El pecado de la ingratitud
Élder Joseph Fielding Smith
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
La gratitud por la expiación de Jesucristo se expresa al guardar Sus mandamientos.
Las palabras de mis hermanos durante las distintas sesiones de esta conferencia me han edificado. Hemos recibido enseñanza, exhortación y advertencias; se nos han señalado nuestras deficiencias, y espero que recordemos todo ello.
En los pocos minutos de que dispongo, deseo aportar mi parte mediante el testimonio, la enseñanza y el consejo, según el Señor me guíe. Desde que comenzó esta conferencia he pensado en varios temas, pero alguien se ha levantado y ha hablado sobre cada uno de ellos. Así que pensé en hablarles esta tarde, por un momento, de algo que quizá nadie más mencionaría: el pecado de la ingratitud. Lo considero el más común de todos los pecados, porque todos somos culpables de él en cierta medida: yo, ustedes y las personas de toda la tierra.
Los dos grandes mandamientos
En cierta ocasión, según leemos en las Escrituras, un intérprete de la ley se acercó al Salvador para ponerlo a prueba y le preguntó:
Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento de la ley?
Y Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas.
—Mateo 22:36–40
Si observamos ese primer mandamiento, el segundo vendrá naturalmente. De hecho, como señaló el Salvador, tampoco quebrantaremos en ningún otro aspecto la ley y los profetas.
La vida eterna
Jesucristo vino al mundo con una misión definida: ser el Salvador de los hombres y el Redentor del mundo. Nicodemo acudió al Salvador de noche porque temía a los judíos. Creía en Jesucristo y quería hacerle algunas preguntas. El Salvador le enseñó claramente sobre el bautismo de agua y del Espíritu (Juan 3:1–8). Más adelante, durante aquella conversación, dijo:
Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.
Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.
Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito Hijo de Dios.
Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas. Pero el que practica la verdad viene a la luz, para que sea manifiesto que sus obras son hechas en Dios.
—Juan 3:14–21
Después, el Salvador añadió:
El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no cree en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él.
—Juan 3:36
La expiación de Cristo
Permítanme dedicar unos minutos a recordar una verdad que todos conocemos: Jesucristo vino al mundo para morir. Esa era Su misión. Mediante Su muerte en la cruz y el derramamiento de Su sangre, trajo una redención de dos aspectos. El primero fue redimir a los seres humanos de la transgresión de Adán, devolverles la vida y vencer la muerte, sobre la cual Satanás parecía haber triunfado a causa de aquella transgresión.
De algún modo que ni ustedes ni yo podemos explicar plenamente, era necesaria una expiación infinita (Alma 34:10): un Dios debía morir por un mundo caído. Era necesario que derramara Su sangre, pues solo Su sangre podía restaurar la vida que se había perdido y devolver al ser humano la posibilidad de vivir para siempre. Por Su muerte, todos los seres vivientes recibirán la resurrección. El Señor no nos pregunta si deseamos ser redimidos de la muerte. No fuimos responsables de que esta entrara en el mundo y, por tanto, no se nos imputa esa responsabilidad. Como dijo Pablo:
El don gratuito de Dios
Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados.
—1 Corintios 15:22
Ese es el don gratuito de Dios el Eterno Padre, por medio de Su Hijo Jesucristo, para toda alma viviente: hombres, mujeres y niños, desde la caída de Adán hasta el fin de los tiempos.
Es un don maravilloso. Nos llega sin que lo pidamos. Lo reciben tanto los malvados como los justos. En el capítulo cinco de Juan, el Señor habló al pueblo de un tiempo que vendría —y que, dijo, ya había llegado— en que los muertos oirían la voz del Hijo de Dios y vivirían (Juan 5:25). Y cuando se maravillaron de Sus palabras, añadió que no se refería únicamente a quienes aceptaran Su verdad:
No os maravilléis de esto, porque vendrá la hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación.
—Juan 5:28–29
Aquí el propio Señor dice que llevaría el mensaje a los muertos y que todos oirían Su voz. Quienes estuvieran dispuestos a recibir y seguir ese mensaje de verdad tendrían vida eterna. Quienes no lo recibieran, o no fueran dignos de recibirlo, también saldrían en la resurrección, aunque para afrontar la condenación. La resurrección llegaría a todos sin excepción.
Además, el Salvador murió por todas las personas de la tierra que estuvieran dispuestas a arrepentirse de sus pecados y guardar Sus mandamientos. No nos ha redimido de nuestros pecados sino mediante el arrepentimiento, la observancia fiel de los principios del evangelio y la perseverancia hasta el fin.
Cuando se presentó ante Sus discípulos en este continente, les dijo:
[…] ninguna cosa impura puede entrar en su reino; por tanto, nada entra en su reposo, sino aquellos que han lavado sus vestidos en mi sangre, debido a su fe, al arrepentimiento de todos sus pecados y a su fidelidad hasta el fin.
—3 Nefi 27:19
Esto es claro.
Por tanto, Él redimió a toda la humanidad de la muerte. En cuanto a nuestros propios pecados, nos redime con la condición de que nos arrepintamos. No seremos redimidos de ellos si no nos arrepentimos, lo aceptamos, lavamos nuestros vestidos en Su sangre y perseveramos con fe hasta el fin. La salvación llega bajo esas condiciones.
Gratitud por las bendiciones
Detengámonos a pensar que el Hijo de Dios creó este mundo —las Escrituras dicen que todas las cosas fueron hechas por Él (Juan 1:3)—; que vino a cumplir la misión que había aceptado antes de nacer en Belén; que derramó Su sangre para darnos la posibilidad de resucitar y vivir para siempre; y que, mediante ese mismo sacrificio, nos ofreció el perdón de los pecados y la vida eterna si obedecemos el evangelio. ¿No creen que le debemos algo a cambio? Le debemos todo.
Pablo dijo: «Habéis sido comprados por precio» (1 Corintios 6:20). Ese precio fue la sangre de Jesucristo; «no sois vuestros» (1 Corintios 6:19). ¡Si tan solo comprendiéramos que, al derramar Su sangre, Él nos compró! Le pertenecemos. Tiene derecho a decirnos lo que debemos y lo que no debemos hacer, y a mandarnos guardar Sus mandamientos. Sin embargo, tenemos albedrío y actuamos por nosotros mismos.
No podemos comprender el inmenso sufrimiento que el Señor tuvo que asumir para llevar a cabo nuestra redención de la muerte y del pecado. Pasó unos pocos años en la tierra y, durante esa breve estancia, sufrió los abusos de los hombres. Lo apedrearon, escupieron, maldijeron y ridiculizaron. Lo acusaron de casi todos los delitos que pudieron imaginar y, finalmente, lo apresaron y crucificaron.
El sufrimiento del Salvador
Supongo que solemos pensar que Su mayor sufrimiento ocurrió cuando le clavaron las manos y los pies en la cruz y lo dejaron allí hasta morir. Por terrible que fuera aquel dolor, no fue el mayor sufrimiento que padeció. De alguna manera que no comprendo, pero que acepto por fe y que ustedes también deben aceptar por fe, cargó sobre Sí los pecados de todo el mundo. Ya me resulta bastante difícil llevar mis propios pecados. ¿Y a ustedes? Sin embargo, Él tuvo que cargar los pecados del mundo entero como Salvador y Redentor de un mundo caído.
Tan grande fue Su sufrimiento, incluso antes de llegar a la cruz, que se nos dice que la sangre brotó de los poros de Su cuerpo (Mosíah 3:7; Lucas 22:44). Rogó a Su Padre que, si era posible, pasara de Él aquella copa; pero, como no era posible, estuvo dispuesto a beberla (Mateo 26:39, 42).
Esto es lo que ha dicho a la Iglesia:
Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten; mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo; padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro, y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar. Sin embargo, gloria sea al Padre, y bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres.
—Doctrina y Convenios 19:16–19
Cuando dijo que, si no nos arrepentimos, tendremos que padecer como Él, no se refería a ser clavados en una cruz. Se refería al tormento de la mente y del espíritu que sufrió antes de llegar a ella. Si las personas no se arrepienten, tendrán que padecer como Él padeció.
Hermanos y hermanas, en pocas palabras, el Hijo de Dios hizo todo esto por nosotros. Y lo hizo, como les he leído, porque Su Padre se lo mandó y porque el Padre amó tanto al mundo que quiso salvarlo de sus pecados (Juan 3:16).
La transgresión demuestra ingratitud
Él nos ha pedido que guardemos Sus mandamientos. Dice que no son gravosos (1 Juan 5:3), y, sin embargo, son muchas las personas que no están dispuestas a guardarlos. Hablo ahora de los habitantes de la tierra en general. No estamos dispuestos a hacerlo. Eso, sin duda, es ingratitud: somos ingratos.
Todo miembro de esta Iglesia que quebranta el día de reposo, que no es honrado al pagar el diezmo, que no guarda la Palabra de Sabiduría o que viola deliberadamente cualquier otro mandamiento que el Señor nos ha dado demuestra ingratitud hacia el Hijo de Dios. Y quien es ingrato con el Hijo también lo es con el Padre que lo envió.
Si nuestro Salvador hizo tanto por nosotros, ¿cómo es posible que no estemos dispuestos a guardar Sus mandamientos? No son gravosos y, si los cumplimos, no nos causan sufrimiento. Sin embargo, algunas personas quebrantan la Palabra de Sabiduría, desatienden sus deberes como oficiales y miembros de la Iglesia y dejan de asistir a reuniones que el Señor les ha pedido apoyar. Siguen sus propios deseos cuando estos entran en conflicto con Sus mandamientos.
Si comprendiéramos nuestra situación y amáramos al Señor nuestro Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente —o, como Él lo expresó en la revelación dada en nuestros días—:
Por tanto, les doy un mandamiento, diciendo así: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu poder, mente y fuerza; y en el nombre de Jesucristo lo servirás. Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
—Doctrina y Convenios 59:5–6
entonces guardaríamos Sus mandamientos. Cuando no lo hacemos, hermanos y hermanas, demostramos ingratitud hacia Jesucristo.
En el nombre de Jesucristo. Amén.


























