Conferencia General Abril de 1948

Un profeta de Dios

Élder Milton R. Hunter
Del Primer Consejo de los Setenta

Un verdadero profeta es llamado por Dios, recibe revelación, anuncia acontecimientos futuros, enseña las verdades y ordenanzas de salvación y ama profundamente al pueblo. La vida, las profecías, la obra y el martirio de José Smith testifican de su llamamiento divino y de la continuidad de la revelación mediante profetas vivientes.
Profeta — Revelación — José Smith


Es sobrecogedor estar aquí esta mañana, en este hermoso día de reposo, ante esta vasta audiencia. Ruego humildemente que el Espíritu de Dios me acompañe y dirija lo que diga. Durante los breves momentos que ocuparé, deseo presentar una interpretación de lo que es un profeta de Dios, haciendo especial hincapié en el profeta José Smith. Siempre me emociona escuchar el hermoso himno “Te damos, Señor, nuestras gracias”, que se cantó hace unos momentos, porque sé que actualmente tenemos profetas a la cabeza de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Si les preguntara: “¿Qué es un profeta de Dios?”, probablemente responderían de inmediato: “Un profeta de Dios es una persona que, mediante inspiración o revelación divina, predice acontecimientos futuros”. Quizás incluso citarían al apóstol Pedro, quien dijo:

Porque la profecía no fue en los tiempos pasados traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo (2 Pedro 1:21).

¿Cómo se compara José Smith con los grandes profetas de todas las épocas como predictor de acontecimientos futuros? Cuando consideramos que Doctrina y Convenios está lleno de revelaciones que el Señor dio al Profeta, y que muchas de ellas se refieren a acontecimientos futuros que ciertamente podrían considerarse profecías; cuando también consideramos que otras Escrituras salieron a la luz en esta dispensación por medio de José y que contienen muchas profecías; y cuando añadimos a esto las numerosas predicciones que él pronunció, nos vemos obligados a concluir que pocos profetas, si es que alguno, han hecho más profecías que José Smith. Por tanto, como predictor de acontecimientos futuros, yo lo situaría entre los más grandes de todos los profetas.

También debemos tener presente que las profecías de los verdaderos profetas de Dios, pronunciadas como resultado de la inspiración o la revelación divina, deben cumplirse y se cumplirán todas. De hecho, las Santas Escrituras nos enseñan que la manera de distinguir entre los profetas verdaderos y los falsos consiste en observar si sus predicciones se cumplen o no. Cito las palabras de Deuteronomio:

Y si dices en tu corazón: ¿Cómo conoceremos la palabra que Jehová no ha hablado?

Cuando un profeta hable en nombre de Jehová, si la cosa no acontece ni se cumple, esa es palabra que Jehová no ha hablado; con presunción la habló aquel profeta; no tengas temor de él (Deuteronomio 18:21–22).

Conforme a la palabra del Señor, José Smith fue un profeta verdadero porque todas las profecías y promesas que le fueron reveladas “se cumplirán”. En este sentido, se compara muy favorablemente con cualquiera o con todos los santos profetas de la antigüedad. En el prefacio de Doctrina y Convenios, Dios declaró lo siguiente:

Escudriñad estos mandamientos porque son verdaderos y fidedignos, y las profecías y promesas que contienen se cumplirán todas (Doctrina y Convenios 1:37).

Consideremos algunos ejemplos de las profecías de José Smith y su cumplimiento. Siendo apenas un joven de poco más de catorce años, José regresó a su casa desde la Arboleda Sagrada durante aquella memorable mañana de primavera de 1820. Dijo a los integrantes de su familia que había visto al Padre Eterno y a Su Hijo Unigénito en una visión (José Smith—Historia 1:17–20). Durante aquella visión, el Salvador le había comunicado que la Iglesia verdadera no se encontraba sobre la tierra y que, si llevaba una vida digna, se le había dado:

…la promesa de que la plenitud del Evangelio se me daría a conocer en una época futura.

Imaginen a un muchacho sin capacitación ni instrucción académica, desde el punto de vista de la educación terrenal, y de tan corta edad, haciendo semejante profecía. Como todos ustedes saben, esa profecía no tardó en cumplirse. El evangelio de Jesucristo le fue revelado y él efectivamente estableció una Iglesia, la Iglesia que Dios declaró que era:

…la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra, con la cual yo, el Señor, estoy bien complacido, hablando a la iglesia colectiva y no individualmente (Doctrina y Convenios 1:30).

Tres años y medio después, durante las visitas del ángel Moroni a José Smith, este hizo otra profecía que, a mi juicio, fue tan asombrosa como la predicción de que establecería la “Iglesia verdadera y viviente”. José dijo que el mensajero celestial le había comunicado que recibiría un registro antiguo, que lo traduciría y que publicaría un libro. Además, citando las propias palabras de José:

…que entre todas las naciones, familias y lenguas se tomaría mi nombre para bien y para mal, o sea, que se iba a hablar bien y mal de mí entre todo pueblo (José Smith—Historia 1:33).

Imaginen a un joven desconocido de la frontera, que probablemente solamente conocía de manera casual a unos pocos cientos de personas como máximo, profetizando no solo que traduciría y publicaría un libro, sino también que su nombre sería conocido para bien y para mal entre todas las naciones. Una vez más, el tiempo ha demostrado que José Smith fue un verdadero profeta de Dios. Efectivamente publicó aquel libro con el título de El Libro de Mormón y, como todos ustedes saben, durante más de un siglo este ha desconcertado a miles de sus enemigos declarados.

Casi inmediatamente después de recibir sus primeras visitas de seres celestiales, el profeta José Smith comenzó a ser perseguido debido a las afirmaciones que había hecho. A lo largo de toda su vida, muchas personas lo odiaron hasta el punto de intentar ocasionar su muerte. Finalmente lograron su propósito y lo llevaron a una tumba de mártir. Ya en 1834 apareció el primero de una serie casi innumerable de libros escritos por personas inicuas, inspiradas por el diablo, con el propósito de destruir al Profeta, su influencia y la obra del Señor. Cada uno de esos libros tuvo una existencia breve; pero la obra de Dios, así como el honor y la gloria de Su gran Profeta, continuarán para siempre sin impedimento alguno.

Por otra parte, durante la vida de José, muchas personas lo amaron tan profundamente que habrían entregado voluntariamente su vida por él, de haber sido necesario. Sostenían que el Espíritu Santo había dado a sus almas una confirmación segura del llamamiento divino de José y de la restauración del verdadero evangelio de Jesucristo. De ese modo, miles de conversos inteligentes se unieron al profeta José y abrazaron la causa del mormonismo a pesar de la persecución, la pobreza, la pérdida de sus hogares y propiedades, e incluso las amenazas de martirio. De hecho, muchos de los santos sacrificaron su vida por la causa de la rectitud.

El testimonio de José Smith ha dividido al mundo en dos grupos. Siempre que se consideran sus afirmaciones, no existe terreno neutral sobre el cual permanecer. Sus afirmaciones son tan trascendentales que las personas las aceptan en su totalidad, sin reservas, o las rechazan de plano. Sin embargo, existen personas completamente indiferentes a sus afirmaciones y, con frecuencia, a la religión en general. Esas personas deben incluirse en el grupo que rechaza las afirmaciones de José.

Así, durante el transcurso de más de cien años, se ha cumplido continuamente esta predicción pronunciada por el profeta José Smith: que su nombre sería conocido “para bien y para mal entre todas las naciones, familias y lenguas” (José Smith—Historia 1:33).

En la primavera de 1839, después de que el Profeta hubiera pasado varios meses recluido en el calabozo de una cárcel de Misuri, la voz de Dios se dirigió a él y le dijo:

Hijo mío, paz a tu alma; tu adversidad y tus aflicciones no serán más que por un breve momento;

y entonces, si lo sobrellevas bien, Dios te exaltará; triunfarás sobre todos tus enemigos.

Y aquellos que te acusan de transgresión verán frustradas sus esperanzas y sus expectativas se desvanecerán como se derrite la escarcha ante los ardientes rayos del sol naciente;

malditos son todos los que alcen el calcañar contra mis ungidos, dice el Señor (Doctrina y Convenios 121:7–8, 11, 16).

Los extremos de la tierra indagarán tu nombre, los necios se burlarán de ti y el infierno se enfurecerá en tu contra;

en tanto que los puros de corazón, los sabios, los nobles y los virtuosos buscarán consejo, autoridad y bendiciones de tu mano constantemente.

Y el testimonio de traidores nunca volverá a tu pueblo en contra de ti.

Tus días son conocidos y tus años no serán acortados; no temas, pues, lo que pueda hacer el hombre, porque Dios estará contigo para siempre jamás (Doctrina y Convenios 122:1–3, 9).

Podrían citarse predicciones tales como la profecía sobre la Guerra Civil (Doctrina y Convenios 87:1–8), la profecía relacionada con Stephen A. Douglas, la profecía de las Montañas Rocosas a la que se refirió esta mañana el Presidente de la Iglesia, y muchas otras predicciones y sus respectivos cumplimientos, para demostrar que José Smith fue verdaderamente un gran profeta de Dios. Las evidencias nos obligan a situar a este hombre de Dios entre los profetas más grandes que hayan vivido. De hecho, en Doctrina y Convenios leemos:

José Smith, el Profeta y Vidente del Señor, ha hecho más por la salvación del hombre en este mundo, que cualquier otro que ha vivido en él, exceptuando solo a Jesús (Doctrina y Convenios 135:3).

Otra característica distintiva de un profeta de Dios es que es escogido, designado y llamado por el Señor. Obtiene su conocimiento de la fuente divina de la verdad; por tanto, habla en el nombre del Señor y como quien tiene autoridad (Mateo 7:29). Veamos algunos ejemplos. El profeta Amós, en su magistral discurso pronunciado en Betel, antecedió cada una de sus predicciones con las palabras: “Así ha dicho Jehová” (Amós 1:3, 6, 9, 11, 13; 2:1, 4, 6). Isaías relató su llamamiento como profeta de la siguiente manera:

Vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo.

Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí; envíame a mí.

Y dijo: Anda y di a este pueblo (Isaías 6:1, 8–9).

El llamamiento de Jeremías como profeta ilustra de manera hermosa el hecho de que los profetas son escogidos, designados y llamados por el Señor. Utilizando las propias palabras de Jeremías:

Vino, pues, la palabra de Jehová a mí, diciendo:

Antes que te formase en el vientre, te conocí; y antes que nacieses, te santifiqué; te di por profeta a las naciones.

Y yo dije: ¡Ah, ah, Señor Jehová! He aquí, no sé hablar, porque soy niño. Y me dijo Jehová: No digas: Soy niño, porque a todo lo que te envíe irás tú, y dirás todo lo que te mande.

Y extendió Jehová su mano y tocó mi boca, y me dijo Jehová: He aquí, he puesto mis palabras en tu boca (Jeremías 1:4–7, 9).

En el libro de Moisés leemos acerca del llamamiento de Enoc como profeta:

Y aconteció que Enoc viajó por la tierra, entre el pueblo; y mientras viajaba…

…oyó una voz del cielo que decía: Enoc, hijo mío, profetiza a este pueblo (Moisés 6:26–27).

Además de ser llamados por el Señor, los profetas verdaderos enseñan al pueblo lo que el Señor les manda. Jesucristo, el mayor de todos los profetas, declaró:

Porque yo no he hablado por mí mismo, sino que el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir y de lo que he de hablar.

Y sé que su mandamiento es vida eterna. Así pues, lo que yo hablo, lo hablo como el Padre me lo ha dicho (Juan 12:49–50).

A lo largo de la historia, muchos de los grandes profetas han recibido la visita de santos ángeles, y algunos han visto a Dios y conversado con Él como un hombre conversa con otro. Por ejemplo, en la Perla de Gran Precio leemos:

Y yo, Dios el Señor, dije a Adán (Moisés 4:17).

También leemos:

Y yo, Dios el Señor, hablé a Moisés (Moisés 4:1).

Y vio a Dios cara a cara, y habló con él, y la gloria de Dios cubrió a Moisés; por lo tanto, Moisés pudo soportar su presencia (Moisés 1:2).

Abraham escribió:

Así yo, Abraham, hablé con el Señor cara a cara, como un hombre habla con otro (Abraham 3:11).

Refiriéndose al profeta Alma, Amulek dijo:

Mientras viajaba para ver a un pariente muy cercano, he aquí, un ángel del Señor se me apareció y dijo: Amulek, vuelve a tu propia casa, porque darás de comer a un profeta del Señor; sí, a un santo varón, que es un hombre escogido de Dios (Alma 10:7).

Después de la muerte del Salvador y de Sus apóstoles, los cielos se cerraron y, durante muchos siglos, Dios dejó de designar santos profetas entre los hombres. Finalmente, como ya he señalado, un oráculo viviente fue enviado nuevamente a la tierra en la persona del profeta José Smith. El Padre Eterno, Su Hijo Unigénito y numerosos santos ángeles hablaron con José cara a cara, tal como lo habían hecho con los profetas de la antigüedad. Así, la palabra, la voluntad y los mandamientos de Dios descendieron nuevamente de los cielos a los mortales, exactamente de la misma manera que habían llegado en épocas pasadas. Al comienzo de la mayoría de las revelaciones recibidas por el profeta José aparecen declaraciones como las siguientes:

Escucha la voz del Señor tu Dios mientras te hablo (Doctrina y Convenios 25:1).

Y también:

Escuchad la voz de Jesucristo, vuestro Señor, vuestro Dios y vuestro Redentor (Doctrina y Convenios 27:1; 29:1).

Asimismo:

Así dice Dios el Señor, el Fuerte de Israel (Doctrina y Convenios 36:1).

Como ejemplo de las numerosas visiones de seres celestiales que José contempló, cito lo siguiente:

Y vimos la gloria del Hijo, a la diestra del Padre, y recibimos de su plenitud; y vimos a los santos ángeles y a los que son santificados delante de su trono, adorando a Dios y al Cordero, a quien adoran para siempre jamás (Doctrina y Convenios 76:20–21).

El profeta José Smith, al igual que todos los santos profetas que lo precedieron, siempre antecedía sus enseñanzas con la declaración divina: “Así dice el Señor”. Verdaderamente se puede decir de él lo mismo que se dijo del Hombre de Galilea: “¡Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre!” (Juan 7:46). Puesto que José Smith recibió directamente de Jesucristo aquello que transmitió al pueblo, así debía ser.

El Señor declaró en una revelación moderna que las palabras pronunciadas por los profetas cuando eran inspirados por el Espíritu Santo debían considerarse Escritura. Cito:

Y lo que hablen cuando sean inspirados por el Espíritu Santo será Escritura, será la voluntad del Señor, será la intención del Señor, será la palabra del Señor, será la voz del Señor y el poder de Dios para salvación (Doctrina y Convenios 68:4).

Deseo recalcar que esta revelación no se limita a José Smith ni a los otros grandes profetas que lo precedieron. En la actualidad tenemos a la cabeza de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días oráculos vivientes por medio de quienes Dios revela Su voluntad. Ciertamente, las palabras de esta revelación se aplican al presidente George Albert Smith, a sus consejeros, a los Doce Apóstoles y al Patriarca de la Iglesia tanto como se aplicaron a José Smith, Isaías, Jeremías, Moisés, Nefi, Alma, Pedro, Pablo y todos los demás profetas antiguos de Dios.

La labor más importante que debe realizar un profeta es enseñar las verdades divinas que le han sido reveladas desde lo alto. Él es el portavoz de Dios aquí en la tierra, el representante de Dios y el revelador del plan de salvación. Mediante las llaves y el poder del sacerdocio que posee, se establece el Reino de Dios sobre la tierra y se efectúan todas las ordenanzas necesarias para la salvación y exaltación de la familia humana. Es en su función de maestros y dispensadores de la intención y la voluntad de Dios que los santos profetas de todas las épocas han realizado sus mayores contribuciones. Durante Sus tres breves años de ministerio, Jesucristo hizo más para influir en el destino de la familia humana que todos los reyes que se hayan sentado en tronos y todos los ejércitos que hayan marchado. La gran contribución de Moisés consistió en dar la ley a Israel. Nefi, Pablo, Alma y los demás profetas perpetuaron la Iglesia verdadera en sus respectivas épocas. José Smith fue el profeta de Dios llamado y preordenado para inaugurar la última dispensación del Evangelio, la mayor de todas las dispensaciones (2 Nefi 3:1–25).

Cuando consideramos los tres tomos de Escrituras que fueron dados al mundo por medio del profeta José Smith, y que todo el conocimiento, los poderes, las llaves, las doctrinas y las ordenanzas que se habían dado a los profetas desde los días de Adán hasta la época actual le fueron restaurados, podemos comprender plenamente que José fue, ciertamente, uno de los profetas más grandes que hayan vivido. Afirmo que fue el mayor de los profetas, con excepción de Jesucristo (Doctrina y Convenios 135:3).

Finalmente, un profeta de Dios ama intensamente a sus semejantes, hasta el punto de entregar voluntariamente su vida por ellos, si fuera necesario. Antes de morir, el Salvador sabía perfectamente que los judíos lo habían rechazado y que provocarían Su crucifixión. Sin embargo, mientras se encontraba sentado sobre una colina que dominaba Jerusalén, pocos días antes de Su muerte, profetizó a Sus apóstoles acerca de la destrucción de la ciudad santa y el esparcimiento de Su pueblo, porque habían rechazado a su Señor y Salvador. Su amor por quienes se habían convertido en Sus enemigos era tan intenso que “Jesús lloró” (Juan 11:35). Él había enseñado al pueblo:

Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen y orad por los que os ultrajan y os persiguen (Mateo 5:44).

Mientras colgaba de la cruz, puso en práctica esas enseñanzas. Miró a la multitud que se burlaba de Él al pie de la cruz y, elevando después los ojos hacia el cielo, oró:

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen (Lucas 23:34).

Lo mismo sucedió con el profeta José Smith. Cuando él, Hyrum y otras personas hacían planes para huir a las Montañas Rocosas en busca de seguridad, Emma envió un mensaje a José pidiéndole que regresara porque los santos lo acusaban de ser un cobarde. Sabiendo perfectamente que los matarían si regresaban, se volvió hacia su hermano Hyrum y le dijo: “Si mi vida no tiene valor para mis amigos, tampoco lo tiene para mí”; y entonces regresaron a Nauvoo. El profundo amor que sentía por los santos lo impulsó a regresar y a entregar voluntariamente su vida como sacrificio por ellos. Al día siguiente, mientras viajaban de Nauvoo a Carthage, José hizo esta memorable declaración:

Voy como cordero al matadero; pero estoy sereno como una mañana veraniega; mi conciencia se halla libre de ofensas contra Dios y contra todos los hombres. Si me quitan la vida, moriré siendo inocente, y mi sangre clamará desde el suelo por venganza, y se dirá de mí: “Fue asesinado a sangre fría” (Doctrina y Convenios 135:4).

Tres días después, las balas de los asesinos penetraron en el cuerpo del Profeta de Dios. Al caer desde la ventana de la cárcel de Carthage, murió con estas palabras en los labios: “¡Oh Señor, Dios mío!”.

Comenzó su trayectoria como profeta con la gloriosa visión del Padre y del Hijo, y concluyó su trayectoria terrenal con el nombre de la Deidad en los labios. Al igual que el Salvador del mundo, selló su testimonio con su sangre. Con respecto a la muerte de José, Dios reveló a Brigham Young lo siguiente:

Muchos se han maravillado a causa de su muerte; mas fue preciso que sellara su testimonio con su sangre, para que él fuese honrado y los malvados condenados (Doctrina y Convenios 136:39).

Y, al igual que todos los grandes y santos profetas de la antigüedad, el profeta José, aunque muerto, vive para siempre. Actualmente, un millón de personas cantan:

¡Al gran Profeta rindamos honores!
Fue ordenado por Cristo Jesús.
A restaurar la verdad a los hombres,
a entregar a los pueblos la luz.

Desde lo profundo de mi corazón deseo darles mi testimonio de que sé que José Smith fue uno de los profetas más grandes que hayan vivido sobre esta tierra. Ruego humildemente, en el nombre de Jesucristo, que el Espíritu de Dios esté con ustedes y conmigo, para que vivamos de acuerdo con las enseñanzas que él nos dio. Amén.

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