Principios
El Señor ha dado a Su Iglesia el mandato de predicar el evangelio. Ese mensaje se repite más de ochenta veces en las Escrituras: “Predicad el evangelio a toda nación, tribu, lengua y pueblo”. Esa es, ciertamente, razón suficiente para hacerlo.
Pero quisiera añadir otra razón para llamar misioneros. Pienso que si entendiéramos, si pudiéramos comprender la importancia de ello, nos impulsaría a una mayor determinación para asegurarnos de que todo joven de la Iglesia sea digno de recibir un llamamiento misional. Salvo aquellos pocos que tengan algún impedimento físico insuperable, todo joven debe ser hecho digno de recibir ese llamamiento.
Ahora bien, siendo el mundo como es, no ponemos el mismo énfasis en que las hermanas sean llamadas a misiones. Por una parte, el número de lugares donde las hermanas pueden ser asignadas con seguridad es limitado en cada misión. Por supuesto, no debemos dejar de llamar hermanas, pero sí debemos llamar a un número cada vez mayor de élderes.
Espero transmitir aquí mi convicción de que el llamamiento de misioneros es crucial, no solo para el crecimiento de la Iglesia, sino también para la propia seguridad de la Iglesia. Tengo la intención de presentar algunas reflexiones sobre los principios fundamentales del gobierno del sacerdocio y dar ejemplos de cuán esenciales son para dirigir la Iglesia, y luego aplicarlos a la obra misional. Estos principios, por supuesto, se aplican a toda la obra de la Iglesia.
Los Principios Son Primordiales
Sabemos que la labor de nuestros líderes locales del sacerdocio nunca termina. Si dedicaran todo su tiempo a ella, aun así no podrían completarla; y, por supuesto, también tienen que sostener a sus familias y ser ciudadanos responsables. Si ese es el caso, ¿cómo pueden escoger con seguridad? Entre todas las cosas que se les pide hacer, ¿cómo pueden decidir cuáles podrían omitirse sin peligro?
Las responsabilidades de los líderes locales pueden agruparse en estas categorías:
Tienen una organización que mantener, con el constante problema de cubrir los llamamientos.
Tienen programas que administrar.
Tienen procedimientos que seguir.
Tienen políticas oficiales que aplicar.
Tienen principios que honrar y enseñar.
La organización, los programas, los procedimientos, las políticas y los principios: todos son importantes. Pero no tienen la misma importancia. Los líderes muy bien pueden dedicar tiempo y recursos a cosas que no son cruciales y, de hecho, descuidar los asuntos de mayor peso. Permítanme dar dos ejemplos, uno de la parte más espiritual de nuestro ministerio y otro de la parte temporal.
El primero tiene que ver con los consejos disciplinarios de la Iglesia. Es nuestra responsabilidad disciplinar a los miembros cuando ha ocurrido una transgresión muy grave. La organización y los procedimientos para llevar a cabo tal consejo se explican detalladamente en el manual.
Sin embargo, a menos que un líder conozca los principios que se aplican en tales casos, podría celebrar un consejo disciplinario en cumplimiento técnico del manual, incluso seguir los procedimientos correctos, y aun así perjudicar en lugar de sanar al miembro descarriado.
Si un líder no conoce los principios —y por principios me refiero a los principios del evangelio, las doctrinas, lo que está contenido en las revelaciones—, si no sabe lo que las revelaciones dicen acerca de la justicia o la misericordia, o lo que revelan sobre la reprensión o el perdón, ¿cómo podrá tomar decisiones inspiradas en esos casos difíciles que requieren su juicio?
Una Cuestión de Visión
Existe un elemento espiritual que va más allá de los procedimientos descritos en el manual. Pertenece al sacerdocio y lleva consigo poder celestial. A menos que los obispos y presidentes de estaca estén familiarizados con ello, podrían implementar programas y, aun así, no redimir a los santos.
Otro ejemplo: en las revelaciones queda claro que debemos cuidar de los pobres dignos. ¿Cómo debe hacerse esto? Debemos recoger ofrendas de ayuno y contamos con programas de bienestar. En los manuales hay declaraciones sobre cómo deben administrarse. Sin embargo, cada caso es diferente. Sin un conocimiento de los principios del evangelio, podríamos actuar en cumplimiento técnico de las instrucciones y, aun así, degradar en lugar de elevar al miembro. Supongamos que no supiéréramos nada acerca de la independencia, la economía y la autosuficiencia.
No es una cuestión de dedicación; jamás pondríamos eso en duda. Es una cuestión de dónde poner el énfasis. Es una cuestión de visión, porque “sin profecía el pueblo se desenfrena” (Proverbios 29:18).
Existen principios del evangelio que sustentan cada aspecto de la administración de la Iglesia. Estos no se explican en los manuales. Se encuentran en las Escrituras. Son la esencia y el propósito de las revelaciones.
Los procedimientos, los programas, las políticas administrativas e incluso algunos modelos de organización están sujetos a cambios. La Primera Presidencia tiene plena libertad y, de hecho, la obligación de modificarlos de vez en cuando. Pero los principios, las doctrinas, nunca cambian. Si damos un énfasis excesivo a los programas y procedimientos que pueden cambiar, y cambiarán, y deben cambiar, y no comprendemos los principios fundamentales del evangelio, que nunca cambian, podemos ser desviados.
La Verdadera Lealtad a los Manuales
Ahora bien, no quiero dar a entender que debamos ignorar los manuales o los libros de instrucciones; ni por un minuto diría algo así. Lo que sí digo es esto: hay un ingrediente espiritual que no se encuentra en los manuales y que debemos incluir en nuestro ministerio si queremos agradar al Señor.
Cuando un líder conoce el Evangelio, tendrá una lealtad hacia las instrucciones de los manuales que de otra manera no podría tener. Al hacerlo, se librará de innovaciones que no pueden dar resultado.
Debido a que la Iglesia está creciendo tan rápidamente, existe la tentación de tratar de resolver los problemas cambiando límites, alterando programas, reorganizando el liderazgo o proporcionando edificios más cómodos. Lo que realmente necesitamos es una renovación como la que hemos leído en la historia de la Iglesia. Lo que realmente necesitamos es un resurgimiento de los principios básicos del Evangelio en la vida de todos los Santos de los Últimos Días. La verdadera esencia de la administración del sacerdocio no está en los procedimientos, sino en los principios, en la doctrina.
El profeta José Smith nos dio la clave. Dijo, con referencia a la administración: “Les enseño principios correctos, y ellos se gobiernan a sí mismos”.
El peligro cuando se descuida la doctrina
Recuerdo haber entrevistado a un joven obispo en Brasil. Tenía veintisiete años. Me impresionó que poseyera todos los atributos de un líder exitoso de la Iglesia: humildad, testimonio, buena presencia, inteligencia y espiritualidad. Pensé: aquí hay un joven con un gran futuro en la Iglesia.
Mientras lo observaba, me pregunté: “¿Cuál será su futuro? ¿Qué haremos por él? ¿Qué le haremos?”. En mi mente tracé los años que tenía por delante.
Será obispo durante unos seis años; entonces tendrá treinta y tres años. Después servirá ocho años en el sumo consejo de estaca y cinco años como consejero en la presidencia de estaca. A los cuarenta y seis años será llamado como presidente de estaca. Lo relevaremos después de seis años para que llegue a ser Representante Regional, y servirá durante cinco años. Eso significa que habrá pasado treinta años siendo un ideal, un ejemplo a seguir, una imagen, un líder.
Sin embargo, durante todo ese tiempo no habrá asistido a tres clases consecutivas de Doctrina del Evangelio, ni habrá asistido a tres lecciones consecutivas del quórum del sacerdocio.
A menos que haya conocido los principios fundamentales del Evangelio antes de su llamamiento, apenas tendrá tiempo de aprenderlos en el camino. Las agendas, las reuniones, los presupuestos y los edificios ocuparán su tiempo. Estas cosas generalmente no se descuidan. Pero los principios sí se descuidan; el Evangelio se descuida, la doctrina se descuida. Cuando eso sucede, estamos en gran peligro. Hoy vemos evidencias de ello en la Iglesia.
¡Deseo levantar una voz de advertencia solemne y seria! Vivimos en una época de gran oposición, no solo en los Estados Unidos, sino en todo el mundo. Esta oposición crece día y noche por toda la tierra. Los enemigos externos, reforzados por apóstatas internos, desafían la fe de los miembros comunes de la Iglesia. No son los programas de la Iglesia los que cuestionan. De hecho, suelen elogiarlos. Son las doctrinas en las que centran su atención. Son las doctrinas las que atacan, y observamos que muchos líderes de la Iglesia parecen no saber cómo responder a las preguntas doctrinales. Si nuestros miembros son ignorantes de las doctrinas, estamos en peligro, a pesar de tener programas eficientes y buenos edificios.
La esencia del gobierno del sacerdocio
Ahora bien, no deseo menospreciar nuestros esfuerzos. Veo manifestaciones de los principios del Evangelio obrando por todas partes. Permítanme dar un ejemplo.
En las reuniones de liderazgo de estaca, frecuentemente le pregunto a un joven presidente de quórum de élderes acerca del procedimiento para llamar a un nuevo consejero. ¿Cómo llamaría usted a un nuevo consejero? Lo siguiente es, me complace mucho informar, algo típico de lo que sucede.
El presidente responde:
—Bueno, primero repasaría mentalmente los nombres de los miembros de mi quórum y seleccionaría al que me impresionara que debe ser mi consejero. Luego oraría al respecto.
—¿Por qué ora al respecto?
—Para recibir dirección del Señor.
—¿Qué clase de dirección?
—Para saber si es correcto o no.
—¿Quiere decir revelación?
—Sí.
—¿Cree que puede recibir revelación sobre algo así?
—Sí.
—¿Está seguro?
—Sí.
—Pero usted es un joven muy común; ¿realmente cree que puede recibir revelación de Dios?
—¡Sí, señor!
—¿La ha recibido antes?
—Sí.
—No voy a poder convencerlo de lo contrario, ¿verdad?
—¡No, señor!
¡Piensen en eso! Un presidente de quórum de élderes común y corriente sabe qué es la revelación y cómo recibirla. Un joven común sabe cómo acercarse al Señor a través del velo y obtener instrucciones reveladas.
Esa es la esencia, la verdadera esencia, del gobierno del sacerdocio. Ese es un principio del Evangelio. Es una ley de Dios que Él revele Su voluntad a Sus siervos. No solo a los profetas y apóstoles, sino a Sus siervos en todo el mundo. Es un principio precioso que debe protegerse y cultivarse, pero cuando estamos sobrecargados de programas, a veces termina sofocado.
Ahora bien, si ese joven presidente está familiarizado con las Escrituras, nunca seguirá a líderes falsos. Habrá leído en Doctrina y Convenios:
“Y a nadie se le dará autoridad para salir a predicar mi evangelio o para edificar mi iglesia, a menos que sea ordenado por alguien que tenga autoridad, y la iglesia sepa que tiene autoridad y que ha sido ordenado regularmente por los jefes de la iglesia” (D. y C. 42:11).
Tampoco estará tan mecanizado en su organización que pierda la inspiración. Habrá leído este versículo:
“Pero no obstante las cosas que están escritas, siempre se ha concedido a los élderes de mi iglesia, desde el principio y para siempre, dirigir todas las reuniones según sean guiados y dirigidos por el Santo Espíritu” (D. y C. 46:2).
Comprender el Evangelio
Es de suma importancia que cada miembro, y particularmente cada líder, comprenda y conozca el Evangelio.
No es fácil encontrar tiempo para estudiar el Evangelio. Es más difícil para el presidente de estaca hacerlo y muchísimo más difícil para el obispo, pero es necesario y es posible. Los hermanos deben asistir a las clases tan a menudo como puedan; los obispos y presidentes de estaca deben encontrar alguna manera de asistir al menos a una buena parte de las clases de Doctrina del Evangelio y de las lecciones apropiadas de los quórumes del sacerdocio.
Debemos asegurarnos de que las generaciones que nos sigan aprendan el Evangelio. Es nuestro deber entregar intactos a las generaciones futuras los principios y las ordenanzas del Evangelio, así como la autoridad del sacerdocio.
Debemos fortalecer aquellos programas que están diseñados para enseñar el Evangelio. La Primaria, la Escuela Dominical, las lecciones del sacerdocio, las lecciones de Vida Espiritual de la Sociedad de Socorro, los programas del Sacerdocio Aarónico y de las Mujeres Jóvenes, y las reuniones sacramentales pueden ser poderosos instrumentos si los utilizamos para predicar el Evangelio. Las reuniones sacramentales deben estar centradas en el Evangelio. Y no veo cómo un obispo o un presidente de estaca podría sentirse tranquilo hasta que el seminario funcione para sus jóvenes y el programa de capacitación de maestros, que hace que estos programas sean de la más alta calidad, reciba la atención necesaria. Todos estos programas merecen supervisión y apoyo.
El llamamiento de misioneros es crucial para la seguridad de la Iglesia
Ahora bien, ¿qué tiene todo esto que ver con el llamamiento de misioneros? ¡Tiene todo que ver con ello!
Si existe una mejor manera para que un joven miembro de la Iglesia adquiera un conocimiento profundo del Evangelio, es servir una misión. Una misión es una combinación casi perfecta de estudio y aplicación de principios a medida que se aprenden. Nada puede compararse con ella.
El llamamiento de un misionero requiere que sea capaz de enseñar los principios básicos del Evangelio todo el día, todos los días. Enseña el plan de salvación una y otra y otra vez.
El Señor es nuestro ejemplo. Sería difícil describir al Señor como un ejecutivo. ¡Él era un maestro! Ese es el ideal, el modelo.
Los misioneros son maestros. Ningún estudiante aprende tanto al escuchar una lección como lo aprende un maestro al prepararla.
Solo imaginen tener un período de estudio de dos horas cada día con un compañero. El misionero estudia las Escrituras como nunca antes lo ha hecho y como probablemente nunca volverá a poder hacerlo, especialmente si es llamado a una posición de liderazgo. Se le da un fundamento en la esencia misma del evangelio. Se le enseñan los principios fundamentales del gobierno del sacerdocio. El futuro de la Iglesia dependerá de que conozca estas cosas.
¿Dónde creen que aquel joven presidente del quórum de élderes que he mencionado obtuvo su fundamento en los principios del evangelio y en el patrón de la revelación? ¿Dónde creen que aprendió acerca de la revelación? Sin duda, vino de su misión.
La seguridad de la Iglesia en las generaciones futuras descansa sobre nuestro éxito al llamar misioneros. Si los líderes y los padres tienen preocupación por el futuro de esta obra, no descansaremos hasta que cada joven físicamente capaz de la Iglesia sea digno y desee recibir un llamamiento misional.
Mencioné solo brevemente al principio el hecho de que se nos manda predicar el evangelio. Se nos manda predicar, haya o no beneficios y bendiciones adicionales por hacerlo. ¿Por qué? ¡Porque es nuestro deber! ¡Ese es un principio, un principio imperativo!
Los procedimientos, los programas, las políticas, la organización, los presupuestos y los edificios son importantes en su debido lugar. Debemos ocuparnos de estas cosas, pero no debemos dejar sin hacer los asuntos de mayor peso.
Debemos seguir adelante. A medida que las tierras que por mucho tiempo estuvieron cerradas para nosotros eliminan cada vez más las barreras, la urgente necesidad de misioneros aumenta. Por lo tanto, el consejo y la instrucción para todos los líderes es avanzar, renovar con gran urgencia el llamamiento de los jóvenes y de un número menor pero suficiente de jovencitas, para salir a predicar el evangelio a toda nación, tribu, lengua y pueblo en respuesta al mandamiento que hemos recibido.
Discurso pronunciado en el seminario de Representantes Regionales durante la conferencia general de abril de 1984.

























