El desafío para los jóvenes
Élder Thorpe B. Isaacson
Segundo Consejero del Obispado Presidente
Los jóvenes pueden permanecer cerca del Señor mediante la fe y la confianza en sus padres.
Mis queridos hermanos y hermanas —y verdaderamente los considero así—, me siento muy humilde y sobrecogido al mirar los rostros de esta gran congregación en este, el Tabernáculo del Señor. He orado sinceramente para que Él me bendiga mientras ocupo este lugar, a fin de que pueda decir palabras significativas y alentadoras, y para que el Espíritu Santo guíe cuanto diga. También confío en que el Señor los bendiga a ustedes para que mediten durante la conferencia, adoren y sientan Su santa influencia.
Hemos venido a adorar, a dar testimonio y a participar del Espíritu del Señor, para cumplir nuestros deberes con mayor fidelidad y vivir conforme a Su plan. Hoy el coro ha conmovido nuestra alma con su hermosa música, y estoy seguro de que todos le estamos agradecidos.
EL CORO DEL TABERNÁCULO
Hace un año viajé a Ciudad de México con un hombre de negocios del este de los Estados Unidos. Conversamos sobre distintos puntos de vista religiosos. Luego le pregunté a qué religión pertenecía, y me respondió humildemente que pertenecía a «la religión del Coro del Tabernáculo de Salt Lake». Esa era su religión. Estoy seguro de que el coro conmueve cada semana el corazón de las personas y ablanda su alma. Como probablemente saben, esta semana partirá hacia San Bernardino para participar allí en una representación del centenario. El próximo domingo transmitirá su programa al mundo desde esa ciudad.
Nadie puede enseñar el evangelio del Señor Jesucristo sin el Espíritu del Señor (Doctrina y Convenios 42:14). Estoy convencido de ello. Tampoco se puede aprender el evangelio del Señor Jesucristo sin Su Espíritu. Nadie puede enseñar ni aprender sin ese dulce Espíritu.
Estoy agradecido por ser miembro de la Iglesia del Señor. He aprendido a amar a las personas de una manera que antes no creía posible. Los hombres con quienes ahora me relaciono, particularmente los miembros del Obispado Presidente y los demás hermanos, se cuentan entre los mejores del mundo. Ruego humildemente a Dios que me bendiga para estar a la altura de la responsabilidad que me han confiado y de la confianza que tanto ellos como ustedes, hermanos y hermanas, han depositado en mí.
RECONOCIMIENTO A LOS LÍDERES DE LA IGLESIA
Al viajar de una conferencia de estaca a otra y conocer cada semana a nuevos presidentes de estaca, encuentro hombres igualmente buenos: hombres dedicados a la Iglesia que, si se les pidiera, lo darían todo al servicio del Señor. Llegamos ante ustedes como desconocidos y nos cuidan: se aseguran de que tengamos un lugar adecuado donde alojarnos, y sus esposas son tan amables que nos dan de comer y atienden nuestras necesidades. Nos ofrecen su bondad y cortesía. Cuando nos arrodillamos con ustedes durante sus oraciones familiares, nuestro corazón se conmueve y nos inspira la gran devoción con que desempeñan sus cargos de responsabilidad.
UNA VISITA A LA ARBOLEDA SAGRADA
El hermano Albert E. Bowen y otros han hablado del profeta José como una de las influencias más importantes en nuestra vida. Hace una semana tuve la oportunidad de caminar por la Arboleda Sagrada, el lugar donde aquel joven, José, entró y oró al Señor pidiendo ayuda. Nadie puede caminar por esa arboleda sin sentir reverencia y percibir que es un lugar sagrado. Si no me falla la memoria, es el único lugar donde Dios y Su Hijo Jesucristo aparecieron al mismo tiempo y hablaron con aquel muchacho. ¡Eso ocurrió! No se puede entrar en la arboleda sin sentir su influencia. Es diferente de cualquier otro bosque del mundo porque es un lugar santo.
La arboleda está justo detrás de la casa donde vivían los padres de José y donde él pasó su niñez. Un poco más adelante por el camino —para quienes no hayan estado allí— se encuentra otro lugar sagrado: el cerro Cumorah. Allí el ángel del Señor se apareció al joven, no una sola vez, sino durante cuatro años consecutivos, antes de entregarle las planchas de oro de las cuales procedió el Libro de Mormón. Aquel muchacho no escribió ese libro. Más adelante selló su testimonio dando su vida. ¿Cuántas pruebas más necesitamos? Sin duda, el mundo debería reconocer la verdad de estos hechos. Haríamos bien en fortalecer esa creencia en el corazón y en el alma de nuestros jóvenes. Si pudieran sentir la influencia que se percibe al estar allí, no tendrían necesidad de dudar ni de preocuparse.
Antes de salir de la arboleda, pedí a quienes me acompañaban que me permitieran quedarme un poco más. Me arrodillé junto a aquel gran árbol ante mi Padre Celestial e intenté expresarle lo que había en mi corazón como nunca antes lo había hecho. Les doy mi testimonio de que la influencia del Señor está allí y de que todo eso es verdadero. No tenía pensado hablar de ello, pero la Arboleda Sagrada y el recuerdo reciente de mi visita estaban presentes en mi mente.
LOS JÓVENES DE LA IGLESIA
Quisiera decir algo más a los jóvenes de la Iglesia. Nosotros —sus padres, sus madres y las personas mayores— los amamos profundamente. No sé si los jóvenes pueden comprender cuánto los amamos, ni si llegarán a comprenderlo antes de tener hijos propios. Pero queremos que sepan que les damos todo nuestro amor. Nos preocupamos por ustedes porque conocemos algunas de las dificultades de la vida y ciertas tendencias sociales. Sabemos que existen enseñanzas contrarias a las de la Iglesia; conocemos algunos de los artículos que leen y los peligros de las carreteras donde se circula a gran velocidad y de los automóviles potentes. Nos preocupamos porque amamos mucho a nuestros hijos.
A los jóvenes de la Iglesia les digo: manténganse cerca de sus padres. Muchachos, cuánto quisiera poder llegar a su corazón e invitarlos a contarles a sus padres todo lo que sucede en su vida. Me entristece pensar en un joven que siente que no puede contárselo todo a su padre, o en una joven que siente lo mismo respecto de su madre. Sabemos que a veces cometerán errores, pero los amaremos de todos modos. Esperamos darles la confianza necesaria para que acudan a nosotros. Si deseamos compartir sus alegrías, debemos estar dispuestos a compartir también sus tristezas, sus errores y sus problemas.
Hace poco apareció en una revista popular un artículo sobre el mormonismo. En él se afirmaba, entre otras cosas, que los jóvenes de la Iglesia se estaban alejando. No lo creo. En nombre de los jóvenes de la Iglesia, siento que puedo rechazar esa afirmación. Cuando los escucho dar su testimonio en las conferencias, veo que son inteligentes y serios, y que desean vivir cerca del Señor.
Hace algunos años oí a un gran hombre decir, mientras imponía las manos sobre la cabeza de un obispo para bendecirlo, que algunos de los espíritus más escogidos que han nacido en este mundo se encuentran entre los jóvenes de la Iglesia de hoy. Estoy seguro de que el autor de aquel artículo no comprende que tenemos actualmente a cuatro mil jóvenes, hombres y mujeres, que sirven por el mundo y pagan gustosamente sus propios gastos para proclamar el evangelio y compartir su testimonio y su fe con quienes no han tenido las mismas oportunidades. Si fuera necesario y la Iglesia pidiera voluntarios entre los jóvenes, posiblemente cientos de miles estarían dispuestos a salir como misioneros con solo veinticuatro horas de aviso.
Reconocemos que los jóvenes pueden cometer errores. La mayoría de nosotros también los hemos cometido. Recordemos asimismo que, si se mantienen cerca del Señor, Él los perdonará. Creo que, si un padre o una madre se han distanciado tanto de sus hijos que estos no acuden a contarles sus problemas, algo anda mal en la relación entre ellos.
Que los jóvenes de esta Iglesia permanezcan cerca de su Padre Celestial. Que el tiempo demuestre sin lugar a dudas que se equivocó quien escribió que se están alejando.
PERMANEZCAN CERCA DEL SEÑOR
A los jóvenes de la Iglesia les doy mi testimonio de que el Señor los ayudará en todos sus problemas, en sus errores, en sus alegrías y satisfacciones, si se lo permiten. Oremos humildemente y seamos diligentes para mantener una estrecha comunión con el Espíritu del Señor. Vivamos de tal manera que Él pueda manifestarse fácilmente a nosotros, que perciba nuestra humildad y que nosotros sintamos Su Espíritu. Entonces podremos decir con humildad: «Habla, Jehová, que tu siervo escucha» (1 Samuel 3:10).
Que esa sea nuestra feliz experiencia. Que nos amemos sinceramente unos a otros y reconozcamos que hay miles de personas con menos oportunidades que nosotros. Dediquémosles algo de nosotros mismos, de nuestros medios y de nuestra energía. Ruego humildemente, en el nombre del Señor Jesucristo, que Dios nos bendiga para permanecer cerca de Él en toda circunstancia. Amén.


























