Los logros que resultan de seguir los consejos
Élder Joseph L. Wirthlin
Primer Consejero del Obispado Presidente
Seguir el consejo de los profetas trae bendiciones espirituales y temporales.
Al estar ante esta magnífica congregación de Santos de los Últimos Días, siento profundamente la gran responsabilidad que descansa sobre mí. Por ello, les pido que me acompañen con su fe y sus oraciones.
El antiguo autor de Proverbios declaró:
Donde no hay consejo, el pueblo cae; mas en la multitud de consejeros hay seguridad.
—Proverbios 11:14
También dijo:
Da al sabio, y será más sabio; enseña al justo, y aumentará su saber.
—Proverbios 9:9
Hace muchos siglos vivió en la tierra una generación tan inicua y depravada que el Dios de Israel apartó de ella Su rostro con pesar. Sin embargo, como manifestación de Su gran amor por esas personas, les envió a un gran consejero y profeta llamado Noé. Noé se situó en la encrucijada y amonestó, suplicó y aconsejó al pueblo que tomara el camino de la rectitud y la virtud. Pero ellos ejercieron su albedrío y escogieron el camino de la maldad y el desenfreno. Un gran diluvio cubrió la tierra, ellos desaparecieron de su faz y el Dios de Israel contempló una tierra purificada.
Un guía en la encrucijada
En todas las dispensaciones, el Dios de Israel ha puesto en la encrucijada a un gran consejero, un profeta, para enseñar al pueblo la voluntad de su Padre Eterno, a fin de que pudiera regresar a Él y morar con Él por las eternidades venideras.
De tal manera amó Dios al mundo que envió a Su Hijo Unigénito (Juan 3:16), y Él también se situó en la encrucijada. Amonestó y suplicó a las personas, procurando enseñarles el evangelio de salvación, y dio Su vida por la redención de la humanidad. Después de Su muerte y resurrección, la organización de la Iglesia continuó con apóstoles y profetas que aconsejaban al pueblo y procuraban enseñarle el evangelio de Jesucristo. Pero nuevamente las personas escogieron otro camino. Al cabo de algunos siglos decidieron seguir doctrinas y enseñanzas humanas; la apostasía cubrió la tierra como un manto y la oscuridad permaneció durante muchos siglos.
Se levanta un profeta
Una vez más, tal como el Señor había prometido por medio de Sus profetas, llegaría la restauración de todas las cosas (Hechos 3:21). Se levantó un profeta: un joven que deseaba saber cuál de todas las enseñanzas de los hombres provenía de Dios. En respuesta a su oración, el Padre y el Hijo se le aparecieron. Le dijeron que aquellas doctrinas eran humanas y que sus seguidores se acercaban a Dios con los labios, pero tenían el corazón lejos de Él (José Smith—Historia 1:17–19).
Así, Dios dio al pueblo otro gran consejero: el profeta José Smith. Por medio de él se restauró el evangelio del Señor Jesucristo en su plenitud y sencillez. También se restauró a la tierra el sacerdocio, el poder conferido a los hombres para actuar como representantes de Dios. La Iglesia quedó establecida sobre la tierra con profetas, apóstoles y todos los oficiales que había tenido en tiempos antiguos.
Los logros de seguir el consejo
Hombres malvados apresaron al profeta de los últimos días y lo asesinaron a sangre fría. Los que lo habían aceptado como profeta de Dios se encontraron nuevamente ante una encrucijada. Pero se levantó otro gran consejero: Brigham Young. Sobre él descansó la enorme responsabilidad de encontrar un nuevo hogar para los Santos de los Últimos Días y un lugar donde el reino pudiera echar raíces tan profundas que nunca más fuera arrancado. Siguiendo a su líder designado por Dios, el pueblo emprendió la larga travesía por las llanuras y los imponentes pasos de estas montañas. Aquí, en los valles, construyeron iglesias, hogares, escuelas, otros edificios y un templo para su Dios.
Muchas veces me he preguntado qué los hizo prosperar y les permitió lograr tanto. Al considerar algunos de los factores que contribuyeron a sus logros, he llegado a la conclusión de que estaban dispuestos y deseosos de seguir el consejo. Aceptaron sin reservas a Brigham Young como siervo y portavoz de Dios, por medio del cual el Señor daba a conocer Su voluntad a Sus hijos. Siguieron ese consejo tan fielmente que apenas tomaban en cuenta sus propias necesidades materiales. Lo que les importaba era cumplir plenamente el consejo que Dios les revelaba por medio de Su siervo escogido.
Brigham Young les hizo la siguiente declaración, que estoy seguro provino de Dios y expresa la misma idea que el pasaje de Proverbios:
Los Santos de los Últimos Días que escuchen las palabras del Señor que se les den en cuanto a sus asuntos políticos, sociales y económicos tendrán —lo digo con franqueza— una sabiduría muy superior a la de los hijos de las tinieblas o los hijos del mundo. Lo sé por las revelaciones del Señor Jesucristo y por los resultados de mis propias acciones. Quienes han prestado atención a los consejos recibidos sobre asuntos temporales han mejorado invariablemente su situación tanto temporal como espiritualmente.
—Discourses of Brigham Young, págs. 219–220, edición de 1943
En cierto sentido, pues, el consejo comprende dos ámbitos: el de los asuntos materiales y el de los espirituales. El profeta de Dios recibió revelación de lo alto para aconsejar a su pueblo en ambos. Esto era necesario porque llegaron aquí en la pobreza. No tenían dinero. Solo contaban con su fe en Dios y con sus manos y su mente para trabajar. Sin embargo, Dios les reveló el consejo necesario para prosperar temporalmente. Los frutos de ese esfuerzo se ven hoy en las granjas, las industrias y los diversos negocios que existen.
La fe de un pionero
Los pioneros no pensaban demasiado en el beneficio personal. Así lo ilustra el diario que leí hace algún tiempo, escrito por uno de los hermanos Gardner. Él aceptó el evangelio en Canadá y, después de hacerlo, deseaba fervientemente ir a Nauvoo para estrechar la mano del Profeta y visitar a los santos. Pero llegó demasiado tarde: el Profeta había sido asesinado. Aun así, el hermano Gardner se reunió con las Autoridades Generales y con los santos. En su diario escribió: «Sé que estos hombres son apóstoles del Señor Jesucristo, y sé que las personas que los siguen son verdaderamente santos».
Regresó a Canadá, vendió sus propiedades y emprendió con su familia el largo viaje de vuelta a Nauvoo, justo a tiempo para ser expulsado de allí en pleno invierno. Pasó esa estación en las llanuras de Iowa. Finalmente llegó al valle del Lago Salado, donde, después de diez años de lucha y de estar casi al borde del hambre, escribió en su diario: «Cuán agradecido estoy al Señor, pues ahora mi familia está cobijada bajo un mismo techo. Tenemos ropa y tenemos alimento».
En medio de aquella prosperidad, un mensajero enviado por el Presidente de la Iglesia le pidió que acudiera de inmediato a su despacho. Al entrar, se cruzó con uno de los consejeros del presidente Young, quien le dijo: «Hermano, no me culpe por lo que va a suceder».
Un momento después se encontró ante el presidente Young, quien le dijo: «Hermano Gardner, lo llamamos a una misión para ayudar a colonizar Dixie».
Aquel buen hombre contó: «Me rasqué la cabeza. Escupí en el suelo y, para mis adentros, pensé que ya había tenido suficiente. Pero enseguida me vino otro pensamiento: el siervo de Dios me llamaba a cumplir un deber». Entonces respondió al Presidente: «Iré con mucho gusto».
Vendió su molino, su granja y la mayor parte de su ganado. Con unas pocas pertenencias y su familia en una carreta, emprendió en pleno invierno el largo viaje hacia lo que hoy es St. George. Según su diario, desde entonces no conoció mucha prosperidad. Estaba cumpliendo una misión para ayudar a edificar otra parte del reino. Un detalle interesante es que parte de la madera del gran órgano del Tabernáculo procedía de árboles que este hermano cortó en Pine Valley.
Sufrió privaciones y muchas dificultades físicas. Sin embargo, en su diario no encontré una sola palabra de queja, sino gratitud a Dios por haber encontrado el evangelio del Señor Jesucristo. Tenía el testimonio de que el gran consejero que presidía esta Iglesia era un siervo del Dios Todopoderoso.
Alimentos desperdiciados que ahora hacen falta
Al seguir fielmente el consejo, los pioneros alcanzaron grandes logros. Me pregunto si, al salir de esta gran conferencia, ustedes y yo seguiremos los consejos que los siervos de Dios nos han dado por el Espíritu del Señor sobre lo que debemos hacer, tanto espiritual como temporalmente.
Pienso en los años de 1932 a 1936, cuando se promovía la idea de destruir alimentos y reducir la producción agrícola. En medio de tales recomendaciones, un profeta de Dios se situó en la encrucijada y aconsejó al pueblo seguir produciendo cada vez más y guardar cuanto pudiera. ¡Cuánto desearía que los faraones modernos hubieran escuchado a un José moderno! Si este país hubiera aprovechado plenamente su gran capacidad para producir alimentos, habría suficientes reservas para alimentar a un mundo hambriento. Tal vez se pregunten cómo es posible conservar alimentos durante diez o doce años. Los métodos modernos de refrigeración, envasado y otros permiten conservarlos por años. Por nuestra experiencia al almacenar el trigo de la Sociedad de Socorro, sabemos que, bajo ciertas condiciones, este puede mantenerse en buen estado durante mucho tiempo.
Por tanto, si se hubiera seguido el consejo de los siervos de Dios en nuestros días, no habría habido dificultad en proporcionar alimentos y otros artículos indispensables para ayudar a una Europa hambrienta y a una China que sufre. Para nosotros, aceptar y seguir el consejo de los escogidos y ungidos de Dios debería equivaler a escuchar Su palabra hoy, tal como lo fue en los días de los pioneros.
La obediencia al consejo recibe su recompensa
Me contaron una historia interesante sobre un hombre humilde que vive en Arizona. Es la siguiente: el doctor John A. Widtsoe, del Cuórum de los Doce, había visitado la Estaca Snowflake. Entre los consejos que dio a los hermanos estaba este: «¿Por qué no perforan pozos para poder cultivar más de estas tierras áridas?».
El presidente Flake, de la presidencia de la estaca, meditó en aquel consejo y concluyó que había hablado un siervo de Dios y que sería prudente seguirlo. Fue a un pueblo cercano para contratar a un perforador de pozos. Este le dijo: «Sí, le perforaré un pozo. Supongo que quiere una tubería del tamaño habitual, de seis u ocho pulgadas».
El presidente Flake respondió: «No, quiero una tubería de doce pulgadas». El perforador replicó: «Hombre, eso es una locura. En esta región no hay agua suficiente para llenar una tubería de doce pulgadas. Además, no aceptaría su dinero para perforar un pozo de ese tamaño, porque sería malgastarlo». Y se negó a hacer el trabajo.
Sin desanimarse, el presidente Flake acudió a otro perforador de una localidad vecina y le explicó lo que quería. El hombre dijo: «Bueno, me parece una locura, pero si quiere gastar el dinero, perforaré el pozo y pondré una tubería de doce pulgadas».
Escogieron un lugar en un terreno árido cercano a Snowflake, Arizona, y comenzaron a perforar. Después de varios días, pasó por allí un funcionario del gobierno y le dijo: «Señor Flake, creo que es insensato buscar agua aquí. Estoy casi seguro de que no encontrará ninguna. A mi juicio, si hubiera ido un poco más allá, quizá habría encontrado algo de agua».
Pero el presidente Flake no se desanimó. Con plena confianza en el consejo de uno de los siervos de Dios, continuó la perforación. A unos sesenta metros de profundidad encontraron un caudal suficiente para llenar la tubería de doce pulgadas hasta unos dieciocho metros por debajo de la superficie. Prepararon y cultivaron la tierra, y sembraron. Instalaron una bomba en el pozo que suministraba unos 3.400 litros de agua por minuto. Este año, las cosechas de una tierra que era árida hace dos años pagarán el costo de la perforación y del equipo de bombeo.
El presidente Flake indicó además que el caudal ha sido suficiente no solo para la cosecha de este año, sino para regar un total de unas setenta hectáreas.
El presidente Flake siguió el consejo de uno de los apóstoles de Cristo y recibió una bendición por su obediencia. Esto nos lleva a concluir que debemos escuchar siempre la voz de los profetas, a fin de que se nos abran las ventanas de los cielos, tanto espiritual como temporalmente.
La obligación que conlleva el sacerdocio
Hasta aquí hemos hablado del consejo sobre asuntos temporales. ¿Qué sucede con el consejo espiritual? Hemos recibido mucho durante esta gran conferencia. Piensen en las exhortaciones acerca del hogar, la oración familiar y la asistencia a la reunión más importante de toda la semana: la reunión sacramental. Piensen también en sus responsabilidades como poseedores del sacerdocio y siervos de Dios. Todo hombre que posee el sacerdocio tiene una responsabilidad muy grande. El sacerdocio no le beneficia si no lo emplea en el servicio de Dios. No se le confiere como un título honorífico, sino para que sirva a Dios y lo ayude a cumplir Sus propósitos.
Además, el sacerdocio de Dios, ese manto de autoridad que descansa sobre sus hombros y los míos, no es algo que podamos quitarnos el domingo por la noche, dejar de lado durante la semana y volver a ponernos el domingo siguiente. El sacerdocio los acompaña adondequiera que vayan, ya sea a la oficina o al campo. Recuerden que les exige llevar una vida acorde con él: una vida de pureza y servicio, de atención al consejo y de obediencia a los mandamientos de Dios.
Una luz para el mundo
Hemos recibido consejos sobre la virtud, la Palabra de Sabiduría, la obra del templo y la obra misional. Quiero decirles que, si prestamos atención a todos ellos, seremos un pueblo bendecido, pues Brigham Young también declaró:
Si escuchamos el consejo, seremos el mejor pueblo del mundo; seremos como una luz brillante puesta sobre un monte, que no puede esconderse, o como una vela sobre un candelero.
—Mateo 5:14–15; Discourses of Brigham Young, pág. 219
Hermanos y hermanas, nunca olvidemos esta exhortación:
[…] el obedecer es mejor que los sacrificios, y el prestar atención que la grosura de los carneros.
—1 Samuel 15:22
Sí:
Da al sabio, y será más sabio; enseña al justo, y aumentará su saber.
—Proverbios 9:9
Ruego humildemente que tomemos en serio los consejos de esta gran conferencia y los pongamos de manifiesto en nuestra vida, para que seamos una luz para el mundo. Pues el Señor dijo al profeta José:
[…] levántate y brilla, para que tu luz sea un estandarte a las naciones.
—Doctrina y Convenios 115:5
Ese es nuestro destino, y podemos alcanzarlo si seguimos las exhortaciones y los consejos de estos siervos del Señor Jesucristo. Les doy testimonio de que poseen la misma autoridad y el mismo derecho de guiar a las personas del mundo por el camino de la rectitud que tuvieron Noé, Isaías o cualquiera de los antiguos apóstoles. Les doy testimonio de que el mismo Dios que se relacionó con el pueblo en los días de Noé es su Dios y mi Dios; de que Jesús de Nazaret fue el Redentor del mundo; y de que José Smith, el humilde hombre asesinado a sangre fría por su testimonio en la cárcel de Carthage, fue un siervo de Dios. En el nombre de Jesucristo. Amén.


























