El Antiguo Testamento


Profetas y Sacerdocio en el Antiguo Testamento

Robert L. Millet


La voz profética es una voz de autoridad, autoridad divina. Aquellos llamados a hablar por el Señor Jehová son investidos por Jehová y ordenados a Su santa orden. Por lo tanto, parece apropiado dedicar algo de atención a la naturaleza de la autoridad profética—el poder del santo sacerdocio entre los profetas en el antiguo Israel.

El profeta José Smith escribió en 1842: “Creemos en la misma organización que existió en la Iglesia Primitiva, a saber: apóstoles, profetas, pastores, maestros, evangelistas, y así sucesivamente” (Artículos de Fe 1:6). Cuando el momento fue el correcto, cuando Dios el Padre Eterno decidió en Su infinita sabiduría restablecer Su reino en la tierra, comenzó a restaurar los sacerdocios, oficios, cuórums y concilios básicos que habían sido instituidos por Jesús en la meridiana dispensación. La “maravillosa obra y un prodigio” prevista por Isaías (Isaías 29:14) también implicaría una restauración de la Iglesia de Jesucristo que había existido en los siglos anteriores al ministerio mortal de Jesús (véase DyC 107:4). Esa restauración consistiría en verdades, poderes, sacerdocios, convenios y ordenanzas del Antiguo Testamento, de modo que “una unión completa y perfecta, y soldadura de dispensaciones, y llaves, y poderes, y glorias tuviera lugar, y fuera revelada desde los días de Adán hasta el tiempo presente. Y no sólo esto, sino también aquellas cosas que nunca han sido reveladas desde la fundación del mundo, pero que han permanecido ocultas de los sabios y prudentes, serán reveladas a los niños y a los que maman en esta, la dispensación del cumplimiento de los tiempos” (DyC 128:18).

El Sacerdocio de Melquisedec, ese “Santo Sacerdocio según el orden del Hijo de Dios” (DyC 107:3), es, como su Autor, infinito y eterno (véase Alma 13:7–9). “El sacerdocio es un principio eterno,” explicó José Smith, “y existió con Dios desde la eternidad, y existirá por la eternidad, sin principio de días ni fin de años.” Es sobre ese santo sacerdocio que hablaremos—más específicamente, el Sacerdocio de Melquisedec, mediante el cual esta autoridad divina operó desde Adán hasta Malaquías. Lamentablemente, el Antiguo Testamento es casi silencioso en cuanto al alto sacerdocio. Por ello debemos depender en gran medida de las enseñanzas doctrinales de José Smith tal como se exponen en sus sermones, revelaciones y traducciones. Además, recurriremos a aclaraciones y ampliaciones provistas por quienes conocieron directamente al hermano José, así como por aquellos sucesores apostólicos y proféticos a quienes se les ha dado el mandato divino de edificar sobre el fundamento doctrinal que él estableció.

Adán y el Sacerdocio

Una vez que la iglesia de Dios está organizada en la tierra con administradores legales, existe el reino de Dios. “El reino de Dios fue establecido en la tierra desde los días de Adán hasta el tiempo presente,” explicó el profeta José Smith, “siempre que ha habido un hombre justo en la tierra a quien Dios revelara Su palabra y le diera poder y autoridad para administrar en Su nombre. Y donde hay un sacerdote de Dios—un ministro que tiene poder y autoridad de Dios para administrar en las ordenanzas del evangelio y oficiar en el sacerdocio de Dios—allí está el reino de Dios.”

Desde los días de Adán hasta la época de Moisés, hombres y mujeres vivieron bajo el orden patriarcal del Sacerdocio de Melquisedec. Es decir, vivían en un orden familiar presidido por un patriarca. Incluye el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio. “Adán poseía el sacerdocio,” observó el élder Russell M. Nelson, “y Eva sirvió en una asociación matriarcal con el sacerdocio patriarcal.” El presidente Ezra Taft Benson explicó que “Adán y sus descendientes entraron en el orden del sacerdocio de Dios. Hoy diríamos que fueron a la Casa del Señor y recibieron sus bendiciones. El orden del sacerdocio mencionado en las Escrituras se conoce a veces como el orden patriarcal porque descendía de padre a hijo. Pero este orden se describe en la revelación moderna como un orden de gobierno familiar donde un hombre y una mujer entran en un convenio con Dios—tal como lo hicieron Adán y Eva—para ser sellados por la eternidad, tener posteridad y cumplir la voluntad y la obra de Dios durante su mortalidad.”

Aunque no estamos seguros de la organización precisa de la Iglesia durante los llamados tiempos precristianos, los líderes del sacerdocio entre los antiguos procuraban seguir la voluntad de Dios en todas las cosas. Personas como Adán, Set, Enós, Cainán, Mahalaleel, Jared, Enoc, Matusalén, Lamec y Noé fueron todos sumos sacerdotes; gobernaron la Iglesia y el reino con rectitud y en virtud de sus posiciones civiles (como reyes) y eclesiásticas (como sacerdotes). Otros hombres dignos poseían el sacerdocio mayor, pero estos patriarcas eran los oficiales presidentes y poseían las llaves o el derecho de presidencia. “Adán, nuestro padre, el primer hombre, es el sumo sacerdote presidente sobre la tierra por todas las edades,” observó el élder McConkie:

El gobierno que el Señor le dio era patriarcal, y… la parte justa de la humanidad fue bendecida y gobernada por una teocracia patriarcal. Este sistema teocrático, modelado según el orden y sistema que prevalecía en los cielos, era el gobierno de Dios. Él mismo, aunque moraba en los cielos, era el Legislador, Juez y Rey. Daba dirección en todas las cosas, tanto civiles como eclesiásticas; no existía la separación entre la iglesia y el estado como la conocemos hoy. Todos los asuntos gubernamentales eran dirigidos, controlados y regulados desde lo alto. Los administradores legales del Señor en la tierra servían en virtud de sus llamamientos y ordenaciones en el Santo Sacerdocio y conforme eran guiados por el poder del Espíritu Santo.

Adán fue el primer cristiano de la tierra. Fue bautizado, confirmado, nacido del Espíritu, vivificado en el hombre interior, ordenado y recibido en la santa orden de Dios (véase Moisés 6:64–68). “El sacerdocio fue dado primero a Adán; él obtuvo la Primera Presidencia y mantuvo las llaves de ella de generación en generación.” En el libro de Moisés, la traducción inspirada de José Smith de los primeros capítulos de Génesis, el Profeta registró la revelación del evangelio a Adán. Allí leemos del bautismo y renacimiento espiritual de Adán. “Y oyó una voz del cielo, que decía: Tú eres bautizado con fuego y con el Espíritu Santo. Este es el testimonio del Padre y del Hijo, desde ahora y para siempre.” Y ahora nota el lenguaje de la escritura: “Y tú eres según el orden de aquel que fue sin principio de días ni fin de años, desde toda la eternidad hasta toda la eternidad. He aquí, tú eres uno en mí, un hijo de Dios; y así pueden llegar a ser mis hijos todos. Amén” (Moisés 6:66–68).

Adán nació de nuevo y llegó a ser mediante adopción un hijo de Cristo. El presidente Joseph Fielding Smith escribió: “A Adán, después de haber sido expulsado del Jardín de Edén, se le reveló el plan de salvación, y sobre él se confirió la plenitud del sacerdocio.” Verdaderamente, como escribió el élder John Taylor, “Adán fue el padre natural de su posteridad, quienes eran su familia y sobre quienes presidía como patriarca, profeta, sacerdote y rey.”

El relato de las ofrendas de Caín y Abel en Génesis 4 cobra vida y recibe un contexto doctrinal mediante la traducción inspirada del Profeta. Aprendemos que Dios había mandado a Adán, Eva y su posteridad “ofrecer los primogénitos de sus rebaños” como una ofrenda en “similitud del sacrificio del Unigénito del Padre” (Moisés 5:5–7). Caín, quien “amaba a Satanás más que a Dios” (Moisés 5:18), se apartó de las enseñanzas de sus padres y entró en alianza con el padre de las mentiras. A instancias de Satanás, y en lo que parece ser un desafío al mandamiento de ofrecer un sacrificio de sangre, Caín “trajo del fruto de la tierra una ofrenda al Señor.” Por otro lado, Abel “oyó la voz del Señor” y “trajo de los primogénitos de su rebaño.” El Señor “miró con agrado a Abel y a su ofrenda; pero a Caín y a su ofrenda no miró con agrado.” Caín entonces entró en una alianza impía con Satanás, planeó y llevó a cabo la muerte de su hermano Abel, e instauró combinaciones secretas en la tierra (véase Moisés 5:18–51).

El profeta José explicó que mediante la fe en la Expiación de Cristo y el plan de redención: Abel ofreció a Dios un sacrificio que fue aceptado, el cual consistía en los primogénitos del rebaño. Caín ofreció del fruto de la tierra y no fue aceptado, porque no podía hacerlo con fe; no podía tener fe, ni podía ejercer fe en contra del plan del cielo. Debía haber derramamiento de la sangre del Unigénito para expiar por el hombre; porque este era el plan de redención; y sin derramamiento de sangre no hay remisión [véase Hebreos 9:22]; y como el sacrificio fue instituido como un símbolo por el cual el hombre debía discernir el gran Sacrificio que Dios había preparado; si se ofrecía un sacrificio contrario a ese, no podría ejercerse fe, porque la redención no se obtuvo de esa manera, ni el poder de la expiación se instituyó según ese orden; por consiguiente, Caín no podía tener fe; y todo lo que no es de fe es pecado.

El Profeta continuó diciendo que, por variadas que sean las opiniones de los eruditos “respecto a la conducta de Abel y al conocimiento que él tenía sobre el tema de la expiación, es evidente para nosotros que él fue instruido más plenamente en el plan de lo que la Biblia menciona. . . . ¿Cómo podía Abel ofrecer un sacrificio y mirar hacia adelante con fe al Hijo de Dios para la remisión de sus pecados, sin comprender el Evangelio?” Ahora nota lo que pregunta el Profeta: “Y si Abel fue enseñado acerca de la venida del Hijo de Dios, ¿no fue enseñado también sobre Sus ordenanzas? Todos admitimos que el Evangelio tiene ordenanzas, y si es así, ¿no ha tenido siempre ordenanzas, y no han sido siempre las mismas sus ordenanzas?”

Casi siete años después, el hermano José declaró que Dios había “establecido que las ordenanzas fueran las mismas por los siglos de los siglos, y estableció a Adán para vigilarlas, para revelarlas desde el cielo al hombre, o enviar ángeles para revelarlas.” Que Adán “recibió revelaciones, mandamientos y ordenanzas desde el principio está fuera del alcance de la controversia; de lo contrario, ¿cómo comenzaron a ofrecer sacrificios a Dios de manera aceptable? Y si ofrecían sacrificios, debían estar autorizados por la ordenación.”

El Profeta entonces cita al apóstol Pablo: “Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y muerto aún habla por ella” (Hebreos 11:4). “¿Cómo es que aún habla?” preguntó José. “Pues magnificó el Sacerdocio que le fue conferido, y murió como un hombre justo, y por lo tanto se ha convertido en un ángel de Dios al recibir su cuerpo de entre los muertos, manteniendo aún las llaves de su dispensación; y fue enviado desde el cielo a Pablo para ministrarle palabras de consuelo y para comunicarle un conocimiento de los misterios de la divinidad.”

Y luego, como una especie de resumen sobre estos asuntos, el Profeta habló concerniente a Caín y Abel: “El poder, la gloria y las bendiciones del Sacerdocio no podían continuar con aquellos que recibieron la ordenación sino en la medida en que su rectitud continuara; porque Caín también fue autorizado para ofrecer sacrificios, pero al no ofrecerlos con rectitud, fue maldecido. Significa, entonces, que las ordenanzas deben guardarse de la manera misma que Dios ha señalado; de lo contrario, su Sacerdocio resultará ser una maldición en vez de una bendición.”

Sabemos poco acerca de las llaves de la dispensación de Abel, mencionadas anteriormente, excepto por el hecho de que una revelación moderna indica que una línea del sacerdocio descendió “desde Noé hasta Enoc, por la línea de sus padres; y de Enoc a Abel, quien fue muerto por la conspiración de su hermano, quien recibió el sacerdocio por los mandamientos de Dios, por mano de su padre Adán, quien fue el primer hombre” (DyC 84:15–16; énfasis añadido). Con el asesinato de Abel y la caída de Caín hacia la perdición, Dios proporcionó otro hijo a Adán y Eva por medio del cual las bendiciones del sacerdocio evangélico u orden patriarcal continuarían. Set “fue ordenado por Adán a la edad de sesenta y nueve años, y fue bendecido por él tres años antes de su (de Adán) muerte, y recibió la promesa de Dios por medio de su padre de que su posteridad sería el pueblo escogido del Señor y que serían preservados hasta el fin de la tierra; porque él (Set) era un hombre perfecto, y su imagen era la misma imagen expresada de su padre, tanto que parecía ser semejante a su padre en todas las cosas, y sólo podía distinguirse de él por su edad” (DyC 107:42–43; comparar Moisés 6:10–11).

Enoc y Su Ciudad

Enoc, hijo de Jared, fue el séptimo desde Adán. Jared “enseñó a Enoc en todos los caminos de Dios” (Moisés 6:21). “Enoc tenía veinticinco años cuando fue ordenado bajo la mano de Adán; y tenía sesenta y cinco años cuando Adán lo bendijo” (DyC 107:48). Fue llamado por Dios como profeta y vidente para declarar el arrepentimiento a una generación inicua. Debido a que Enoc fue obediente y sumiso, Jehová transformó a un joven tímido y vacilante en un poderoso predicador de rectitud. El Señor puso Su Espíritu sobre Enoc, justificó todas sus palabras y caminó con él (véanse Moisés 6:26–34). “Y tan grande fue la fe de Enoc, que guiaba al pueblo de Dios, y sus enemigos salieron a batalla contra ellos; y las montañas huyeron, conforme a su mandamiento; y los ríos de agua fueron desviados de su curso; y el rugido de los leones se oyó desde el desierto; y todas las naciones temieron en gran manera, tan poderoso era el testimonio de Enoc, y tan grande el poder del lenguaje que Dios le había dado” (Moisés 7:13). Es decir, Enoc fue fiel al convenio del Sacerdocio de Melquisedec, lo cual permitió a Dios jurar un convenio hacia él, un convenio que otorgó a Enoc poderes semejantes a los de Dios (véase Traducción de José Smith, Génesis 14:27–31; comparar con Helamán 10:4–10; DyC 84:33–44).

Debido a su propia rectitud y al poder de su testimonio, Enoc estableció una sociedad de puros de corazón. Estableció Sion, un pueblo que “eran de un corazón y una mente, y vivían en rectitud; y no había pobres entre ellos” (Moisés 7:18; comparar con DyC 97:21). Sion representa la cúspide de la interacción humana, la comunidad ideal, o, como enseñó el presidente Spencer W. Kimball, “el orden más elevado de la sociedad del sacerdocio.” Mediante la predicación de la rectitud e incorporando las doctrinas del evangelio en todo lo que hacían, incluyendo la aplicación del amor puro de Cristo en sus relaciones sociales y así consagrándose plenamente, Enoc y su pueblo fundaron una santa comunidad y finalmente fueron trasladados o llevados al cielo sin probar la muerte. El pueblo de Enoc “anduvo con Dios, y él habitó en medio de Sion; y aconteció que Sion ya no estaba, porque Dios la recibió en su propio seno; y desde entonces se dijo: Sion ha huido” (Moisés 7:69). “Y los hombres que tenían esta fe, llegando a este [sacerdocio] orden de Dios, fueron trasladados y llevados al cielo” (Traducción de José Smith, Génesis 14:32). “Y [Enoc] vio al Señor, y anduvo con él, y estuvo delante de Su rostro continuamente; y anduvo con Dios trescientos sesenta y cinco años, siendo de cuatrocientos treinta años cuando fue trasladado” (DyC 107:49). La sociedad de Enoc se convirtió en el modelo, el prototipo, para todos los hombres y mujeres fieles que vivieron después. El apóstol Pablo pudo entonces escribir de Abraham como uno de muchos que “esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Hebreos 11:10).

El profeta José Smith explicó que la traslación es un poder que pertenece al Sacerdocio de Melquisedec, una dimensión del orden santo de Dios. El presidente John Taylor añadió que “los habitantes trasladados de la ciudad de Enoc están bajo la dirección de Jesús, quien es el Creador de mundos; y que Él, teniendo las llaves del gobierno de otros mundos, podría, en sus administraciones a ellos, seleccionar a los trasladados del Sion de Enoc, si lo considerara apropiado, para realizar una misión a esos diversos planetas, y como la muerte no había pasado sobre ellos, podrían ser preparados por Él y utilizados por medio del santo sacerdocio para actuar como embajadores, maestros o mensajeros hacia esos mundos sobre los cuales Jesús tiene autoridad.”

Noé y el Sacerdocio

Noé, el décimo desde Adán, fue ordenado a la edad de diez años (véase DyC 107:52). “Dios hizo los arreglos de antemano,” explicó el élder John Taylor, “y le dijo a Matusalén que cuando el pueblo fuera destruido, un remanente de su simiente ocuparía la tierra y estaría a la cabeza sobre ella. Y Matusalén estaba tan ansioso de que eso sucediera que ordenó a Noé al sacerdocio cuando tenía diez años de edad. Noé entonces se erigió en su día como el representante de Dios.”

Noé fue por lo tanto más, mucho más, que un profeta del clima; fue un administrador legal, uno investido por Dios con autoridad para llamar al arrepentimiento a una generación inicua. “Y el Señor ordenó a Noé según su propio orden, y le mandó que debía salir y declarar su Evangelio a los hijos de los hombres, así como fue dado a Enoc. Y aconteció que Noé exhortó a los hijos de los hombres que se arrepintieran; pero no escucharon sus palabras.” Además, su llamamiento al arrepentimiento no fue solo una advertencia de un desastre inminente; fue un llamamiento a venir a Cristo y ser salvos. “Creed y arrepentíos de vuestros pecados,” dijo Noé, “y sed bautizados en el nombre de Jesucristo, el Hijo de Dios, así como nuestros padres, y recibiréis el Espíritu Santo, para que todas las cosas os sean manifestadas” (Moisés 8:19–20, 24; énfasis añadido). Al hablar del orden patriarcal del Sacerdocio de Melquisedec en los días de Noé, el presidente John Taylor declaró que “cada hombre manejaba los asuntos de su propia familia. Y los hombres prominentes entre ellos eran reyes y sacerdotes para Dios.”

El profeta José Smith explicó la posición de Noé (el ángel Gabriel) en la jerarquía del sacerdocio. Noé “ocupa el lugar siguiente en autoridad a Adán en el Sacerdocio; fue llamado por Dios a este oficio, y era el padre de todos los vivientes en su día, y le fue dada la dominión.” El Profeta también observó que “las llaves de este Sacerdocio consistían en obtener la voz de Jehová, que Él hablaba con él [Noé] de manera familiar y amistosa; que Él le continuó las llaves, los convenios, el poder y la gloria con los cuales Él bendijo a Adán en el principio.”

Melquisedec y Abraham

Abraham, conocido para nosotros como el “padre de los fieles,” buscó las “bendiciones de los padres” y el derecho de ministrar las mismas (véanse Abraham 1:1–3). Él “no solo era un príncipe en la tierra, sino un príncipe en los cielos, y por derecho vino a la tierra en su tiempo para cumplir las cosas que le fueron asignadas. Y descubrió al rastrear su genealogía que tenía derecho al sacerdocio, y cuando averiguó eso, oró al Señor y pidió una ordenación.” Su padre, Taré, era idólatra, por lo que las bendiciones de Abraham no podían llegarle de padre a hijo. Así fue que acudió a Melquisedec, el gran sumo sacerdote de aquel día, en busca de consejo, dirección y autoridad. En su explicación sobre los antiguos que entraron en el reposo del Señor, Alma escogió a Melquisedec para ilustrar su doctrina: “Y ahora, hermanos míos,” dijo, “quisiera que os humillaseis ante Dios, y diereis fruto digno de arrepentimiento, para que también vosotros podáis entrar en ese reposo. Sí, humillaos así como el pueblo en los días de Melquisedec, quien también fue un sumo sacerdote según este mismo orden [el santo orden de Dios] del cual he hablado, quien también tomó sobre sí el sumo sacerdocio para siempre” (Alma 13:13–14). Dios juró el mismo juramento a Melquisedec que había jurado a Enoc y le otorgó los mismos poderes semejantes a los de Dios. Melquisedec obtuvo paz en Salem, “y su pueblo obró rectamente, y obtuvo el cielo, y buscó la ciudad de Enoc que Dios había tomado anteriormente” (véase Traducción de José Smith, Génesis 14:25–36).

Los Santos de Dios que vivieron en esa época, “la iglesia en los días antiguos”, llamaron al santo sacerdocio por el nombre de Melquisedec (véanse DyC 107:2–4). Una revelación moderna nos informa que “Esaias… vivió en los días de Abraham y fue bendecido por él —de quien Abraham recibió el sacerdocio de Melquisedec, quien lo recibió por la línea de sus padres, hasta Noé” (DyC 84:13–14). Además, parece que Abraham recibió derechos y privilegios adicionales de Melquisedec. El padre de los fieles buscó el poder de administrar vidas eternas, la plenitud de los poderes del sacerdocio. Según el élder Franklin D. Richards, el profeta José explicó que el poder de Melquisedec “no era el poder de un profeta, ni de un apóstol, ni solo de un patriarca, sino de un rey y sacerdote de Dios, para abrir las ventanas del cielo y derramar la paz y la ley de vida eterna sobre el hombre. Y ningún hombre puede alcanzar la herencia conjunta con Jesucristo sin ser administrado por alguien que tenga el mismo poder y autoridad de Melquisedec.”

James Burgess registró un sermón de José Smith, una especie de comentario doctrinal sobre Hebreos 7, en el que habló de tres órdenes del sacerdocio: el Aarónico, el patriarcal (el nuevo y sempiterno convenio del matrimonio, el que tenía Abraham) y la plenitud del sacerdocio (la realización de las bendiciones prometidas en el convenio del matrimonio eterno). Se informa que el Profeta dijo: Pablo está tratando aquí tres diferentes sacerdocios, a saber, el sacerdocio de Aarón, el de Abraham y el de Melquisedec. El sacerdocio de Abraham era de mayor poder que el de Leví [Aarón], y el de Melquisedec era de mayor poder que el de Abraham. . . . Pregunto: ¿Había algún poder sellador asociado a este sacerdocio [levítico] que admitiera a un hombre a la presencia de Dios? Oh no, pero el sacerdocio de Abraham era un poder o sacerdocio más exaltado; él podía hablar y caminar con Dios. Y aun así, considerad cuán grande era este hombre [Melquisedec] cuando incluso este patriarca Abraham dio un diezmo de todos sus despojos y luego recibió una bendición bajo las manos de Melquisedec, incluso la última ley o la plenitud de la ley o sacerdocio, lo cual lo constituyó un rey y sacerdote según el orden de Melquisedec o de una vida eterna.

En resumen, explicó José el Profeta: “Abraham dice a Melquisedec: Creo todo lo que me has enseñado acerca del sacerdocio y de la venida del Hijo del Hombre; así que Melquisedec ordenó a Abraham y lo envió. Abraham se regocijó, diciendo: Ahora tengo un sacerdocio.” Las llaves del sacerdocio luego continuaron por medio de Isaac, Jacob, José, Efraín y así sucesivamente a través de los siglos, hasta la época de Moisés. Hasta qué grado se utilizó el Sacerdocio de Melquisedec y sus poderes entre el pueblo de Israel durante su servidumbre en Egipto no está claro.

De Moisés a Cristo

Aprendemos por revelación moderna que Moisés fue ordenado al alto sacerdocio por su suegro, Jetro el madianita. Esa línea de sacerdocio entonces se remonta desde Jetro a través de antiguos administradores legales desconocidos como Caleb, Elhú, Jeremy, Gad y Esaias. La revelación luego menciona la autoridad divina que vino por medio de Abraham, Melquisedec, Noé, Enoc, Abel y Adán (véanse DyC 84:6–16). Que el sacerdocio haya sido conferido a Jetro por medio de Madián implica—una vez más, como en el caso del sacerdocio que descendió por medio de Abel además de Set (véanse DyC 84:6–16; 107:40)—que había más de una línea de autoridad. Puede ser que el sacerdocio se transmitiera por varias líneas, pero que las llaves o el derecho de presidencia permanecieran con los patriarcas ordenados y fueran pasadas por ellos.

Al hablar de los hijos de Israel, el Profeta declaró: “Su gobierno era una teocracia; tenían a Dios para hacer sus leyes, y a hombres escogidos por Él para administrarlas; Él era su Dios, y ellos eran Su pueblo. Moisés recibía la palabra del Señor de Dios mismo; él era la boca de Dios para Aarón, y Aarón enseñaba al pueblo tanto en asuntos civiles como eclesiásticos; ambos eran uno, no había distinción.” Moisés procuró diligentemente llevar a los hijos de Israel a un punto de madurez espiritual en el cual pudieran disfrutar las más altas bendiciones del sacerdocio: el privilegio de entrar en el reposo del Señor, en la presencia divina. El deseo de Jehová era que los israelitas se convirtieran en “un reino de sacerdotes y gente santa” (Éxodo 19:6). “Pero ellos endurecieron sus corazones y no pudieron soportar su presencia; por tanto, el Señor, en su ira, porque se encendió su enojo contra ellos, juró que no entrarían en su reposo mientras estuvieran en el desierto, el cual reposo es la plenitud de su gloria. Por tanto, quitó a Moisés de en medio de ellos, y también el Sacerdocio Mayor; y continuó el sacerdocio menor” (DyC 84:19, 24–26; comparar DyC 107:18–19). Es decir, la renuencia de Israel a entrar en la presencia del Señor (véase Éxodo 20:19) señalaba su falta de preparación, como nación, para ver a Dios, y por consiguiente, su incapacidad para portar el santo sacerdocio y disfrutar de sus privilegios supremos. Por un lado, como señaló Abinadí, muchos de los hijos de Israel no comprendían el lugar que ocupaba la ley de Moisés como medio para un fin mayor. “Y ahora,” preguntó, “¿entendieron ellos la ley? Os digo que no, no todos entendieron la ley; y esto a causa de la dureza de sus corazones; porque no entendieron que ningún hombre podía ser salvo sino mediante la redención de Dios” (Mosíah 13:32).

Y el Señor dijo a Moisés: Lábrate dos tablas de piedra, como las primeras, y escribiré en ellas también las palabras de la ley, conforme fueron escritas al principio en las tablas que quebraste; mas no será conforme a las primeras, porque quitaré el sacerdocio de en medio de ellos; por tanto, mi santo orden, y sus ordenanzas, no irán delante de ellos; porque mi presencia no irá en medio de ellos, no sea que los destruya.

Pero les daré la ley como al principio, mas será según la ley de un mandamiento carnal; porque he jurado en mi ira que no entrarán en mi presencia, en mi reposo, en los días de su peregrinación. (Traducción de José Smith, Éxodo 34:1–2; énfasis añadido; véase también Traducción de José Smith, Deuteronomio 10:1–2)

Cuando Moisés fue trasladado, las llaves del Sacerdocio de Melquisedec fueron retiradas de entre los israelitas como cuerpo y el orden patriarcal del sacerdocio cesó. Es verdad que aún había hombres como Aarón, sus hijos y los setenta ancianos de Israel que portaban el Sacerdocio de Melquisedec. Pero el Sacerdocio de Melquisedec ya no se transmitía de padre a hijo. En adelante, el sacerdocio de administración entre el pueblo en general fue el Sacerdocio Aarónico. La ordenación de hombres al Sacerdocio de Melquisedec y la concesión de sus llaves venían por medio de una dispensación especial.

El presidente Joseph Fielding Smith señaló por lo tanto: En Israel, el pueblo común, el pueblo en general, no ejercía las funciones del sacerdocio en su plenitud, sino que estaban limitados en sus labores y ministraciones muy ampliamente al Sacerdocio Aarónico. La retirada del sacerdocio mayor fue del pueblo como cuerpo, pero el Señor todavía dejó entre ellos hombres que poseían el Sacerdocio de Melquisedec, con poder para oficiar en todas sus ordenanzas, en la medida en que Él determinara que estas ordenanzas se concedieran al pueblo. Por lo tanto, Samuel, Isaías, Jeremías, Daniel, Ezequiel, Elías y otros de los profetas poseían el Sacerdocio de Melquisedec, y sus profecías y sus instrucciones al pueblo eran dirigidas por el Espíritu del Señor y hechas potentes en virtud de ese sacerdocio que no se manifestó generalmente entre el pueblo de Israel durante todos esos años.

El presidente Smith añade este detalle: “Podemos presumir, con buena razón, que nunca hubo un tiempo en que no hubiera al menos un hombre en Israel que poseyera este sacerdocio mayor (recibiéndolo por dispensación especial) y que estuviera autorizado para oficiar en las ordenanzas.” O, como escribió en otra ocasión: El Señor, por necesidad, ha conservado siervos autorizados sobre la tierra portando el sacerdocio desde los días de Adán hasta el tiempo presente; de hecho, nunca ha habido un momento desde el principio en que no hubiera hombres en la tierra que poseyeran el Santo Sacerdocio. Aun en los días de apostasía, … nuestro Padre Celestial mantuvo el control y tuvo siervos debidamente autorizados en la tierra para dirigir Su obra y frenar, al menos en cierta medida, los estragos y la corrupción de los poderes del mal. A estos siervos no se les permitió organizar la Iglesia ni oficiar en las ordenanzas del evangelio, pero sí frenaron los avances del mal hasta donde el Señor consideró necesario.

A José Smith se le preguntó: “¿Fue quitado el Sacerdocio de Melquisedec cuando Moisés murió?” El Profeta declaró—y este principio guía nuestra comprensión de quién poseyó el Sacerdocio Mayor desde la traslación de Moisés hasta los días de Cristo—que “todo sacerdocio es Melquisedec, pero existen diferentes porciones o grados del mismo. Aquella porción que permitió a Moisés hablar con Dios cara a cara fue quitada; pero aquella que trajo el ministerio de ángeles permaneció.” Ahora nota esta importante aclaración: “Todos los profetas tenían el Sacerdocio de Melquisedec y fueron ordenados por Dios mismo,” lo que significa que Dios mismo realizó la ordenación o envió a un mensajero divino para hacerlo. En una reunión de la Primera Presidencia y el Cuórum de los Doce el 22 de abril de 1849, el élder John Taylor preguntó al presidente Brigham Young: “Si Elías, David, Salomón y los profetas tenían el Sacerdocio Mayor, ¿cómo fue?”, puesto que “el Señor lo quitó con Moisés.” Después de mucha discusión, el presidente Young “dijo que no lo sabía, pero desearía saberlo.” El élder Taylor, quien no había estado con el Profeta José cuando la respuesta fue dada por primera vez en 1841 (él estaba en Inglaterra), “pensó que quizá el Señor lo confería Él mismo en ciertos momentos a algunos que consideraba dignos, pero sin darles permiso para continuarlo y conferirlo a otros.”

Y así operamos desde la perspectiva de que todos los profetas del Antiguo Testamento poseían el Sacerdocio de Melquisedec. Exactamente cómo se relacionaban Isaías y Miqueas, quienes fueron contemporáneos, o quién supervisaba a quién, no podemos decirlo. Quién estaba a cargo cuando Jeremías, Ezequiel, Habacuc, Abdías o Lehi ministraban en el oficio profético, no lo sabemos. Es inconcebible para mí que llevaran a cabo sus labores proféticas de manera independiente unos de otros. Aquel Señor que los llamó y los investía con poder es un Dios de orden y no de confusión (véase DyC 132:8), y supondríamos que sus labores fueron coordinadas y dirigidas por alguien que poseía las llaves apropiadas del reino—el derecho de presidencia, el poder de dirección (véase DyC 107:8). Desafortunadamente, estos principios no se encuentran en el registro del Antiguo Testamento.

Es gracias a la revelación moderna que aprendemos que las ordenanzas de la casa del Señor han sido entregadas desde el principio. El libro de Abraham habla de “las grandes palabras clave del Santo Sacerdocio, tal como fueron reveladas a Adán en el Jardín del Edén, así como también a Set, Noé, Melquisedec, Abraham y a todos aquellos a quienes se reveló el Sacerdocio” (Facsímil N.º 2, Explicación, Fig. 3). Además, la revelación moderna nos dice que ordenanzas sagradas como lavamientos y unciones se llevaban a cabo en templos antiguos, los cuales, dijo el Señor, “mi pueblo siempre está mandado a edificar a mi santo nombre” (DyC 124:39), y que “Natán, mi siervo, y otros de los profetas” poseían las llaves del poder sellador asociado con el matrimonio eterno y la unión perdurable de las familias (DyC 132:39). Ciertamente, si y cuando Dios eligiera poner a disposición las ordenanzas del sacerdocio a ciertos individuos —incluyendo la investidura y las bendiciones del sellamiento— Él podría hacerlo en el desierto o en las cimas de las montañas.

Los pasajes de las Escrituras citados también parecen implicar que el antiguo tabernáculo y los templos permitían más que los ritos sacrificiales del Sacerdocio Aarónico. La relación exacta entre el profeta (que poseía el Sacerdocio de Melquisedec) y los descendientes literales de Aarón (que poseían las llaves de las ordenanzas levíticas) no está clara. Sin embargo, el élder Bruce R. McConkie ha hecho la siguiente aclaración: “No permitan que el hecho de que las ceremonias de la ley de Moisés fueran administradas por el Sacerdocio Aarónico los confunda. . . . Donde está el Sacerdocio de Melquisedec, allí está la plenitud del evangelio; y todos los profetas poseían el Sacerdocio de Melquisedec.” Continúa: “El Sacerdocio de Melquisedec siempre dirigió el curso del Sacerdocio Aarónico. Todos los profetas ocupaban una posición en la jerarquía de su época.” En resumen, “en todas las edades del mundo, siempre que el Señor ha dado una dispensación del sacerdocio a algún hombre por revelación real, o a cualquier conjunto de hombres, este poder siempre ha sido dado” (DyC 128:9).

La colonia lehita, una rama del antiguo Israel que fue llevada por Dios a las Américas, llevó el sacerdocio al Nuevo Mundo. Lehi era un profeta y, como hemos visto, habría poseído el Sacerdocio de Melquisedec. Los nefitas gozaron de las bendiciones de la plenitud del evangelio eterno, un evangelio administrado por el sacerdocio mayor. No había levitas entre los nefitas, y por lo tanto suponemos que ellos ofrecían sacrificios y llevaban a cabo las ordenanzas y deberes ministeriales como sacerdotes y maestros en virtud del Sacerdocio de Melquisedec. El presidente John Taylor explicó que el sacerdocio mayor era poseído por “Moroni, uno de los profetas de Dios en este continente. Nefi, otro de los siervos de Dios en este continente, tuvo el evangelio con sus llaves y poderes revelados a él.”

Elías y las Llaves del Sacerdocio

Una declaración de José Smith parece, al menos hasta cierto punto, contradecir lo que se ha dicho hasta ahora con respecto a las llaves del sacerdocio en el antiguo Israel. El profeta José declaró: “Elías fue el último Profeta que poseyó las llaves del Sacerdocio, y quien, antes de la última dispensación, restaurará la autoridad y entregará las llaves del Sacerdocio, para que todas las ordenanzas se realicen en rectitud.” Elías vivió alrededor del 850 a. C. Si esta declaración se tomara al pie de la letra, entonces ningún profeta después de Elías, al menos en el Antiguo Testamento o en el Libro de Mormón, habría poseído las llaves del santo sacerdocio. Eso incluiría a hombres como Eliseo, Joel, Oseas, Jonás, Amós, Isaías, Miqueas, Nahúm, Jeremías, Sofonías, Abdías, Daniel, Habacuc y Ezequiel, así como a Lehi y la rama americana de Israel. ¿Debemos entender que ninguno de estos hombres poseía llaves? ¿No había derecho de presidencia, ningún poder directivo en cuanto a los convenios y las ordenanzas del evangelio?

La declaración problemática proviene de un discurso sobre el sacerdocio pronunciado en una conferencia de la Iglesia celebrada en Nauvoo en octubre de 1840. El profeta José comenzó definiendo el sacerdocio y luego observó que el Sacerdocio de Melquisedec “es la gran cabeza, y posee la autoridad más alta que pertenece al sacerdocio, y las llaves del Reino de Dios en todas las edades del mundo hasta la última posteridad sobre la tierra; y es el conducto por el cual todo conocimiento, doctrina, el plan de salvación y todo asunto importante es revelado desde los cielos.” Continuó diciendo que “todos los demás sacerdocios son solo partes, ramificaciones, poderes y bendiciones pertenecientes al mismo, y son poseídos, controlados y dirigidos por él. Es el conducto por el cual el Todopoderoso comenzó a revelar Su gloria al principio de la creación de esta tierra, y por el cual ha continuado revelándose a los hijos de los hombres hasta el presente, y por el cual dará a conocer Sus propósitos hasta el fin del tiempo.”

El Profeta luego habló del papel de Miguel o Adán como el designado para supervisar las revelaciones y ordenanzas de Dios a Su pueblo, enfatizando, como José hacía con tanta frecuencia, que las ordenanzas del evangelio son siempre las mismas por la eternidad. Continuó describiendo el descenso de los poderes y ritos del sacerdocio hacia Abel, Caín, Enoc, Lamec y Noé. El Profeta proporcionó información muy importante con respecto a Enoc y la doctrina de la traslación. “Ahora bien,” enseñó, “la doctrina de la traslación es un poder que pertenece a este Sacerdocio. Hay muchas cosas que pertenecen a los poderes del Sacerdocio y a las llaves del mismo, que han sido mantenidas ocultas desde antes de la fundación del mundo; están ocultas de los sabios y prudentes para ser reveladas en los últimos tiempos.”

José Smith entonces comenzó a hablar extensamente sobre la restauración de las ofrendas sacrificiales como parte de la restitución de todas las cosas, porque “todas las ordenanzas y deberes que alguna vez han sido requeridos por el Sacerdocio… en cualquier período anterior, se llevarán a cabo nuevamente, cumpliendo la restauración de la que hablaron por boca todos los Santos Profetas. . . . La ofrenda de sacrificio siempre ha estado conectada y forma parte de los deberes del Sacerdocio. Comenzó con el Sacerdocio y continuará hasta después de la venida de Cristo, de generación en generación. Frecuentemente se menciona la ofrenda de sacrificio por los siervos del Altísimo en los días antiguos, antes de la ley de Moisés; estas ordenanzas continuarán cuando el Sacerdocio sea restaurado con toda su autoridad, poder y bendiciones.” Luego vino la declaración: “Elías fue el último Profeta que poseyó las llaves del Sacerdocio, y quien, antes de la última dispensación, restaurará la autoridad y entregará las llaves del Sacerdocio, para que todas las ordenanzas se realicen en rectitud. Es cierto,” continuó el Profeta, “que el Salvador tenía autoridad y poder para conferir esta bendición; pero los hijos de Leví estaban demasiado prejuiciados. ‘Y he aquí, yo os envío el profeta Elías antes que venga el día grande y terrible del Señor’, etc., etc. ¿Por qué enviar a Elías? Porque él posee las llaves de la autoridad para ministrar en todas las ordenanzas del Sacerdocio.” Añadió una vez más que “estos sacrificios, así como toda ordenanza perteneciente al Sacerdocio, serán, cuando se construya el Templo del Señor y los hijos de Leví sean purificados, plenamente restaurados y atendidos en todos sus poderes, ramificaciones y bendiciones. Esto siempre ha existido y siempre existirá cuando los poderes del Sacerdocio de Melquisedec sean suficientemente manifiestos; de lo contrario, ¿cómo podría cumplirse la restitución de todas las cosas de la cual hablaron los Santos Profetas?”

Recuerda, este sermón fue pronunciado en octubre de 1840, más de cuatro años después de que Elías había venido al Templo de Kirtland (véase DyC 110). Pero José Smith declaró que Elías “restaurará la autoridad y entregará las llaves del Sacerdocio antes de la última dispensación”—es decir, presumiblemente, antes de que la dispensación se complete—”para que todas las ordenanzas se realicen en rectitud.” Bien podría ser que el Profeta se refiriera a un acontecimiento pasado como si aún estuviera por venir. Por otro lado, el contexto del sermón puede sugerir que parte del papel de Elías como aquel que restauraría la “plenitud del sacerdocio” es restaurar las llaves asociadas con todas las ordenanzas, incluyendo el sacrificio animal, un acontecimiento profetizado por Malaquías (4:5–6), citado por Jesús a los nefitas (3 Nefi 25:5–6), presentado de manera diferente por Moroni (DyC 2), y descrito en la revelación moderna (DyC 84:31–32). Uno se pregunta si Elías no entregará esas llaves particulares en el Consejo de Adán-ondi-Ahmán, ese gran concilio de líderes del sacerdocio—quienes han poseído llaves de autoridad en todas las edades—justo antes de la venida del Señor en gloria.

Estoy agradecido a mi amigo y colega Robert J. Matthews por sugerir los siguientes principios, cada uno de los cuales añade algo a nuestra comprensión de este asunto de las llaves del sacerdocio: Es evidente que una persona que posee las llaves puede “darlas” a otra sin perderlas él mismo.
Hay una diferencia entre poseer las llaves lo suficiente para funcionar y ser la persona designada para transmitir esas llaves a otros. Tanto Moisés como Elías dieron llaves a Pedro, Santiago y Juan en el Monte de la Transfiguración, sin embargo, fueron Moisés y Elías quienes las trajeron a José Smith y a Oliver Cowdery en 1836. Sin duda, Pedro poseía suficientes de “las llaves de Elías” para operar la Iglesia durante la dispensación meridiana, pero el Señor no usó a Pedro para transmitir esas llaves de sellamiento a José y Oliver.
Está claramente declarado en el Libro de Mormón, más de una vez, que los Doce en el Hemisferio Occidental estaban sujetos y estarían sujetos a los Doce en Jerusalén (véase 1 Nefi 12:9; Mormón 3:18–19). Esto sugiere, nuevamente, que un pueblo puede tener suficientes llaves del sacerdocio para operar la Iglesia sin poseer el derecho de transmitir esas llaves a dispensaciones futuras.
Verdaderamente, no todas las llaves y poderes del sacerdocio nos han sido entregados aún en nuestros días; mucho yace en el futuro, incluyendo las llaves de la creación, de la traslación y de la resurrección.

En resumen, las llaves del reino de Dios siempre han estado en la tierra cuando el sacerdocio mayor ha estado en la tierra; debe haber orden en la casa de Dios. Esas llaves habrían sido poseídas por los ungidos del Señor después de la época de Elías. Elías no fue el último hombre en poseer llaves en el período del Antiguo Testamento, ya que muchos las tuvieron después de él, pero sí fue el último del Antiguo Testamento comisionado para regresar en la dispensación del cumplimiento de los tiempos para asegurarse de que “todas las ordenanzas se realicen en rectitud.”

Conclusión

Amón explicó al rey Limhi que “un vidente es también revelador y profeta; y no puede tener un hombre un don mayor, a menos que posea el poder de Dios, lo cual ningún hombre puede; sin embargo, se puede dar a un hombre gran poder de Dios. Mas un vidente puede saber lo que ha acontecido, y también lo que ha de acontecer, y por ellos se manifestará todo, o más bien, se harán manifiestas las cosas secretas, y saldrán a la luz las cosas ocultas. . . . Así ha provisto Dios el medio para que el hombre, mediante la fe, pueda realizar grandes milagros; por tanto, es de gran beneficio para sus semejantes” (Mosíah 8:16–18).

Como Santos de los Últimos Días amamos el Antiguo Testamento. Atesoramos las lecciones y el lenguaje de sus páginas sagradas. Sabemos, sin embargo, que no nos ha llegado en su pureza prístina. Muchas verdades sencillas y preciosas, y muchos convenios del Señor, han sido quitados y retenidos por personas malintencionadas (véase 1 Nefi 13:20–32). Falta la comprensión de que la plenitud del evangelio de Jesucristo estuvo una vez entre los antiguos. Falta el entendimiento de que los profetas del Antiguo Testamento eran cristianos que enseñaban doctrina cristiana y administraban convenios y ordenanzas cristianas. Pero gracias sean dadas a Dios porque se ha levantado un vidente, incluso un “vidente escogido” (2 Nefi 3:6–7), José Smith, quien comenzó la obra de restaurar muchas de esas verdades sencillas y preciosas a la Biblia. Jehová instruyó a Moisés que escribiera las cosas que le serían habladas. “Y en un día en que los hijos de los hombres estimen mis palabras como nada y quiten muchas de ellas del libro que tú escribirás, he aquí, levantaré a otro como tú; y serán nuevamente dadas entre los hijos de los hombres—entre todos los que crean” (Moisés 1:40–41).

El estudio del Antiguo Testamento a la luz del evangelio restaurado enlaza a los Santos de los Últimos Días con los santos de la antigüedad. Tal estudio llega a ser mucho más que una lección de historia, pues como declara la revelación: “He aquí, este mismo sacerdocio, que existió al principio, existirá también al fin del mundo” (Moisés 6:7). Lo que fue verdad para los antiguos lo es para nosotros. Lo que los inspiró y motivó a ellos puede y debe incitarnos a nosotros a la fidelidad continua y a la devoción a nuestros convenios. La misma autoridad mediante la cual fueron bautizados, confirmados, investidos, lavados, ungidos, casados y sellados para la vida eterna—esa misma autoridad ha sido entregada a José Smith por mensajeros celestiales. Que creamos, aceptemos y nos regocijemos en el tesoro de entendimiento doctrinal que se nos ha entregado mediante la revelación moderna es mi sincera oración.

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