“Mi paz os dejo”
Élder Antoine R. Ivins
Del Primer Consejo de los Setenta
La paz verdadera es un don de Jesucristo que puede permanecer aun en medio de las pruebas. Se recibe por medio de Su Expiación cuando nos arrepentimos, purificamos nuestra vida, abandonamos el egoísmo, servimos a los demás y conservamos una conciencia libre de ofensas.
Paz — Arrepentimiento — Servicio
Lo agradable de estar ante ustedes, hermanos y hermanas, es tener la oportunidad de contemplarlos y reconocer entre ustedes a muchos de nuestros amigos. Si me aman tan profundamente como yo los amo, entonces soy feliz. Deseo servirlos, pues el Señor ha dicho que, en la medida en que sirvamos al más pequeño de Sus hijos, lo servimos a Él. Ese es nuestro propósito, y siempre ha sido el mío: servir a Dios de la mejor manera que pueda. Estoy seguro de que Él vive y agradezco todo cuanto ha hecho por mí.
El domingo pasado celebramos la Pascua, el día en que reconocemos la resurrección de Cristo, nuestro Señor. Es maravilloso meditar en lo que Él hizo por nosotros. No me produce felicidad pensar en cuál podría haber sido nuestra suerte si no hubiera sido por Él. Sin embargo, al comprender el maravilloso don que nos concedió mediante Su Expiación, deberíamos sentir gran gozo y felicidad, así como una renovada determinación de servirle con lo mejor de nuestra capacidad. Él nos dio la oportunidad de regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial, de quien procedemos. También prometió que, si nos arrepentíamos sincera y honradamente de las cosas incorrectas que hacemos, entrábamos mediante las aguas del bautismo en el cuerpo de la Iglesia y allí lo servíamos bien y fielmente hasta el fin, Él nos perdonaría esas transgresiones. Cuando compareciéramos ante Él, nos presentaría sin culpa ante el Padre y llevaría la carga de nuestros pecados. En el Libro de Mormón nos dice que ese es Su Evangelio y que vino a este mundo para dar Su vida por él; que todo aquel que se arrepintiera y perseverara en rectitud hasta el fin sería salvo, y los pecados de esas personas serían borrados del Libro de Memoria (3 Nefi 27:13–22). Quizás este sea el consuelo más preciado que encuentro al leer las Escrituras.
Como ya se ha dicho, Él hizo por nosotros aquello que ninguna otra persona podía hacer, pues tenía poder sobre la vida y la muerte: entregó Su vida por nosotros. De tal manera amó Dios al mundo que dio a Su Hijo Unigénito por nosotros (Juan 3:16). El Hijo Unigénito amó de tal manera al mundo que entregó Su vida por nosotros. Debemos aprender a valorar ese sacrificio, honrarlo y contribuir al cumplimiento de Sus dignos propósitos.
En cierta ocasión se dijo que Él no había venido a traer paz al mundo, sino espada. En otra ocasión dijo: “…mi paz os doy” (Juan 14:27); no la paz del mundo, sino Su paz, la paz que sobrepasa todo entendimiento (Filipenses 4:7), la paz que una persona puede sentir en el corazón en medio de las pruebas, la agitación y la persecución. Si pudiéramos obtener esa paz, especialmente durante esta época de incertidumbre, sería algo maravilloso para nosotros. La paz que sobrepasa todo entendimiento: ¿cómo podemos obtenerla?
En cierta ocasión también nos dijo que el primer mandamiento era amar a Dios con todo nuestro corazón, con todo nuestro poder y con todas nuestras fuerzas; y que había otro mandamiento semejante: amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Mateo 22:37–39). Si hacemos eso, serviremos a nuestro prójimo tal como esperaríamos que él nos ayudara y nos sirviera. Si pudiéramos entregarnos de todo corazón al servicio de los demás, estoy seguro de que estaríamos recorriendo el camino que conduce a esa paz suprema. En esta época, cuando todos luchan contra todos para obtener ganancias, resulta difícil encontrar tiempo para servirnos sinceramente unos a otros. Sin embargo, antes de alcanzar esa paz tendremos que hacerlo; debemos erradicar de nuestro corazón, de nuestros sentimientos y de nuestro modo de vivir todo egoísmo. Si pudiéramos hacerlo ahora, seríamos más felices. Si pudiéramos ayudar a nuestros vecinos a comprender que también deben hacerlo ahora, ellos serían más felices. Si pudiéramos convencer a los gobiernos de las naciones de la tierra de que deben actuar sin egoísmo, habría paz; no solamente una paz que el mundo podría disfrutar, sino también la oportunidad de que cada persona experimentara en el corazón esa paz maravillosa.
Hoy, mientras estábamos sentados a la mesa, pregunté a mis invitados: “¿Qué les preocupa más: las ofensas que otras personas cometen contra ustedes o las cosas ofensivas que ustedes hacen a los demás?”. He llegado a creer que nunca tendremos esa paz mientras continuemos haciendo a otras personas aquello que sabemos que no deberíamos hacer. Si llegamos a un estado en el que nuestra conciencia esté libre de ofensas hacia los demás, creo que la paz comenzará a penetrar en nuestro corazón y que los amaremos de tal manera que podremos recibirlos en nuestros brazos y servirlos. Hasta que llegue ese momento, quizás nunca conozcamos esa paz. Creo que, en medio de la agitación actual, es posible obtener esa paz, la paz de Dios. Creo que, durante el conflicto que recientemente concluyó —y que algunas personas temen que vuelva a ser inminente—, muchos de nuestros jóvenes atravesaron las luchas de la guerra con esa paz en el corazón: una conciencia libre de ofensas hacia los demás y la certeza de que, si debían entregar su vida por nosotros, no temerían comparecer ante Dios para rendir cuentas de su servicio. Debería ser posible que disfrutáramos de ese mismo espíritu en nuestras relaciones comerciales, si ningún hombre se aprovechara jamás de otro. También debería ser posible disfrutar ese mismo sentimiento de paz en nuestras relaciones sociales, si nadie dijera jamás cosas ofensivas acerca de otra persona con el propósito de herir sus sentimientos.
Si me permiten hacer una referencia personal, creo que me siento peor por las cosas irreflexivas que hago y digo a otras personas que por las cosas que ellas dicen y hacen contra mí. Desearía disfrutar del Espíritu de Dios en tal medida que nunca dijera ni hiciera nada perjudicial para otra persona. Entonces, quizás, podría disfrutar de esa maravillosa paz de Cristo. Él dijo, en esencia: “Os la dejo” (Juan 14:27), lo cual implica que es posible alcanzarla. Sin embargo, debemos reconocer que la lucha por conseguirla es grande; que ninguno de nosotros es perfecto y que el fracaso parece ser la suerte de la mayoría de nosotros en muchas de las cosas que intentamos hacer para acercarnos a la perfección. No obstante, debemos esforzarnos por alcanzarla. Nos fue presentada como una meta y, cuanto más nos acerquemos a la perfección en ese aspecto, mayores serán nuestro gozo y nuestra felicidad.
Últimamente he meditado mucho en esta pregunta: ¿cómo podemos acercarnos a la paz que Cristo desea dejarnos? He llegado a la conclusión de que, si alguna vez disfrutamos de ella, será porque nos arrepentimos de nuestros pecados y purificamos nuestra vida. No existe progreso sin arrepentimiento. No podemos disfrutar del Espíritu de Dios mientras vivimos en pecado. Puesto que considero que esa paz es lo más deseable del mundo, siento que mi deber y el de ustedes es arrepentirnos y purificar nuestra vida para que podamos acudir a Dios, nuestro Padre Celestial, y recibir Su Espíritu. Una vez que lo recibamos, tendremos esa paz. Sin importar las incertidumbres de nuestra vida, no nos preocuparemos excesivamente por ellas, sino que disfrutaremos de la paz que proviene de saber que somos hijos de Dios; y que, si nuestra vida es santa ante Sus ojos, nuestra exaltación y elección serán seguras, pues la eternidad es mucho más importante que la vida mortal. Esta vida no es la meta; es solamente un medio de preparación para la eternidad, a fin de que finalmente podamos regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial y disfrutar allí de todas las bendiciones que Él tenga para concedernos. “Mi paz os dejo” (Juan 14:27). Que Dios los bendiga. Amén.


























