Un testimonio fundamentado en la revelación
Élder Marion G. Romney
Ayudante del Consejo de los Doce Apóstoles
El testimonio personal se fundamenta en el conocimiento espiritual de que Dios es nuestro Padre, Jesucristo es el Redentor, el Espíritu Santo revela la verdad y la Iglesia continúa siendo dirigida por el Salvador mediante profetas vivientes.
Testimonio — Revelación — Expiación
Mis amados hermanos y hermanas, tengo aquí, en este libro, un discurso al cual he dedicado muchas horas de reflexión y preparación. Tenía la intención de pronunciarlo durante esta conferencia. Si hubiera hablado antes que el presidente David O. McKay, les habría hablado acerca de la necesidad de tener fe en el Señor Jesucristo como un medio eficaz para llevar la paz al mundo. Él ha pronunciado mi discurso, en cuerpo y alma, y lo ha hecho de una manera mucho mejor de lo que yo habría podido hacerlo. Por tanto, no hablaré de ese tema; más bien, pediré a cada uno de ustedes que ofrezca en su corazón una oración silenciosa por mí, y también por ustedes —porque probablemente permanecerán aquí para escucharme—, a fin de que tenga el Espíritu del Señor mientras les hablo de manera totalmente improvisada.
TESTIMONIO PERSONAL
Tengo algo para ustedes que ninguna otra persona de este mundo puede darles. Es mi testimonio personal. Ustedes tienen su propio testimonio y pueden compartirlo, pero yo tengo el mío. Aunque ustedes no están sujetos a mi testimonio, yo sí estoy sujeto a él; por eso, quisiera expresárselo, si el Señor me concede fortaleza.
FE EN DIOS
Sé que Dios vive. El primer Artículo de Fe comienza, según lo recuerdo: “Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre” (Artículos de Fe 1:1). Creo en Él como un Ser personal. No considero que sea una sustancia inmaterial. No creo que, como persona, llene la inmensidad del espacio y, al mismo tiempo, sea tan pequeño que pueda morar en mi corazón. Creo que Su Espíritu puede estar en mi corazón; pero creo que Dios es mi Padre, una persona. Creo con toda mi alma que Él se apareció personalmente con el Salvador al profeta José Smith en la arboleda y habló con él (José Smith—Historia 1:17). Por lo menos, presentó al Salvador al joven Profeta durante aquella gran revelación y visión que inauguró esta última dispensación. Creo que Él es el Padre de mi espíritu y del espíritu de ustedes. Creo que nacimos de Él y de nuestra Madre Celestial. No conozco el proceso, pero sí sé cómo nacemos de nuestros padres y madres aquí en la tierra, y así es como concibo ese asunto. Siento que entre Él y yo existe una relación semejante a la que siento por mi padre terrenal, o a la que sentía por él cuando se encontraba aquí. Siempre he pensado en Dios de esa manera. Creo que nací de Él como hijo espiritual en el mundo de los espíritus antes de nacer aquí; y lo que digo acerca de mí mismo —perdonen la referencia personal— también lo creo acerca de toda alma humana que vive sobre la tierra. Creo que todos vivimos con Él antes de venir aquí.
LA MISIÓN DIVINA DE JESUCRISTO
Asimismo, creo en el Señor Jesucristo. Creo en Él con toda mi alma, y deposito mi esperanza de paz en esta vida, y de exaltación y felicidad en la vida venidera (Doctrina y Convenios 59:23), en la Expiación del Señor Jesucristo. Creo que Él fue Hijo de Dios en el mismo sentido en que nosotros fuimos hijos e hijas de Dios en el mundo de los espíritus; y creo que fue y es el Hijo de Dios en la carne. No creo que José haya sido el padre de Jesucristo, aunque sí creo que fue un hombre bueno y grandioso. Creo que María fue la madre de Jesús tal como mi madre fue mi madre; y creo que el Padre de Jesucristo en la carne fue Elohim, mi Padre Eterno y Celestial.
Creo que Jesús vino al mundo con una misión claramente definida. No lo considero simplemente un gran maestro ni un filósofo profundo; tampoco me limito a profesar que creo en Él, como sucede con muchas de las personas llamadas cristianas de la actualidad. El presidente Grant solía ilustrar la falta de fe que tenían en Él relatando la experiencia del senador Beveridge, quien entrevistó e interrogó a varios cientos de ministros eminentes de las iglesias populares de la época y no encontró ni uno solo que pudiera afirmar inequívocamente que creía que Jesucristo era el Hijo del Dios viviente, enviado por Él para salvar al mundo. Yo lo creo; lo creo con toda mi alma. Creo que en Getsemaní y sobre la cruz Jesús sufrió por los pecados de todos los hombres, buenos y malos, para que resucitaran de entre los muertos y recibieran una vida inmortal. Creo que, mediante Su Expiación, Jesús pagó por los pecados de toda alma humana que haya vivido o llegue a vivir sobre la tierra, con la condición de que se arrepienta y acepte el Evangelio. Creo que, al vivir el Evangelio, podemos ser lavados y purificados mediante Su sangre expiatoria, regresar a la presencia de Dios, nuestro Padre Eterno, cuando termine nuestra vida, y vivir eternamente con Él en Su presencia celestial.
Estas cosas son realidades para mí. No creo en las experiencias pasadas de mi propia vida con mayor certeza de la que tengo al creer en estas grandes verdades.
EL ESPÍRITU SANTO
Creo en el don del Espíritu Santo. En cierta ocasión, el profeta José Smith se encontraba en Washington hablando con uno de los presidentes de los Estados Unidos; creo que era el presidente Van Buren. A menudo pienso en aquella escena. Allí estaba sentado el presidente de la que, a mi juicio, es la nación más grande del mundo; y con él, aunque era desconocido, se encontraba un hombre infinitamente más grande que el presidente de los Estados Unidos: el Profeta del Dios viviente, el hombre a quien Dios había reservado en el mundo de los espíritus para que viniera a la tierra en estos últimos días y fuera el instrumento por medio del cual restauraría el Evangelio sempiterno durante esta última dispensación. “Bien —preguntó el presidente Van Buren al Profeta—, ¿cuál es la diferencia entre ustedes y el resto del mundo cristiano?”. El Profeta respondió en una sola frase: “Nosotros tenemos el Espíritu Santo”.
Creo que el Espíritu Santo es el tercer miembro del gran consejo que preside los destinos de este mundo. Creo que es una persona, porque cuando Jesús habló de Él, dijo:
Pero cuando venga él, el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad (Juan 16:13).
Creo que no es una persona con un cuerpo físico de huesos y carne, sino un personaje de espíritu; y supongo que, si lo viera, tendría una apariencia semejante a la que tenía el Salvador cuando se apareció al hermano de Jared en el monte. Cuando el hermano de Jared lo contempló, apareció ante él como un ser personal, tal como nosotros, los hombres, aparecemos. Jesús le explicó que lo que estaba contemplando era el cuerpo de Su espíritu (Éter 3:16). No estoy afirmando que esta sea la doctrina de la Iglesia. Sin embargo, es la única manera en que puedo concebir a un personaje de espíritu; por tanto, así pienso acerca del Espíritu Santo. Creo que Su influencia y Su poder pueden extenderse hasta el corazón de todas las personas que acepten el Evangelio y reciban el don del Espíritu Santo.
Cuando fui hecho miembro de la Iglesia, el élder George Teasdale, integrante del Consejo de los Doce, me confirmó. Colocó las manos sobre mi cabeza, me confirmó miembro de la Iglesia y pronunció palabras semejantes a estas: “Recibe el Espíritu Santo”. Todos los que somos miembros de la Iglesia hemos recibido ese mismo don. Él no le dijo al Espíritu Santo que viniera a mí; me dijo a mí que lo recibiera. Creo que, si vivo el evangelio de Jesucristo, el Espíritu Santo vendrá a mí y me guiará a toda la verdad (Juan 16:13). Cada uno de nosotros puede ser guiado y dirigido por este tercer miembro de la Trinidad. El profeta José Smith declaró que todo Su propósito consiste en llevar luz, inteligencia y verdad a la mente de los hombres y de las mujeres; y ellos no pueden ser engañados mientras tengan Su Espíritu consigo.
Ahora bien, creo que el Evangelio que hemos aceptado es el evangelio de Jesucristo. Aunque admiro y amo profundamente al presidente Smith, no creo que él sea la cabeza de esta Iglesia. Creo que es la Iglesia de Jesucristo y que Él dirige sus asuntos.
UNA IGLESIA GUIADA POR REVELACIÓN
Mi testimonio de la revelación no termina con las revelaciones recibidas por José Smith. Creo que José Smith, Brigham Young, John Taylor, Wilford Woodruff, Lorenzo Snow, Joseph F. Smith y Heber J. Grant fueron guiados y dirigidos mediante revelación directa. Creo que el presidente George Albert Smith es guiado actualmente en los asuntos de nuestros días por las revelaciones procedentes de Jesucristo, tanto directamente como por medio del Espíritu Santo. No creo que la revelación haya cesado. Si lo creyera, no dedicaría mi tiempo a hacer lo que estoy haciendo. Creo que estos profetas de Dios que ahora se encuentran sentados en este estrado viven por revelación. Creo que cuando se escoge a un hombre para integrar el Consejo de los Doce, es escogido mediante revelación a través de la mente del presidente George Albert Smith. También creo que cuando un hombre llega a ser Presidente de esta Iglesia no es simplemente porque haya vivido durante muchos años, sino porque Dios Todopoderoso desea que él dirija esta Iglesia sobre la tierra.
Sigo las palabras de estos hombres, no porque considere que individualmente sean todopoderosos, sino porque creo que llevan una vida verdadera y pura, y que Dios comunica por medio de ellos la dirección que desea que reciba Su Iglesia. Creo que sería un hombre muy insensato si colocara la poca información y el escaso conocimiento que poseo por encima de la visión del Todopoderoso que guía a estos hombres.
Creo que esta es la Iglesia de Dios. Creo que finalmente salvará todo lo que pueda salvarse del mundo. Creo que tenemos la comisión de enseñar el evangelio de Jesucristo a todo el mundo. Ruego humildemente, en el nombre de Jesucristo, que Dios nos ayude a mantener este testimonio ardiendo en nuestro corazón, a hacer lo que Él desea que hagamos y a vivir de tal manera que, cuando termine nuestra vida, nos encontremos al alcance de la sangre expiatoria de Jesucristo y disfrutemos de Su descanso para siempre. Amén.


























