando se originó. Esa era sabiduría acerca del cuerpo, y son incalculables los beneficios que el pueblo ha recibido de ella.

En segundo lugar, el carácter, o la personalidad, si así prefieren llamarlo. Veo poca diferencia entre ambos. Defino el carácter como la suma de todos los atributos que forman parte de la vida de una persona; su naturaleza depende de si predominan en ella las cualidades buenas o las malas. La sabiduría que los pioneros trajeron acerca del carácter no era nueva. Era muy antigua, pero recibió un énfasis nuevo y especial. Enseñaba no solo que el ser humano es hijo de Dios, de la más noble ascendencia, sino también que, si vive de manera digna, está destinado a colaborar con su Padre Celestial en Sus obras eternas por todo el tiempo venidero.

¿Podría haber un incentivo más elevado para vivir dignamente y desarrollar un buen carácter? Esta enseñanza ofrece, además, un criterio claro para tomar decisiones. No conozco nada que impulse más a hombres y mujeres a cultivar un carácter noble que comprender con claridad su origen divino y su destino eterno.

Pasemos a la familia. ¡Cuánta alegría, tristeza, tragedia y dicha encierra esa palabra! Sobre ella se han escrito innumerables libros, artículos y discursos; también ha sido objeto de debates, controversias, leyes y decisiones judiciales. Precisamente hoy he visto que un escritor de una revista pone en duda la necesidad de la institución familiar e incluso predice, aunque con cautela, su desaparición en un futuro no muy lejano.

¿Qué sabiduría trajeron los pioneros acerca de la familia? Le atribuyeron las cualidades más nobles y elevadas que se le hayan dado en toda la historia. Enseñaron que no solo es la unidad básica para una vida feliz y para el progreso aquí en la tierra, sino que también constituye el fundamento mismo de nuestra esperanza de alcanzar la exaltación suprema en el reino celestial de nuestro Dios. En efecto, el cielo al que aspiramos es, en gran medida, la continuación de nuestros hogares en la eternidad.

¡Cuánto se apartan de estos elevados conceptos del hogar y la familia los males que hoy afligen la vida doméstica: el divorcio, los hogares deshechos y los hijos descuidados y descarriados, que merecen más compasión que reproches por la desintegración de la vida familiar! A mi juicio, esa misma desintegración ha contribuido considerablemente al crecimiento de los trastornos y las ideologías extremas en los gobiernos y la sociedad, que tanto han afligido al mundo y hoy constituyen una de nuestras mayores amenazas. ¡Qué beneficio recibirían el bienestar, la felicidad y el progreso de la humanidad si la sabiduría que trajeron aquellos humildes pioneros se aplicara en las familias del mundo!

Por último está el orden social, con lo cual me refiero al arte de convivir en paz y armonía. La sabia contribución de los pioneros a este aspecto tan importante de la vida puede expresarse con una sola palabra: hermandad. Enseñaron de manera muy concreta que todas las naciones, familias, lenguas y pueblos pertenecen a la familia de Dios. Enseñaron la fraternidad, fundada en la paternidad de Dios. Toda la doctrina de las relaciones cristianas, el altruismo y el servicio puede resumirse en las expresiones «mi hermano» y «mi hermana».

Hace cien años creían que la única esperanza sólida de alcanzar la paz universal consistía en extender esta doctrina de hermandad por todo el mundo. Muchas otras personas, tanto en el pasado como en la actualidad, la han proclamado. Me alegra que así sea y espero que sus palabras ayuden. Sin embargo, debo confesar que a veces me pregunto hasta qué punto se recibe esta doctrina.

Hace unos meses escuché por radio un discurso de un destacado líder religioso, el arzobispo de Canterbury, que hablaba desde Filadelfia. Su tema era la hermandad y la paz. Me complació oírlo declarar que había pocas posibilidades de establecer la hermandad sin reconocer la paternidad de Dios. Al día siguiente leí una reseña de su discurso en la prensa y, unas semanas después, otra en una revista. Ninguna mencionaba aquella declaración, que yo consideraba la parte más importante de su mensaje.

Lo que el mundo necesita para resolver sus dificultades y establecer una paz duradera no es solo una llamada «hermandad espiritual», expresión que suena bien. Necesita también una hermandad entre los hijos de Dios en la tierra que se traduzca en ayuda mutua y concreta.

Esa fue la sabiduría acerca del orden social y la paz que los pioneros trajeron y pusieron en práctica al llegar a esta tierra.

Todos mis compañeros miembros de la Iglesia comprenderán que estas sabias contribuciones, y muchas otras, eran principios del evangelio del Señor Jesucristo que habían sido restaurados por medio del profeta José Smith poco antes del acontecimiento que conmemoramos este año. Fue por su fe absoluta en ese mensaje extraordinario de vida y verdad que los pioneros establecieron la casa del Señor «como cabeza de los montes» (Isaías 2:2).

Establecer una comunidad y transformar un desierto en ciudades y pueblos, con los hogares, escuelas y servicios de los que hoy disfrutamos, fue una gran obra. Mucho mayor fue establecer el reino de Dios y llevar desde Sion a toda la humanidad aquel mensaje beneficioso de esperanza, fe y sabiduría divina y eterna.

Esa fue la verdadera herencia que nuestros nobles pioneros trajeron consigo y nos dejaron a nosotros y a nuestros amigos que han venido a unirse a nosotros en esta hermosa tierra que llamamos la Sion de nuestro Señor. Es el don más precioso de la vida. Ruego humildemente que Dios nos ayude a apreciarlo, vivirlo y compartirlo, en el nombre de Jesús. Amén.

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