Maestros de los hombres
Élder Matthew Cowley
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
Enseñar el evangelio mediante la fe, el ejemplo y la influencia espiritual.
Hermanos y hermanas, creo de todo corazón en el evangelio de Jesucristo como el poder de Dios para salvación (Romanos 1:16), tanto espiritual como temporal. Los testimonios que he escuchado en esta conferencia han reafirmado en mi corazón que este evangelio es verdadero.
LA IGLESIA LLEVA A LA SALVACIÓN
Sé que, si hubiéramos vivido en los días del Maestro y lo hubiéramos observado en Su obra, lo habríamos visto establecer en Su organización apóstoles, profetas, maestros y evangelistas (Efesios 4:11), así como sumos sacerdotes, setentas, élderes, presbíteros, maestros y diáconos. Sé que, si hubiéramos oído a Sus discípulos dar su mensaje, todos habrían dicho que la organización establecida por el Hijo de Dios era el medio por el cual los hijos de Dios recibirían la salvación.
Si hubiéramos vivido un poco más, si nuestra vida se hubiera prolongado dos o tres siglos, habríamos observado que esa organización establecida por el Maestro prácticamente había desaparecido en la forma en que Él la había instituido. Sin embargo, de haber estudiado las palabras de las Escrituras, habríamos sabido que llegaría un día y una dispensación en que serían restauradas todas las cosas de las que hablaron los profetas (Hechos 3:21), y en que la plenitud del evangelio sería llevada a los hijos de Dios en la tierra por alguien que vendría por en medio del cielo.
Ahora que vivimos en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, tenemos la bendición y el privilegio de ver una organización con apóstoles, profetas, maestros, evangelistas y cuórumes del sacerdocio: la misma clase de organización que estableció Cristo nuestro Señor en todas sus partes. También tenemos la bendición de saber que lleva Su nombre: La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (Doctrina y Convenios 115:4).
GRATITUD POR LA FE DE LOS MAESTROS
Me han conmovido los testimonios que se han dado aquí. Hermanos y hermanas, doy gracias a Dios por el testimonio de hombres como el hermano Oscar Kirkham y el hermano Levi Edgar Young. Ellos fueron mis maestros cuando me esforzaba por estudiar en la escuela secundaria y en la universidad. Agradezco a Dios que influyeran en mi vida más por su testimonio del evangelio que por las lecciones académicas que debían enseñarme.
Al mirar los rostros de los destacados educadores sentados frente a mí, a quienes hoy se les ha confiado la enseñanza de miles de nuestros jóvenes, me alegra saber que reconocen que ningún campo de la ciencia ha descubierto, ni descubrirá jamás, algo que pueda reemplazar a la religión como medio para salvar a la familia humana.
Es lamentable que en nuestras instituciones educativas haya algunas personas que procuren destruir la fe sencilla que nuestros hijos han adquirido junto a sus padres y en las organizaciones auxiliares de la Iglesia. Ustedes y yo sabemos que hoy no existe bajo el cielo ningún poder, aparte de esa sencilla fe en Dios nuestro Padre y en la capacidad del evangelio de Jesucristo para transformar a los hijos de Dios, que pueda llevar paz al corazón humano y a las naciones de la tierra.
Ustedes, los hombres que dirigen estas grandes instituciones —algunas de las cuales no permiten enseñar religión, aunque sí permiten enseñar toda clase de ideas que destruyen la fe en Dios—, tienen una gran responsabilidad. Les corresponde influir en la vida de sus numerosos alumnos también fuera del aula, tal como los hombres que he mencionado influyeron en la mía.
LAS BENDICIONES DE LA OBRA DEL TEMPLO
Como dijo el presidente Smith, he regresado recientemente de visitar las islas del mar. Me hace bien estar entre aquellas magníficas personas, gente sencilla con una fe sencilla en Dios. Mientras estoy aquí, recuerdo que más allá de este edificio se alza un templo de Dios. Recuerdo también que, en aquellas islas, muchas de ellas a miles de kilómetros de estos grandes templos, cientos y miles de personas se esfuerzan por venir a ellos y recibir sus bendiciones.
Ustedes conocen una de las promesas más hermosas y compasivas que hizo el Maestro mientras colgaba de la cruz. Se la hizo a un pecador cuando le dijo: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23:43).
Hoy sabemos dónde se encuentra el cumplimiento de esa promesa. Hermanos y hermanas, nuestra gente de las islas del mar y de las misiones de Europa también lo sabe. «Hoy estarás conmigo en el paraíso». ¡Cuánto anhelan venir a participar de las bendiciones de esa promesa! ¡Cuánto desean llegar al Templo de Hawái, entrar allí como quien entra en el paraíso, volver el corazón hacia sus antepasados y decirles: «Hoy estarás conmigo; hoy te acercaré al conocimiento y a la comprensión del poder del evangelio de Jesucristo»!
Recuerdo vívidamente al último grupo de maoríes que viajó de Nueva Zelanda al Templo de Hawái, en 1938. Todavía puedo verlos reunidos. Creo que el presidente Smith estaba allí entonces. Cuando se congregaron en Auckland, listos para embarcar, llevaban sus boletos de ida y vuelta, pero no tenían dinero en los bolsillos. Traían cajas de comida y mantas para poder alimentarse y mantenerse abrigados al llegar al templo. Habían dedicado todo lo que poseían a recibir aquella gran bendición, y partieron con gozo en el corazón. Viajaron en la sección más económica del barco, pero eran felices. Regresaron con el testimonio de que Cristo hablaba en serio cuando dijo al ladrón: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (Lucas 23:43).
LA SALVACIÓN DE LOS MUERTOS
Hermanos y hermanas, ¿dónde se encuentra esa promesa fuera de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días? Al viajar por las islas del mar, he sabido que el cristianismo lleva entre sus habitantes poco más de cien años. ¿Dónde está la salvación para los antepasados de esas personas, hijos de Israel, nefitas, que vivieron en aquellas islas del vasto océano antes de esa época? ¿Dónde, fuera de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, está la salvación para los polinesios del Pacífico que vivieron en esas islas antes de 1840?
Alguien dijo que un puente no sirve de nada si no llega a ambas orillas. Nosotros tenemos ese puente, hermanos y hermanas: se extiende de una orilla a la otra. Ustedes, que trabajan en los templos de Dios, lo cruzan día tras día. Saben que no hay otra organización en la tierra con un puente que llegue a ambas orillas, que permita volver más allá de 1840, de 1740 o de cualquier otra fecha, y ayudar a cruzar a aquellas grandes y nobles almas que son nuestros antepasados, los hijos de Dios.
Que Dios nos conceda el deseo de volver el corazón hacia los años pasados y ayudar a salir a nuestros antepasados del lugar en que ahora se encuentran. Que Dios nos permita ir al campo del alfarero, recoger aquellos fragmentos de barro y unirlos para formar vidas hermosas, a fin de que se unan a nosotros en el gran plan de salvación y exaltación en el reino de Dios. Nosotros no podemos ser salvos sin nuestros muertos, ni ellos pueden ser salvos sin nosotros (Doctrina y Convenios 128:15, 18).
«No os maravilléis de esto, porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron lo bueno saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación» (Juan 5:28–29).
«Yo soy el camino, y la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí» (Juan 14:6).
LA RECOPILACIÓN DE GENEALOGÍAS
La voluntad de Dios es que todos Sus hijos, de todas las épocas y dispensaciones, vengan al Padre por medio de Su Hijo. Crucemos, pues, el puente y llevemos el evangelio del Hijo a nuestros antepasados. Estudiemos nuestra genealogía y reunamos sus nombres. No descuidemos esta obra grande e importante.
Sé que es importante porque, cuando veo a nuestra gente de las islas del mar anotar nombres, reunir datos genealógicos y esforzarse por hacerlos llegar al templo —y por llegar ellos mismos—, sé que en su corazón reconocen que son hijos de Dios y que sus antepasados también lo fueron. Ningún habitante de las islas polinesias querría salvarse sin sus grandes y nobles antepasados.
Hermanos y hermanas, que Dios nos conceda dedicar parte de nuestra atención a la obra por quienes siguen viviendo al otro lado del puente. Crucémoslo para llegar hasta ellos.
TESTIMONIO ACERCA DE LOS HERMANOS
Al estar aquí sé que Dios vive y que no ha olvidado a Sus hijos en la tierra. Ojalá ustedes pudieran sentir en su vida la influencia cercana que yo he sentido durante los breves dos años en que he participado en los consejos de estos hombres grandes y buenos. Que nadie diga jamás que un hombre llega a los consejos de esta Iglesia porque necesita o desea una remuneración económica, o porque busca riquezas. Si alguien se opone al plan y al programa de bienestar de la Iglesia porque piensa que los hermanos sentados en este púlpito no viven sus principios y no renuncian a muchos bienes, lujos y riquezas del mundo al aceptar su llamamiento, con gusto hablaría con él sobre ello.
«Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres» (Mateo 4:19).
Que Dios nos bendiga a todos con el espíritu del evangelio de Jesucristo. Que Dios los bendiga a ustedes, los educadores, y a quienes están aquí al frente de organizaciones políticas y ocupan altos cargos públicos, para que siempre reconozcan que no hay salvación fuera del plan de la verdadera religión y que nada en la ciencia política, en las ciencias físicas ni en ninguna otra ciencia reemplazará al sencillo evangelio de Jesucristo como poder de Dios para la salvación de Sus hijos (Romanos 1:16).
Ruego que Dios nos bendiga a todos. En el nombre de Jesucristo. Amén.


























