Del lado del Señor hay seguridad
Presidente George Albert Smith
En medio de un mundo marcado por la guerra, la inmoralidad y la pérdida de fe, los poseedores del sacerdocio deben permanecer del lado del Señor, poner sus hogares en orden, honrar a sus familias y servir con generosidad a los necesitados.
Fidelidad — Familia — Servicio
Respaldo de todo corazón las excelentes instrucciones que ya han recibido. Creo que esta es quizás la asamblea del sacerdocio más numerosa que el mundo haya visto jamás. Cada hombre y cada joven aquí presente sobre quien se haya conferido el Sacerdocio Aarónico o el de Melquisedec posee una porción de autoridad divina. A mi juicio, ningún otro lugar del mundo, ni en nuestros días ni en la antigüedad, ha tenido una experiencia semejante. Tampoco existen muchos lugares en el mundo donde podría reunirse en un servicio religioso una cantidad de hombres tan numerosa como la que tenemos aquí esta noche.
Los hermanos han dirigido hoy nuestra atención al hecho de que tenemos algunas cosas que hacer que todavía no hemos logrado. La inmoralidad es tan terrible en el mundo actual como siempre lo ha sido; es decir, sus consecuencias son igualmente perjudiciales. La deshonestidad produce el mismo temor y la misma destrucción. Las condiciones generales son lamentables.
CARTA PROCEDENTE DE ALEMANIA
Tengo aquí una carta que procede de una región del Viejo Mundo y deseo dirigir su atención hacia una parte de ella. Un hombre escribe a un amigo. Este hermano se encuentra en la zona rusa de Alemania y escribe a un joven que había cumplido una misión en aquel país varios años antes. La carta dice: “Como sabes, mi esposa es muy frágil y delicada. Estabas en Dresde cuando trajo al mundo a nuestro pequeño Claus. Cumplirá nueve años el 31 de marzo. Tres años después me dio otro hijo y, en junio de este año, esperamos otro niño. Ahora temo que mi esposa no pueda seguir adelante debido a esta hambruna y a la desnutrición”. Después dice: “Tú, junto con otras personas, sabes lo que necesitamos. Esto es lo que debo pedirte, y no tengas miedo. La Iglesia ya nos ha ayudado dos veces con alimentos, además de las ocasiones en que nos han dado ropa; pero es solamente una gota de agua sobre una estufa caliente. No necesitamos alimentos delicados, sino pan y papas. No tenemos ninguna papa en nuestra casa y tampoco se pueden comprar en las tiendas. La ración diaria de mi esposa, en su actual condición crítica, es la siguiente: cada día recibe nueve onzas de pan, un poco menos de una onza de azúcar, menos de una onza de carne, un poco menos de una onza de manteca, una onza de mermelada y un poco menos de una onza de otros productos básicos”.
AYUDA PARA EUROPA
Esta situación es el resultado de la guerra y del hambre en Europa. El hermano señala que no saben qué hacer ni dónde conseguir alimentos. Agradecen lo que la Iglesia ya ha hecho. Desde que terminó la guerra hemos enviado a esos países cien vagones cargados de alimentos, ropa de cama y prendas de vestir. Lamentablemente, en esa región particular, gran parte de esos artículos ha sido confiscada —es decir, algunos han sido robados—, lo cual ha impedido que llegaran a las personas para quienes estaban destinados. Muchas personas de aquí han estado enviando paquetes. Este hombre afirma que, si envían paquetes pequeños por correo, probablemente llegarán a su destino; pero, si llegan por cualquier otro medio, el Gobierno ruso —es decir, quienes lo representan— sencillamente los tomará, sin importar su cantidad, y distribuirá apenas lo suficiente para evitar que las personas mueran de hambre. Por cierto, había otra información en la carta —y deseo asegurarme de expresarla correctamente, porque me resultó asombrosa—. Explicó cuánta leche se permitía recibir a los niños pequeños. Quizás no pueda encontrar rápidamente ese pasaje de la carta, pero los pequeños no reciben ningún otro alimento, sino apenas una porción reducida de leche una vez al día.
Cuando pienso en las bendiciones que tenemos, hermanos; en la manera en que el Señor ha hecho florecer y fructificar el desierto; cuando pienso en las comodidades de nuestros hogares y en nuestras oportunidades, y después comprendo que algunos de nuestros hermanos y hermanas del Viejo Mundo no tienen suficientes alimentos y sufren por la falta de comida y de otras necesidades básicas, agradezco al Señor la abundancia que nos ha concedido y me alegra que compartamos con quienes tienen necesidades.
EDIFICIO DE LA SOCIEDAD DE SOCORRO
El presidente Clark se ha referido a nuestra Sociedad de Socorro, que ha realizado una obra maravillosa al proporcionar acolchados y ropa de cama a miles de personas necesitadas, y cuyos miembros siempre están dispuestos a ayudar. Ahora se propone que las ayudemos a construir un edificio para su propio uso. Ellas comenzaron la construcción del edificio que actualmente ocupan, el cual estaba destinado a ser un edificio para las mujeres; sin embargo, aparentemente fue necesario utilizar la mayor parte para otros propósitos, y las hermanas han dispuesto solamente de un piso del edificio que debía pertenecer a la Sociedad de Socorro. Pero no se han quejado y han seguido adelante. Sería magnífico que las mujeres de esta Iglesia pudieran tener su propio edificio de oficinas y lugar de reuniones. Espero que cada uno de nosotros que conozca lo que ellas procuran hacer —cuando lleguen a nuestro vecindario probablemente nos pedirán una pequeña contribución para ayudar a construirlo— comprenda que valen mucho más que la pequeña cantidad que solicitan, y que demostremos a nuestras esposas e hijas que valoramos sus esfuerzos.
LA CONDICIÓN DEL MUNDO
Me parece que el mundo nunca podría haber estado en peores condiciones que en la actualidad, ni siquiera durante la época del Diluvio, la destrucción de Sodoma y Gomorra, la destrucción de otros lugares del mundo o la devastación que se produjo en este continente durante la crucifixión del Salvador. La iniquidad era terrible y, aparentemente, las personas no creían en Dios; se negaban a aceptar la idea de que existiera un Dios, a pesar de que habían sido advertidas a tiempo para que se arrepintieran, si hubieran querido hacerlo. En el caso de Nínive, sus habitantes sí se arrepintieron y no fueron destruidos (Jonás 3:1–10). Sin embargo, en la actualidad encontramos a muchísimas personas que no creen en Dios ni en la misión divina de Jesucristo —millones de ellas—, aunque Él es el Padre de todos nosotros. Resulta extraño que a tantas personas les sea tan difícil creer que existe un Dios. Hay muchas personas anticristianas; pueden creer en casi cualquier cosa que ustedes puedan imaginar y presentar argumentos para justificarlo. Quiero decirles hoy que la mayor parte de la población del mundo en que vivimos es anticristiana; no sigue a Cristo en absoluto. Y entre quienes afirman creer en el cristianismo, son relativamente pocos los que verdaderamente creen en la misión divina de Jesucristo.
¿Cuál es el resultado? Las personas se han apartado del Señor, y Él no puede bendecirlas cuando se niegan a recibir Sus bendiciones. A lo largo de todas las épocas, nuestro Padre Celestial ha dicho a Sus hijos: “Si me siguen y guardan Mis mandamientos, la plenitud de la tierra será de ustedes”. Esa ha sido Su promesa y se ha cumplido, a pesar de que el egoísmo, la inmoralidad y otros pecados entran en el corazón de las personas y estas se apartan del Señor.
Es muy semejante a lo que un hombre me dijo en cierta ocasión —o comentó en un lugar donde yo me encontraba—: “Estas personas parecen pensar que estoy lleno del diablo, pero no lo estoy”. Le pregunté: “Hermano mío, ¿ha conocido alguna vez a una persona que estuviera llena del diablo y lo supiera?”. Ese es uno de los engaños del diablo: apoderarse de una persona e impedir que ella lo sepa. Y esa es una de nuestras dificultades.
AUSENCIA DEL ESPÍRITU DE DIOS
Esta comunidad ha sido un ejemplo en muchos aspectos —me refiero ahora a las comunidades de los Santos de los Últimos Días en diferentes partes del país—. Estoy seguro de que nuestros hijos e hijas han procurado razonablemente honrarnos y ayudarnos. Sin embargo, esta terrible guerra mundial que ha llenado a las personas de odio mutuo aparentemente ha afectado a todos. Ya no existe entre los hijos de los hombres la idea de que pueden sentarse alrededor de una mesa de paz y satisfacer a todos los interesados. ¿Por qué? Porque no poseen el Espíritu de Dios; y sin Él nunca llegarán a un acuerdo. Nosotros lo sabemos, pero el mundo no.
EL PELIGRO DE LOS ANTICRISTOS
En nuestro propio país corremos peligro a causa de los anticristos; corremos peligro a causa de quienes prefieren imponer su propia voluntad, sin importar si es correcta o incorrecta. Quiero decir que en nuestra propia comunidad existen hombres y mujeres que contemplan con tolerancia, y con cierta preocupación de que no digamos nada poco amable, a esas personas del otro lado del mar que se comportan con toda la iniquidad posible. No es nuestra responsabilidad criticarlas; pero sí es nuestra responsabilidad asegurarnos de que no introduzcan en nuestra comunidad las políticas, falsedades e iniquidades que las gobiernan en sus propios países.
De vez en cuando los periódicos nos proporcionan algo de información, aunque no mucha. Muchos de nosotros también recibimos por correo revistas de diversas clases. Me pregunto si, como pueblo, estamos prestando atención a lo que sucede y comprendiendo que, para impedir que los anticristos controlen nuestro Gobierno de los Estados Unidos, debemos tomar posición del lado del Salvador. No podemos permanecer del otro lado de la línea divisoria.
Hemos recibido información e instrucción que ningún otro pueblo del mundo ha recibido. Sabemos que Dios vive. Sabemos que Jesús es el Cristo. Sabemos que el Evangelio se encuentra sobre la tierra; pero las demás personas no lo saben y están en manos del adversario. Si tan solo poseyeran el conocimiento que nosotros tenemos —que Dios vive, que todos somos Sus hijos y que seremos juzgados por nuestras obras y nuestra vida aquí sobre la tierra—, probablemente sentirían de otra manera; pero aparentemente no lo saben. Por el contrario, existe amargura y odio mutuo en su corazón. Para ellas no se trata de determinar si algo es correcto o incorrecto, sino de saber quién posee mayor poder.
INSTRUMENTOS DE DESTRUCCIÓN
Se ha hecho referencia a la bomba atómica. Esa es solamente una cosa. Imaginen este grupo reunido aquí esta noche: si sobre este edificio se arrojara una bomba como la que se lanzó en Japón, ninguno de nosotros sobreviviría para relatar lo ocurrido. Esas bombas y otros instrumentos de destrucción se están fabricando mediante la sabiduría y la inteligencia de los hombres, todos ellos hijos del Dios viviente; pero no se utilizan para encontrar el camino hacia la paz, sino para descubrir nuevos medios de poder y agresión contra las personas con quienes se relacionan. Ese es nuestro peligro. Esta Iglesia no puede permanecer ociosa ni guardar silencio respecto de tales asuntos.
Si algunas personas entran en nuestra comunidad y tratan de enseñar a nuestras familias cosas perjudiciales, seguramente, al conocer nuestra responsabilidad, pediremos la ayuda de nuestro Padre Celestial para enseñarles algo mejor. No necesitamos enojarnos ni llenarnos de odio; más bien, debemos estar llenos de la sabiduría que procede de nuestro Padre Celestial cuando guardamos Sus mandamientos. Debemos tener el privilegio de acudir al Señor en oración para pedir guía cuando tengamos dudas. Él siempre escuchará y contestará nuestras oraciones si somos dignos de ser escuchados.
AYUDA PARA LOS PAÍSES DEVASTADOS POR LA GUERRA
Por tanto, hermanos míos, pongamos nuestra casa en orden. Veamos si podemos hacer algunas cosas que no hemos estado haciendo. Nos estamos envolviendo tanto en el mundo que olvidamos a las personas que sufren y a quienes, en muchos casos, podríamos ayudar. La Iglesia a la cual ustedes pertenecen ha realizado una labor magnífica, y sus miembros han enviado recursos adicionales a los proporcionados por la organización de bienestar a los países devastados por la guerra, entre ellos alimentos, ropa, artículos de cama y medicamentos. Han hecho una obra excelente; pero solamente se ha completado una parte y tendremos que continuar. A menos que estemos dispuestos a hacerlo, difícilmente podremos acudir al Señor y decir: “Padre Celestial, concédenos una cosecha abundante”. Todos ellos son Sus hijos. Nos necesitan; no solamente requieren nuestro apoyo moral y nuestras enseñanzas religiosas, sino también alimentos, ropa, artículos de cama y ayuda de toda clase, porque en muchos casos no les queda nada. Si pudieran ver algunas de las cartas que llegan a nuestra oficina, enviadas por algunas de esas pobres personas, se les destrozaría el corazón. Se trata de personas que fueron sacadas de sus hogares con la idea de que se les permitiría establecerse en otros lugares, pero que repentinamente fueron abandonadas. Después, al regresar a sus hogares, los encontraron saqueados y despojados de todo cuanto poseían; quedaron indefensas y sin ningún lugar adonde ir.
GRATITUD POR LAS BENDICIONES
Esta noche, mientras nos encontramos cómodamente sentados en este magnífico auditorio —este edificio que se levantó durante una época de pobreza entre el pueblo, cuando no teníamos tantas comodidades y al mismo tiempo se construía el Templo—, ¡pensemos en la manera en que el Señor nos ha bendecido! Estoy seguro de que nos sentimos agradecidos y que continuaremos estándolo mientras tengamos el Espíritu de nuestro Padre Celestial, pues el sentimiento de gratitud se produce como resultado de disfrutar del Espíritu del Señor. Y cuando tenemos tantos motivos para estar agradecidos, ciertamente nos alegraremos de no dejar que otras personas realicen la obra, sino de cumplir con nuestra propia parte.
Hemos disfrutado de dos maravillosos días de conferencia. Mañana tendremos otro día más, y qué gran privilegio es saber que podemos permanecer cómodamente sentados aquí, disfrutando de las influencias procedentes de nuestro Padre Celestial, escuchando la música más hermosa que pueda oírse en cualquier parte del mundo y, después, dirigirnos a lugares donde podemos encontrar alimentos y descansar nuestro cuerpo cuando esté cansado.
Por cierto, hermanos, si conocen a alguien que no tenga un lugar donde alojarse, tratemos todos de ayudar, porque hay personas que han venido desde muchos lugares y algunas no han podido encontrar habitaciones. Si acuden hoy, mañana o pasado mañana, mientras la ciudad continúe llena, a la oficina del hermano Romney, quien está a cargo de la organización de bienestar, ubicada en 19 West South Temple, estoy seguro de que procurará ayudarlos. Les proporciono esta información porque podrían surgir casos semejantes. En una o dos ocasiones aquí, en Salt Lake City, hubo personas que no sabían adónde ir y pasaron toda la noche a la intemperie o sentadas en las sillas de los hoteles. Pues bien, esto forma parte de nuestra labor. Son nuestros hermanos y hermanas que han venido y deseamos que sean felices. Estoy seguro de que la mayoría de ustedes que viven aquí han hecho algo para ayudar a atender a este grupo. Sé que nunca tengo ninguna dificultad para llenar la casa en la que vivo, que me siento feliz cuando vienen y ayudan a llenarla, y que el Señor me ha bendecido por ello.
LA CONSTITUCIÓN DE LOS ESTADOS UNIDOS
Hay muchas cosas de las que podría hablar esta noche; pero deseo alzar mi voz y decirles que nuestro Padre Celestial levantó a los mismos hombres que redactaron la Constitución de los Estados Unidos (Doctrina y Convenios 101:80). Él declaró que lo hizo. Nos dio el mayor baluarte de los derechos humanos que el mundo conoce, el único sistema mediante el cual las personas podían adorar a Dios de acuerdo con los dictados de su propia conciencia sin ser molestadas de ninguna manera, cuando la ley misma se encontraba en vigor. Eso es lo que el Señor nos dio. Esa es la Constitución de este país. Sin embargo, existen personas que desean cambiarla e introducir algunas de esas formas de gobierno que han fracasado completamente en producir paz, felicidad y bienestar en todos los demás lugares del mundo; quieren sustituir aquello que Dios nos ha dado: la plenitud de la tierra y las riquezas de la libertad y la felicidad. Hay personas que recorren el país susurrando, hablando y diciendo: “Cambiemos este sistema”. Quiero decirles que, para mí, la Constitución de los Estados Unidos de América procede de mi Padre Celestial tanto como los Diez Mandamientos. Puesto que así lo creo, no me alejaré mucho de la Constitución; trataré de conservarla donde el Señor la estableció y no permitiré que los anticristos entren en este país, el cual comenzó porque las personas deseaban servir a Dios.
Las personas que vinieron aquí lo hicieron para poder honrar a Dios sin ser perseguidas. Cometieron algunas acciones muy insensatas e imprudentes; pero, después de cierto tiempo, el Señor intervino. Estaba preparándose para organizar Su Iglesia, o pronto lo estaría; por ello, levantó hombres que supieron redactar la Constitución de nuestro gran país e hicieron posible que una organización como la que se encuentra esta noche en este edificio disfrutara de las bendiciones que hemos recibido durante todos estos años. Naturalmente, en ocasiones hemos experimentado dificultades, pero no las pruebas y aflicciones que han sufrido otros países. Por tanto, valoremos esas bendiciones y demostremos a nuestro Padre Celestial que verdaderamente las apreciamos, no solamente hablando de ellas, sino dejando que nuestra luz brille: la luz de la rectitud, la fe, la honradez, la generosidad y la veracidad; todas aquellas cualidades que nuestro Padre Celestial ha indicado que debemos manifestar al mundo. Dejemos que esa luz brille de tal manera que otras personas, al contemplar nuestras buenas obras, deseen unirse a una organización que procura vivir los mandamientos de Dios y honrarlo. Si lo hacemos, estoy seguro de que algunos problemas que de otro modo podrían sobrevenirnos pasarán de largo.
SE MANDA TRATAR CON BONDAD A LAS ESPOSAS
Hermanos, sean bondadosos con sus esposas. Espero que no haya aquí ningún hombre que se haya casado con una de las hijas de Dios —Él las ama, pues son Sus hijas— y que no esté dispuesto a tratarla como sabe que el Señor desea que lo haga. No la conviertan simplemente en una comodidad dentro del hogar, destinada a realizar trabajos serviles y satisfacer los apetitos del hombre; ese no es el propósito por el cual las mujeres fueron dadas a los hombres como esposas. Quiero decirles que, como hombres poseedores del sacerdocio, tienen el deber y el privilegio de honrar a sus esposas y a sus hijos si esperan que ellos los honren. A menos que ustedes los honren, Dios no estará complacido con ustedes. Vivan con amor y bondad, de modo que en sus hogares haya paz, oración y gratitud. No permitan que sus hogares sean simplemente lugares donde colgar el sombrero por la noche, comer y después marcharse a otro lugar; hagan de ellos la morada del Espíritu del Señor. Por tanto, cada uno de nosotros debe tender la mano, ayudar a sus vecinos y a sí mismo, dar ejemplo en su hogar y trabajar junto con los demás como hijos e hijas del Dios viviente en nuestra gran comunidad.
PONGAMOS NUESTROS HOGARES EN ORDEN
Se ha hecho referencia al aumento de los divorcios en el país. Quiero decirles que la mayor parte de ellos es consecuencia de la infidelidad y la inmoralidad, lamentablemente tanto de los hombres como de las mujeres. Por tanto, hermanos, pongamos en orden nuestros propios hogares. Hagamos los ajustes necesarios. Vivamos de tal manera que podamos mirar sinceramente hacia el cielo y decir: “Padre Celestial, deseamos ser dignos de lo que nos has dado. Queremos ser un ejemplo para nuestros vecinos y para todos aquellos que se relacionen con nosotros”. Si lo hacemos, nuestras esposas nos serán fieles y nuestros hijos nos valorarán y también nos serán fieles. Quiero decirles que, si deseamos tener felicidad en el Reino Celestial de nuestro Dios, tendremos que colocar aquí mismo sus cimientos; y parte de ese requisito del Señor consiste en actuar correctamente en nuestros hogares y vivir con rectitud. Algunos hombres consideran que, por poseer el sacerdocio, tienen un modo especial de comportarse dentro de sus hogares. Quiero decirles que ustedes, hombres que poseen el sacerdocio, nunca entrarán en el Reino Celestial a menos que honren a sus esposas y familias, las instruyan y les proporcionen las bendiciones que desean para sí mismos.
El hecho de poseer el sacerdocio constituirá una condenación para muchos hombres debido a la manera en que lo han tratado, considerándolo algo sumamente común. Sacerdocio es una palabra que, al igual que los títulos Apóstol y Profeta, no debería repetirse innecesariamente. Debemos honrar esos nombres sagrados que nos traen bendiciones cuando comprendemos su significado.
GRATITUD POR EL COMPAÑERISMO
Hermanos, no tengo palabras para expresar mi gratitud por el compañerismo de quienes están aquí esta noche. Tampoco puedo explicar a los hermanos con quienes trabajo, mis consejeros, cuánto agradezco su ayuda, bondad y colaboración. Amo a mis hermanos. Al contemplar esta excelente multitud de jóvenes que se encuentran aquí esta noche para cantarnos —un grupo glorioso—, pienso que cada uno de ellos es hijo de nuestro Padre Celestial y que tiene ante sí la posibilidad de alcanzar la madurez, la grandeza y la felicidad eterna en el Reino de nuestro Señor. Pienso en el gran privilegio que representa tenerlos aquí con nosotros esta noche. Qué gran gozo debe ser para ellos estar esta noche en esta gran Casa del Señor bajo la influencia del Espíritu de nuestro Padre Celestial.
Que el Señor los bendiga, hermanos. Mañana tendremos otras reuniones. Se celebrarán las reuniones habituales, tal como se han llevado a cabo durante los últimos dos días; y, además, el miércoles tendremos una reunión en el Templo para los hermanos que han sido invitados: los Presidentes de Estaca, los obispos y algunas otras personas. Debido a que el Templo es pequeño, solamente tiene capacidad para una cantidad relativamente reducida. Deseamos que los hermanos que deban asistir hagan planes para encontrarse en este edificio el miércoles a las ocho de la mañana. Todos los que deban dirigirse allí deberán reunirse aquí agrupados por estacas. Presidentes de Estaca, reúnanse con sus consejeros y con los demás integrantes de sus estacas que deban asistir. Aquí mismo, antes de entrar en el Templo, determinaremos quiénes entrarán y si tenemos espacio para todos; naturalmente, esperamos que así sea.
Obispo, ¿a qué hora será su reunión mañana por la noche? A las siete, en este edificio. El Sacerdocio Aarónico de la Iglesia, representado por los obispos y por quienes ellos traigan consigo, deberá reunirse mañana por la noche, a las siete, en este edificio. Estoy seguro de que quienes tengan la fortuna de encontrarse aquí disfrutarán de una ocasión feliz.
DEL LADO DEL SEÑOR
Ahora, hermanos, nuevamente ruego que el Señor los bendiga, no solamente esta noche, sino desde ahora y para siempre. Salgamos esta noche de este edificio con una determinación renovada de permanecer del lado del Señor, sin importar lo que hagan los demás; porque de Su lado existe seguridad, mientras que del otro lado no la hay. Ruego que nos conceda sabiduría para escoger lo que es santo, pues ello nos proporcionará las bendiciones que deseamos. Lo pido en el nombre de Jesucristo. Amén.


























