El Círculo de Hermanas
Una noche, en los días de la Cortina de Hierro, la hermana Packer y yo asistimos a una reunión de la Sociedad de Socorro en algún lugar de Europa Oriental. Había doce hermanas presentes. Cantamos los himnos de Sion usando cancioneros —palabras sin música— impresos casi cincuenta años antes. La lección de Vida Espiritual fue impartida reverentemente utilizando las páginas de un manual hecho a mano.
Les dije a aquellas hermanas que pertenecían a la organización de mujeres más grande y, en todos los sentidos, la más grandiosa de la tierra. Les cité las palabras que utilizó el profeta José Smith cuando él y los hermanos organizaron la Sociedad de Socorro.
“Ahora vuelvo la llave en favor de [todas las mujeres]”.
Esta sociedad está organizada “de acuerdo con vuestra naturaleza… Ahora os encontráis en una situación en la que podéis actuar de acuerdo con esas simpatías” que hay dentro de vosotras.
“Si vivís de acuerdo con vuestros privilegios, los ángeles no podrán ser impedidos de ser vuestros compañeros”.
“Si esta sociedad escucha el consejo del Todopoderoso por medio de los líderes de la Iglesia, tendrá poder para mandar reinas en medio de ella”. (History of the Church, 4:607, 605).
Un Círculo de Hermanas
¡El Espíritu estaba presente en aquella pequeña reunión! Y cuando concluyó la reunión, la encantadora hermana que había dirigido con gentileza y reverencia lloró abiertamente.
Entonces les hablé acerca de las hermanas a quienes se me había asignado dirigirme en la reunión general de la Sociedad de Socorro unos días después, y ellas fueron fortalecidas. Les pregunté si tenían algún mensaje para aquellos muchos miles de hermanas. Varias de ellas tomaron notas; cada expresión, todas sin excepción, reflejaba el espíritu de enviar algo a ese cuerpo mayor, no de pedir algo de él. Una de ellas dijo: “Un pequeño círculo de hermanas envía sus corazones y pensamientos a todas las hermanas y ruega al Señor que nos ayude a seguir adelante”.
Esas palabras, “círculo de hermanas”, me inspiraron. Podía verlas de pie dentro del gran círculo de la Sociedad de Socorro. Entonces capté la visión de un gran círculo de hermanas: la misma visión que han tenido los apóstoles y profetas antes que nosotros.
Aquella noche permanecí por un momento dentro del círculo y sentí los impulsos de fe, valor y amor que iban y venían a ambos lados. Recordé los salones de sellamiento de los templos. En algunos de ellos hay espejos colocados en paredes opuestas. Si uno se coloca cerca del altar y mira hacia cualquiera de los lados, puede ver un corredor de imágenes que disminuyen gradualmente. Produce la sensación de mirar hacia lo infinito, hacia las eternidades. Se puede ver tan lejos como alcanza la vista, y se tiene la impresión de que, si pudiera avanzarse hasta el límite de esa visión, aún se podría seguir viendo para siempre.
La Sociedad de Socorro constituye un círculo singular de hermanas. Cada hermana, sin importar dónde se encuentre dentro de ese círculo, puede mirar hacia cualquiera de los lados y sentir el espíritu de inspiración que regresa mientras extiende la suave mano de la caridad hacia quienes están a ambos lados.
Organizada según un Modelo del Sacerdocio
La Sociedad de Socorro, nos dijo el Profeta, está organizada según el modelo del sacerdocio. Cuando un hombre posee el sacerdocio, pertenece a algo más grande que él mismo. Es algo externo a sí mismo a lo cual puede entregar un compromiso completo. Requiere plena dedicación y lealtad. Está ligado a ello un juramento y un convenio.
La membresía en el sacerdocio engrandece al hombre y al joven. Dondequiera que esté, haga lo que haga, sin importar con quién se asocie, se espera que honre su sacerdocio. Es el compromiso de su hombría con las más altas normas de integridad. La asistencia a las reuniones del quórum los domingos es solo una parte, incluso una pequeña parte, de las responsabilidades de su membresía. Mediante una actividad plena en el sacerdocio, todo deseo digno puede alcanzarse y toda necesidad del hombre puede ser satisfecha.
Los hermanos no hablan mucho de las necesidades de los hombres; ciertamente no están preocupados excesivamente por ellas. Rara vez se discuten. Esas necesidades son importantes, muy importantes. También lo son las restricciones que protegen a cada poseedor del sacerdocio y lo guían hacia una realización plena en la vida. Pero los hermanos no están preocupados principalmente por sus necesidades. ¡Están preocupados por el sacerdocio! Es una preocupación digna.
Cuando el sacerdocio está organizado y funciona como debe, las aspiraciones dignas de todos los que participan en él quedan satisfechas. Mediante el sacerdocio, los hombres pueden ser instruidos en la relación correcta con todas las hermanas: sus esposas, hijas y madres. El sacerdocio es la causa de los hombres y los jóvenes de la Iglesia.
La Sociedad de Socorro es una gran fortaleza para el sacerdocio. Por medio de ella, las hermanas participan de los privilegios y bendiciones que pertenecen al sacerdocio. En verdad, los poseedores del sacerdocio no pueden alcanzar una plenitud sin las hermanas.
Digo a las hermanas que, si siguen ese modelo, no estarán preocupadas excesivamente por las necesidades de las mujeres. Servirán a su organización, a su causa: la Sociedad de Socorro, este gran círculo de hermanas. Toda necesidad suya será satisfecha, ahora y en las eternidades; toda negligencia será borrada; todo abuso será corregido. Todo esto puede llegar a ustedes, y llegar rápidamente, cuando se consagran a la Sociedad de Socorro.
El servicio en la Sociedad de Socorro engrandece y santifica a cada hermana individualmente. Su membresía en la Sociedad de Socorro debe acompañarlas siempre. Cuando se consagran a la Sociedad de Socorro, la organizan, la hacen funcionar y participan en ella, sostienen la causa que bendecirá a toda mujer que entre bajo su influencia. Están organizadas, les recuerdo una vez más, según el modelo y bajo la autoridad del sacerdocio.
La Sociedad de Socorro es una Responsabilidad y una Protección
Durante el estudio que concluyó con el horario consolidado de las reuniones dominicales, mi principal preocupación, y la expresé en cada discusión, fue por la Sociedad de Socorro. Nos preocupaba que la Sociedad de Socorro pudiera ser considerada después simplemente como una clase dominical más. Ese temor no carecía de fundamento, y deseo recordarles, particularmente a ustedes que son oficiales y maestras, que la Sociedad de Socorro tiene responsabilidades muy amplias.
La asistencia a la reunión dominical es solo una pequeña parte de su deber. Algunas de ustedes no han comprendido esto y han dejado de lado mucho de lo que la Sociedad de Socorro ha significado a través de los años: la hermandad, así como sus aspectos caritativos y prácticos.
Deben reunir todo eso nuevamente. Ustedes que dirigen esta obra deben encontrar ahora maneras de restaurar y aumentar la hermandad y el espíritu fraternal de la Sociedad. Deben encontrar maneras de fortalecer también las dimensiones caritativas y prácticas. Nada debe distraerlas de esto.
Muchas de ustedes no pueden asistir a la reunión dominical de la Sociedad de Socorro porque han sido llamadas a servir en la Primaria o en las Mujeres Jóvenes. Esto también está de acuerdo con el modelo establecido. Muchos hermanos sirven en el Sacerdocio Aarónico. Así como su servicio fortalece el sacerdocio mayor, así también su servicio bendecirá a la Sociedad de Socorro. No se sientan privadas; nunca se quejen. Prestar este servicio de manera desinteresada es demostrar devoción a la Sociedad de Socorro.
Entonces este gran círculo de hermanas será una protección para cada una de ustedes y para sus familias. La Sociedad de Socorro podría compararse con un refugio: el lugar de seguridad y protección, el santuario de los tiempos antiguos. Ustedes estarán seguras dentro de ella. Rodea a cada hermana como un muro protector.
No se Dejen Desviar
Volvamos al Antiguo Testamento para recibir una lección. Cuando los israelitas regresaron de su largo cautiverio en Babilonia, encontraron su ciudad en ruinas. Los muros protectores de Jerusalén yacían derrumbados. Sus enemigos se movían entre ellos con gran influencia, y los israelitas estaban sujetos a ellos.
Entonces vino Nehemías el profeta, conocido ahora como “el constructor del muro”. Reunió a los israelitas para que defendieran sus propios intereses. Bajo su dirección comenzaron a reconstruir el muro.
Al principio sus enemigos se burlaron de ellos. Tobías el amonita se mofó diciendo: “Aun lo que ellos edifican, si subiere una zorra, derribará su muro de piedra” (Nehemías 4:3).
Pero Nehemías consoló a su pueblo y se puso a trabajar. El enemigo estaba por todas partes. “Sin embargo”, registró él, “oramos a nuestro Dios, y por causa de ellos pusimos guarda contra ellos de día y de noche” (véase Nehemías 4:9).
Hermanas, mediten cuidadosamente en eso. Ellos “hicieron una oración” y “pusieron guarda”, y continuaron con su obra.
Llegó el día en que sus enemigos vieron que el muro estaba terminado. Rodeaba la ciudad. No había ninguna brecha, excepto el lugar de las puertas. Lo que sus enemigos habían ridiculizado estaba casi concluido. El muro ahora estaba en pie. Ya no podían sus enemigos amenazar ni destruir. Cuando vieron que los israelitas se fortalecían, se preocuparon y recurrieron a otras tácticas.
Y aquí está la lección. Es un símbolo, una figura, ¡una advertencia! En ella hay un mensaje para cada hermana de la Sociedad de Socorro; para la presidencia general y su consejo; para las oficiales y maestras de estaca y barrio; en verdad, para cada miembro. Considérenlo con mucho, mucho cuidado.
Sanbalat, Tobías y Gesem enviaron a llamar a Nehemías. “Ven”, le dijeron con insistencia, “y reunámonos en alguna de las aldeas en el valle de Ono”. Procuraban apartarlo de su obra en el muro. Pero el profeta conocía sus intenciones y dijo: “Pensaban hacerme mal” (véase Nehemías 6:2).
Cinco veces enviaron a llamarlo para que saliera a reunirse con ellos. Su insistencia llegó entonces, así como llega ahora a nosotros: “Ven a dialogar con nosotros, ven a unirte a nuestra causa, ven a hacer las cosas a nuestra manera. Ven al mundo y participa con nosotros”.
Su respuesta contiene consejo para toda hermana de la Sociedad de Socorro. También es un mensaje para los hermanos del sacerdocio. “Y les envié mensajeros”, registró Nehemías, “diciendo: Yo hago una gran obra, y no puedo ir; ¿por qué ha de cesar la obra mientras yo la dejo para ir a vosotros?” (Nehemías 6:3).
Hermanas, tienen una gran obra que realizar. ¡Edifiquen la Sociedad de Socorro! ¡Fortalezcan su organización! No permitan que las seduzcan para dejarla e ir a los llanos mundanos de Ono.
No permitan que las organicen bajo otro estandarte. No anden de aquí para allá buscando alguna causa que satisfaga sus necesidades. Su causa se sostiene bajo la autoridad del sacerdocio del Dios Todopoderoso; ¡ese es el poder consumado, el poder supremo que existe sobre esta tierra!
Mientras estudiaba la historia de su gran organización, encontré un mensaje para la Sociedad de Socorro enviado por la Primera Presidencia de la Iglesia con ocasión de su centenario. Este fue su mensaje:
“Pedimos a nuestras hermanas de la Sociedad de Socorro que nunca olviden que son una organización única en todo el mundo, pues fueron organizadas bajo la inspiración del Señor… Ninguna otra organización de mujeres en toda la tierra ha tenido un nacimiento semejante.
Este origen divinamente inspirado trae consigo una responsabilidad correspondiente, en la consagración al servicio y en la más elevada lealtad al Sacerdocio de Dios y unas a otras. Las miembros no deben permitir que intereses hostiles ni competitivos de ninguna clase resten importancia a los deberes y obligaciones, los privilegios y honores, las oportunidades y los logros de la membresía en esta gran Sociedad.
La lealtad principal, casi exclusiva, de cada miembro de este gran grupo debe dirigirse… a sus compañeras miembros y a la organización. Las miembros no deben permitir que ninguna otra afiliación interrumpa ni interfiera con la obra de esta Sociedad. Deben dar precedencia al servicio en la Sociedad de Socorro sobre todos los clubes y sociedades sociales u otras organizaciones similares. Exhortamos a esto porque en la obra de la Sociedad de Socorro se encuentran valores intelectuales, culturales y espirituales que no se hallan en ninguna otra organización y que son suficientes para satisfacer todas las necesidades generales de sus miembros.
Exhortamos a todas las hermanas a tomar estas cosas en serio y a cooperar para que la Sociedad de Socorro continúe ocupando su posición como la organización femenina más grande y más eficiente del mundo”. (A Centenary of Relief Society, p. 7, Deseret News Press, 1942.)
Una Sociedad de Socorro Fuerte es Fundamental
Ese consejo de la Primera Presidencia sigue vigente hoy. ¡Apoyen la causa de la Sociedad de Socorro! ¡Fortalézcanla! ¡Asistan a ella! ¡Dedíquense a ella! Involucren en ella a las hermanas menos activas y lleven a las hermanas no miembros bajo su influencia. Ha llegado el momento de unirnos en este círculo mundial de hermanas. Una Sociedad de Socorro fuerte y bien organizada es crucial para el futuro y para la seguridad de esta Iglesia.
Ahora avanzamos cautelosamente hacia las oscuras brumas del futuro. Escuchamos el ominoso estruendo de la tormenta que se avecina. Las dificultades del pasado han sido una prueba preliminar y preparatoria. El asunto de esta dispensación se revela ahora ante nosotros. Toca la vida de cada hermana. No temblamos de miedo, porque ustedes sostienen en sus delicadas manos la luz de la rectitud. Ella bendice a los hermanos y nutre a nuestros hijos.
Aquellos que les dicen que en el reino de Dios la condición de la mujer es inferior a la del hombre no saben nada del amor, cercano a la adoración, que el hombre digno siente por su esposa. Él no puede poseer su sacerdocio, ni su plenitud, sin ella. “Porque ningún hombre”, dijo el Profeta, “puede obtener la plenitud del sacerdocio fuera del templo del Señor” (véase D. y C. 131:1–3). Y ella está allí a su lado en ese lugar sagrado. Está allí y comparte todo lo que él recibe. Cada uno, individualmente, recibe los lavamientos y las unciones; cada uno puede recibir la investidura. Pero él no puede ascender a las ordenanzas más elevadas —las ordenanzas de sellamiento— sin ella a su lado.
¡Oh, cuán poderosas pueden ser las tiernas y moderadoras enseñanzas y la desarmante sabiduría de nuestras hermanas! Encontré el espíritu de la Sociedad de Socorro —todo él— en la tranquila respuesta de una hermana.
Alguien se burló de su determinación de reunir su provisión para un año. Había almacenado suficiente para ella y su esposo, y además algo para compartir con sus hijos jóvenes ya casados, quienes no tenían los medios ni el espacio para proveerse mucho por sí mismos. Ella le dijo que lo hacía porque los profetas nos habían aconsejado hacerlo. Él la reprendió:
—Cuando llegue la crisis, de todos modos no la tendrás. ¿Y si tus líderes piden que se entregue todo? Tendrías que compartirlo con quienes no se prepararon. ¿Qué pensarás entonces?
—Si eso llegara a suceder —respondió ella—, al menos tendré algo que aportar.
Que Dios las bendiga, hermanas de la Sociedad de Socorro, que aportan tanto. Que Dios bendiga a ese pequeño círculo de hermanas en algún lugar de Europa Oriental que forma parte de este gran círculo eterno de hermanas: la organización de Dios para las mujeres sobre esta tierra, la Sociedad de Socorro de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
Discurso pronunciado en la reunión general de la Sociedad de Socorro, septiembre de 1980.

























