«¡Cuántas veces quise juntarte…!»
Presidente J. Reuben Clark, Jr.
Primer Consejero de la Primera Presidencia
El amor y la paciencia de Cristo; aceptar Su invitación; vencer el egoísmo y atender a los necesitados.
Amor y misericordia de Jesucristo / Bienestar y cuidado de los necesitados
Hermanos y hermanas, confío en que la dulce influencia del Espíritu del Señor que nos ha acompañado hasta ahora durante esta conferencia y esta sesión continúe con nosotros mientras me dirijo a ustedes.
Homenaje a Charles A. Callis y Marvin O. Ashton
Esta mañana echamos de menos a dos grandes hombres. Uno es el apóstol Callis, cuyo mayor amor era el que sentía por sus semejantes, y cuyo deseo y propósito era compartir con ellos las verdades del Evangelio revelado en esta última dispensación. El otro es el obispo Ashton, quien amaba a las personas tanto como el apóstol Callis. Los problemas de los hombres y las mujeres le conmovían, y siempre hacía cuanto estaba a su alcance para aliviarlos. Fueron grandes hombres. Han ido a recibir una gran recompensa que los llevará a un lugar en el reino celestial de Dios.
El lamento del Salvador por Jerusalén
Cuando el Salvador estaba por salir de Transjordania para ir a Jerusalén, donde sería crucificado, los fariseos se acercaron a Él y le dijeron que Herodes procuraba matarlo. Refiriéndose a Herodes como «aquella zorra» (Lucas 13:32), el Salvador respondió: Díganle que los enfermos son sanados y los ciegos ven. Díganle que debo seguir mi camino hoy, mañana y pasado mañana, «porque no es posible que un profeta muera fuera de Jerusalén» (Lucas 13:33).
La mención de Jerusalén pareció despertar en Su mente todo lo ocurrido desde el principio del mundo, particularmente desde que se edificó aquella ciudad, y dijo:
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste! (Lucas 13:34).
Cuando llegó a Jerusalén en aquella última misión, mientras enseñaba en el templo, pronunció una severa denuncia contra los fariseos y los escribas, la más enérgica que conozco en toda la historia. Señaló que habían perseguido y dado muerte a los justos (Mateo 23:13–36), y volvió a expresar el mismo lamento:
¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste! (Mateo 23:37).
Ese es el tema que recorre todos los tratos de Dios con la humanidad: siempre perdona y siempre está dispuesto a recibirnos si nos disponemos a ser recibidos. Sus palabras fueron una expresión de amor divino. Es significativo que, para hacer la comparación, hablara del amor de una gallina por sus polluelos: el amor de una madre, lo más cercano al amor divino que conocemos.
El amor y el perdón manifestados por Jesús
Desde el principio del mundo, Él nos ha ofrecido oportunidades de servirlo. Ha procurado que vivamos con rectitud. Nos ha perdonado una y otra vez, y ha tratado de llevarnos de regreso a Él. Piensen en Enoc, Noé y Moisés. Piensen en la paciencia que tuvo con Israel: la muerte de los primogénitos de Egipto, el cruce del mar Rojo, la provisión del maná y el agua que hizo brotar de la roca en el desierto. Cuando llegó el tiempo del Salvador mismo, piensen en cómo procuró conducirlos al arrepentimiento y perdonó a quienes encontró dispuestos a recibir el perdón. A lo largo de la historia de Israel se repite un mismo sentimiento:
Cuántas veces quise juntarte, pero tú no quisiste.
Lo mismo sucede en nuestros días. Una y otra vez nos ha llamado a servirlo y nos ha hecho grandes promesas sobre lo que haría si nosotros cumplíamos nuestra parte. Apenas se había organizado la Iglesia cuando nos dio la gran ley para la salvación temporal y espiritual: la Orden Unida. Recuerden que el Señor dijo desde muy temprano que para Él todas las cosas son espirituales y que nunca nos ha dado una ley que sea temporal (Doctrina y Convenios 29:34).
Procuró que viviéramos los mandamientos que había dado respecto de la Orden Unida, para que nadie sufriera, se atendiera a todos los necesitados y todos fuéramos Su pueblo: felices y unidos, sin celos por la abundancia de unos y las carencias de otros. Pero el pueblo no pudo vivir esa ley. Después de tres años y cuatro meses, el Señor se vio obligado a retirarla, a suspenderla. Si desean saber por qué fue suspendida, los remito a la sección 56 de Doctrina y Convenios, desde el versículo 14 (Doctrina y Convenios 56:14–20). Allí se expresa claramente Su condena del egoísmo y la codicia entre nosotros, los de esta dispensación.
Cuando llegamos a estos valles, probamos otras medidas, pero tampoco tuvieron éxito. En los últimos años hemos establecido otro plan que atiende necesidades temporales y, al mismo tiempo, tiene un propósito espiritual. El Señor vuelve a ponernos a prueba. «¡Cuántas veces quise juntarte como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas!». Esa es la cuestión, hermanos y hermanas.
Un consejo oportuno
No necesito extenderme sobre las necesidades que tenemos y que probablemente aumentarán, particularmente en este país, a medida que crezca el desempleo. Todos necesitaremos ayuda; quizá incluso quienes hoy tienen más recursos. Los discursos de ayer nos hablaron de las necesidades de nuestros hermanos y hermanas que viven en otros países. ¿Responderemos a este desafío y proveeremos lo necesario a quienes necesitan ayuda, o dejaremos pasar el tiempo quejándonos?
Quiero repetir una sugerencia que hice anteriormente. Surgió al recibir informes de que algunos hermanos estaban calculando, en dólares y centavos, la enorme carga que tenían por delante. Sus cálculos, sin duda, la hacían parecer bastante grande. Si recuerdo bien, el Señor mandó a Israel que no hiciera un censo ni contara a sus hombres (1 Crónicas 21:1–8). No sé por qué se dio ese mandamiento, pero sospecho que, si contaban a sus hombres y veían cuán pocos eran, perderían el ánimo para librar la batalla que les aguardaba. Y el relato indica que, cuando no contaron, Dios los bendijo. Si yo estuviera en el lugar de ustedes, presidentes de estaca y encargados de las regiones, no dedicaría demasiado tiempo a calcular cuánto dinero debo recaudar. Me pondría a trabajar para reunirlo.
Repito que, a mi juicio, estamos nuevamente a prueba. El Señor sigue dándonos la oportunidad de servirlo y de llevar adelante Su plan, un plan que ciertamente dio por lo menos desde los tiempos del Sinaí.
Que el Señor nos bendiga y nos dé poder para aferrarnos a las verdades eternas que ha revelado. Que abra nuestros ojos para que veamos nuestro deber hacia nuestros conciudadanos y hacia los miembros de la Iglesia, dondequiera que se encuentren. Que quite de nuestros corazones todo sentimiento de odio y deje en ellos únicamente amor por quienes, al igual que nosotros, pertenecen a nuestro Padre Celestial. Lo ruego humildemente en el nombre de Jesús. Amén.


























