La felicidad se encuentra al acercarnos a Dios
Élder Thorpe B. Isaacson
Segundo Consejero del Obispado Presidente
La verdadera felicidad y el descanso del alma se reciben al acercarnos al Padre Celestial mediante la oración, el arrepentimiento, el servicio y la obediencia al evangelio de Jesucristo. Con el poder del Señor podemos superar nuestras limitaciones, abandonar el rencor y mejorar cada día.
Felicidad — Oración — Servicio
Mis hermanos y hermanas, puedo asegurarles que permanecer ante ustedes hace que una persona se sienta muy humilde. Esta es una hermosa mañana de reposo, aunque afuera el tiempo esté un poco tormentoso. Estoy seguro de que me resultaría imposible decir algo de valor a menos que el Señor me bendiga.
Tengo un hijo que forma parte de esos cuatro mil misioneros que se encuentran en el campo misional. Ayer recibí una llamada telefónica desde Nuevo Brunswick, donde él presta servicio, y me dijo: “Papá, solamente quería saludarte. Sé que esta semana se celebra la Conferencia General en Salt Lake City y sé que estás preocupado. Puedo asegurarte que estoy orando por ti”.
También agradeceré que me tengan presente en su fe y en sus oraciones.
Permítanme referirme a Mateo 11:29–30:
Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.
Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga (Mateo 11:29–30).
Hallaremos descanso para nuestras almas en la medida en que sirvamos a nuestro Padre Celestial. Se han producido grandes cambios en el alma de los hombres a medida que se acercan a su Padre Celestial; pero es igualmente cierto que, cuando se alejan de Él, experimentan una inquietud que perturba su paz interior. Esta hermosa declaración: “Si me buscáis, ciertamente me hallaréis”, debería brindarnos consuelo como miembros de la Iglesia. Vivir el evangelio del Señor Jesucristo es el camino, el verdadero camino hacia la felicidad.
El Señor dice:
Ora siempre, y derramaré mi Espíritu sobre ti, y grande será tu bendición (Doctrina y Convenios 19:38).
Los Santos de los Últimos Días creemos firmemente en el poder sanador de la oración y de la fe.
Y se llamará a los élderes de la Iglesia, dos o más, quienes orarán por ellos y les impondrán las manos [a los enfermos] en mi nombre (Doctrina y Convenios 42:44).
Refiriéndonos a Santiago:
Confesaos vuestras ofensas unos a otros y orad los unos por los otros, para que seáis sanados (Santiago 5:16).
Oren al Señor durante la prosperidad; oren a Él durante la adversidad.
Existe un poder invisible en la vida de todo hombre, y ese poder proviene de lo alto. Es el poder que ayudará al hombre a elevarse por encima de su capacidad natural. En ocasiones se nos ha dicho que el hombre no puede superar su propia capacidad natural, y estoy seguro de que, si llegamos a desarrollarla plenamente, lo habremos hecho bastante bien; pero con el poder y la ayuda del Señor, los hombres suelen elevarse mucho más allá de su capacidad natural.
Cito un artículo reciente del presidente Clark, en el cual declaró: “Dios ha colocado en el corazón de todo hombre una chispa divina que nunca se extingue por completo”. Esa chispa puede avivarse, desarrollarse y llegar a ser hermosa por medio del servicio.
Recientemente apareció en un destacado periódico de Washington un artículo titulado “Debe haber una salida”. Ese era el tema propuesto para la reflexión y la oración. Debe existir una manera de convencer a los rusos de que no deseamos la guerra. Sí, pero todavía nadie ha encontrado esa manera. Ninguno de los planes de los hombres ha dado resultado. Sin embargo, existe un plan, y ese plan está contenido en el evangelio del Señor Jesucristo, si tan solo los hombres pudieran comprenderlo y aceptarlo.
Siempre resulta fatal que una persona o una nación rompa su relación con el Dios viviente.
Quiero darles mi testimonio de que un gran gozo llega al alma de quienes procuran vivir el evangelio del Señor Jesucristo. Deseo arrepentirme de mis malas acciones ante ustedes en este día y ante mi Hacedor. Quiero decirles que estoy agradecido por las bendiciones del Señor. Sé que hará bien a nuestro corazón tratar de vivir hoy un poco mejor de lo que hemos vivido en el pasado. Ese es nuestro plan de mejoramiento. El Señor nos ha pedido que acudamos humildemente a Él y nos arrepintamos de nuestras malas acciones. De esa manera podemos ser fortalecidos.
Si he agraviado a algún hombre o a alguna mujer y me lo hacen saber, haré cuanto pueda para corregir ese agravio. No guardo rencor en mi corazón hacia nadie y espero que nadie guarde rencor hacia mí. Agradezco las bendiciones que se reciben al servir al Señor. Ruego que Él me ayude a hacer todo cuanto esté a mi alcance para servirle y guardar Sus mandamientos.
Es un privilegio conocer a los hermanos con quienes estoy relacionado. Puedo darles mi testimonio de que son hombres de Dios que se esfuerzan al máximo por vivir los principios verdaderos y que trabajan arduamente, de día y de noche, al servicio de su Padre Celestial.
Durante varios años, algunos de mis amigos me han dicho que trabajaba demasiado y me han aconsejado que me tomara las cosas con un poco más de calma. Sin embargo, al recordar ahora los últimos quince años, el trabajo que hacía entonces era solamente un juego y un pasatiempo comparado con el que debo realizar para mantener el ritmo de mis hermanos de las Autoridades Generales. Espero que oren por nosotros, tal como nosotros oramos por ustedes.
El otro día, en el templo, escuchamos a todos los presidentes de misión expresar su testimonio y presentar un informe de su labor. Mi corazón se conmovió al observar el gran amor que esos presidentes de misión sienten por los hombres y las mujeres jóvenes que trabajan bajo su cuidado como misioneros. Como padres y madres, deberíamos sentirnos verdaderamente agradecidos de que nuestros hijos e hijas puedan ir al campo misional y servir con esos magníficos presidentes de misión, quienes aman a los misioneros como amarían a sus propios hijos e hijas.
Que Dios nos bendiga para que podamos servirle y guardar Sus mandamientos, y para que sigamos las admoniciones que el Presidente de la Iglesia nos dio esta mañana. Que verdaderamente nos amemos unos a otros y hagamos la vida tan agradable como sea posible para quienes sufren circunstancias desafortunadas.
Ruego que Dios nos bendiga durante las sesiones de esta conferencia, en el nombre de Jesucristo. Amén.


























