Conferencia General — abril de 1947

La obra de Dios

Presidente George Albert Smith

Tema central: Reconocer la mano de Dios en la historia de la Iglesia; prepararse y compartir con quienes necesitan ayuda; enseñar la fe y la virtud en el hogar.
Fe y obediencia en la obra del Señor / Bienestar, familia y obra misional


Estoy seguro de que el Señor ha sido bondadoso con nosotros durante estos días de conferencia. Ha sido una experiencia feliz. Los hermanos que nos han hablado lo han hecho bajo la influencia del Espíritu de nuestro Padre Celestial. Hemos disfrutado de música tan hermosa como podría escucharse en cualquier lugar. Hoy el Coro del Tabernáculo ha interpretado himnos y otras piezas corales que, estoy seguro, han elevado nuestra alma.

El crecimiento de la Iglesia

Mientras he estado sentado aquí, mirando los rostros de los hombres y las mujeres presentes, he visto personas de muchas partes del país. He estrechado la mano de personas de casi todas las regiones de los Estados Unidos y de otros lugares del mundo. Ya no somos una Iglesia pequeña y limitada a una sola región. Hay miembros nuestros en casi todas las partes del mundo civilizado.

Estoy seguro de que agradecemos a quienes han cantado y orado por nosotros, y a quienes nos han expresado sus testimonios. Los que estamos aquí hoy somos apenas una pequeña parte de los miembros de esta gran Iglesia. Creo que difícilmente comprendemos el verdadero poder de esta organización.

La primera reunión en el valle del Lago Salado

Hemos hablado mucho de la llegada de los pioneros. Fueron hombres y mujeres de valor y fidelidad. En los últimos momentos he pensado en algo singular: tres de los que les hemos hablado hoy somos nietos de tres de los hombres que hablaron en la primera reunión que celebraron los Santos de los Últimos Días en este valle. Me refiero al hermano Benson, al hermano Kimball y a mí. Nuestros abuelos pronunciaron los primeros discursos que se escucharon aquí después de la llegada de los pioneros. Quizá les interese saber que, al hablar a aquel grupo, el presidente Young reprendió a uno de esos hombres porque había sembrado unas papas en el día de reposo antes de acudir a la reunión.

Los pioneros llegaron con un propósito. El presidente Young asumió una responsabilidad enorme cuando guio al pueblo a través de las llanuras hasta los valles de estas montañas. El Señor había abierto el camino y preparado el momento. Así pudieron llegar y sembrar cultivos que maduraron lo suficiente para proporcionar semillas. Si el grupo Donner-Reed no hubiera pasado por allí el año anterior, probablemente los pioneros habrían tardado varias semanas más en llegar a este valle y habría sido demasiado tarde para sembrar. Verdaderamente, «Dios obra de maneras misteriosas para realizar Sus maravillas».

Más tarde, cuando los grillos destruyeron parte de los cultivos y los pioneros se encontraron desesperados, acudieron al Señor como su única esperanza. Entonces llegaron las gaviotas, devoraron los grillos y salvaron los sembrados.

Estas historias no son nuevas ni extrañas para ustedes. La mayoría ya las ha escuchado. Recuerdo que, hace ahora cien años, nuestro pueblo acampaba a orillas del río Misuri, en territorio indígena. Habían sido expulsados de sus hogares y privados de lo que habían ganado y acumulado. Estaban dispuestos a venir a esta tierra del Oeste y dejarlo todo atrás antes que renunciar a su fe. Me pregunto si nosotros mostraríamos el mismo valor si fuéramos sometidos a una prueba semejante.

Un programa de conservación

Se ha mencionado la necesidad de aumentar nuestras reservas de alimentos, ropa, ropa de cama y otros artículos. Quienes vivimos aquí, en lo alto de estas montañas, quizá no necesitemos mucho ese aumento, a menos que ocurra algo que hoy desconocemos. Sin embargo, los primeros pioneros, bajo la dirección del presidente Young, aconsejaban tener alimentos para un año. De ese modo, si alguien perdía sus cultivos, podría sostenerse hasta la siguiente cosecha.

Estoy seguro de que fue una severa prueba de fe para algunos de los nuestros cuando el presidente de los Estados Unidos y sus colaboradores ordenaron destruir alimentos y sacrificar animales, mientras los líderes de la Iglesia decían: «Construiremos graneros; cultivaremos más alimentos; aumentaremos nuestros rebaños y manadas. No destruiremos lo que pronto hará tanta falta en el mundo».

Como resultado, al terminar la guerra teníamos abundancia. No solo contábamos con suficientes reservas en nuestros graneros: también habíamos compartido el excedente para bendecir a los necesitados. En nuestros sótanos de almacenamiento, granjas y terrenos de pastoreo había suficiente para que, desde entonces hasta hoy, enviáramos cargamento tras cargamento a nuestros hermanos y hermanas de otros países. Y no nos ha faltado ni un bushel de trigo ni una libra de carne. Tampoco nos ha faltado la fruta o la verdura que envasamos y enviamos. Quiero decir que, al dar a los pobres, hemos prestado al Señor. Hoy vivimos con mayor comodidad que muchas personas de distintas regiones de los Estados Unidos y del mundo que no han dado para ayudar a quienes sufren.

Estoy seguro de que el Señor ama a las personas humildes y fieles que están dispuestas a tender la mano a quienes necesitan alimentos, ropa, mantas o simplemente bondad. Eso forma parte del evangelio de Jesucristo.

Los Santos de los Últimos Días son conocidos por sus buenas obras

Hoy hay personas de todo el mundo que conocen a los Santos de los Últimos Días. Conocen nuestra trayectoria y ahora saben la verdad acerca de nosotros como nunca antes. Por ello, vecinos y amigos de otras religiones que vienen a visitarnos nos miran desde otra perspectiva. Ven lo que estamos logrando y, al marcharse, se convierten en portavoces de la causa del Maestro.

Desearía que pudieran leer algunas cartas que he recibido en los últimos días de personas que no son miembros de la Iglesia, así como telegramas de algunos de los hombres más destacados de nuestra nación. Me desean lo mejor como Presidente de la Iglesia, desean lo mejor para la Iglesia por lo que hacemos para bendecir a nuestros semejantes y nos animan a continuar.

Tenemos más de tres mil misioneros por todo el mundo. Muchos de ellos llegarán a hogares que antes les cerraban las puertas y que ahora estarán abiertos para escuchar sus testimonios. Tenemos la responsabilidad de llevar el mensaje del Evangelio tanto al llamado mundo civilizado como a quienes no son considerados parte de él.

Todo esto ha sido posible porque el Señor, en Su sabiduría, vio la necesidad de darnos una nación en la que pudiéramos prosperar. En ninguna otra nación bajo el cielo habría podido organizarse la Iglesia y avanzar como lo ha hecho aquí. La fundación de los Estados Unidos no fue un accidente. Tampoco lo fue que recibiéramos su Constitución. Nuestro Padre Celestial sabía lo que haría falta y preparó el camino para que la tuviéramos. Surgió bajo la influencia de la oración, y Él guio a quienes redactaron ese extraordinario documento.

Las bendiciones de la democracia

Espero que los miembros de esta Iglesia no se dejen convencer de que otros planes, formas de gobierno o sistemas de dirección sean preferibles. Les digo sin vacilar que ninguna forma de gobierno del mundo puede compararse favorablemente con el gobierno que Dios nos dio. Este es Su plan. Después de darnos nuestro gobierno civil y preparar el camino para que pudiéramos gobernarnos, Él organizó la Iglesia y le dio el nombre de Su Hijo Amado (véase Doctrina y Convenios 115:4). Luego nos mandó compartir ese conocimiento con todos Sus hijos. ¡Qué encargo tan grande y divino!

El Señor dice que quien espera a recibir mandamientos en todas las cosas es un siervo perezoso (véase Doctrina y Convenios 58:26). Cuando vemos a nuestro alrededor la necesidad de vivir y enseñar el Evangelio, tenemos el deber de dar el ejemplo. No debemos esperar a que otros tomen la iniciativa; nos corresponde avanzar.

Todo lo que es digno de alabanza, tanto en la vida civil como en la religiosa, y todo lo necesario para hacer feliz a la gente vendrá a nosotros como parte del evangelio de Jesucristo, nuestro Señor. Esta es Su Iglesia; si somos fieles, somos Su pueblo. Quiero decirles que esta Iglesia continuará creciendo y extendiéndose. En lugar del aproximadamente millón de miembros que tenemos hoy, si cumplimos nuestro deber su número seguirá aumentando. Los hombres y mujeres buenos que buscan a Dios recibirán inspiración y aceptarán la verdad, como lo hicieron algunos de sus antepasados.

La historia de la familia Austin

Quisiera contarles la historia de la familia de un hombre que hoy está entre el público: la familia Austin. Deseaban venir a Sion, pero no tenían los medios. El padre no estaba seguro de que pudieran lograrlo. Trabajaba en las minas de carbón de Inglaterra. Sin embargo, la madre recibió inspiración y dijo: «Debemos prepararnos para ir a Sion». Cuando su esposo expresó que no creía que fuera posible, ella siguió adelante. Consiguió cajas, confeccionó y remendó la ropa de los niños y la guardó en ellas. Él veía los preparativos, pero no lograba imaginar cómo podrían viajar. Apenas tenían comida y ropa suficientes para vivir con cierta comodidad.

Un día, unas dos semanas antes de que zarpara un barco, si no recuerdo mal, una buena mujer llegó a la casa de la familia y dijo: «Hermana Austin, nos habíamos preparado para partir en ese barco. Tenemos las reservas y el dinero, pero ha habido una enfermedad en nuestra familia y debemos quedarnos. ¿Quisiera usar este dinero para llevar a su familia a los Estados Unidos? Podrá devolverlo después de llegar allí».

¡Eso sí que fue un milagro, en una época en que el dinero era tan escaso! La familia Austin vino a este país, y su llegada ha sido una bendición para la Iglesia. Dios abrió el camino.

La importancia de enseñar a los hijos

Hay decenas y decenas de casos semejantes; serían cientos si tuviéramos tiempo para investigarlos y contarlos. ¡Qué maravilloso es saber que podemos, si así lo deseamos, tomar la mano de nuestro Padre Celestial y dejarnos guiar por Él! Ningún otro pueblo tiene la seguridad que posee este grupo de personas. Si cumplimos nuestro deber, incluso nuestros hijos podrán tener esa fe gracias a la enseñanza que reciban en nuestros hogares y que los preparará para las luchas de la vida.

Podemos desear las riquezas del mundo, pero los tesoros más importantes que poseemos son los hijos e hijas que Dios envía a nuestros hogares. Quiero decir a los Santos de los Últimos Días que una de las responsabilidades de todo matrimonio es criar una familia para la honra y gloria de Dios. Quienes prefieran las costumbres del mundo a esa bendición descubrirán algún día que las cosas por las que lucharon se desvanecen como cenizas. En cambio, quienes hayan criado a sus familias para honrar a Dios y guardar Sus mandamientos encontrarán que sus tesoros no están únicamente aquí en la vida terrenal. Cuando el reino celestial se establezca sobre esta tierra, tendrán por tesoro a sus hijos, sus hijas y sus descendientes hasta las últimas generaciones. Eso es lo que dice el Señor.

Padres y madres, enseñen a sus hijos e hijas la necesidad de la virtud. No dejen esa tarea a otra persona. No den por sentado que ellos ya la comprenden. Desde sus primeros años, explíquenles el propósito de la vida y guíenlos para que sientan que pertenecer a la Iglesia y ser hijos e hijas del Dios viviente es una bendición del Señor.

La alarmante tasa de divorcios

La tasa de divorcios de nuestro país es alarmante. Muchas personas que en los últimos años se apresuraron a casarse están rompiendo esos vínculos. Siembran así semillas de pesar que las acompañarán durante mucho tiempo. No han estado dispuestas a afrontar sus dificultades con paciencia y confiar en que todo pudiera salir bien.

Los tiempos difíciles

Recuerdo lo que dijo una hermana en Idaho hace algunos años, cuando la gente se quejaba de los tiempos difíciles. Pregunté si entre los asistentes a la reunión había alguien de ochenta años y me respondieron: «Sí, hay aquí una mujer de más de ochenta». Dije: «Invítenla a subir al estrado para que escuchemos su testimonio».

Ella dijo: «Me cansa oírlos hablar de tiempos difíciles. ¡Aquí tienen más comida y más de todo lo que necesitan! Unas pocas familias poseen más de lo que teníamos en todo este valle cuando llegué. Al venir, teníamos dos caballos, un carromato y una vaca, y las únicas cargas que yo traía eran mi bebé y mi esposo». Se refería a sus acompañantes.

Por supuesto, aquel comentario hizo reír mucho a la congregación. Si hablaba en serio, parecía tener a su esposo en poca estima. Luego continuó: «Trabajábamos en equipo. Trabajábamos dentro y fuera de la casa. Hacíamos todo lo posible por conservar nuestras fuerzas y nuestros recursos, ¡y miren lo que este valle ha producido ahora! ¿Tiempos difíciles?».

Fue interesante escuchar a aquella querida anciana reprender a una gran congregación de personas que creían estar pasando por tiempos difíciles.

Puede que nos lleguen tiempos difíciles, hermanos y hermanas, pero podemos prepararnos. Recordemos los siete años de abundancia y los siete años de hambre en los días de Faraón (véase Génesis 41:29–30) y planifiquemos como lo hicieron entonces. Esas condiciones podrían repetirse; no lo sabemos. Lo que sí sabemos es que, en los primeros días de la Iglesia, la Presidencia y los líderes aconsejaron al pueblo almacenar suficientes alimentos para afrontar una emergencia. Como resultado, desde que la gente se estableció firmemente aquí, las granjas comenzaron a producir y aumentaron las manadas y los rebaños, nadie ha tenido una verdadera necesidad de padecer hambre.

Valorar la condición de miembro de la Iglesia

Esta es la obra de Dios. Esta es la Iglesia del Cordero de Dios. Él nos ha ofrecido pertenecer a ella eternamente. Hermanos y hermanas, les suplico a cada uno que valore esa bendición y la conserve mediante una vida recta. Así nunca llegará el día en que se encuentren a oscuras, buscando a tientas el camino y sin saber qué significa todo esto.

Antes de concluir, quisiera decirles que esta obra trae gozo. Nos dará una paz y una felicidad que nada más puede proporcionar, si hacemos nuestra parte. Nuestros vecinos y amigos, muchos de los cuales no pertenecen a la Iglesia, nos apreciarán si ven nuestras virtudes y si las cultivamos como el Señor desea.

Piensen en este gran órgano y en el Coro del Tabernáculo, que cantaron para el mundo durante toda la guerra y que, día tras día, semana tras semana, ofrecen su tiempo para cantar por nosotros y por nuestros vecinos y amigos de todas partes. ¡Cómo los ha fortalecido el Señor y los ha hecho merecedores de la admiración de la humanidad!

Esta es la obra del Señor. No encontrarán nada igual. La ciudad en que vivimos era un desierto hace cien años. Hoy es una ciudad cuyas calles, trazadas desde el principio con gran anchura, resultan útiles para los automóviles. No creo que quienes llegaron en aquellos primeros días imaginaran un automóvil. Sin embargo, al diseñar la ciudad, dejaron espacio suficiente para que, si conducimos con cuidado, puedan circular cuatro automóviles uno junto a otro, estacionarse vehículos y desplazarnos sin dificultad.

Este desierto ha florecido (véase Isaías 35:1). He llevado a algunas personas a las colinas para contemplar el valle, y me han dicho: «Habíamos oído que esta era una región desértica. ¡Los árboles casi no dejan ver las casas!». Es un valle hermoso. El Señor nos envía lluvias al comienzo y al final de la temporada y cubre nuestras montañas de nieve. Así, año tras año, recibimos la humedad que tanto necesitamos para que maduren los cultivos y podamos disfrutar de esta tierra que antes era un desierto.

La obediencia trae bendiciones

Podríamos hablar de muchas otras cosas si tuviéramos tiempo. Quiero decirles que toda bendición que disfrutamos es resultado de guardar los mandamientos de Dios. Toda bendición que deseamos debemos obtenerla bajo esas mismas condiciones.

Por eso hoy les testifico que tenemos un Padre Celestial. Sé que Él vive. Sé que Jesús es el Cristo, Su Hijo Amado, que entregó Su vida terrenal para que nosotros pudiéramos tener vida eterna. Vino a este continente en dos ocasiones: primero a los nefitas y después, en los días de José Smith. En esta última ocasión vinieron el Padre y el Hijo para abrir el camino a la difusión de Su Evangelio. Nos ha llamado a poseer el sacerdocio y a llevar el mensaje del Evangelio como misioneros a distintas partes del mundo. A cambio, nos ha prometido la vida eterna en Su reino celestial. José Smith y Hyrum Smith entregaron sus vidas como testimonio al mundo de la veracidad de esta obra.

Hoy han sostenido a dos hombres presentes en esta congregación que son descendientes de Hyrum Smith, el mártir. Dios ha bendecido a esa familia a lo largo de los años y, si son fieles, continuará bendiciéndolos. Nadie, salvo ellos mismos, puede privarlos de esas bendiciones. No es necesario pertenecer a esa familia: cada uno de ustedes tiene la misma promesa si busca primero, y no al final, el reino de Dios y Su justicia (véase Mateo 6:33). Él ha prometido añadir todo lo demás. ¿Qué más podríamos desear? Pero todo depende de nuestra disposición a honrarlo y guardar Sus mandamientos.

Testimonio

José fue un profeta que dio la vida por esta causa. Hyrum fue un patriarca que también dio la vida, y muchas otras personas han entregado la suya por el evangelio de Jesucristo. Esta es la obra del Señor; Su autoridad se ha confiado a esta Iglesia, y no se encuentra en ninguna otra parte del mundo fuera de ella.

Sabiendo esto, me alegra estar aquí con ustedes. Me complace poder adorar junto a ustedes en este lugar que es sagrado para todos nosotros. Ruego que, al salir de aquí, cada uno vuelva a su hogar con una determinación renovada de ser digno de Aquel que nos concede todas nuestras bendiciones y de vivir dignamente unos con otros en nuestros hogares, santificados por la rectitud de nuestra vida.

Esta es la obra de Dios, y de ello doy testimonio en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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