Conferencia General — octubre de 1947
Valientes en la verdad
Élder Bruce R. McConkie
Del Primer Consejo de los Setenta
Permanecer fieles a la verdad revelada y seguir a los profetas vivientes.
Esta Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es, literalmente, el reino de Dios sobre la tierra. Creo que cada hombre que la ha presidido como profeta y presidente ha sido ungido del Señor y ha poseído las llaves del reino, y que esas llaves son las llaves de salvación para todas las personas. Creo también que el Señor ha decretado que, en esta dispensación, el evangelio permanecerá aquí hasta la venida de Cristo y, desde luego, para siempre después de ella. Este es el tiempo en que el reino nunca será entregado a otro pueblo (Daniel 2:44), sino que permanecerá con los santos. Toda persona que venga a Cristo y viva conforme a Sus leyes recibirá paz, gozo y consuelo en esta vida, y una esperanza segura de vida eterna en el mundo venidero (Doctrina y Convenios 59:23).
LA VISIÓN DADA A JOSÉ SMITH
Cuando José Smith fue a orar a la Arboleda Sagrada, en la primavera de 1820, se hallaba inquieto y confundido por asuntos religiosos. Quería preguntar cuál de todas las iglesias era la verdadera y a cuál debía unirse. Entonces se le aparecieron dos seres glorificados, exaltados y resucitados: Dios el Padre Eterno y Jesucristo, Su Hijo. En respuesta a la pregunta de José, le dijeron que no se uniera a ninguna de ellas, porque todas estaban equivocadas; que todos sus credos eran una abominación ante Él y que sus maestros estaban corrompidos (José Smith—Historia 1:17–18); que:
«…con sus labios me honran, pero su corazón lejos está de mí; enseñan como doctrinas los mandamientos de los hombres, teniendo apariencia de piedad, mas negando el poder de ella» (José Smith—Historia 1:19).
LA ORGANIZACIÓN DEL REINO
Posteriormente, de acuerdo con mandamientos y revelaciones, el Profeta y otras personas organizaron este reino. Una vez organizada la Iglesia, el Señor la llamó por revelación la única iglesia verdadera y viviente sobre la faz de toda la tierra, en la cual dijo que se complacía, hablando de la Iglesia en conjunto y no de cada miembro individualmente (Doctrina y Convenios 1:30).
Creo que a los profetas antiguos y a los de los últimos días se les ha revelado, mediante el Espíritu Santo, que este reino permanecerá. Enoc vio nuestros días y dijo que se prepararía un pueblo para la venida del Señor y que se edificaría una Sion en los últimos días, la cual se uniría a la Sion que él había establecido (Moisés 7:62–67). Daniel también vio nuestros días. Reveló e interpretó el sueño de Nabucodonosor: le dijo que había visto una piedra cortada del monte sin intervención de manos y que, en los días de ciertos reyes, el Dios del cielo establecería un reino que jamás sería destruido ni entregado a otro pueblo, sino que permanecería para siempre (Daniel 2:31–45).
En nuestra época, el Señor volvió a la imagen utilizada por Daniel y dijo a José Smith:
«Las llaves del reino de Dios han sido entregadas al hombre en la tierra, y de allí rodará el evangelio hasta los extremos de ella, como la piedra cortada del monte, no con manos, rodará hasta que haya llenado toda la tierra» (Doctrina y Convenios 65:2).
VALENTÍA EN LA VERDAD
Toda persona de esta Iglesia tiene el derecho y la responsabilidad de saber, por las revelaciones del Espíritu Santo a su alma, que estas cosas son verdaderas. Si lo sabe, entonces, a mi juicio, no debería desear otra cosa en este mundo que escuchar el consejo de los oráculos vivientes, poner su casa en orden y prepararse para la gloria, el honor y la salvación de los que acaba de hablar el presidente George F. Richards.
Quisiera leerles una declaración del presidente John Taylor, el tercer hombre que presidió este reino. Él dijo:
El hermano Brigham preguntó si este reino fracasaría. Les digo, en el nombre del Dios de Israel, que no fracasará. Les digo, en el nombre del Dios de Israel, que avanzará y que se cumplirá lo que los santos profetas han dicho acerca de él. Pero, en relación con esto, les diré algo más: muchos Santos de los Últimos Días fracasarán. Muchos de ellos no están viviendo ahora, ni han vivido jamás, a la altura de sus privilegios ni magnificando sus llamamientos y su sacerdocio. Dios les pedirá cuentas si no se arrepienten pronto (The Gospel Kingdom, pág. 137).
Y otra frase del presidente Taylor:
Hay algo absolutamente seguro: piensen lo que piensen los hombres, y por más que tramen y conspiren, este reino nunca será entregado en manos de otro pueblo. Crecerá, se extenderá y aumentará, y ningún hombre viviente podrá detener su avance (ibid., pág. 214).
Me parece que, si este es el reino de Dios sobre la tierra y está destinado a permanecer aquí sin ser entregado a otro pueblo, podemos concluir que, como pueblo y como Iglesia, nunca seremos desviados; y que, individualmente, no nos apartaremos del camino de rectitud que el Señor espera de nosotros mientras escuchemos el consejo de la Presidencia y de los Doce que dirigen el reino.
LAS LLAVES DEL REINO
Wilford Woodruff dijo lo siguiente:
Cuando el Señor entregó las llaves del reino de Dios, las llaves del Sacerdocio de Melquisedec y del apostolado, y las selló sobre la cabeza de José Smith, lo hizo para que permanecieran aquí en la tierra hasta la venida del Hijo del Hombre. Con razón Brigham Young pudo decir: «Las llaves del reino de Dios están aquí». Él las poseyó hasta el día de su muerte. Entonces reposaron sobre la cabeza de otro hombre: el presidente John Taylor. Él poseyó esas llaves hasta la hora de su muerte. Después, por turno o por la providencia de Dios, recayeron sobre Wilford Woodruff.
Digo a los Santos de los Últimos Días que las llaves del reino de Dios están aquí y que permanecerán aquí hasta la venida del Hijo del Hombre. Que todo Israel lo entienda. Tal vez reposen sobre mi cabeza solo por poco tiempo, pero después reposarán sobre la cabeza de otro apóstol, y luego de otro, y así sucesivamente hasta que el Señor Jesucristo venga en las nubes del cielo a «recompensar a cada hombre según las obras hechas en el cuerpo» (2 Corintios 5:10, Traducción de José Smith; Doctrina y Convenios 101:65).
Digo hoy a todo Israel, digo al mundo entero, que el Dios de Israel, quien organizó esta Iglesia y este reino, jamás ha ordenado a un presidente ni a una presidencia para que los desvíe. Escucha esto, Israel: ningún hombre que haya respirado jamás puede poseer estas llaves del reino de Dios y desviar al pueblo (The Discourses of Wilford Woodruff, págs. 73–74).
LA IGLESIA ES GUIADA POR REVELACIÓN
A mi entender, desde el momento en que José Smith organizó esta Iglesia hasta hoy, no ha habido un solo día en que no haya sido guiada por revelación e inspiración, ni en que los oráculos vivientes hayan dejado de dar al pueblo los consejos, las instrucciones y los mandamientos que el Señor quería que recibiera. Él dijo a Sus primeros élderes que todo lo que hablaran cuando fueran inspirados por el Espíritu Santo sería Escritura; que sería la intención del Señor, Su voluntad, Su palabra, Su voz y el poder de Dios para salvación (Doctrina y Convenios 68:4).
Nunca llegará un momento en que el conjunto de Escrituras esté completo. Mientras haya élderes en este reino que den testimonio inspirado de Cristo, habrá más Escritura. Durante esta conferencia se ha dado más Escritura desde este púlpito, y expresa la intención y la voluntad del Señor tanto como cualquiera de los pasajes registrados en los libros canónicos. Cuando la Iglesia establece un plan de bienestar, como hizo hace poco más de once años mediante un anuncio de la Primera Presidencia, lo que sabemos nos permite aceptarlo como revelación y recibirlo como la intención y la voluntad del Señor para los Santos de los Últimos Días.
ARMONÍA CON LAS ESCRITURAS
No hay nada en la Iglesia —ninguna doctrina, procedimiento, ordenanza, ley ni principio— que no esté en completa armonía con las Escrituras y con la razón. Podemos demostrar que todo lo que tenemos es razonable y está respaldado por las Escrituras, y que concuerda plenamente con la misma Iglesia de Cristo establecida hace dos mil años. Pero, después de hacer eso, de poner nuestra casa en orden y de armonizar nuestra vida con las doctrinas reveladas, podemos llegar a saber que este es el reino del Señor: saberlo por la fe y el testimonio, por lo que sentimos y por revelación.
Una vez que ese conocimiento llega a nuestro corazón, entramos en el reposo del Señor y ya no somos llevados de un lado a otro por cualquier viento de doctrina ni por la astucia de los hombres (Efesios 4:14). Con un testimonio firme, descansamos de la ansiedad y la agitación espiritual. Si perseveramos con diligencia y valentía en el reino, finalmente reposaremos con nuestro Padre Celestial en los mundos eternos; ese reposo es «la plenitud de su gloria» (Doctrina y Convenios 84:24).
Creo que nadie en esta Iglesia tiene motivos para temer por el destino del reino. No necesitamos «sostener el arca» (Doctrina y Convenios 85:8). Sí debemos preocuparnos de que quizá no nos hagamos dignos, de que no permanezcamos fieles al camino de la rectitud ni guardemos los mandamientos de Dios con la valentía necesaria para recibir nuestra exaltación en los mundos eternos.
Como uno de los élderes de este reino, deseo darles mi testimonio: sé que esta es la obra del Señor; que Dios ha hablado en nuestros días; que José Smith fue el profeta y el instrumento en Sus manos para darnos las leyes y ordenanzas de salvación; y que, tan ciertamente como vivamos en armonía con ellas, recibiremos gloria y honor para siempre (Abraham 3:26), y haremos firme nuestro llamamiento y elección (2 Pedro 1:10). En el nombre del Señor Jesucristo. Amén.


























