Capítulo 9
Permanecer en Lugares Santos
En la Biblia, el primer episodio mortal de interacción humana con lo divino es el de la creación, colocación en la tierra y caída de Adán y Eva. Satanás entró en el jardín y tentó a Eva. Ella cedió a sus insinuaciones y comió del fruto prohibido, el cual luego compartió con Adán. Dios apareció, nuestros primeros padres confesaron su falta, y fueron expulsados del Jardín de Edén para labrar la tierra y ganarse el sustento con el sudor de su frente. La traducción inspirada del profeta José Smith de este episodio, tal como la hallamos en el libro de Moisés, añade una perspectiva maravillosa que nos permite entender esta serie de acontecimientos no como la primera tragedia humana, ni como el acto inicial de rebelión del hombre, ni como un intento egoísta de usurpar poderes divinos, sino más bien como una caída afortunada, una parte significativa del plan de Dios. En palabras del élder Orson F. Whitney, la Caída “tuvo una doble dirección: hacia abajo, pero también hacia adelante. Introdujo al hombre en el mundo y puso sus pies en el camino del progreso.” La Caída abrió la puerta a la mortalidad, lo que trajo consigo el pecado y la muerte, pero también sentó las bases para una redención y una reconciliación que vendrían por medio de la expiación y la resurrección de Jesucristo. En verdad, como escribió C. S. Lewis, la “humanidad redimida” se elevaría más alto, infinitamente más alto, que la “humanidad no caída.”
Al describir la interacción de Adán y Eva con Dios, el Génesis registra que ellos “oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto.” Luego sigue esta frase tan fascinante: “Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú?” (Génesis 3:8–9; énfasis añadido). Como podríamos suponer, esta pregunta ha dado lugar a mucha conversación y comentario a lo largo de los siglos, cuya esencia se resume así: ¿Por qué un Ser omnisciente y sabio necesitaría preguntar a Adán dónde estaba? ¿Acaso no podía Dios encontrarlo? ¿Es posible que Adán y Eva pudieran escapar a algún rincón del mundo donde el Todopoderoso no pudiera discernir su paradero? Difícilmente, pues las Escrituras atestiguan que no hay lugar adonde el ser humano pueda ir donde Dios no pueda hallarlo y conocerlo. No, Dios sabía perfectamente dónde estaban Adán y Eva, pero quizás Adán y Eva necesitaban saber dónde estaban ellos.
“¿Dónde estás tú?” Dios nos pregunta a cada uno de nosotros con regularidad, por medio de Su Espíritu, mediante las santas Escrituras, a través de las palabras de los oráculos vivientes. Dennis Rasmussen, profesor emérito de filosofía en la Universidad Brigham Young, escribió: “La necesidad fundamental del hombre no es formular una pregunta, sino responder a una. Solo al responder aprendo a ser responsable; solo al responder aprendo a preocuparme por algo más allá de mí mismo.
“… Cuando Adán salió del Edén, el Señor cubrió su cuerpo con una vestidura y su alma con una pregunta. Adán, ¿dónde estás tú? ¿Acaso Dios no lo sabe? Al contrario, solo Él lo sabe. En mi debilidad pierdo el sentido de la orientación. Como un niño que vaga por un bosque, sigo los caprichos del momento y olvido el camino. Estoy demasiado absorto en mi entorno para seguir la senda. No es sino hasta que la voz de un Padre me llama que empiezo a preguntarme dónde estoy. ¿Cómo responderé? ¿Diré: aquí estoy? Pero ¿dónde es aquí? Estoy tan indefenso que no puedo decirlo. Pero en lo profundo de mi ser oigo Su voz y tiemblo, porque, al final, solo hay dos lugares: con Él o sin Él, y solo dos caminos: hacia Él o lejos de Él.”
La gran pregunta, tal como se presenta en la traducción de José Smith de la Biblia, es ligeramente diferente: “Y yo, Jehová Dios, llamé a Adán y le dije: ¿Adónde vas?” (Moisés 4:15; énfasis añadido). Es decir, esencialmente: “Adán, ¿hacia dónde te diriges? Eva, ¿cuál es tu destino?” Es sumamente valioso, en medio del vertiginoso ritmo del mundo actual, detenerse un momento, respirar, reflexionar y reorientarse. Ninguno de nosotros vive sin pecado, y todos necesitamos la misericordia perdonadora. Nos desviamos, y luego nos esforzamos por volver al camino correcto. Nos duele cuando nos apartamos momentáneamente de la luz, pero nos sentimos alentados al leer las preciosas palabras del Señor: “Y cuantas veces mi pueblo se arrepienta, le perdonaré sus transgresiones contra mí” (Mosíah 26:30).
Una revelación moderna contiene estas solemnes palabras: “Y habrá hombres que estarán de pie en aquella generación”—la generación “en la cual [se manifestarán las señales de los tiempos]” (José Smith—Mateo 1:34)—“que no pasarán hasta que vean un azote desbordante; porque una enfermedad desoladora cubrirá la tierra. Mas mis discípulos estarán en lugares santos, y no serán movidos” (Doctrina y Convenios 45:31–32; énfasis añadido). Obsérvese el mensaje en otro pasaje: “He aquí, es mi voluntad que todos los que invocan mi nombre y me adoran conforme a mi evangelio eterno, se reúnan y estén en lugares santos” (Doctrina y Convenios 101:22). Desde el principio, Jehová ha procurado establecer “una generación escogida, un real sacerdocio, una nación santa, un pueblo adquirido” (1 Pedro 2:9; compárese con Éxodo 19:5). Una nación santa está compuesta por aquellos que han aprendido a permanecer en lugares santos. Sí, quienes procuran con sinceridad seguir al Salvador deben hallarse siempre en los edificios de la Iglesia y en los santos templos; estos son las casas del Señor. Nos preparamos para morar con Él por la eternidad al pasar en esta vida una parte significativa de nuestro tiempo en Su morada.
Sin embargo, la cuestión crucial no es nuestra ubicación geográfica específica. No, no se trata tanto de dónde estamos como de cómo estamos; como se nos ha enseñado, nuestra posición ante Dios tiene menos que ver con lo que estamos haciendo y más con lo que estamos llegando a ser. Permanecemos en lugares santos cuando dejamos saber que somos Santos de los Últimos Días y que tenemos algo de valor trascendente que ofrecer al mundo; cuando nos atrevemos a ser diferentes; cuando defendemos lo que es correcto; cuando soportamos las cruces del mundo y despreciamos la vergüenza de ello (2 Nefi 9:18); cuando nos importan poco las modas y tendencias de la cultura y decidimos ser parte de la contracultura de Sion. Permanecemos en lugares santos cuando nos mantenemos firmes contra el vicio y la inmoralidad y permanecemos humildes pero seguros junto a Dios y la “gran nube de testigos” (Hebreos 12:1), compuesta por santos a ambos lados del velo (2 Reyes 6:16; compárese con 1 Juan 4:4).
Durante la Segunda Guerra Mundial, muchos Santos de los Últimos Días en países europeos se preguntaban si había llegado el momento de abandonar sus patrias y “reunirse en Sion”, es decir, trasladarse a Salt Lake City o a algún otro lugar de los Estados Unidos. El élder Harold B. Lee se dirigió a tales personas cuando dijo: “Sé ahora que el lugar de seguridad en este mundo no se encuentra en ningún lugar determinado; no importa tanto dónde vivamos, sino que lo verdaderamente importante es cómo vivimos, y he descubierto que la seguridad solo puede llegar a Israel cuando guardan los mandamientos, cuando viven de tal manera que puedan disfrutar de la compañía, la dirección, el consuelo y la guía del Espíritu Santo del Señor, cuando están dispuestos a escuchar a estos hombres que Dios ha puesto aquí para presidir como Su voz, y cuando obedecemos los consejos de la Iglesia.”
El profesor Rasmussen observó: “Ante la mayoría de las preguntas, el hombre desea tener una respuesta. Pero ante la pregunta del Señor, el hombre debe ser una respuesta. De parte del hombre, Dios no necesita información. La respuesta del hombre debe ser el propio hombre. Así como cada ser humano es diferente, también lo será cada respuesta.”
“Adán, ¿dónde estás tú? Eva, ¿adónde vas?” (Génesis 3:9). Respondemos a esas preguntas cuando nos orientamos en la dirección correcta, cuando demostramos nuestra lealtad y fidelidad al reino de Dios al entregarle no solo nuestras palabras, sino también nuestro corazón. Al hacerlo, permanecemos en lugares santos, y no seremos movidos.


























