Conferencia General — octubre de 1947

El significado de las tendencias mundiales

Presidente David O. McKay
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
El arrepentimiento y las enseñanzas de Jesucristo ofrecen un camino hacia la paz.


Al oír esto, se compungieron de corazón y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?

Y Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para remisión de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.

Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare.
—Hechos 2:37–39

Reconocimiento a la Comisión del Centenario de Utah

Antes de comentar la idea expresada en este pasaje, permítanme dedicar un momento a expresar al pueblo de Utah, en nombre de la Comisión del Centenario de Utah y, hasta donde me corresponde, del gobernador y los demás funcionarios estatales que la han apoyado, nuestro sincero reconocimiento por su cooperación y esfuerzo conjunto durante este año del centenario.

Deseo mencionar especialmente a los comités de los condados, a los maestros de las escuelas públicas, al presidente Olpin y a la Universidad de Utah, al presidente McDonald y a la Universidad Brigham Young, al presidente Harris y al Colegio Agrícola del Estado de Utah, al presidente Dixon y al Colegio Weber, así como a la Asociación de Maestros del Estado de Utah. A ellos debemos sumarlos al director y a los numerosos comités que ya han recibido reconocimiento público. Todo el mérito por los logros alcanzados durante la celebración de 1947 corresponde a su esfuerzo unido y dedicado.

Gratitud por las bendiciones

Al reunirme con ustedes esta mañana en esta gran conferencia, siento profunda gratitud por saber que Dios, nuestro amoroso Padre, existe, y que Su Hijo Amado es verdaderamente nuestro Salvador. Agradezco la restauración del evangelio de Jesucristo. En lo más profundo de mi alma sé que es verdadero.

Me alegra el amor que siento por mis colaboradores más cercanos, el presidente George Albert Smith y el presidente J. Reuben Clark, hijo; por estos nobles hombres del Cuórum de los Doce, los Ayudantes del Cuórum de los Doce, el Consejo de los Setenta, el Obispado Presidente y el Patriarca. Es un gozo trabajar con ustedes, hombres leales que presiden estacas, barrios y ramas. Tener la oportunidad de servir a su lado y reconocer su dedicación desinteresada a la Iglesia es un privilegio.

La vida, aunque cargada de grandes responsabilidades, de la conciencia de mis limitaciones y del pesar por mis errores, sigue siendo buena y grata.

El mundo está lleno de hombres y mujeres honorables que, como aquellos que se dirigieron a Pedro el día de Pentecostés, desean saber qué hacer y qué creer.

Ayer por la mañana, un hombre que ya había cumplido ochenta años me saludó diciendo: «El mundo se encuentra en una situación terrible, ¿verdad?».

Le respondí: «Sin duda, y necesita mucho una guía sabia y firme».

Una época decisiva

Hermanos y hermanas, vivimos en lo que podría ser la época más decisiva de todos los tiempos. Los descubrimientos e inventos científicos, el abandono de normas sociales y morales antes aceptadas, y la pérdida de antiguas convicciones religiosas indican que presenciamos una de esas grandes oleadas del pensamiento humano que, de vez en cuando, recorren el mundo y cambian el destino de la humanidad. Llamo la atención sobre la situación mundial porque la misión de la Iglesia de Cristo abarca todo el mundo. Su responsabilidad y mandato son:

[…] haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado.
—Mateo 28:19–20

El progreso científico

El pasado 23 de septiembre, el coronel James M. Gillespie, comandante del avión automático C-54 Skymaster, realizó un vuelo de unos 3.860 kilómetros desde Terranova hasta el aeródromo de Brize Norton, en Inglaterra. Demostró así que un avión sin piloto podía ser enviado desde Estados Unidos a una distancia de casi 4.830 kilómetros y regresar, controlado desde una sola estación de radio.

¡Catorce hombres cruzaron el océano sin tocar un botón ni un mando!

Imaginen lo que podría suceder si ese avión automático llevara, en lugar de catorce pasajeros, unos 1.130 kilogramos de bombas atómicas. Imaginen además no uno, sino cincuenta aviones semejantes, todos destinados a destruir y guiados con precisión por mecanismos automáticos.

Un despacho más reciente de Washington, fechado el 30 de septiembre y difundido por Associated Press, afirma que «la guerra entre continentes mediante armas automáticas es claramente posible». Añade que «en este país ya se conocen bien los métodos y equipos necesarios para fabricar proyectiles capaces de transportar una carga explosiva de unos 2.270 kilogramos a una velocidad de 965 kilómetros por hora durante unos 6.440 kilómetros».

El 11 de agosto de 1947, William P. Odom, piloto de veintisiete años, estableció un récord mundial al dar la vuelta al planeta en setenta y tres horas, cinco minutos y once segundos, a una velocidad de 499 kilómetros por hora.

El 26 de agosto de 1947, un avión de la Marina pilotado por el mayor Marion E. Carl, de treinta y un años, batió el récord de velocidad aérea al volar a 1.046 kilómetros por hora.

Lo que la ciencia moderna está haciendo en otros campos resulta aún más asombroso.

En una revista publicada este mes se plantea la posibilidad de que el ser humano consiga convertir la noche en día, no mediante velas, faroles o luces eléctricas, sino «eliminando por completo la oscuridad de la Tierra». Uno de los experimentos actuales tiene que ver con ciertas formas de electrones que «atraviesan los 145 millones de kilómetros de espacio entre el Sol y la Tierra y chocan contra la atmósfera».

Cuando esos electrones chocan con una molécula o un átomo de uno de los gases atmosféricos, lo ionizan y el gas brilla, tal como ocurre en una lámpara fluorescente. Ahí está el germen de una idea que podría convertirse en uno de los grandes avances científicos de nuestro tiempo.

La responsabilidad de controlar los descubrimientos

Menciono estas maravillas, que son solo ejemplos entre muchas otras, para destacar un hecho que quizá resulte evidente: vivimos en una época de descubrimientos e inventos científicos sin igual en la historia. Esos descubrimientos encierran poderes capaces tanto de bendecir como de destruir a los seres humanos. Por ello, la responsabilidad de controlarlos es una de las mayores que jamás se hayan puesto en manos de la humanidad.

Esa responsabilidad y sus posibles consecuencias llevaron a un hombre, Hayden, a escribir:

Hoy, como pocas veces —si es que alguna—, la sociedad humana se ve amenazada por la desintegración, cuando no por el caos completo. Todos los antiguos males de las relaciones humanas —la injusticia, el egoísmo y el abuso de la fuerza— se vuelven siniestros y terribles al verse reforzados por el enorme aumento del poder material. El alma humana se encoge, hambrienta y temerosa, en medio de una civilización que se ha vuelto demasiado compleja para que una sola mente pueda comprenderla o controlarla.

La necesidad de guía divina

En el mundo de hoy prevalecen la inquietud y la búsqueda de ideologías que no han sido puestas a prueba —y nuestra comunidad no es una excepción— y, lo peor de todo, una tendencia a abandonar las normas morales. Resulta demasiado evidente que «el desarrollo de nuestra cultura espiritual está muy por detrás del de nuestra cultura material».

Este es el momento para que los pueblos de todo el mundo se detengan y repitan con toda sinceridad la pregunta que se hizo a Pedro y a los demás apóstoles el día de Pentecostés:

Varones hermanos, ¿qué haremos?

Representantes de cincuenta naciones están reunidos tratando de encontrar una respuesta. Sin embargo, las naciones comunistas chocan con los grupos cristianos, y parece que la proverbial paloma de la paz, si no muere, podría quedar de nuevo gravemente herida.

En la última sesión plenaria de la conferencia de las Naciones Unidas, cuando estaba por firmarse la Carta, cinco destacados dirigentes invocaron la ayuda del Señor para que no fracasara la causa de la paz.

El señor Edward Stettinius dijo:

Esta Carta queda ahora confiada a los gobiernos y pueblos de las cincuenta naciones aquí representadas. Que Dios Todopoderoso nos sostenga desde hoy y durante los meses y años venideros en nuestro propósito inalterable de hacer realidad su promesa.

El conde de Halifax, presidente de la delegación del Reino Unido, dijo:

Conscientes tanto de las necesidades del mundo como de nuestra propia debilidad, oremos para que, bajo la guía de Dios, lo que hemos hecho aquí en estas últimas semanas resulte digno de la fe que le dio origen y del sufrimiento humano que ha sido su precio.

Su Alteza Real, el emir Faisal ibn Abdulaziz, presidente de la delegación de Arabia Saudita, declaró:

Mientras permanezcamos unidos en un espíritu de cooperación, las manos de Dios Todopoderoso nos guiarán. Siempre contaremos con Su ayuda mientras nos ayudemos unos a otros.

El mariscal de campo Jan Christiaan Smuts, de Sudáfrica, dijo:

Que las bendiciones del cielo descansen sobre ella.

Y el presidente de nuestros propios Estados Unidos oró para que, bajo la guía de Dios, aquella causa tuviera éxito.

A menos que esas súplicas fueran palabras vacías, tales dirigentes señalaron el único camino seguro para evitar las guerras y establecer la paz entre las naciones. Ni las teorías comunistas ni las expresiones de desconfianza, sospecha y odio calmarán los conflictos que afligen a los países. Si el espíritu del cristianismo no impregna las deliberaciones de las Naciones Unidas, a la humanidad le aguardan terribles tragedias.

Una oportunidad para aprovechar el progreso científico

Por otra parte, desde el comienzo de la historia nunca habían tenido las naciones semejante oportunidad de emplear los inventos y descubrimientos científicos para bendecir a los seres humanos y llevarles paz.

El doctor Charles A. Elwood dice acertadamente:

Nuestra cultura material ha avanzado a pasos agigantados, hasta el punto de que tenemos en nuestras manos un poder físico casi ilimitado. Pero nuestra cultura espiritual se ha quedado atrás, y todavía conservamos muchas tradiciones de barbarie, en particular la guerra y la búsqueda del placer propio a expensas de los demás. Esas tradiciones, junto con la ignorancia y el paganismo de grandes sectores de la humanidad, han convertido nuestro mundo —debemos reconocerlo— en un verdadero polvorín. Casi cualquier grupo poderoso lo bastante insensato podría hacerlo estallar. Si la civilización occidental supera esta situación sin sucumbir, será únicamente porque habrá llegado a apreciar la ética social de Jesús más profundamente de lo que lo ha hecho hasta ahora.

¿Nunca aprenderemos
la verdad que enseñan los siglos:
que sin Dios como arquitecto
nuestra obra acaba en nada?

Las siguientes palabras, pronunciadas por congresistas estadounidenses en la Cámara de Representantes, contienen una seria advertencia para el mundo:

Las naciones y los pueblos de la tierra deben volver a Dios el Padre, por difícil, largo o sangriento que resulte el camino. El conflicto en el que estamos inmersos y en el que nos encontraremos durante los próximos años determinará el destino de la humanidad y la forma de gobierno que tendrá durante los próximos mil años. Mediante nuestra fe valiente, nuestro sacrificio paciente y nuestra obediencia leal a Dios, construiremos un orden social nuevo y duradero para el mundo, fundado en los principios permanentes y eternos de la verdad y la justicia cristianas. Esa será la culminación del esfuerzo de la humanidad a través de los siglos y de su lucha inminente por vencer el caos de las fuerzas del mal y alcanzar el orden divino de todas las épocas: paz, abundancia y prosperidad para todas las naciones y toda la humanidad.

La necesidad del arrepentimiento

La infidelidad y la inmoralidad sexual son dos de los principales males que amenazan con debilitar y destruir la civilización actual. Lamentablemente, las tendencias de la vida moderna contribuyen a desintegrar los cimientos mismos del hogar cristiano. La permisividad sexual entre los jóvenes, el control de la natalidad y la falta de templanza son, a juicio del orador, enemigos insidiosos y perjudiciales de ese hogar. Cuando la vida familiar se desintegra, se debilitan los cimientos y la protección de la sociedad humana.

Varones hermanos, ¿qué haremos?

La respuesta hoy es la misma que hace dos mil años y la misma que será siempre:

Todos los hombres deben arrepentirse y creer en el nombre de Jesucristo, y adorar al Padre en Su nombre, y perseverar en la fe en Su nombre hasta el fin; de lo contrario, no pueden ser salvos en el reino de Dios.
—Doctrina y Convenios 20:29

El Salvador dijo:

Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas.

Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga.
—Mateo 11:29–30

Mientras las personas sinceras del mundo buscan en vano una respuesta y preguntan con incertidumbre: «¿Qué haremos?», los miembros de la Iglesia de Cristo, seguros del conocimiento que les brinda el evangelio restaurado, deberían preguntarse: «Varones hermanos, ¿qué podemos hacer?».

Un plan de acción

Estas son algunas cosas concretas que los poseedores del sacerdocio y sus familias pueden y deben hacer:

Primero: Podemos dar ejemplo de rectitud; ser honrados en todas nuestras relaciones; evitar la vulgaridad y las blasfemias; demostrar a nuestros vecinos y a todos aquellos con quienes nos encontremos que llevamos vidas limpias y honorables.

Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.
—Mateo 5:16

Segundo: Procuremos que haya paz y armonía en el hogar. Si no logramos desterrar de nuestros hogares las peleas, las discusiones y el egoísmo, ¿cómo podemos siquiera esperar desterrar esos males de la sociedad?

Un verdadero hogar de Santos de los Últimos Días es aquel en el que Cristo, si llegara a entrar, se complacería en quedarse y descansar.

Tercero: Después de esforzarnos por desarrollar un buen carácter y crear un ambiente familiar digno, podremos cumplir consecuentemente nuestro deber como representantes autorizados del Señor Jesucristo. Podremos declarar al mundo que en el evangelio restaurado de Jesucristo se encuentran las condiciones que brindan paz y consuelo a las personas, las familias y las naciones. Esas condiciones pueden definirse, comprenderse y ponerse en práctica, dando como resultado satisfacción y paz, del mismo modo que los males y los vicios, cuando se practican, traen tribulación.

En resumen, esos principios fundamentales son: aceptar a Cristo como Salvador y Redentor; tener una convicción profunda de que Dios existe y es nuestro Padre Celestial; vivir cada día de acuerdo con ese conocimiento; y amar a nuestros semejantes.

En otras palabras, como resumió el Salvador la ley y los profetas:

Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente […] y a tu prójimo como a ti mismo.
—Marcos 12:31–32

El mundo necesita espiritualidad

Como he dicho en otra ocasión, sé que los escépticos y pesimistas consideran estos principios demasiado idealistas. Dicen que los seres humanos se parecen demasiado a las criaturas que luchan por sobrevivir como para intentar aplicarlos en la vida diaria. Les respondo que hombres y mujeres los han puesto en práctica, han sido felices y, al hacerlo, han mejorado el mundo. Los discípulos de Cristo lo hicieron en los días de Jesús —como expresó ayer de manera conmovedora el élder Albert E. Bowen— y, desde entonces, han influido en millones de vidas. Después de ellos ha habido miles más: algunos figuran en los libros de historia; de otros, el mundo nunca ha oído hablar. Por su amor a Dios, a la verdad y a sus semejantes, «nunca cedieron ante la presión de las circunstancias» y, aunque enfrentaron persecución e incluso la muerte, pudieron decir en su corazón lo que declaró el profeta José Smith al tomar el camino que lo llevaría al martirio: «Si mi vida no tiene valor para mis amigos, tampoco lo tiene para mí».

El mundo necesita muchos millones más de personas cuya influencia contrarreste el mal que propagan las multitudes que viven sumidas en el egoísmo, la bajeza, la sospecha, el odio y los delitos de toda clase.

En definitiva, la vida espiritual es la verdadera vida del ser humano. Es lo que lo distingue de los animales del bosque. Lo eleva por encima de lo puramente físico, aunque sigue pudiendo disfrutar de cuanto la vida le ofrece y contribuye legítimamente a su felicidad y progreso. Aunque está «en el mundo», no es «del mundo» (Juan 17:11, 14).

Jesús enseñó que los hombres y las mujeres no viven plenamente a menos que tengan espiritualidad. En La vida y las enseñanzas de Jesús leemos que la fuerza espiritual sustenta todo y que, sin ella, nada de verdadero valor puede lograrse. «Las necesidades espirituales solo pueden satisfacerse por medios espirituales. Todos los gobiernos, leyes, métodos y organizaciones carecen de valor si los hombres y las mujeres no están llenos de verdad, rectitud y misericordia. Las cosas materiales no tienen poder para levantar un espíritu abatido. La gravedad, la electricidad y el vapor son grandes fuerzas, pero ninguna puede cambiar los motivos de hombres y mujeres». «El que no naciere de nuevo no puede ver el reino de Dios» (Juan 3:3).

El evangelio ofrece la solución

Hombres del sacerdocio, debemos seguir declarando que el evangelio, las buenas nuevas de gran gozo, es la verdadera guía para la humanidad, y que los hombres y las mujeres más felices y satisfechos son quienes viven más cerca de sus enseñanzas.

La voz del Señor se dirige a todos los hombres, y no hay quien escape; ni habrá ojo que no vea, ni oído que no oiga, ni corazón que no sea penetrado. […]

Y la voz de amonestación irá a todo pueblo por boca de mis discípulos, a quienes he escogido en estos últimos días.
—Doctrina y Convenios 1:2, 4

Así como el sol en el cielo azul ayuda a la tierra a librarse del invierno, el evangelio ilumina a las almas afligidas que anhelan algo más elevado y mejor de lo que la humanidad ha encontrado hasta ahora.

Si las personas y las naciones conservan su fe en Dios y aceptan las enseñanzas de Jesucristo, los aviones sin piloto y otras naves aéreas que den la vuelta al planeta en un mundo sin noches llevarán, en vez de bombas de destrucción implacable, dones y bendiciones a un mundo que hoy busca su camino en la oscuridad.

El mundo entero está en el valle de la decisión,
y solo un camino seguro conduce fuera de él;
los ojos abiertos aún pueden vislumbrar la gran visión
de un mundo que, en medio de su angustia, vuelve a Dios.

Ruego, en el nombre de Jesucristo, que el cielo ayude a todos los miembros de la Iglesia de Cristo a vivir y trabajar para extender por todo el mundo el evangelio de luz, verdad y paz. Amén.

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