El Antiguo Testamento


La Restauración como Renovación del Convenio

David Rolph Seely


El Señor, en Su preámbulo a Doctrina y Convenios, declara que debido a que el mundo ha “quebrantado mi convenio sempiterno” la Restauración fue necesaria, “a fin de que mi convenio sempiterno fuese establecido” (1:15, 22). Así, el concepto de convenio es central para comprender el evangelio restaurado. El convenio es un tema central y unificador de las Escrituras, comenzando en la Biblia hebrea y reflejado en el mismo título del libro dentro de la cristiandad—el Antiguo Testamento. La palabra inglesa testament proviene en última instancia de la palabra hebrea para “convenio,” mientras que el término “antiguo” se usa para designar el convenio mosaico—vigente hasta la época de Cristo—y se contrasta con la terminología de Jeremías, quien profetizó el futuro establecimiento de un “nuevo” convenio (Jeremías 31:31). El apóstol Pablo confirmó que Jesucristo cumplió la profecía de Jeremías y fue el “mediador del nuevo testamento [convenio]” (Hebreos 9:15). Por tanto, el registro del ministerio de Jesús y de la primera comunidad de convenio llegó a conocerse como el Nuevo Testamento, y los títulos de ambas partes de la Biblia cristiana, el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento, se refieren a las dos etapas significativas del convenio bíblico. El documento del convenio del nuevo y sempiterno convenio se llama Doctrina y Convenios.

El convenio es un principio eterno que define la relación entre Dios y Sus hijos. Es un proceso mediante el cual Dios administra el plan de felicidad. El Señor, por Su parte, promete a Sus hijos la redención de su estado caído, y la dirección y las ordenanzas sagradas necesarias para la salvación y la exaltación, preservando al mismo tiempo las condiciones en las que puede ejercerse el albedrío. Los hijos del convenio, a su vez, se comprometen voluntariamente a recordar y obedecer a su Padre y a aceptar y aplicar el poder de la Expiación en sus vidas para cumplir con la medida de su creación—hallar gozo en la mortalidad y vida eterna en el mundo venidero. Así, el convenio proporciona propósito, significado y dirección a la mortalidad como tiempo de probación y define los grados de gloria en la vida venidera como los galardones prometidos de la relación de convenio.

A partir de la revelación moderna aprendemos que el Señor ha administrado Su convenio a Sus hijos desde el principio mismo y que Adán fue el primero en aceptar el evangelio de Jesucristo y entrar en el convenio mediante la ordenanza del bautismo (véase Moisés 6:62–67). Las Escrituras registran la restauración, o renovación, de este mismo convenio en momentos cruciales de la historia: mediante Noé, Abraham, Moisés, y en la meridiana dispensación mediante Jesucristo, quien cumplió el convenio mosaico y estableció el “nuevo convenio” (véanse Hebreos 8–9). En esta, la última dispensación, el Señor nuevamente ha restaurado la plenitud del evangelio y renovado el nuevo y sempiterno convenio (D. y C. 1:17). Dado que los principios básicos del convenio son eternos, cada vez que el convenio es revelado a un individuo o a una comunidad, es en un sentido real una “restauración” o “renovación” de esta relación especial entre Dios y el hombre. El aspecto de renovación del convenio puede verse en la frase “el nuevo y sempiterno convenio.” El convenio es “sempiterno” en el sentido de que es el mismo “desde el principio” (D. y C. 22:1), y sin embargo es “nuevo”, tanto porque cumple el “antiguo convenio” o ley de Moisés como porque siempre es “nuevo” para cada dispensación en que se restaura y para cada individuo que entra en él.

El Antiguo Testamento brinda información crucial para quienes han entrado en el nuevo y sempiterno convenio al ayudarnos a comprender el significado del convenio, sus bendiciones y maldiciones prometidas y cómo Dios ha tratado con Sus hijos en el pasado. Además, relata las consecuencias históricas de la obediencia o la desobediencia a las condiciones del convenio. Una lectura cuidadosa de los relatos bien conocidos de la entrega del convenio a Adán, Noé, Abraham y Moisés, y su cumplimiento mediante Jesucristo, es esencial para el estudio de este concepto importante. No obstante, además de estos textos, existe una serie de pasajes frecuentemente pasados por alto que iluminan aún más nuestra comprensión del convenio. Estos son los relatos de las asambleas y ceremonias periódicas de renovación del convenio, cuando los hijos del convenio—típicamente después de períodos de apostasía o en momentos de crisis o transición—eran congregados por su líder para rededicarse públicamente a las condiciones del convenio. Entre estos relatos se encuentran las asambleas registradas en Josué 8:30–35 y en el capítulo 24, cuando Josué reunió al pueblo en Siquem; 2 Reyes 22–23, cuando el rey Josías, después del descubrimiento del libro de la ley, reunió al pueblo en el templo; y Esdras 9–10 y Nehemías 9–10, cuando Esdras volvió a comprometer a la comunidad posexílica de Jerusalén con las leyes del convenio mosaico. Además del Antiguo Testamento, se halla un relato detallado de una asamblea similar de renovación del convenio en el Libro de Mormón, en Mosíah 1–6, cuando el pueblo fue reunido por el rey Benjamín para renovar su compromiso con el convenio mosaico.

La “restauración de todas las cosas” es una renovación del convenio a gran escala y conlleva la obligación de estudiar la historia escritural del convenio y de la renovación del convenio. Este estudio intentará demostrar la importancia de los relatos escriturales para la comprensión y apreciación de la Restauración en dos pasos. Primero, se hará una revisión y un resumen de la evidencia bíblica con el fin de llegar a una definición de convenio y renovación del convenio. Esto se hará examinando primero con cierto detalle el relato del establecimiento del convenio mosaico en Éxodo 19–24 y luego dos ejemplos de renovación del convenio hallados en Josué 24 y 2 Reyes 22–23, así como el relato del cumplimiento y establecimiento del nuevo convenio por Jesucristo. En el curso de esta discusión identificaremos los siete elementos del convenio bíblico. Segundo, se presentarán los eventos y enseñanzas de la Restauración como una renovación del convenio, y se identificarán y analizarán los mismos siete elementos correspondientes al modelo bíblico del convenio a la luz del evangelio restaurado. En esta discusión demostraremos el valor del estudio de los convenios antiguos para entender la Restauración y, al mismo tiempo, el valor del relato más plenamente documentado de la renovación del convenio mediante la Restauración para comprender el convenio en la antigüedad.

La Estructura y el Contenido del Convenio Bíblico

Los eruditos han reconocido desde hace tiempo la importancia del convenio en la Biblia, y ha sido el enfoque de muchas investigaciones a lo largo de los años. La discusión académica en el pasado se ha centrado básicamente en: (1) una descripción del entorno histórico y del contenido del convenio—particularmente el convenio mosaico—según se describe en el texto bíblico; y (2) un examen de la función del convenio en las instituciones religiosas de la comunidad israelita.

En su mayor parte, los intentos de describir el entorno y el contenido del convenio se han basado en los textos del Pentateuco y otros pasajes legales, históricos y proféticos pertinentes que describen el establecimiento y las condiciones del convenio. Entre los trabajos más recientes en lo referente a este tema pueden citarse los de Albrecht Alt, Walther Eichrodt y Gerhard von Rad. El más extenso de estos estudios sobre el convenio es la obra en dos volúmenes de Eichrodt, Theology of the Old Testament, en la cual propuso que la “idea del convenio” es el tema central del Antiguo Testamento (así como del Nuevo Testamento), e intentó interpretar toda la historia y el pensamiento bíblicos en relación con este concepto importante.

El estudio del convenio en las instituciones religiosas de Israel tiene sus orígenes en The Psalms in Israel’s Worship de Sigmund Mowinckel y ha sido continuado por otros con conclusiones variadas, como Claus Westermann y H. J. Kraus. Mowinckel argumentó, por ejemplo, basándose en la evidencia de los diversos salmos de entronización, que una ceremonia de renovación del convenio formaba parte integral de un festival anual del Año Nuevo asociado con lo que hoy conocemos como la Fiesta de los Tabernáculos.

En 1955, George E. Mendenhall publicó su estudio fundamental Law and Covenant in Israel and the Ancient Near East, que tuvo un impacto significativo en el estudio del convenio bíblico. Comparando la estructura de un corpus relativamente grande y detallado de tratados/convenios de suzeranía internacional hititas (es decir, tratados o convenios entre un rey o gobernante y un vasallo) de 1450–1200 a.C. (aproximadamente el período del convenio mosaico), Mendenhall estableció una tipología de siete elementos que aparecen regularmente en tales convenios. Aunque algunos de estos ya habían sido identificados previamente en la Biblia, este estudio proporcionó un contexto mucho más amplio para la discusión y, con variaciones menores, estos siete elementos del convenio han sido aceptados por la mayoría de los eruditos como los elementos estructurales principales del convenio bíblico.

Estos elementos pueden resumirse de la siguiente manera: (1) Preámbulo: Una declaración introductoria que identifica al autor del convenio, en el caso de los tratados hititas el soberano (el gobernante), junto con sus títulos, atributos y autoridad; (2) Prólogo Histórico: Esta sección describe las relaciones pasadas entre las dos partes que celebran el convenio, con especial énfasis en los actos benevolentes del soberano hacia el vasallo, implicando una obligación recíproca; (3) Estipulaciones: Esta parte establece las condiciones del convenio; (4) Disposiciones para el Depósito y la Lectura Pública: Una cláusula que provee un depósito seguro (a menudo en el santuario del vasallo) y un requisito de que sea leído públicamente de manera regular; (5) Lista de Testigos: Generalmente las deidades locales, pero también con frecuencia fenómenos naturales (montañas, ríos, manantiales, cielos, tierra, etc.) son citados como testigos del convenio; (6) Bendiciones y Maldiciones: Esta sección contiene las bendiciones condicionadas a la obediencia al convenio y las maldiciones amenazadas en caso de desobediencia.

Además de estos seis elementos, Mendenhall reconoce que debió haber un juramento formal mediante el cual el vasallo prometía su obediencia, y una ceremonia solemne que acompañaba dicho juramento con “acciones simbólicas” destinadas a dramatizar diversos aspectos del acuerdo y, en ocasiones, representar o indicar el castigo prometido por la desobediencia. Así, el séptimo elemento es: (7) la Ceremonia del Juramento del Convenio. La ceremonia actual no aparece en los documentos hititas, pero está representada en los textos bíblicos por los relatos de la asamblea del pueblo para aceptar formalmente la ley contenida en las condiciones del convenio. Sin embargo, Mendenhall señala que incluso en los relatos de estas ceremonias nos falta el lenguaje exacto del juramento mismo y el acto simbólico que lo acompañaba.

Centrándose en una asamblea de convenio similar hallada en Mosíah 1–6, varios eruditos Santos de los Últimos Días—Hugh Nibley, John Tvedtnes, John Welch y Stephen Ricks—han comparado el relato de la ceremonia de renovación del convenio en el Libro de Mormón con los relatos bíblicos. Argumentando tanto desde la estructura del convenio y la asamblea de convenio como desde las similitudes que el relato del Libro de Mormón comparte con la Fiesta de los Tabernáculos, han demostrado de manera convincente que el discurso del rey Benjamín, y la asamblea que lo acompaña, encajan notablemente bien en el modelo bíblico. Ricks ha adoptado el patrón general de siete elementos sugerido por Mendenhall, con algunas ligeras variaciones, y ha provisto una excelente exposición de la ceremonia de convenio en Mosíah, así como un cuadro útil de estos elementos específicos en el patrón de tratado-convenio en Éxodo 19:3–8; Éxodo 20–24; en el libro de Deuteronomio como un todo; Josué 24; y Mosíah 1–6.

El presente estudio examinará estos siete elementos básicos como una manera de describir y definir la estructura, y por ende el contenido, del convenio bíblico. Aunque el entorno histórico y algunos detalles específicos de cada convenio y ceremonia de convenio sean diferentes, estos siete elementos casi siempre están presentes en los relatos escriturales. Identificar los elementos comunes puede ayudarnos a comprender la estructura y la dinámica del convenio y a reconocer el significado de pasajes importantes relacionados con el convenio que de otro modo podrían parecer difíciles y organizados aleatoriamente.

El Convenio Mosaico

El relato del Antiguo Testamento acerca de la revelación del convenio mosaico está registrado en Éxodo 19–24. Las palabras del Preámbulo formal del convenio identifican a Dios como el iniciador y soberano del convenio: “Y habló Dios todas estas palabras” (Éxodo 20:1). Los convenios bíblicos deben identificar no solo el título de Dios sino también la autoridad del agente mortal que Dios ha designado para entregar el convenio al futuro pueblo del convenio. Aunque la autoridad de Moisés ya había sido plenamente establecida para ese momento entre los hijos de Israel, el Preámbulo contiene la declaración ratificadora: “Y Moisés subió a Dios, y Jehová lo llamó desde el monte, diciendo: Así dirás a la casa de Jacob” (Éxodo 19:3).

El Prólogo Histórico es una referencia concisa al poderoso acto de Dios al librar a Israel de Egipto: “Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué . . . de casa de servidumbre” (Éxodo 20:2). Los relatos de la relación de Dios con Sus hijos, que documentan Su amor y Su intervención divina en la historia para preservarlos y liberarlos (y al mismo tiempo Su ira divina y castigos por la desobediencia), son una parte esencial de las Escrituras. Estos relatos proveen una historia sagrada que sirve como testigo eterno de la deuda de los hijos de Dios hacia su Creador, y en cierto sentido, todos los relatos históricos que se encuentran en la Biblia funcionan como un Prólogo Histórico al convenio. Comprender la relación mutua entre historia y convenio nos ayuda a entender y apreciar mejor por qué las Escrituras están compuestas por un constante entretejido de ley y narrativa histórica. Las Estipulaciones (la Ley) se encuentran en el conocido Decálogo (los Diez Mandamientos en Éxodo 20; comparar 19:5–6) y establecen para los hijos de Israel las regulaciones para la relación apropiada de los seres humanos con Dios y unos con otros.

El relato del convenio mosaico está acompañado por una asamblea formal del pueblo y una ceremonia de convenio en la cual reconocen públicamente su aceptación de las condiciones del convenio y su compromiso de obedecerlas. Los elementos restantes del convenio están entrelazados con esta ceremonia. El Depósito y la Lectura Pública ocurren cuando Moisés “escribió todas las palabras . . . y . . . tomó el libro del pacto y lo leyó a oídos del pueblo” (Éxodo 24:4–7). El convenio mismo es registrado en las tablas de piedra (véase Éxodo 31:18) y finalmente depositado en el arca del convenio (véase Éxodo 40:20). Aunque no se indican específicamente Testigos, es posible que el altar y las doce columnas de piedra erigidas anteriormente por Moisés (véase Éxodo 24:4) hayan sido invocados para servir como testigos, tal como la piedra erigida más tarde por Josué (véase Josué 24:27). Además, es probable que el propio pueblo haya sido considerado como testigo del convenio (también en Josué 24:22), ya que declaran públicamente, ante Dios y ante sus semejantes: “Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos” (Éxodo 24:7).

Las Bendiciones y Maldiciones condicionadas a la obediencia o desobediencia a las estipulaciones se describen en Éxodo 23:20–33. También se describe la Ceremonia del Juramento del Convenio. Moisés reunió al pueblo, construyó un altar, ofreció sacrificios y leyó al pueblo las palabras del libro de la ley que había escrito de acuerdo con lo que el Señor le reveló en el monte Sinaí. El pueblo, a su vez, aceptó las condiciones del convenio tal como las leyó Moisés, diciendo al unísono: “Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos.” Moisés entonces roció al pueblo con la sangre de los sacrificios, proclamando: “He aquí la sangre del pacto” (véase Éxodo 24:3–8).

Justo antes de ser llevado por Dios, Moisés mandó a los hijos de Israel a renovar su compromiso con el convenio—tan pronto como cruzaran el Jordán para tomar posesión de la tierra prometida—en una ceremonia formal de renovación del convenio que debía llevarse a cabo en Siquem y en los montes Ebal y Gerizim, que se elevan a cada lado de esa ciudad. Moisés describe los detalles de esta ceremonia con gran precisión y con especial énfasis en las bendiciones y maldiciones del convenio (véanse Deuteronomio 27–28). Esta es una de las primeras referencias a una ceremonia de renovación del convenio en la Biblia, típicamente registrada en tiempos de crisis o transición, en la que el pueblo se volvía a comprometer públicamente con el convenio en una ceremonia similar a la del establecimiento inicial del convenio. Este pasaje, así como el breve relato de su cumplimiento en Josué 8:30–35, puede estudiarse provechosamente en cuanto al convenio.

Dos resultados directos del convenio y de la renovación del convenio son: (1) la formación de una comunidad de convenio, que incluye a todos los que han aceptado el convenio; y (2) la recopilación de las “palabras del libro de la ley” que son vinculantes para la comunidad del convenio y que, por tanto, funcionan dentro de la comunidad como escritura. Los hijos de Israel, puesto que se habían comprometido públicamente con el convenio, se volvieron responsables tanto individual como colectivamente de obedecer sus estipulaciones. Esta responsabilidad corporativa es la base para la aplicación de la ley mosaica, ya que toda la comunidad sufriría las consecuencias del pecado de un individuo que quedara sin resolver (véase, por ejemplo, la historia de Acán en Josué 7). Al mismo tiempo, la comunidad compartía el objetivo común de convertirse en “un reino de sacerdotes, y gente santa” (Éxodo 19:6) y podía esperar las bendiciones prometidas por la obediencia a la ley. Las palabras del convenio que habían sido leídas públicamente, aceptadas y depositadas, se volvieron legalmente vinculantes para la comunidad y, por tanto, constituían escritura canonizada.

Josué y la Renovación del Convenio en Siquem

Josué, poco antes de su muerte, convocó a una asamblea del pueblo en Siquem, tal como había prescrito Moisés, entre los montes gemelos de Ebal y Gerizim, con el fin de renovar el convenio. El Preámbulo, “Así dice Jehová Dios de Israel” (Josué 24:2), es seguido por el Prólogo Histórico (véase Josué 24:2–18), en el cual Josué recordó los poderosos actos de Dios en favor de los hijos de Israel desde el llamamiento de Abraham hasta la liberación milagrosa de Egipto y la conquista de Canaán. Las Estipulaciones (véanse Josué 24:14, 18, 23) llaman al pueblo al arrepentimiento, a abandonar a sus dioses extraños y a renovar su lealtad exclusiva a Jehová Dios. Las Bendiciones y Maldiciones se mencionan en Josué 24:19–29, y la Lista de Testigos incluye al propio pueblo (véase Josué 24:22) y la gran piedra que Josué erigió allí (véase Josué 24:26–27). El Depósito y la Lectura Pública se menciona cuando “Josué escribió estas palabras en el libro de la ley de Dios” (Josué 24:26). Después de presentar las estipulaciones del convenio, Josué desafió dramáticamente al pueblo: “Escogeos hoy a quién sirváis” (Josué 24:15), y unos versículos más adelante leemos el resto de la Ceremonia del Juramento del Convenio cuando el pueblo respondió al desafío de Josué: “A Jehová nuestro Dios serviremos, y a su voz obedeceremos” (Josué 24:24).

El Rey Josías y la Reforma

Otro ejemplo instructivo de una ceremonia de renovación del convenio se encuentra en el relato de las reformas de Josías en 622 a. C. (véanse 2 Reyes 22–23). Durante la renovación del templo, Hilcías, el sumo sacerdote, encontró “el libro de la ley” en la casa de Jehová (2 Reyes 22:8), que aparentemente había sido perdido u olvidado. El rey Josías, al escuchar el contenido del libro, se angustió y envió a un representante del Señor—la profetisa Hulda—para confirmar la validez del convenio contenido en la ley. En cierto sentido, Hulda proporciona el Preámbulo de la ceremonia del convenio cuando declaró que, en efecto, Jehová era el autor de las Estipulaciones contenidas allí (véanse 2 Reyes 22:16). Además, Hulda profetizó la destrucción de Israel, declarando que las Bendiciones y Maldiciones asociadas a las estipulaciones, “todas las palabras del libro que ha leído el rey de Judá”, se mantendrían como Testigo contra la desobediencia de Israel y serían cumplidas (2 Reyes 22:16–17). Josías inmediatamente reunió al pueblo “desde el menor hasta el mayor” en Jerusalén, donde hizo la Lectura Pública “de las palabras del libro del pacto” (2 Reyes 23:1–2) al pueblo. Luego, el rey guio al pueblo en hacer convenio delante de Jehová para “poner por obra las palabras de este pacto que estaban escritas en aquel libro” (2 Reyes 23:3). La apostasía de Israel y la necesidad de renovación del convenio se ilustran dramáticamente en la casi increíble descripción de los objetos abominables que fueron sacados del templo de Jehová y las prácticas idólatras e inmorales que una vez más fueron prohibidas (véanse 2 Reyes 23:4–20).

Como señal del renovado compromiso del pueblo con el convenio, Josías les mandó guardar la Fiesta de la Pascua (véanse 2 Reyes 23:21–22), la cual relata la liberación milagrosa de Israel de Egipto y proporciona una especie de Prólogo Histórico al proceso de renovación del convenio. Al final del evento, el rey Josías llevó a cabo la Ceremonia del Juramento del Convenio cuando “puso el rey en pie junto a la columna, e hizo pacto delante de Jehová, de que andarían en pos de Jehová, y guardarían sus mandamientos, sus testimonios y sus estatutos, con todo el corazón y con toda el alma, para cumplir las palabras de este pacto que estaban escritas en aquel libro. Y todo el pueblo confirmó el pacto” (2 Reyes 23:3).

Desafortunadamente, el compromiso de Israel no sobrevivió al fervor nacionalista provocado por las reformas de Josías. En pocos años Israel volvió a un estado de apostasía, documentado elocuentemente por los escritos de Jeremías y por el Libro de Mormón (véase 1 Nefi 1), que condujo a su destrucción y exilio en 598 y 586 a. C.

Podrían citarse muchos otros pasajes que muestran que los elementos básicos del convenio y de la renovación del convenio continuaron sirviendo como el marco de la religión israelita en el Antiguo Testamento. Baltzer ha demostrado además que estos mismos elementos están presentes en la literatura intertestamentaria y cristiana primitiva, con ejemplos notables provenientes de Qumrán. La prominencia del lenguaje del convenio en el Libro de Mormón (especialmente Mosíah 1–6) confirma que esta tradición continuó tanto en el Nuevo Mundo como en el Viejo Mundo.

Jesús, el Mediador del Nuevo Convenio

El punto central de toda celebración de convenio desde el principio fue la venida, en la meridiana de los tiempos, del Mesías prometido que habría de cumplir la ley de Moisés mediante el derramamiento real de Su propia sangre. Por Su sufrimiento, muerte y resurrección, Él expiaría los pecados del mundo y rompería las cadenas de la muerte. Fue Jesucristo quien habría de cumplir el “antiguo” y establecer el “nuevo” convenio.

En la búsqueda de los elementos del convenio real en el Nuevo Testamento se hace evidente que, en verdad, “el Verbo fue hecho carne” (Juan 1:14) y que el convenio estaba encarnado en la persona de su Autor, Jesucristo de Nazaret. Los Evangelios presentan un poderoso Preámbulo al convenio al relatar las profecías de Su venida y los acontecimientos milagrosos que rodearon Su nacimiento en el mundo—todos testificando de Su origen divino. Las narraciones de Su ministerio atestiguan que Él “enseñaba como quien tiene autoridad” y realizaba actos milagrosos de compasión, y proveen cuidadosamente Listas de Testigos adecuadas de los acontecimientos de Su ministerio, muerte y resurrección.

Las Estipulaciones del nuevo convenio aparecen a lo largo de las enseñanzas de Jesús, pero quizá se resumen mejor cuando Él dijo: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado” (Juan 13:34), y cuando, al final de Su discurso sobre el amor en el Sermón del Monte, Él mandó a los hijos del convenio, como había mandado a Abraham dos mil años antes: “Sed, pues, vosotros perfectos” (Mateo 5:48; comparar Génesis 17:1). Al mismo tiempo, las Bendiciones y Maldiciones prometidas se encuentran a lo largo de Sus enseñanzas. Las bendiciones son especialmente evidentes en las Bienaventuranzas, donde aparece el lenguaje de convenio: “bienaventurados los . . .”, y las maldiciones son frecuentes en los pasajes de “¡ay de vosotros!” pronunciados por Jesús sobre aquellos que quebrantaban el convenio (véase Mateo 23:13–39). La Ceremonia del Juramento del Convenio del nuevo convenio, como la del antiguo (véase D. y C. 84:27), consistía en el arrepentimiento y la ordenanza del bautismo. Esta ordenanza era necesaria para todos, incluido el Salvador (Juan 3:5).

Además del bautismo de Jesús y un relato enigmático de los acontecimientos de la Transfiguración, hay pocos detalles sobre las ordenanzas de convenio cristianas en los primeros años según el Nuevo Testamento. Algunos, tomando nota de la escasez de referencias directas al convenio y a las ordenanzas asociadas en el Nuevo Testamento, han sugerido que tal vez los autores del Nuevo Testamento entendieron que el lenguaje de convenio habría resultado amenazante para los romanos; otros han sugerido que, debido a la naturaleza sagrada de tales cosas, fueron omitidas o, con el tiempo, borradas del registro.

La ceremonia real de renovación del convenio, sin embargo, se preserva en los relatos simples pero profundos de la Última Cena (véanse Mateo 26:26–29; Marcos 14:22–24; Lucas 22:19–20). El Prólogo Histórico del nuevo convenio se presenta a los discípulos en el contexto simbólicamente rico de la fiesta de la Pascua, que conmemoraba el poderoso acto de Dios en el pasado cuando liberó a Su pueblo de la esclavitud y la muerte en Egipto. Luego “Jesús tomó el pan, y bendijo, y lo partió, y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo. Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos” (Mateo 26:26–27). Con estas palabras Jesús señaló dramáticamente hacia el más poderoso de todos los actos poderosos de Dios, el acontecimiento más grande en toda la historia sagrada, que libraría a Sus hijos de la esclavitud del pecado y la muerte por toda la eternidad. “Porque esto es mi sangre del nuevo pacto [RV, ‘testamento’], que por muchos es derramada para remisión de los pecados” (véase Mateo 26:26–29). En esta declaración, Jesús alude al pasaje de Éxodo cuando Moisés inició el antiguo convenio al rociar al pueblo con la sangre de los sacrificios y declarar: “He aquí la sangre del pacto” (Éxodo 24:8), así como a la profecía de Jeremías sobre el futuro establecimiento del “nuevo pacto” (Jeremías 31:31). Al participar del pan y del vino, los discípulos se convirtieron simbólicamente en Testigos del nuevo convenio, y en las semanas siguientes llegarían a ser testigos literales de Jesús, el Mediador del nuevo convenio, al contemplar la resurrección del Verbo. Además, la publicación y distribución de los Evangelios (véase Juan 20:31) y la institución del sacramento como ordenanza en la Iglesia cumplieron la función de Depósito y Lectura Pública del convenio, tal como se conocía en la tradición del Antiguo Testamento en la lectura de la ley durante la Fiesta de los Tabernáculos (Deuteronomio 31:10–11).

La realidad de la expiación sangrienta que Jesucristo efectuó está representada en el sacramento por los símbolos de carne y sangre, tal como lo estaba en los sacrificios de sangre de la ley de Moisés. Pablo, en sus enseñanzas sobre cómo el antiguo convenio había sido cumplido y reemplazado por el nuevo, señala cuidadosamente este simbolismo y menciona repetidamente la ordenanza sagrada del sacramento como una de las señales más significativas del convenio en la Iglesia primitiva (véanse 1 Corintios 11:25–32; Efesios 2:12–13; y Hebreos 7–9).

Probablemente la descripción más completa y exhaustiva del convenio establecido por Jesucristo se encuentra en el relato del Libro de Mormón cuando Él se apareció a Su pueblo del convenio en el Nuevo Mundo y, mediante una asamblea para hacer convenio, estableció el nuevo convenio entre los nefitas (véanse 3 Nefi 9–28). Aunque un estudio adecuado de este pasaje como renovación del convenio excede el alcance de este estudio, un breve bosquejo mostrará los elementos básicos. El dramático Preámbulo puede verse tanto en las palabras: “He aquí, yo soy Jesucristo el Hijo de Dios” (3 Nefi 9:15), pronunciadas por la voz del cielo al final del primer mensaje tras la destrucción, como en la presentación formal del Padre: “He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre: a él oíd” (3 Nefi 11:7). El Prólogo Histórico es dado varias veces como el acto de redención de Jesús (3 Nefi 9:15–22; 11:10–11), y se explica claramente cómo el antiguo convenio es dejado de lado en el nuevo (3 Nefi 9:19–21; 15). Las Estipulaciones de fe, arrepentimiento, bautismo y el Espíritu Santo, así como la ley básica del reino (tal como había sido presentada en el Sermón del Monte en el Viejo Mundo), se presentan junto con sus respectivas Bendiciones y Maldiciones, y son aceptadas por el pueblo en la Ceremonia del Juramento del Convenio mediante las ordenanzas de bautismo y sacramento (véanse 3 Nefi 11–26). Jesús escogió a doce discípulos para servir como Sus agentes autorizados y para actuar como Testigos del convenio (véase 3 Nefi 12:1–2), y la comunidad del convenio fue formalmente organizada en la Iglesia (véase 3 Nefi 26–27). La historia sagrada y las doctrinas de las Escrituras nefitas fueron añadidas y presumiblemente aceptadas por el pueblo como escritura (véase 3 Nefi 23:7–26:11), lo cual cumplía la función de Depósito y Lectura Pública. Así, el relato del Libro de Mormón sobre la visita de Jesucristo al Nuevo Mundo brinda otro testimonio de “los convenios del Señor” y de Jesús como el Cristo, y es un registro que fue sellado para salir a luz para el pueblo del convenio de la última dispensación.

La Restauración como Renovación del Convenio

Los mismos siete elementos bien conocidos de los convenios bíblicos pueden verse claramente tanto en los acontecimientos de la Restauración de la plenitud del evangelio como en el documento que contiene el convenio mismo, no por casualidad titulado Doctrina y Convenios. Este estudio de la renovación del convenio en la Restauración se limitará a los acontecimientos de 1820–1844 y se enfocará en Doctrina y Convenios como el documento principal del nuevo y sempiterno convenio.

El Preámbulo del nuevo y sempiterno convenio puede verse en el acontecimiento de la Primera Visión, con la aparición del Padre y del Hijo a José Smith, y en los acontecimientos de la década siguiente hasta la organización formal de la Iglesia. La declaración que rompió el silencio de los siglos: “Éste es mi Hijo Amado. ¡Escúchalo!” (José Smith—Historia 1:17), puede verse como la iniciación de la renovación del convenio en la última dispensación. En respuesta a la pregunta de José sobre cuál secta debía unirse, el Señor reveló que no debía unirse a ninguna. Las palabras del Señor al joven José: “Con los labios me honran, pero su corazón está lejos de mí” (José Smith—Historia 1:19), revelaron que verdaderamente era un tiempo de crisis—de apostasía total del convenio—e implicaban que era tiempo de restauración, mediante la renovación del convenio, del nuevo y sempiterno convenio. Así como se observó en los convenios bíblicos, la obra de restauración fue encargada a un agente mortal de Dios, y el Preámbulo contiene, por tanto, numerosas referencias a las fuentes de autoridad divina recibida por este profeta de los últimos días, justificando su autoridad para representar al autor del convenio en la ceremonia de renovación del convenio. Pasajes en José Smith—Historia y numerosas referencias en Doctrina y Convenios dan testimonio de la restauración de la instrucción necesaria y de la autoridad del sacerdocio mediante mensajeros divinos: Moroni (véase José Smith—Historia 1:27–54); Juan el Bautista (véase José Smith—Historia 1:68–73; D. y C. 13); Pedro, Santiago y Juan (véase D. y C. 27:12); y más tarde Moisés, Elías y Elías el Profeta (véase D. y C. 110:11–16).

Doctrina y Convenios como el Documento del Convenio

Junto con la restauración de la autoridad necesaria del sacerdocio (tanto Aarónico como Melquisedec) y del bautismo—la primera ordenanza del convenio—la primera gran tarea de José Smith fue registrar y “recitar” para los hijos del convenio en los últimos días el Prólogo Histórico del nuevo convenio. Para 1830, cuando la Iglesia fue organizada formalmente, José Smith había restaurado a la comunidad del convenio la extensa historia sagrada registrada en el Libro de Mormón, que contiene un relato de la relación de Dios con Sus pueblos del convenio antiguos desde la Torre de Babel hasta el año 421 d. C. La importancia del Libro de Mormón como parte del Prólogo Histórico del proceso de renovación del convenio se declara explícitamente en su página del título antiguo, donde afirma que su propósito es “manifestar al resto de la casa de Israel cuán grandes cosas el Señor ha hecho por sus padres; y para que conozcan los convenios del Señor”, además de servir “para convencer al judío y al gentil de que JESÚS es el CRISTO”. Además, el Libro de Mormón conserva una profecía de la renovación del convenio en los últimos días hecha por José de antaño, de que un José de los últimos días procedería de su linaje y “hará una gran obra . . . para sus hermanos, y los llevará al conocimiento de los convenios” que el Señor había hecho con su padre (2 Nefi 3:7).

En 1830–1831, José restauró el libro de Moisés, un registro sagrado que relata la historia del pueblo del convenio desde Adán hasta Noé. Para el final de su vida, incluyendo sus adiciones inspiradas y revisiones a la Biblia, el libro de Abraham y el relato de su propia relación con Dios (José Smith—Historia), José Smith había presentado a la comunidad del convenio de los últimos días un relato extenso de historia sagrada desde el principio de los tiempos, gran parte del cual se había perdido en las Escrituras de su época. Al igual que los relatos del convenio encontrados en el Antiguo Testamento, la herencia escritural restaurada por José Smith se caracteriza por un entretejido de historia sagrada y ley.

En el año 1831, el año siguiente a la organización de la Iglesia, José Smith se encontraba en el proceso de preparar el documento principal del convenio de los últimos días—el Libro de Mandamientos (que más tarde se llamaría, con mayor precisión, Doctrina y Convenios). En esta colección de revelaciones, José Smith completaría la restauración de los convenios con provisiones para el Depósito y Lectura Pública de los convenios, la Lista de Testigos, y las Estipulaciones del convenio con sus correspondientes Bendiciones y Maldiciones. Doctrina y Convenios también provee instrucciones específicas para las Ceremonias del Juramento del Convenio, por las cuales los individuos han de ser admitidos en el nuevo y sempiterno convenio (el bautismo, el juramento y convenio del sacerdocio y el matrimonio celestial), así como instrucciones para su renovación periódica mediante la ordenanza de la Santa Cena.

Al igual que Éxodo 19, que precede a la entrega del Decálogo, la Sección 1 sirve tanto como Preámbulo formal al convenio contenido en Doctrina y Convenios como un resumen completo—con todos los elementos característicos—del convenio mismo. El Preámbulo de este resumen puede verse en Doctrina y Convenios 1:1–5, donde se identifican los participantes del convenio—el Señor como soberano, y el mundo entero como miembros potenciales del convenio. A todo el mundo se le exhorta a escuchar “la voz de aquel que mora en lo alto y cuyos ojos están sobre todos los hombres” (D. y C. 1:1). Además de identificarse como el autor e iniciador del nuevo y sempiterno convenio, el Señor, tal como en los otros convenios mencionados anteriormente, identifica claramente a Sus agentes escogidos que han de llevar Su voz de advertencia a toda la humanidad como Sus “discípulos, a quienes he escogido en estos postreros días” (v. 4). El Señor declara que esa voz de advertencia puede escucharse en las palabras del Libro de Mandamientos que estaba a punto de publicarse (v. 6). El Señor identifica específicamente a José Smith como el principal agente del proceso de renovación del convenio (v. 17) y menciona su papel en sacar a luz la historia sagrada encontrada en el Libro de Mormón (v. 29) (el Prólogo Histórico del convenio) con el fin de establecer el nuevo y sempiterno convenio (v. 22). La historia de Dios con Su pueblo se repasa brevemente en el pasado, el presente y el futuro, y queda claro que el pueblo ha desviado—y seguirá desviándose—de las ordenanzas del convenio eterno y “no buscan al Señor”, sino que andan “en la voluntad y el conocimiento del mundo” (vv. 15–16); y que esto traerá gran calamidad sobre la tierra en el futuro. Para detener esta calamidad, el Señor una vez más ha llamado a un profeta para escuchar y proclamar la voz del Señor, a fin de que el convenio eterno sea establecido, la plenitud del evangelio proclamada (vv. 17–23) y la Iglesia restaurada (v. 30). Las Estipulaciones se encuentran al escuchar la voz del Señor en el Libro de Mandamientos (vv. 6, 37), en el Libro de Mormón (v. 29) y en la voz de Sus siervos—profetas y apóstoles (v. 14). Las Bendiciones y Maldiciones de la obediencia o desobediencia se encuentran en los versículos 14, 32 y 33. Las provisiones para el Depósito y Lectura Pública del convenio se dan mediante el mandamiento de publicar el libro del convenio (v. 6). Los mandamientos contenidos en el libro funcionan como Testigos del convenio en el sentido de que “todas las profecías y promesas que en ellas se contienen, se cumplirán” (v. 37).

Los elementos del convenio se encuentran a una escala mucho mayor en todo Doctrina y Convenios. La publicación del Libro de Mormón en 1830, el Libro de Mandamientos en 1833 y la publicación inicial del Doctrina y Convenios ampliado en 1835 (véanse D. y C. 1; 42:56–60; 104:58) parecen ajustarse al elemento del Depósito del convenio en un lugar público. La provisión acompañante para la Lectura Pública del convenio constituye un deber continuo dado a los líderes de la Iglesia, así como a cada individuo (véase D. y C. 24:5, 9; 42:12–15, 56–60; 71:1).

En la Revelación sobre la Organización y Gobierno de la Iglesia (D. y C. 20), el Señor reveló que el gran Testigo de la renovación del convenio es el Libro de Mormón, “que fue dado por inspiración y confirmado a otros por el ministerio de ángeles” (D. y C. 20:10). Además del libro mismo, el Señor hizo provisiones para tres testigos específicos de la realidad y divinidad de las planchas de las cuales se tradujo el Libro de Mormón (véase D. y C. 17), y más tarde, para ocho hombres más que también vieron y manipularon las planchas. Doctrina y Convenios también indica que el Espíritu Santo funciona como testigo (véase D. y C. 14:8) en un sentido general de toda verdad, y que los Doce Apóstoles son designados como testigos especiales “del nombre de Cristo” (D. y C. 27:12; 107:23). La sección 135:1–7 de Doctrina y Convenios declara elocuentemente que la sangre de José y de Hyrum sirve también como testigo de Doctrina y Convenios y del Libro de Mormón.

El Doctrina y Convenios consiste (como su título lo sugiere) en las Estipulaciones (mandamientos) del nuevo y sempiterno convenio y en la doctrina revelada a individuos y a la Iglesia que explica el significado de dichas estipulaciones. Algunas de las estipulaciones básicas del convenio son el bautismo, el sacerdocio, la Santa Cena, la organización de la Iglesia, la observancia del día de reposo, la ley de consagración, la Palabra de Sabiduría, el diezmo y las ordenanzas del templo (véase el cuadro al final para las referencias escriturales).

Las Estipulaciones del convenio en Doctrina y Convenios fueron reveladas a lo largo de un periodo que va desde 1823 hasta 1978 (para los fines de este estudio, hasta 1844) y reflejan el crecimiento y cambio dinámicos de la comunidad del convenio mientras el Señor revelaba los principios del convenio. La necesidad del bautismo, por ejemplo, realizado por alguien con la debida autoridad, para la remisión de los pecados, fue revelada tan temprano como en 1829 (véanse JS—H 1:72–73; D. y C. 18:21–24) y confirmada en abril de 1830 conforme se relacionaba con la organización formal de la Iglesia (véanse D. y C. 20:37–38; 22:1–4). Así, el bautismo, precedido por la fe y el arrepentimiento, y seguido por la imposición del Espíritu Santo, se convierte en la primera ordenanza y la puerta por la cual uno entra al nuevo y sempiterno convenio y a la comunidad del convenio de la Iglesia. La ley de consagración también fue dada tan temprano como en 1831 (véanse D. y C. 38:32; 42) como parte esencial del nuevo y sempiterno convenio, pero como muchos no pudieron cumplirla, el Señor reveló a la Iglesia en 1838 la ley del diezmo (véase D. y C. 119).

Las Estipulaciones del convenio suelen ir acompañadas de sus respectivas Bendiciones y Maldiciones, condicionadas a la aceptación y obediencia o al rechazo y desobediencia. (Véase el cuadro al final de este artículo para referencias específicas.) El mecanismo del convenio de bendiciones y maldiciones también se presenta claramente como un principio eterno: “Hay una ley, irrevocablemente promulgada en los cielos antes de la fundación de este mundo, sobre la cual se basan todas las bendiciones; Y cuando recibimos una bendición de Dios, es por obedecer aquella ley sobre la cual se basa” (D. y C. 130:20–21).

El Profeta José Smith, además del convenio mismo, restauró las ceremonias formales del convenio y los juramentos: el bautismo, la Santa Cena, el sacerdocio, el matrimonio celestial y otras ordenanzas del templo. Aunque las instrucciones para las ordenanzas del bautismo, la Santa Cena y, en cierta medida, el convenio del sacerdocio se encuentran en Doctrina y Convenios, las ceremonias de convenio del sacerdocio, la investidura, el matrimonio celestial y otras ordenanzas del templo solo pueden recibirse personalmente en lugares sagrados. El Doctrina y Convenios, como los libros del convenio en la antigüedad, enseña que estas ordenanzas forman parte del convenio, pero el relato real de la ceremonia del convenio y los juramentos mismos se consideran sagrados y solo se aprenden en los lugares santos. Sin embargo, puede mencionarse que los relatos escriturales de convenio y renovación del convenio iluminan y explican la estructura y contenido de estas ceremonias.

Dos resultados importantes de la renovación del convenio, al igual que en los pasajes bíblicos, son el establecimiento de la comunidad del convenio—la Iglesia—y la canonización de las Escrituras antiguas y modernas—los libros canónicos. Comprender estos conceptos como resultados directos del proceso del convenio nos ayuda a entender su función e importancia en la vida del individuo que entra en el nuevo y sempiterno convenio. Así, el bautismo para la remisión de los pecados, y como entrada formal al convenio, también funciona como rito de iniciación en la Iglesia—la comunidad del convenio. El individuo que se somete a esta ordenanza se vuelve como los hijos de Israel en la antigüedad, declarando ante Dios y ante sus semejantes: “Todo lo que Jehová ha dicho haremos.” Los libros canónicos sirven como el registro vinculante que contiene tanto la historia sagrada de los actos poderosos de Dios al librar a Sus hijos del pecado y la muerte, como las leyes del convenio. El estudio constante de estos libros provoca que el individuo dentro de la comunidad del convenio, como el rey Josías de antaño, “rasgue sus vestiduras” y limpie su “templo” de las abominaciones halladas allí, y clame a Dios como los nefitas en los días del rey Benjamín: “¡Oh, ten misericordia, y aplica la sangre expiatoria de Cristo para que recibamos el perdón de nuestros pecados, y se purifiquen nuestros corazones!” (Mosíah 4:2). La renovación del convenio ha ocurrido a través de la historia cuando la desobediencia y la incredulidad han llevado a la comunidad del convenio a abandonar el convenio, y el Señor ha levantado a Sus siervos para restaurarlo y renovarlo. Pero el principio también se aplica a cada miembro individual de la Iglesia, quien debe aplicar las Escrituras a su propia vida e instaurar renovaciones periódicas del convenio en su caminar personal.

Una de las preguntas más conmovedoras y desconcertantes planteadas por Jeremías, al observar la aproximación de los babilonios y la destrucción del pueblo del convenio desobediente y de corazón endurecido, y por Ezequiel, quien ya exiliado en Babilonia contemplaba en visión la destrucción de Jerusalén y la expulsión del pueblo de su “tierra prometida” (gran símbolo del convenio), fue cómo algún pueblo futuro sería capaz de mantener las condiciones del convenio. Basado en la historia pasada de Israel, debía parecer imposible. La respuesta a esta pregunta, sin embargo, fue expresada elocuentemente por Jeremías y Ezequiel cuando proféticamente vislumbraron la futura congregación y restauración del pueblo del convenio. Jeremías registra: “He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que los tomé de la mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo” (Jeremías 31:31–33). Y Ezequiel, en lenguaje muy semejante, dice: “Y les daré un corazón, y pondré un espíritu nuevo dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne, para que anden en mis ordenanzas y guarden mis decretos, y los cumplan; y me sean por pueblo, y yo sea a ellos por Dios” (Ezequiel 11:19–20).

Que nosotros, como hijos del convenio en los últimos días, podamos beneficiarnos de una comprensión de la Restauración de la plenitud del evangelio—el nuevo y sempiterno convenio. Que recordemos los orígenes divinos como el preámbulo del convenio y reconozcamos a Dios como su iniciador. Que leamos, estudiemos y apreciemos la historia sagrada contenida en las Escrituras—tanto antiguas como modernas—que han sido preservadas y publicadas en nuestros días como un prólogo histórico del convenio, conteniendo un registro de la relación continua de Dios con Sus hijos. Que reconozcamos la lista de testigos que acompaña la restauración del convenio. Que procuremos cumplir las estipulaciones del convenio y nos comprometamos a arrepentirnos continuamente, y que obtengamos, mediante nuestra obediencia a los mandamientos, fe en las bendiciones y maldiciones asociadas. Que participemos a menudo en las ceremonias del juramento del convenio—la Santa Cena como renovación periódica del convenio para nosotros mismos, y la obra del templo por nuestros muertos—y que hallemos gozo en nuestra pertenencia a la Iglesia—la comunidad del convenio.

Pero sobre todo, que siempre recordemos que la salvación y la exaltación solo se obtienen mediante “la redención de aquel que nos creó” (Alma 5:15), y que la capacidad de responder y cumplir fielmente todas las condiciones del convenio no está dentro de nuestra capacidad mortal sino que, tal como profetizaron Jeremías y Ezequiel, se alcanza al nacer espiritualmente de Él y recibir Su imagen en nuestros semblantes (véase Alma 5:14). Que estemos “dispuestos a tomar sobre [nosotros] el nombre de [tu] Hijo, y siempre [lo] recuerden y guarden Sus mandamientos que Él [nos] ha dado; para que [tengamos] siempre Su Espíritu con [nosotros]” (D. y C. 20:77).

La Estructura del Convenio Bíblico

  1. Preámbulo: Introduce a Dios como el autor e iniciador del convenio.
  2. Prólogo Histórico: Describe las relaciones pasadas entre las partes del convenio, especialmente los poderosos actos de Dios al preservar a Su pueblo.
  3. Estipulaciones: Las condiciones formales del convenio.
  4. Provisiones para el Depósito y la Lectura Pública: Una cláusula que provee un lugar seguro para depositar el convenio y un requisito para su lectura pública regular.
  5. Lista de Testigos: Provisiones para los testigos del convenio.
  6. Bendiciones y Maldiciones: Las consecuencias de la obediencia o desobediencia.
  7. Ceremonia del Juramento del Convenio: Aceptación pública y formal de las condiciones del convenio.
    (Fuente: George E. Mendenhall, Law and Covenant in Ancient Israel and the Ancient Near East [Pittsburgh: Biblical Colloquium, 1955]).

Convenio Mosaico (Éxodo 19–24)

  1. Preámbulo: “Y habló Dios todas estas palabras, diciendo: Yo soy Jehová tu Dios” (Éxodo 20:1–2). Identificación de Moisés como el agente del Señor: “Y Moisés subió a Dios; y Jehová lo llamó desde el monte, diciendo: Así dirás a la casa de Jacob” (19:3).
  2. Prólogo Histórico: “Vosotros visteis lo que hice a los egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águilas, y os he traído a mí” (19:4). “Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué . . . de casa de servidumbre” (20:2).
  3. Estipulaciones: “Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes y gente santa” (19:6). Se presentan los Diez Mandamientos y el Código del Convenio (20:3–26; 20:22–23; 33).
  4. Depósito y Lectura Pública: Moisés “escribió todas las palabras . . . y . . . tomó el libro del pacto y lo leyó a oídos del pueblo” (24:4, 7). El convenio fue registrado en tablas de piedra (31:18) y finalmente depositado en el arca del pacto (40:20).
  5. Lista de Testigos: No se mencionan testigos específicos, pero es probable que el mismo pueblo sirva como testigo al declarar públicamente: “Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos” (24:7).
  6. Bendiciones y Maldiciones: Las bendiciones y maldiciones se representan en declaraciones tales como: “Mas a Jehová vuestro Dios serviréis, y él bendecirá tu pan y tu agua; y yo quitaré toda enfermedad de en medio de ti” y “He aquí yo envío mi Ángel delante de ti . . . no le seas rebelde; porque él no perdonará vuestra rebelión” (23:20–33).
  7. Ceremonia del Juramento del Convenio: Moisés tomó la sangre del sacrificio y la roció sobre el altar y sobre el pueblo; leyó el convenio al pueblo, y ellos respondieron: “Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos” (24:7–8). El juramento en sí no se menciona. Para ejemplos de otros juramentos bíblicos, véanse 1 Samuel 3:17 y 25:34.

Renovación del Convenio: Josué en Siquem (Josué 24)

  1. Preámbulo: “Así dice Jehová Dios de Israel” (Josué 24:2).
  2. Prólogo Histórico: Josué relata los poderosos actos de Dios en favor de los hijos de Israel, desde el llamamiento de Abraham hasta la liberación milagrosa de Egipto y la conquista de Canaán (24:2–18).
  3. Estipulaciones: Llama al pueblo al arrepentimiento, a abandonar sus dioses extraños y a renovar su lealtad al Dios de Israel.
  4. Depósito y Lectura Pública: “Y escribió Josué estas palabras en el libro de la ley de Dios” (24:26).
  5. Lista de Testigos: “Vosotros [el pueblo] sois testigos contra vosotros mismos de que habéis elegido a Jehová para servirle. Y ellos respondieron: Nosotros somos testigos” (24:22). Además, la piedra que Josué erigió fue considerada como testigo (24:2–27).
  6. Bendiciones y Maldiciones: “Si dejareis a Jehová y sirviereis a dioses ajenos, él se volverá y os hará mal, y os destruirá, después de haberos hecho bien” (24:19–20).
  7. Ceremonia del Juramento del Convenio: En respuesta al desafío de Josué: “Escogeos hoy a quién sirváis,” el pueblo respondió: “En ninguna manera dejaremos a Jehová, para servir a otros dioses. . . . A Jehová nuestro Dios serviremos, y a su voz obedeceremos” (24:15–16, 18). Josué registró el convenio y levantó una piedra debajo de la encina junto al santuario de Jehová en conmemoración (24:25–27).

Doctrina y Convenios como el Documento del Convenio

  1. Preámbulo: Primera Visión (1820); D. y C. 1; Página del Título del Libro de Mormón.
    Autoridad: Sacerdocio Aarónico (1829), D. y C. 13; Sacerdocio de Melquisedec (1829), D. y C. 27:1–13; 110; etc.
  2. Prólogo Histórico: Libro de Mormón (1830); Libro de Moisés (Adán, Enoc, Noé) (1831); Libro de Abraham (1842); Traducción de José Smith (1830–44).
  3. Depósito y Lectura Pública: Publicación del Libro de Mandamientos (1833); Doctrina y Convenios (1835), D. y C. 1; 42:56–60; 104:58.
  4. Lista de Testigos: Tres Testigos (1829), D. y C. 5, 6, 17; Apóstoles (1835), D. y C. 27:12; Libro de Mormón como testigo del nuevo convenio (1830), D. y C. 20:8–16.
  5. Estipulaciones — Bendiciones/Maldiciones:

Bautismo (1829): D. y C. 22; 18:22–25; 84:74.
Sacerdocio (1829): D. y C. 20, 84, 107, 110, 121, etc.; 84:33–40; 84:41–42.
Santa Cena (1830): D. y C. 20, 27 — véase también Bautismo.
Organización de la Iglesia (1830): D. y C. 20, 21, 42, 46, 90, 102, 115 — véase también Bautismo.
Día de Reposo (1831): D. y C. 59:9–19; 68:29; 59:9–19.
Consagración (1831): D. y C. 38:32; 42; 104; 42; 104:1–10.
Palabra de Sabiduría (1833): D. y C. 89:18–21.
Diezmo (1838): D. y C. 119; 64:23–25; 119:6–7.
Templo (1830–1844): D. y C. 45; 57; 58; 84; 93; 95; 109; 127; 128; 131; 132.
Investidura (1836–42): D. y C. 38:32, 38; 95:8–9; 105:11–12; 110:9; 124:39.
Obra por los Muertos (1842): D. y C. 127; 128.
Matrimonio Celestial (1831–43): D. y C. 131:1–3; 132:19–25; 132:4, 26–27, 41–44.

  1. Ceremonia del Juramento del Convenio:

Bautismo: D. y C. 20:43, 72–74.
Santa Cena: D. y C. 20:75–77.
Juramento y Convenio del Sacerdocio: D. y C. 84; 107 — no se describe ceremonia, probablemente relacionada con las del templo.
Investidura, matrimonio celestial y otras ceremonias sagradas de juramento se administran en los templos — la explicación explícita de estas ordenanzas sagradas está reservada para el templo.

  1. Comunidad del Convenio = La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (abril de 1830).
  2. Canonización = Obras Canónicas:

Libro de Mormón (abril de 1830)

Doctrina y Convenios (17 de abril de 1835)

Perla de Gran Precio (10 de octubre de 1880)

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