Las Cosas del Alma

El Gran Plan de Felicidad y la Revelación Personal


Aquí deseo hablar de dos asuntos: un plan y la revelación.

Una noche de domingo, en un aeropuerto de la costa oeste, me encontré con un amigo de mis días universitarios. Mientras conversábamos sobre tiempos pasados, los nombres y rostros de compañeros de clase surgían de la memoria como escenas de viejas películas. Algunos pocos ya han partido, pero la mayoría se han jubilado y dedican su tiempo a sus familias, a viajar y, muchos de ellos, a servir misiones. En sus años avanzados recurren a recursos, visibles e invisibles, que obtuvieron cuando eran jóvenes.

Aquellos a quienes más admiramos son los que han vivido vidas muy ordinarias, sin ser tocados por la riqueza o la prominencia, habiendo tenido éxito en las cosas que más importan: la fe y la familia. Pregunté por un compañero de clase, más talentoso que todos los demás, el que parecía tener mayores probabilidades de triunfar. Todos habíamos observado cómo alcanzó prominencia nacional y luego desapareció. ¿Dónde estaba ahora?

Mi amigo me dijo que, después de que nuestro compañero alcanzó tanto fama como fortuna, se desvió por caminos prohibidos y se perdió.

Vinieron a mi mente unas palabras de una clase de literatura de aquellos días universitarios: palabras de un poeta, John Greenleaf Whittier. Él relató la historia de una campesina llamada Maud Muller. Un día, mientras trabajaba en el campo de heno con su familia, se detuvo para beber de un manantial. Mientras se inclinaba para tomar agua, un jinete a caballo se acercó. Maud Muller levantó la vista y contempló el rostro de un noble joven. Él le pidió agua.

Se inclinó donde brotaba el fresco manantial,
Y llenó para él su pequeña taza de estaño,
Y se ruborizó al entregársela, mirando hacia abajo
Sus pies descalzos y su vestido harapiento.
Él quedó cautivado por su inocencia tímida y sus ojos color avellana, pues
Debajo de su sombrero roto resplandecía la riqueza
De una sencilla belleza y una saludable rusticidad.
Él habló de la hierba, de las flores y de los árboles,
Del canto de los pájaros y el zumbido de las abejas…
Al fin, como quien busca en vano
Una excusa para demorarse, se alejó cabalgando.
Y ella, observándolo partir, pensó:
“¡Ay de mí! ¡Si yo pudiera ser su esposa!”
El hombre miró hacia atrás mientras subía la colina,
Y vio a Maud Muller aún de pie.
“Jamás me ha tocado conocer
Una figura más hermosa ni un rostro más dulce.
Y su modesta respuesta y su gracia natural
Muestran que es tan sabia y buena como hermosa.
¡Ojalá fuera mía, y yo hoy,
Como ella, un cosechador de heno!”…
Él se casó con una mujer de inmensa fortuna,
Que vivía para la moda, así como él para el poder.
Sin embargo, a menudo, ante el resplandor de su chimenea de mármol,
Veía aparecer y desaparecer una imagen,
Y los dulces ojos color avellana de Maud Muller
Lo miraban con inocente sorpresa.
En cuanto a Maud Muller,
A veces las estrechas paredes de su cocina
Se extendían hasta convertirse en majestuosos salones;
Pero ella veía a su esposo
… junto al hogar,
Dormitando y refunfuñando sobre su pipa y su taza…
Entonces retomaba nuevamente la carga de la vida,
Diciendo solamente: “Pudo haber sido”.
Entonces dijo el poeta:
¡Que Dios tenga misericordia de ambos! ¡Y de todos nosotros,
Que en vano recordamos los sueños de la juventud!
Porque de todas las tristes palabras pronunciadas o escritas,
Las más tristes son estas: “Pudo haber sido”.

Seguir el Plan Correcto

Pensé aquella noche en mi generación, para la cual ahora “pudo haber sido”, y en la generación actual de jóvenes, para quienes “todavía está por ser”.

Puedo imaginar a algunos jóvenes leyendo esto y pensando: “¡Demasiado tarde! Ya he arruinado completamente mi vida”. ¡Lo entiendo! Puede que piensen eso una docena de veces o más durante los próximos años. Pero no es así. De hecho, cualquiera que sea su edad, si siguen el plan correcto, todo saldrá bien. Pase lo que pase, vayan donde vayan, ocurra lo que ocurra en el mundo, cualquiera que sea la prueba que enfrenten, no necesitan temer al futuro. “Si estáis preparados, no temeréis” (D. y C. 38:30). Les aseguro que no necesitan temer al futuro. Serán felices, si es que siguen “el gran plan de felicidad”.

El plan de felicidad ofrece muchas opciones y posibilidades para ajustarse a las personalidades, capacidades, deseos y necesidades individuales.

El plan se encuentra en las Escrituras y se menciona como:

—El Misericordioso Plan del Gran Creador (2 Nefi 9:6; Alma 42:15, 31).
—El Gran Plan de Redención (Alma 12:25, 26, 30, 32; 17:16; 18:39; 22:13-14; 29:2; 34:16, 31; 39:18; 42:11; Jacob 6:8).
—El Plan de Salvación (Jarom 1:2; Alma 24:14; 42:5; Moisés 6:62).
—El Gran Plan del Dios Eterno (2 Nefi 9:13; Alma 34:9; Abraham 4:21).
—El Eterno Plan de Liberación (2 Nefi 11:5).
—El Plan de Restauración (Alma 41:2).

Y el título que más favorezco:

—El Gran Plan de Felicidad (Alma 42:8, 16).

Una vez que una persona tiene siquiera un bosquejo del plan, sabe qué camino seguir.

A continuación se presentan los componentes esenciales del gran plan de felicidad, de redención y de salvación.

La Vida Premortal

Primero, nuestra existencia premortal. No conozco ninguna idea que nos ayude tanto a comprender la vida como esta verdad fundamental: vivimos como hijos espirituales —hijos e hijas individuales e inteligentes de Dios— antes de nuestro nacimiento mortal. Muchas cosas de la vida pueden entenderse únicamente si sabemos que hubo una vida premortal, y muchas otras jamás podrán comprenderse sin ese conocimiento.

¿Por qué sucede que dos hijos nacidos de los mismos padres terrenales, tan parecidos en apariencia física, con frecuencia sean tan diferentes en personalidad, temperamento y disposición, cualidades que parecen haber nacido con ellos? Además, ¿alguna vez han reflexionado sobre la expresión “todos los hombres son creados iguales” (que, dicho sea de paso, no es una declaración de las Escrituras) y se han preguntado, si esto es cierto, por qué existe tanta desigualdad y aparente injusticia en la vida? ¿Por qué la distribución desigual de talentos y dones, de ventajas y desventajas?

No sé cómo responder preguntas como estas sin la doctrina de una vida premortal.

Este gran plan de felicidad fue presentado por primera vez en un gran concilio en nuestra vida premortal. Cada uno de nosotros estuvo allí, como hijo o hija de Dios. Cada uno tuvo la opción de aceptarlo o rechazarlo. Hubo una rebelión y estalló una guerra debido al plan. El hecho de que estemos aquí con un cuerpo mortal nos dice que estuvimos del lado correcto.

El líder de la rebelión formuló un plan propio. En las revelaciones se le describe como el “astuto plan del maligno” o el “muy sutil plan del adversario” (2 Nefi 9:28; Alma 12:4-5), o como el “gran plan de destrucción” (3 Nefi 1:16; véase también Helamán 2:8; D. y C. 10:12).

Cada uno de nosotros escogió el gran plan de felicidad. Lo sabemos porque, de otro modo, no estaríamos aquí en la mortalidad. Hasta aquí, todo va bien.

Pero en la vida mortal, con el bien y el mal presentes, debemos decidir nuevamente. Debemos pasar la prueba. Se nos ha dado el albedrío y no podemos evitar confirmar o rechazar la decisión que tomamos en nuestro primer estado. Es: “escogeos hoy a quién serviréis” (Josué 24:15; Alma 30:8; véase también D. y C. 127:2; Moisés 6:33).

A continuación se presentan los demás componentes del plan de felicidad, en forma resumida.

Después de la creación espiritual, tuvo lugar la creación física del mundo y de todos los seres vivientes, junto con una creación separada de cuerpos físicos para los hijos e hijas de Dios.

La Caída de Adán y Eva

La transición del primer estado en los cielos al segundo estado en la mortalidad es, en efecto, la caída del hombre. Aunque quizá ahora no la comprendamos plenamente, necesitamos aceptar la Caída como una verdad o no entenderemos el ministerio de Cristo como nuestro Redentor, la Expiación, las ordenanzas y convenios, ni los propósitos mismos de la vida.

La Caída vino por la transgresión de una ley, pero no hubo pecado relacionado con ella. Existe una diferencia entre transgresión y pecado. Ambas siempre traen consecuencias. Aunque no sea pecado lanzarse desde un tejado, al hacerlo uno queda sujeto a la ley de la gravedad, y las consecuencias seguirán.

La caída del hombre consistió en salir de la presencia de Dios para venir a esta vida mortal, donde ahora, en presencia tanto del bien como del mal, enfrentamos la prueba.

El plan dispone que experimentemos todo lo bueno de la vida. Su propósito es que seamos felices.

El Salvador Expiatorio

Esencial para el plan es el Redentor, quien compensó la transgresión que produjo la Caída y garantizó que, sin importar quiénes seamos o lo que hagamos, nos levantaremos de los muertos en la resurrección. Sin embargo, no regresaremos a la presencia de Dios a menos que estemos limpios.

El plan presupone errores. Bajo el plan, las penalidades relacionadas con las malas decisiones, nuestros pecados, pueden ser canceladas con la condición de que guardemos los mandamientos que activan la influencia de la Expiación.

Se nos manda hacer algunas cosas y se nos manda no hacer otras, a fin de hacernos merecedores del poder redentor de ese sacrificio, la expiación de Cristo. La elección es nuestra. Alma dijo: “Dios les dio mandamientos después de haberles hecho conocer el plan de redención” (Alma 12:32).

Un Plan y un Creador

El plan no está basado en la casualidad ni en el accidente. Está basado en el propósito, en el albedrío y en la elección. Está en armonía con leyes que estaban en vigor mucho antes de que el plan fuera establecido. Todo tiene orden; todo fue planeado para nosotros.

La belleza y precisión del universo, la infinita variedad de la vida vegetal y animal, todo testifica de un plan y de un Creador.

—Los murciélagos, que inventaron el radar.

—El castor con su licencia de contratista.

—El colibrí, que pesa una décima de onza, navegando con más pericia que Magallanes, Colón o cualquiera de los que los siguieron.

—Las golondrinas, que llevan un calendario.

—La mariposa monarca, que pasa el verano en Canadá, pero posee acciones en un condominio en México.

—La araña de trampa, que inventó el camuflaje.

—Las abejas, que fueron pioneras en almacenar provisiones para todo el año y luego se lo enseñaron a las ardillas.

—Las aves, que diseñaron huesos huecos para poder volar.

—El pato, que eligió un pecho ancho y plano para que Arquímedes no fuera ridiculizado cuando expuso sus principios de flotación.

—El agua, que se ofreció voluntariamente a expandirse cuando se enfría (en lugar de contraerse, como lo hace todo lo demás), para que los cubos de hielo floten en un vaso y para que los peces no tuvieran que desarrollar un pico de hielo para conseguir su cena en el fondo de un lago.

—Los planetas, que entraron en órbita y se volvieron tan adictos a girar en círculos que podemos determinar con exactitud dónde estaban hace cinco mil años y dónde estarán dentro de mil años.

El Señor dijo que “cualquier hombre que haya visto cualquiera de estas cosas, o aun la menor de ellas, ha visto a Dios obrando en su majestad y poder” (D. y C. 88:47).

Podríamos seguir haciendo listas por mil páginas y aun así no comenzaríamos a enumerar todo lo que fue creado para dar belleza y variedad a la faz de la tierra. Y Enoc dijo: “Y si fuese posible que el hombre contara las partículas de la tierra, sí, millones de tierras como ésta, no sería siquiera el principio del número de [sus] creaciones” (Moisés 7:30).

No Acepte las Filosofías Contradictorias de los Hombres

Las Escrituras nos dicen que “es preciso que haya una oposición en todas las cosas” (2 Nefi 2:11). Por lo tanto, nos enfrentaremos a filosofías de los hombres que entran en conflicto con el plan de redención. Debemos asegurarnos de no aceptarlas. Toda filosofía que afirme eximirnos de la responsabilidad moral o espiritual traerá problemas.

No se avergüencen si, especialmente durante su juventud, les falta el conocimiento, la experiencia o incluso el valor para desafiar esas teorías y filosofías o para confrontar a quienes las enseñan. A veces la sabiduría o el sentido común pueden indicarles que ni siquiera lo intenten.

Podemos estudiar y aprender con seguridad acerca de las teorías y filosofías de los hombres, pero si contradicen el plan de redención, el gran plan de felicidad, no las aceptemos como verdad. Si lo hacemos, podríamos estar hipotecando nuestro testimonio, nuestro conocimiento de la vida premortal, de la creación del hombre, de la Caída y la Expiación, de nuestro Redentor, de la Resurrección y de la exaltación; porque “toda planta que no plantó mi Padre celestial será desarraigada” (Mateo 15:13).

Si aceptamos las filosofías de los hombres, nuestro testimonio puede ser embargado. Nuestro respeto por la ley moral puede desaparecer con él, y terminaremos sin nada. “Porque todo lo que hay en el mundo, ya sea ordenado por los hombres, por tronos, o principados, o potestades, o cosas de renombre, cualesquiera que sean, que no sean por mí ni por mi palabra, dice el Señor, serán derribadas y no permanecerán después que los hombres hayan muerto” (D. y C. 132:13).

El profeta Jacob nos exhortó a no gastar nuestro esfuerzo en “lo que no tiene valor alguno… lo cual no puede satisfacer” (2 Nefi 9:51).

El Testimonio Viene por Revelación Personal

Ahora bien, aunque un testimonio de este plan es de importancia crucial para nosotros, no debemos contar con ganar muchos debates acerca del plan de redención frente a las teorías y filosofías predominantes de los hombres. Hace mucho tiempo aprendí que el conocimiento espiritual se expresa en un lenguaje diferente al del conocimiento secular.

Respecto a esto, tuve una experiencia valiosa antes de ser una Autoridad General. Me afectó profundamente. Estaba sentado en un avión junto a un ateo declarado que ridiculizaba mi creencia en Dios. Le di mi testimonio: “Hay un Dios. ¡Sé que vive!”

Él respondió: “Usted no lo sabe. Nadie lo sabe. No puede saberlo”. Como yo no cedía, el ateo planteó quizás el desafío definitivo al testimonio. “Muy bien”, dijo de manera burlona y condescendiente, “usted dice que sabe”. Luego añadió: “Dígame cómo lo sabe”.

No pude hacerlo. Me sentí incapaz de comunicarlo. Cuando usé las palabras espíritu y testimonio, el ateo respondió: “No sé de qué está hablando”. Las palabras oración, discernimiento y fe tampoco significaban nada para él.

“¿Lo ve?”, dijo. “En realidad no lo sabe. Si lo supiera, podría decirme cómo lo sabe”.

Quizás, pensé, había dado mi testimonio imprudentemente, y no sabía qué hacer. Entonces vino la experiencia. Un pensamiento, una revelación, acudió a mi mente, y le dije al ateo: “Permítame hacerle una pregunta. ¿Sabe a qué sabe la sal?”

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“Por supuesto que sí”, respondió.

“¿Cuándo probó sal por última vez?”

“Acabo de cenar en el avión”.

“Usted solo cree que sabe a qué sabe la sal”, le dije.

Él insistió: “Sé a qué sabe la sal tan bien como sé cualquier otra cosa”.

“Si le diera una taza de sal y una taza de azúcar, ¿podría distinguir la sal del azúcar si le permitiera probar ambas?”

“Ahora se está poniendo infantil”, dijo. “Por supuesto que podría notar la diferencia. Sé a qué sabe la sal. Lo sé tan bien como sé cualquier otra cosa”.

“Entonces”, le dije, “suponiendo que yo nunca haya probado la sal, explíqueme exactamente a qué sabe”.

Después de pensar un momento, se aventuró a decir: “Bueno… eh… no es dulce, y no es agria”.

“Me ha dicho lo que no es, no lo que es”.

Después de varios intentos, por supuesto, no pudo hacerlo. No podía transmitir, solo con palabras, una experiencia tan común como probar la sal.

Le di nuevamente mi testimonio y le dije: “Sé que hay un Dios. Usted se burló de ese testimonio y dijo que si realmente lo supiera, podría decirle exactamente cómo lo sé. Amigo mío, espiritualmente hablando, yo he probado la sal. No soy más capaz de transmitirle solo con palabras cómo llegó este conocimiento a mí, de lo que usted es capaz de decirme a qué sabe la sal. Pero le digo otra vez: ¡hay un Dios! ¡Él vive! Y solo porque usted no lo sabe, no trate de decirme que yo no lo sé, ¡porque sí lo sé!”

Cuando nos separamos, lo escuché murmurar: “No necesito su religión como muleta. No la necesito”.

Aquello fue para mí una gran lección sobre la revelación personal. De ello aprendí acerca de la inspiración y de la veracidad de la escritura que dice: “Atesorad continuamente en vuestra mente las palabras de vida, y os será dada en la misma hora aquella porción que le será medida a cada hombre” (D. y C. 84:85).

Desde entonces nunca me he sentido avergonzado ni apenado porque no pudiera explicar solo con palabras todo lo que sé espiritualmente, ni decir exactamente cómo lo recibí. A través de experiencias como estas ciertamente sufriremos alguna humillación, pero eso es bueno para nuestra fe. Y tenemos un guía siempre presente. Seremos probados, pero nunca se nos dejará sin ayuda.

Alguien escribió:

Con manos irreflexivas e impacientes
Enredamos el plan
Que el Señor ha forjado.
Y cuando clamamos de dolor, Él dice:
“Quédate quieto, hombre, mientras deshago el nudo.”

El Señor dijo: “Estad quietos, y conoced que yo soy Dios” (Salmos 46:10). El proceso de llegar a conocerlo es la revelación personal.

Baso lo que voy a decir acerca de la revelación personal en dos principios del Evangelio. El primer principio es este: somos seres duales, un hijo o hija espiritual de Dios, vivo e inteligente en el primer estado, ahora confinado a un cuerpo de carne y huesos. “El espíritu y el cuerpo son el alma del hombre” (D. y C. 88:15). El espíritu es eterno; el cuerpo llegará a serlo también. Hay lenguajes que podemos hablar y escuchar con el cuerpo. También hay lenguajes del espíritu, y uno de ellos es la revelación.

El segundo principio es este: existen dos fuentes de revelación: una que está en armonía con el gran plan de felicidad, y otra que surge del “astuto plan del maligno” (2 Nefi 9:28). Para que no seamos engañados, hay orden en la Iglesia y existen canales establecidos mediante los cuales la revelación es dada a la Iglesia y a nosotros, sus miembros, como individuos.

No debería ser tan difícil como lo es enseñar la realidad del espíritu a algunos adultos, especialmente a aquellos que “cuando son instruidos se creen sabios” (2 Nefi 9:28). Pero el Señor enseñó que “si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” (Mateo 18:3; véase también Lucas 18:17; 3 Nefi 11:37–38).

Quizás sea porque los niños pequeños aprenden rápidamente cosas que los adultos tardan en comprender. Un amigo me contó que su pequeño hijo sabía todo acerca de las computadoras, y dijo: “No tengo idea de dónde lo aprende”. Yo respondí: “Probablemente de su hermano o hermana menor”.

La computadora es una buena ilustración de nuestra naturaleza dual. Las computadoras están hechas de metal, plástico y vidrio, y pueden almacenar una cantidad asombrosa de información: todas las obras canónicas, colecciones de enciclopedias, diccionarios, bibliotecas enteras e incluso ilustraciones. Presione las teclas y podrá seleccionar cualquier parte de lo que está almacenado y verlo instantáneamente en una pantalla. Puede reorganizar, añadir o eliminar información almacenada en la computadora, e imprimir en papel lo que desee, incluso a todo color. Entonces puede sostener en su mano una prueba tangible y absoluta de lo que hay dentro de esa caja de metal, vidrio y plástico.

Sin embargo, si desmontara completamente la computadora o la fundiera, no encontraría ni una sola palabra, ni una sola ilustración; ninguna evidencia tangible de que hubiera volúmenes, versículos o ilustraciones dentro de ella. No podría encontrar palabras en las cenizas de una computadora más de lo que podría encontrar el espíritu en las cenizas de un cuerpo humano cremado.

A pesar de que el espíritu es invisible e intangible, es la esencia misma de la realidad. “Vosotros sois el templo de Dios, y … el Espíritu de Dios mora en vosotros” (1 Corintios 3:16).

La revelación es el proceso de comunicación a los ojos espirituales y a los oídos espirituales que poseíamos antes de nuestro nacimiento mortal. Las Escrituras hablan de “los ojos de vuestro entendimiento” (véase Jeremías 5:21; Efesios 1:18; 2 Nefi 21:3; D. y C. 110:1; 138:11, 29), y de la “ceguera de mente” (Éter 4:15) y de corazón (Deuteronomio 28:28; Efesios 4:18; D. y C. 58:15). Hablan de “sentir” las palabras en lugar de oírlas (1 Nefi 17:45), y de la voz apacible y delicada (1 Reyes 19:12; 1 Nefi 17:45).

La Luz de Cristo y el Don del Espíritu Santo

Existe una investidura espiritual tranquila que recibe toda alma que viene a la mortalidad. Ya sea que esta luz interior, este conocimiento innato del bien y del mal, se llame la Luz de Cristo, sentido moral o conciencia, modera nuestras acciones, a menos que la sometamos o la destruyamos. Es un atributo que no tiene equivalente en los animales.

Además de eso, después del bautismo, la ordenanza de la confirmación nos confiere el don del Espíritu Santo. Es el don supremo. El Espíritu Santo es el espíritu de revelación: “Sí, he aquí, te lo haré saber en tu mente y en tu corazón por el Espíritu Santo, que vendrá sobre ti y morará en tu corazón. Ahora bien, he aquí, éste es el espíritu de revelación; he aquí, éste es el espíritu por el cual Moisés sacó a los hijos de Israel a través del Mar Rojo sobre tierra seca. Por tanto, éste es tu don; aplícalo, y bendito eres, porque te librará de las manos de tus enemigos” (D. y C. 8:2–4).

Después que Nefi explicó que los ángeles hablan por el poder del Espíritu Santo, dijo algo más que se aplica a cada uno de nosotros: “Por tanto, ahora bien, después que os he hablado estas palabras, si no las podéis entender, será porque no pedís ni llamáis; por tanto, no sois llevados a la luz, sino que debéis perecer en las tinieblas. Porque he aquí, otra vez os digo que si entráis por el camino y recibís el Espíritu Santo, él os mostrará todas las cosas que debéis hacer” (2 Nefi 32:4–5).

Aprended a ver con los ojos espirituales de vuestro entendimiento; aprended a sentir las palabras de la voz apacible y delicada, la voz del Espíritu, la voz de la revelación.

El profeta José Smith explicó claramente cómo puede obrar la revelación: “Una persona puede beneficiarse al notar la primera insinuación del espíritu de revelación; por ejemplo, cuando siente que una inteligencia pura fluye hacia ella, puede recibir repentinos destellos de ideas, de modo que al prestar atención a ello, puede ver su cumplimiento ese mismo día o poco después; es decir, aquellas cosas que fueron presentadas a vuestra mente por el Espíritu de Dios llegarán a acontecer; y así, al aprender el Espíritu de Dios y comprenderlo, podéis crecer en el principio de la revelación hasta llegar a ser perfectos en Cristo Jesús” (Enseñanzas, pág. 151).

El Señor enseñó a Oliver Cowdery (y a todos nosotros) acerca de la revelación: “Pero he aquí, te digo que debes estudiarlo en tu mente; entonces debes preguntarme si está bien; y si está bien, haré que tu pecho arda dentro de ti; por tanto, sentirás que está bien” (D. y C. 9:8).

Experiencias Espirituales Personales

Los sueños, las visiones y las visitaciones no son poco comunes en la Iglesia y forman parte de todo lo que el Señor ha revelado en esta dispensación. Así, un miembro digno de la Iglesia puede ser receptor de una maravillosa experiencia espiritual. He llegado a saber que estas experiencias son personales y deben mantenerse en privado. Quienes las reciben deben meditarlas en su corazón y no hablar de ellas con ligereza. (Véase Alma 12:9.)

Aquellas experiencias espirituales personales no confieren autoridad para dirigir la vida de otras personas, a menos que quien las reciba sea el padre, la madre o alguien que haya sido debidamente llamado y apartado. “No será dado a nadie salir a predicar mi evangelio ni a edificar mi iglesia, a menos que sea ordenado por alguien que tenga autoridad, y sea conocido por la iglesia que tiene autoridad y que ha sido regularmente ordenado por los líderes de la iglesia” (D. y C. 42:11).

He llegado a saber que el testimonio no viene por buscar señales. No se obtiene mediante presión ni por la fuerza. Llega mediante el ayuno y la oración, mediante la actividad y la prueba, mediante la obediencia. Llega al sostener a los siervos del Señor y seguirlos.

Karl G. Maeser dirigía a un grupo de misioneros a través de los Alpes. Cuando llegaron a una cumbre, se detuvo. Señalando hacia atrás, por el sendero, unos postes colocados en la nieve para marcar el camino seguro a través del glaciar, dijo: “Hermanos, allí está el Sacerdocio. No son más que simples estacas como nosotros… pero la posición que ocupan hace que sean para nosotros lo que son. Si nos apartamos del sendero que señalan, estamos perdidos”. (Alma P. Burton, Karl G. Maeser, Mormon Educator, pág. 22).

Hay Dos Planes

¡Una advertencia! Recuerden que existen dos planes: el gran plan de felicidad y el “plan muy sutil del adversario”. El adversario habla al espíritu en ingeniosos lenguajes falsificados, y muchos son engañados por ellos. A nuestros jóvenes les digo: permanezcan cerca de su obispo y de sus líderes del sacerdocio. Sigan su consejo, y les prometo que no serán desviados. Cuídense de aquellos que presumen tener revelaciones para dirigir sus vidas.

Los profetas han dicho: “Sois libres; se os permite actuar por vosotros mismos; porque he aquí, Dios os ha dado conocimiento y os ha hecho libres” (Helamán 14:30).

Cada uno de nosotros posee albedrío; cada uno es libre de escoger. Nada puede liberarnos espiritualmente más que la obediencia: obediencia a las leyes y al Señor. Nada es más liberador espiritualmente que la dignidad personal que se mantiene, y que en ocasiones quizá deba recuperarse, mediante el arrepentimiento. Necesitamos guardar la Palabra de Sabiduría (esa es la llave para la revelación, para los tesoros de conocimiento, aun tesoros escondidos); pagar diezmos y ofrendas; sostener a nuestros líderes; estudiar las Escrituras (en ellas se encuentra un testimonio de la Restauración en relación con el gran plan de felicidad). Debemos vivir el Evangelio. El Evangelio es el Gran Plan de Felicidad. Al seguir su sendero, “conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32).

El plan de felicidad no es evidente en la Biblia. Solo después de estudiar el Libro de Mormón, especialmente, la Doctrina y Convenios y la Perla de Gran Precio, y luego volver a la Biblia, se pueden ver elementos del plan esparcidos por ella desde el principio hasta el fin.

La Obediencia Conduce a la Felicidad

No puedo enfatizar demasiado que la independencia y la fortaleza espiritual de una persona dependen de la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio. Cuando obedecemos voluntariamente, aprendemos a confiar en esos delicados y sensibles susurros espirituales. Aprenderemos que invariablemente nos conducen a la rectitud y a la felicidad.

Al principio indiqué que sabemos qué camino escogieron los mortales en aquel gran concilio en los cielos. Permítanme decir especialmente a los jóvenes de la Iglesia que sé algo más acerca de ustedes. Debido a que los líderes de la Iglesia pueden ver lo que espera a su generación en el futuro, también sabemos que ustedes son una generación de gran promesa y de gran poder espiritual.

En el Libro de Mormón, los profetas hablaron de una generación que “a causa de su comodidad y de su grandísima prosperidad… [olvidó] al Señor su Dios, y [pisoteó] al Santo”, y como consecuencia fue castigada con “toda clase de pestilencias”, con muerte y con terror (Helamán 12:2–3). ¿Han leído alguna vez esas palabras en las Escrituras: pestilencia, terror?

El Señor nunca ha abandonado la tierra al poder del adversario. Siempre ha existido un poder superior de inspiración y rectitud que compensa su influencia.

Justicia y Misericordia

Ahora bien, ¿qué hay de aquel compañero de universidad que se apartó hacia caminos prohibidos y se perdió? ¿Habrá desaparecido para siempre? ¡No! La última página no será pasada, ni el registro del plan de salvación será guardado, hasta que él también sea redimido. Pagará hasta el último cuadrante (Mateo 5:26) por sus errores, porque la ley así lo exige. Pero la Misericordia, nuestra gentil amiga, volverá a visitarlo y le recordará su responsabilidad hasta que finalmente esté dispuesto a ceder ante las demandas de la Justicia, limpiar su propiedad, retirar la basura dejada allí tanto por el pecado como por la transgresión, y poner su casa en orden.

La Justicia puede parecer muy exigente. Pero debemos aprender que cuando ponemos todo tan bien como nos sea posible hacerlo, es la Justicia la que invoca la Expiación, ordena al adversario que abandone nuestra propiedad y coloca el aviso de que sus agentes no harán más cobros contra nosotros. Nuestra deuda habrá sido pagada por completo por la única persona perfectamente pura que ha vivido.

Cuando aquel compañero pródigo sea más sabio de lo que hasta ahora ha demostrado ser, habrá aprendido que Justicia es otro nombre para Misericordia, y Misericordia es otro nombre para Justicia.

En las revelaciones hay una conmovedora conversación entre Enoc y el Señor:

Y aconteció que el Dios del cielo miró al resto del pueblo, y lloró; y Enoc dio testimonio de ello, diciendo: ¿Cómo es que los cielos lloran y derraman sus lágrimas como la lluvia sobre los montes?

Y Enoc dijo al Señor: ¿Cómo es que puedes llorar, siendo que eres santo, y de eternidad en eternidad?

Y si fuera posible que el hombre contara las partículas de la tierra, sí, millones de tierras como esta, no sería siquiera el principio del número de tus creaciones; … ¿cómo es que puedes llorar? …

El Señor dijo a Enoc: He aquí, estos son tus hermanos; son la obra de mis propias manos, y les di conocimiento el día en que los creé; y en el Jardín de Edén di al hombre su albedrío… .

… ¿Por qué no habrían de llorar los cielos, viendo que estos sufrirán? (Moisés 7:28–32, 37).

El Plan de Nuestro Padre

Debidamente lo llamamos el Gran Plan de Felicidad, porque eso es precisamente. También debería conocerse como el Plan de Nuestro Padre. A medida que envejecemos y, esperamos, adquirimos más sabiduría, particularmente cuando tenemos hijos propios, llegamos a comprender que todo el plan de felicidad fue diseñado para nosotros y para ellos por nuestro Padre.

Los jóvenes avanzan ahora de manera muy semejante a como lo hizo Nefi en la antigüedad, de quien se dijo: “Y era guiado por el Espíritu, sin saber de antemano las cosas que tendría que hacer” (1 Nefi 4:6). Pero todos tenemos un plan que seguir: el Gran Plan de Felicidad, el Plan de Nuestro Padre. Y Su “palabra es lámpara a mis pies, y lumbrera a mi camino” (Salmos 119:105).

Doy testimonio de nuestro Padre, el arquitecto de este plan; y del Hijo, Jesucristo, nuestro Redentor y la figura central y decisiva de ese plan. Concluyo con las reconfortantes palabras de este último:

Si me amáis, guardad mis mandamientos.

Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre;

El Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros y estará en vosotros.

No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros. (Juan 14:15–18).

Discurso pronunciado en una transmisión del Sistema Educativo de la Iglesia para Adultos Jóvenes, el 7 de noviembre de 1993.

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