Los deberes de los padres
Obispo LeGrand Richards
Obispo Presidente de la Iglesia
Los padres deben enseñar el evangelio y cultivar la fe de sus hijos.
Hermanos y hermanas, estoy agradecido por esta ocasión y por el privilegio de adorar con ustedes, como lo hago semana tras semana al viajar por las estacas de Sion. Son un pueblo maravilloso, y doy gracias al Señor por considerarme digno de estar entre ustedes.
REPRESENTACIÓN SOBRE EL SACERDOCIO AARÓNICO
Durante los últimos diez días, aproximadamente, presentamos en este Tabernáculo la representación sobre el Sacerdocio Aarónico Preparad el camino. En nombre del Obispado Presidente, quisiera expresar nuestro agradecimiento a todos los que la hicieron posible: a la hermana Evelyn Wood, que la escribió; al hermano Mitchell, que preparó la música; a los hermanos Palmer y Lees, que la dirigieron; y a todos los que participaron.
Desde que vi la representación tres veces, he pensado mucho en su mensaje. Varios oradores de esta conferencia se han referido a nuestra existencia anterior a la vida terrenal. Estoy seguro de que, si se retirara el velo y hoy comprendiéramos, como comprendíamos entonces, el propósito de la vida en la tierra y los privilegios que recibiríamos, prestaríamos un poco más de atención a nuestras responsabilidades.
En la representación, cuando los espíritus estaban por venir a la tierra, se le preguntó al padre Adán si habría alguien aquí, en la encrucijada, para mostrarles el camino. Se les respondió que estarían sus padres y el sacerdocio de Dios. Si ninguno de los dos fallaba, habría poco que temer por nuestros jóvenes. Pero si los padres y el sacerdocio faltan a su deber, difícilmente podremos esperar que estos espíritus escogidos regresen al Padre y reciban las palabras: «Bien hecho, buen siervo y fiel».
Quienes vieron la representación recordarán que, cuando algunos muchachos dejaron de participar en las actividades del sacerdocio y explicaron por qué, uno de los pequeños dijo: «Mi padre no va a la reunión del sacerdocio, y yo quiero ser como mi padre». Después de una presentación de la obra seis años atrás, en una reunión de testimonios de la Sociedad de Socorro de un barrio se habló de ella. Una buena hermana dijo:
—Llevé a mi esposo a ver la representación. Cuando aquel pequeño dijo: «Mi padre no va a la reunión del sacerdocio, y yo quiero ser como mi padre», sentí que mi esposo se estremecía como si hubiera recibido una descarga eléctrica. El domingo siguiente, cuando mi hijo se preparaba para ir a la reunión del sacerdocio, su padre le dijo: «Espera un momento, hijo; voy contigo». El muchacho respondió: «¿Lo dices en serio, papá?». Le hice una seña para que no dijera nada sobre la representación, y su padre lo acompañó a la reunión.
Al viajar por la Iglesia nos han dicho que el mayor obstáculo para el éxito del programa del Sacerdocio Aarónico y del programa para las jóvenes Santos de los Últimos Días es la indiferencia de los padres. Casi parece increíble que sea así.
LOS PADRES INFLUYEN EN SUS HIJOS
En su hermoso discurso sobre el hogar, el hermano Benson nos habló del mandato que el Señor ha dado a los padres de Israel: enseñar a sus hijos la fe en el Dios viviente, el arrepentimiento, el bautismo y la imposición de manos; enseñarles a orar y a andar rectamente delante del Señor en todas las cosas. Se nos dice que, si no lo hacen, el pecado recaerá sobre la cabeza de los padres (Doctrina y Convenios 68:25). Desearía que todos los padres y madres de Israel comprendieran lo que eso significa y lo que significará cuando deban rendir cuentas de su mayordomía y del privilegio de ser padres de estos espíritus escogidos a quienes se permite venir a la tierra en nuestros días.
Hace poco, uno de los líderes del Sacerdocio Aarónico de una de nuestras estacas me entregó una copia de un artículo publicado en una revista del Club Kiwanis. Quiero leer algunos fragmentos:
Existe la opinión general de que los niños son listos. A mi juicio, no hay mayor equivocación. Son tan torpes que sorprende que alguna vez consigamos hacer de ellos ciudadanos verdaderamente útiles.
Para ilustrarlo, el artículo dice:
Conozco a un hombre —miembro del Club Kiwanis, por cierto— que tiene dos hijos pequeños. Es culto, posee una buena educación, tiene una esposa encantadora y un hogar agradable. Sus dos hijos han crecido con todas las ventajas posibles. Este hombre toma sus palos de golf y se va al campo todos los domingos por la mañana. Y, ¿pueden creerlo?, esos dos muchachos son tan torpes que no entienden por qué se los obliga a ir a la Escuela Dominical. ¡Piensan que deberían poder ir a pescar o a nadar los domingos por la mañana en vez de ir a la iglesia! Nada de lo que les dice su padre convence a esas pequeñas criaturas de que deberían pasar dos horas en la iglesia el domingo por la mañana.
Para ahorrar tiempo, relataré uno o dos ejemplos más. El siguiente trata de un padre y una madre que siempre toman un cóctel antes de comer. Tienen un hijo y una hija que cursan la escuela secundaria. Los jóvenes asistieron a una cena con baile, y el padre descubrió que ambos habían tomado un cóctel antes de cenar. ¡Aquellos dos muchachos eran tan torpes que, cuando su padre les pidió explicaciones, no entendían por qué no debían beber cócteles! «Ya les digo: los niños son torpes».
Otro hombre ocupaba una posición destacada en su comunidad. Cuando trabajaba en el jardín y se golpeaba un dedo con el martillo o chocaba contra el alambre del tendedero, soltaba toda clase de palabrotas. Sin embargo, cuando su hijo de seis años llamó «maldito gato» al animal porque había cruzado la mesa, el padre le dio unas palmadas y le lavó la boca con jabón. Aun así, nunca logró que aquel «torpe» niño entendiera que decir palabrotas estaba mal.
También había una madre a la que no le gustaba recibir visitas cuando no estaba de humor. Si alguien llamaba para anunciar que quería visitarla, ella decía de inmediato que tenía invitados en casa y no podía recibir a nadie. Si llamaban por teléfono y no quería hablar, se volvía hacia su pequeña hija y le decía: «Diles que no estoy». ¿Saben que aquella «torpe» niña mentía como Ananías (Hechos 5:1–5)? Su madre había hecho cuanto podía por quitarle esa costumbre, ¡pero la niña parecía haber nacido mentirosa!
Permítanme leer otro comentario sobre los padres:
Fue una oveja, no un cordero,
la que se extravió en la parábola que contó Jesús;
una oveja adulta se alejó
de las noventa y nueve del redil.
¿Por qué debemos buscarla
con tanto anhelo y orar por ella?
Porque cuando una oveja se desvía,
corre el peligro de extraviar a los corderos.
Los corderos siguen a las ovejas,
dondequiera que estas vayan.
Si las ovejas toman el mal camino,
pronto los corderos harán lo mismo.
Por eso rogamos con fervor por las ovejas,
pensando hoy en los corderos;
pues, cuando las ovejas se pierden,
¡qué terrible precio
han de pagar los corderos!
—C. C. Miller, The Echo
ENSEÑEN A LOS HIJOS A SANTIFICAR EL DÍA DE REPOSO
Si los padres y madres de Israel comprendieran la importancia de esto, llevarían a sus hijos e hijas a la Iglesia. Ningún padre dejaría que su hijo creciera sin honrar el día de reposo ni permitiría que trabajara en él cuando la tarea no fuera absolutamente necesaria. Brigham Young dijo a los santos, cuando llegaron por primera vez a este valle, que si trabajaban el día de reposo perderían durante la semana más de lo que ganarían con ese trabajo. No podemos eludir el mandamiento del Señor de recordar el día de reposo y santificarlo (Éxodo 20:8). Padres, si creen que pueden trabajar ese día sin necesidad, no deberían sorprenderse si sus hijos son lo bastante «torpes» como para hacer lo mismo cuando lleguen a adultos.
Por otra parte, ¡qué maravilloso sería comenzar con la firme determinación de decir, cueste lo que cueste, como el antiguo profeta:
«…yo y mi casa serviremos a Jehová» (Josué 24:15).
TRABAJEN POR EL BIENESTAR DE SUS HIJOS
Como contraste con lo que acabo de leer, quiero contarles acerca de una mujer que se convirtió a la Iglesia y vino a mi oficina hace pocas semanas. Ella y su esposo habían llegado aquí por causa del evangelio. Después sufrieron dificultades: las enfermedades y los gastos de hospital los obligaron a mudarse a un sector poco deseable. Como bien saben, a veces se presentan allí situaciones muy perjudiciales.
Esta hermana vino y me dijo:
—Obispo, hay jóvenes que se comportan mal cerca de donde vivo y, si no se hace algo, pondrán en peligro a mis hijas. He venido para ver si se puede hacer algo.
Hemos oído a los santos testificar que darían la vida por su testimonio, y eso es maravilloso. Pero me pregunto si están tan dispuestos a vivir por su testimonio como a morir por él, actuando cuando encuentran circunstancias que amenazan el honor y la integridad de sus hijos. Esta madre hizo algo. Pedimos ayuda al obispo y al presidente de estaca. Ella dijo:
—Obispo Richards, protegeré a mis hijas aunque tenga que comprar una tienda de campaña y vivir allá arriba, en las laderas, lejos de todos ustedes.
Esa es la clase de fe que ayudará a los padres a cumplir con éxito su deber de velar por los hijos que se les han confiado.
Recuerdo haber leído en The Improvement Era acerca de una buena madre Santo de los Últimos Días que vivía en Alemania. Cuando llegó el ejército invasor, ella sabía que había mujeres que habían sufrido agresiones. Llevó a sus dos hijas al ático de una casa casi destruida por las bombas. Allí, expuestas a la intemperie, permanecieron las tres durante varios días. Cuando la madre pensó que era seguro bajar, ella salió, pero dejó a sus hijas allí algunos días más para protegerlas. Que Dios bendiga a esa madre y a todas las madres del mundo que están dispuestas a hacer cuanto puedan para proteger a sus hijos de la maldad.
Todos hemos oído la historia de la hermana Mary Fielding Smith, madre del presidente Joseph F. Smith. Llegó desde Mill Creek con un cargamento de productos y lo entregó en la antigua oficina de diezmos, en la manzana al este de aquí. El buen hermano que estaba a cargo sabía que ella era viuda y que le costaba mucho sostenerse. Casi no se atrevía a dejar que descargara el carro. Le dijo:
—Lléveselo a casa. Lo necesita tanto como cualquier otra persona de la Iglesia.
La hermana Smith respondió:
—No puedo hacerlo. Mis hijos deben saber que pagamos el diezmo.
Ella sabía que debía enseñarles esa lección. ¿Recibió una recompensa? Su hijo creció y llegó a ser el profeta del Señor que presidió esta gran Iglesia.
LA FE DE UNA VIUDA
Cuando yo era obispo de un barrio y estábamos construyendo un centro de reuniones, una viuda alemana vino a verme un día y dijo:
—Obispo, no me han indicado cuánto debo aportar para el centro de reuniones.
—No, hermana —le respondí—, y tampoco voy a pedírselo. Si usted cuida de los pequeños hijos que le dejó su esposo, nosotros construiremos el edificio.
—Ah, obispo —dijo—, pero necesito poder señalar ese centro de reuniones y decir a mis hijos que nosotros hicimos nuestra parte.
Le respondí:
—Que Dios la bendiga, hermana. En ese caso, usted tendrá que decidir cuál será su contribución.
Y nos dio una aportación considerable para el edificio. Al viajar por distintos lugares de la Iglesia he conocido a sus hijos y los he encontrado activos. Quiero decirles que su sacrificio no fue en vano, pues, como dijo el antiguo predicador: «Después de muchos días lo hallarás» (Eclesiastés 11:1).
Recuerden lo que hizo Alma cuando su hijo, Alma, no andaba en los caminos del Señor y procuraba destruir la Iglesia. Alma no dejó de llevar aquella preocupación ante el Señor: oró fervientemente hasta que un ángel del cielo apareció a su hijo y a los hijos de Mosíah. Cuando el ángel les habló, hizo temblar la tierra (Mosíah 27:11–15). Todos ellos se dedicaron después al ministerio y trabajaron como misioneros entre los lamanitas. Uno por uno, los hijos de Mosíah rehusaron ser reyes del pueblo porque preferían continuar su ministerio entre los lamanitas (Mosíah 28:10).
Después de su conversión, Alma declaró:
«¡Oh, si yo fuera un ángel y se me concediera el deseo de mi corazón, para salir y hablar con la trompeta de Dios, con una voz que estremeciera la tierra, y proclamar el arrepentimiento a todo pueblo! Sí, declararía a toda alma, como con voz de trueno, el arrepentimiento y el plan de redención, para que se arrepintieran y vinieran a nuestro Dios, a fin de que no hubiera más dolor sobre toda la faz de la tierra» (Alma 29:1–2).
Una de las mayores fuentes de dolor en la tierra es que los hombres y las mujeres se aparten de los caminos del Señor, pues el proverbio dice:
«…el camino de los transgresores es duro» (Proverbios 13:15).
OREN POR SUS HIJOS
Quiero exhortarlos a orar por sus hijos, trabajar por ellos y hacer cuanto esté a su alcance para ayudarlos a salvarse. Puede que Dios no siempre envíe un ángel del cielo, como hizo en respuesta a la oración de Alma. Pero quiero decirles que en esta Iglesia hay miles y decenas de miles de hombres y mujeres que, en las manos de Dios, son como ángeles del cielo para ayudar a mostrar a los jóvenes de Sion el camino hacia la vida eterna.
Quiero contarles cómo utiliza el Señor a algunas de estas personas. Un buen hermano que fue presidente de un cuórum de sumos sacerdotes, y que desde entonces ha fallecido, me relató personalmente esta experiencia. Trabajaba para la ciudad. Una noche conducía por Main Street y vio a un muchacho uniformado a quien abordaba una mujer con malas intenciones. Me dijo:
—Algo me dijo: «Detente y ayuda a ese muchacho». Estacioné el automóvil a un lado de la calle, me acerqué, lo tomé del brazo y le dije: «Ven conmigo». La mujer respondió: «No, señor; él está conmigo». Le dije que llamaría a la policía. Ella miró hacia la esquina, vio a un agente y se marchó.
El hermano ayudó al muchacho a recuperar la sobriedad y lo alojó en un hotel. El joven le dijo que nunca antes había perdido su virtud y añadió: «No sé cómo llegué a esta situación». El hermano le dio su nombre. El muchacho escribió a su madre, que vivía en Virginia, y pocos días después este buen hermano recibió una carta de ella. Decía, más o menos:
No sé por qué detuvo su automóvil y ayudó a mi hijo, salvo que aquella noche oré a Dios por él como nunca antes lo había hecho. El Señor lo utilizó como instrumento para rescatarlo.
Si hubiera tiempo, podría contarles cómo el Señor utiliza a los obispos, a los asesores del Sacerdocio Aarónico, a quienes trabajan con las jóvenes Santos de los Últimos Días y a los maestros de las organizaciones auxiliares para ayudar a los padres. Por tanto, como decía la representación, en la encrucijada están los padres y está la gran organización del sacerdocio de esta Iglesia para mostrar a los jóvenes el camino.
Ruego que Dios ayude a ambos a emplear toda su fuerza por la salvación de nuestros hijos e hijas. En el nombre de Jesucristo. Amén.


























