Principios de verdad
Élder Marion G. Romney
Ayudante del Cuórum de los Doce Apóstoles
Conocer la verdad requiere aceptarla y vivir conforme a ella.
Mis amados hermanos y hermanas, comparezco ante ustedes con profundo aprecio y gratitud por la oportunidad de relacionarme con ustedes y compartir con ustedes la vida de la Iglesia. Me presento con humildad y ruego que el Espíritu Santo me guíe mientras hablo, pues creo firmemente en la declaración de Nefi de que, cuando un hombre habla por el poder del Espíritu Santo, ese poder lleva sus palabras al corazón de los hijos de los hombres (2 Nefi 33:1). En todo mi ministerio en la Iglesia deseo hablar y actuar bajo la influencia de ese Espíritu. Sin Él, creo que somos menos que nada en este servicio.
PAZ EN MEDIO DE LA AGITACIÓN
Estoy muy agradecido por la paz y la tranquilidad que reinan en esta reunión. Me parece que estamos sentados en el centro mismo de un huracán, por así decirlo. Recordarán la noticia de que, cuando un huracán pasó por Nueva Orleans, causó grandes estragos durante un tiempo; luego, de repente, sobrevino la calma. Cesaron el viento y la lluvia, y la cálida luz del sol atravesó las nubes que se despejaban. Por unos momentos, la ciudad se encontró en el «ojo» del huracán.
Hoy hay conflictos e incertidumbre por todas partes en el mundo. Aquí, sin embargo, disfrutamos de paz. Esta mañana, mientras hablaba el presidente Smith, pensé en lo maravilloso que es gozar de paz en medio de la agitación que sufre el mundo. Una razón de esta gran paz es la actitud con la que venimos a la conferencia. No hemos venido a negociar ni a maniobrar para obtener posiciones, ni a idear, basándonos solo en nuestra propia sabiduría, medidas dictadas por la conveniencia del momento. Hemos venido a escuchar los principios eternos de verdad expuestos por hombres a quienes Dios ha facultado para enseñarlos.
PRINCIPIOS DE VERDAD QUE NOS GUÍAN
Agradezco saber que el evangelio de Jesucristo contiene principios de verdad eterna. Ellos guían mi vida, como sé que guían la de ustedes. Estoy muy agradecido de que el Señor haya considerado oportuno darnos esos principios. Recuerdo también que el Señor dio a esta gran nación ciertos principios que, si se siguieran, nos ahorrarían mucha de la confusión presente en nuestras deliberaciones nacionales e internacionales. Esos grandes principios se expresan en dos documentos breves: la Declaración de Independencia y la Constitución de los Estados Unidos.
En la Constitución, el Señor estableció principios sabios para gobernar esta gran nación. En una revelación dada al profeta José Smith, declaró que hizo surgir la Constitución de los Estados Unidos por medio de hombres a quienes levantó para ese preciso fin (Doctrina y Convenios 101:80). Bajo ella se estableció una gran forma de gobierno representativo, una república. Si todos los que ejercen autoridad en los gobiernos siguieran los principios establecidos en la Constitución de los Estados Unidos, habría paz en la tierra. Esto se debe a que, por inspiración del cielo, aquella Constitución dispuso la mejor forma de gobierno político jamás concebida para el hombre.
EL GOBIERNO DE LA IGLESIA
El Señor también ha establecido una forma de gobierno en la Iglesia. Quisiera explicarles brevemente cómo la entiendo. El Señor dice que es un «reino». Creo que en una de las revelaciones nos pide orar para que el reino de Dios se extienda sobre la tierra, a fin de que sus habitantes lo reciban y estén preparados para recibir al reino de los cielos cuando venga con el Maestro a la cabeza (Doctrina y Convenios 65:5). En su funcionamiento, el gobierno de la Iglesia es muy distinto del gobierno de los Estados Unidos.
En la Iglesia existe un principio democrático llamado ley del común acuerdo, revelado antes de que la Iglesia fuera organizada. Tengo aquí un pasaje del primer tomo de Documentary History of the Church, escrito por el profeta José Smith. Él relata que, en 1829, en la casa del padre Whitmer, situada, como recordarán, en el condado de Seneca:
…la palabra del Señor vino a nosotros en la habitación, mandándonos que yo ordenara a Oliver Cowdery élder en la Iglesia de Jesucristo, y que él, a su vez, me ordenara al mismo oficio (Doctrina y Convenios 20:2–3); y que después ordenáramos a otros, según se nos diera a conocer de cuando en cuando. Sin embargo, se nos mandó posponer nuestras ordenaciones hasta que fuera posible reunir a nuestros hermanos que ya habían sido bautizados y a los que habrían de bautizarse. Entonces debíamos obtener su aprobación para ordenarnos mutuamente y permitirles decidir por votación si estaban dispuestos a aceptarnos como maestros espirituales (Documentary History of the Church, tomo I, págs. 60–61).
EL PRINCIPIO DEL COMÚN ACUERDO
La Iglesia llevaba poco tiempo organizada cuando el Señor dio esta instrucción en una revelación:
«Ninguna persona ha de ser ordenada a oficio alguno en esta iglesia, donde exista una rama de ella debidamente organizada, sin el voto de esa iglesia» (Doctrina y Convenios 20:65).
En los miembros de la Iglesia reside un gran poder. Ningún hombre puede presidir una unidad organizada de la Iglesia sin el consentimiento de aquellos a quienes presidirá. Dios ha conferido ese poder a los miembros de esta Iglesia. A veces pienso que, cuando levantamos la mano para sostener a las Autoridades Generales, no somos plenamente conscientes de ese gran principio. Considero que ninguno de nosotros debería levantar la mano para sostener a un hombre o a una mujer en un cargo de la Iglesia si sabe que esa persona no es digna del cargo para el que se la ha propuesto.
Los miembros de la Iglesia, sin embargo, no tienen el poder de proponer candidatos para los cargos. Esa es una diferencia distintiva entre el funcionamiento del gobierno civil y el de la Iglesia. La autoridad y el poder de proponer a hombres y mujeres para desempeñar cargos en la Iglesia corresponden a la autoridad que preside. El poder de aprobarlos corresponde a los miembros de la Iglesia.
Dios, nuestro Padre Eterno, designó al profeta José Smith para que fuera Su profeta, y José respondía ante Dios, nuestro Padre Eterno, y ante el Señor Jesucristo, no ante los hombres. Aun así, los miembros de la Iglesia podrían haber rechazado al profeta José Smith como Presidente de la Iglesia. Si lo hubieran hecho, él no habría podido presidirlos. Desde luego, al rechazarlo habrían caído en la apostasía, porque él nunca perdió la aprobación del Señor.
Según entiendo, cuando se ha de nombrar a un miembro del Cuórum de los Doce, el poder de proponerlo corresponde al Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. El pueblo tiene el derecho de sostenerlo. Así sucede en toda la Iglesia. Cuando se organiza una estaca, la Presidencia de la Iglesia envía a miembros de las Autoridades Generales para seleccionar y proponer al hombre que será presentado para el voto de sostenimiento. El pueblo puede recibirlo o rechazarlo mediante su voto. Esto aparta la política de nuestra Iglesia. Nunca se oye a un posible presidente de estaca prometer a la gente que, si lo sostienen, nombrará a determinado hombre obispo de un barrio, a otro obispo de otro barrio, a cierta mujer presidenta de la Sociedad de Socorro, a otra presidenta de la Mutual, y así sucesivamente.
LIDERAZGO INSPIRADO
El Señor ha establecido un procedimiento seguro al confiar el poder de proponer nombres a los oficiales que presiden, porque detrás del gobierno de la Iglesia en la tierra está el Señor Jesucristo mismo. Creo que, cuando la Presidencia de esta Iglesia propone a alguien para un cargo, no se trata de una elección basada en preferencias personales. Esa confianza tengo en la Presidencia y ese es mi testimonio de la divinidad de esta Iglesia. Creo que el Señor Jesucristo les revela, por medio del Espíritu Santo, a quiénes deben llamar. Creo también que ese mismo Espíritu inspirará y dirigirá a los presidentes de estaca, a los obispos y a los dirigentes de las demás organizaciones de la Iglesia, si viven de manera digna de recibir tal inspiración, para que propongan a las personas bajo la guía del Espíritu Santo.
Además de la inspiración del Señor, a la que cada persona tiene derecho de acuerdo con su llamamiento, contamos con principios eternos de verdad, revelados y escritos en Doctrina y Convenios y en otras obras de la Iglesia, para guiarnos por el mundo. Creo que debemos recordar que poseemos esos principios. Vivimos en una época en la que se ha extendido la doctrina del oportunismo y en la que hombres y mujeres suelen actuar según lo que les resulta conveniente. Al hacerlo, se adentran cada vez más en la confusión. En la Iglesia, en cambio, mientras sigamos los principios del evangelio y el procedimiento establecido para su organización, avanzaremos hacia la paz, la prosperidad y la felicidad.
Creo que debemos estudiar esos principios eternos. Sé que el Señor dijo que debíamos estudiar todas las cosas (Doctrina y Convenios 90:15). Debemos instruirnos en los asuntos del mundo: estudiar las naciones, la historia, las ciencias y otras materias (Doctrina y Convenios 93:53). Sin embargo, los principios eternos de verdad por los cuales debemos regir nuestra vida no se aprenden mediante el estudio de enseñanzas humanas que carecen de la inspiración del Espíritu Santo. Recuerden lo que el Señor dijo a los misioneros cuando los envió: no los enviaba para que fueran enseñados, sino para que enseñaran a los hijos de los hombres las cosas que Él había puesto en sus manos por el poder de Su Espíritu (Doctrina y Convenios 43:15). Debían aprender esas cosas de lo alto.
CADA PERSONA RESPONDE POR SUS ACTOS
A veces pienso que nos apartamos de esos principios eternos de verdad. El otro día asistí a una conferencia en la que un hombre sostuvo, durante una reunión del sacerdocio, que la gravedad del adulterio debía medirse por sus efectos sobre el grupo entero y que la persona que lo cometía no debía cargar con la responsabilidad de su propio acto. Tiempo antes, oí sostener que quien vive la Palabra de Sabiduría no debería esperar una bendición individual según la promesa del Señor de que «todos los santos que se acuerden de guardar y hacer estas cosas… recibirán salud en el ombligo» (Doctrina y Convenios 89:18), y así sucesivamente. Según aquella explicación, la probabilidad de que una persona recibiera esas bendiciones aumentaría simplemente por pertenecer a un grupo cuyas normas fueran más elevadas.
Yo creo, en cambio, que cada persona será juzgada según sus propias obras; que quien comete adulterio deberá responder personalmente por su acto y recibirá lo que corresponda a su conducta. También creo en la promesa que el Señor hizo en el primer versículo de la sección 93 de Doctrina y Convenios: «Toda alma que deseche sus pecados y venga a mí [Dios], invoque mi nombre, obedezca mi voz y guarde mis mandamientos, verá mi faz y sabrá que yo soy» (Doctrina y Convenios 93:1).
Cuando leo las lecciones que se enseñarán en las clases de las organizaciones de esta Iglesia, quisiera tener la seguridad de que fueron escritas con conocimiento y comprensión de los principios eternos del evangelio, sin quedar condicionadas por las enseñanzas y filosofías de los hombres. Creo que no podemos explicar las enseñanzas de Jesús registradas en el Nuevo Testamento sin la luz de lo que el Redentor mismo ha dicho sobre ellas en las revelaciones modernas. Necesitamos mantenernos cerca de esos principios eternos y aprender cuáles son. Si dedicáramos al estudio del evangelio de Jesucristo, tal como está escrito en las revelaciones, tan solo una parte del tiempo que empleamos en leer escritos humanos carentes de inspiración, no seríamos engañados como a veces lo somos.
Que Dios nos bendiga para comprender quiénes somos y reconocer que en el evangelio tenemos principios eternos de verdad. Ruego humildemente que nos dé el valor y la fortaleza para vivir de acuerdo con ellos. En el nombre de Jesucristo. Amén.


























