Una nación estadounidense fuerte
Élder Mark E. Petersen
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
La rectitud y la integridad de las personas fortalecen a una nación.
En medio de la persistente crisis internacional, crece la convicción de que Estados Unidos debe hacer cuanto esté a su alcance para preservarse. Nuestros principales estadistas han declarado públicamente que solo podremos sobrevivir como pueblo libre si nos mantenemos fuertes. Por lo general, cuando se habla de conservar la fortaleza del país, se piensa únicamente en su poderío militar. Pero la fortaleza de Estados Unidos no puede medirse solo por sus armamentos, ni por la capacidad industrial que los produce. La fortaleza de nuestra nación debe medirse, principalmente, por la integridad de su pueblo.
Un país con armamento poderoso pero con una ciudadanía inestable no podría estar seguro de contar con protección. La imponente Línea Maginot no defendió a una Francia que había caído en la debilidad moral. En circunstancias semejantes, a Estados Unidos no le iría mejor. Ni siquiera la bomba atómica salvará a esta nación si se permite que la decadencia moral siga su curso.
La libertad que proviene de la rectitud
Hablamos a menudo de nuestras libertades. No hay libertad comparable a la que proviene de vivir rectamente. La consecuencia del pecado es la esclavitud y la muerte. Quien es víctima de su propia mala conducta es, en realidad, mucho más esclavo que los súbditos atemorizados del déspota más autoritario.
Si Estados Unidos desea seguir siendo poderoso, debe poseer la fortaleza que dan la sobriedad, la castidad y la virtud, la honradez y la integridad, así como el poder de una espiritualidad verdadera. Además de sus libertades políticas —y podría decirse que como condición para conservarlas—, debe disfrutar de otras libertades tan esenciales para su bienestar como cualquiera de las enumeradas en la Declaración de Derechos. Su pueblo debe esforzarse por alcanzar:
- La libertad frente a las prácticas impuras y las influencias perjudiciales.
- La libertad frente a la inmoralidad.
- La libertad frente a la embriaguez.
- La libertad frente a los males del divorcio.
- La libertad frente a la deshonestidad en todas sus relaciones, incluidas las laborales y comerciales.
- La libertad frente a la delincuencia, tanto juvenil como adulta, y los delitos que la acompañan.
- La libertad frente al egoísmo.
- La libertad frente a las divisiones internas, las actividades subversivas, la agitación y el odio entre clases sociales.
- La libertad frente a la ociosidad y a las doctrinas que persuaden a las personas de que el gobierno tiene la obligación de mantenerlas, o de que pueden recibir cada vez más haciendo cada vez menos.
- La libertad frente a la ignorancia que tantas veces conduce a prácticas lamentables.
Factores que debilitan a Estados Unidos
¿Cuánto hemos avanzado en la preservación de estas libertades? ¿Hasta qué punto hemos puesto en peligro factores tan esenciales para una nación fuerte?
Por una parte, como pueblo nos aquejan la violencia y la deshonestidad, que están minando nuestras fuerzas. Según la Oficina Federal de Investigaciones, durante 1946 se cometió entre nosotros un delito grave cada cinco minutos: uno por cada setenta y ocho habitantes.
Ese mismo año, los estadounidenses gastaron en bebidas alcohólicas el doble de lo que gastaron en educación, y este año gastarán una cantidad comparable. ¿Contribuye eso a la fortaleza nacional?
También en 1946 hubo veintisiete divorcios por cada cien matrimonios en Estados Unidos. La ruptura de tantos hogares en todos los estados de la nación solo puede debilitarla. Si hemos de confiar en lo que informan los tribunales que atienden asuntos familiares, la infidelidad contribuyó a una cantidad inquietante de esos casos. Toda tendencia a restar importancia a los votos matrimoniales destruye la estabilidad moral de la nación. Las faltas que surgen de la infidelidad conyugal dejan hogares y corazones destrozados y, en algunos casos, vidas marcadas por la vergüenza y el descrédito. Además, favorecen la delincuencia entre los hijos, quienes se convierten así en víctimas de los pecados de sus propios padres. Los influye el ejemplo de adultos que subestiman el gran valor y la fuerza de la virtud.
Entre los Santos de los Últimos Días, a quienes tengo el honor de representar hoy, enseñamos este precepto dado por medio del profeta José Smith:
Amarás a tu esposa con todo tu corazón, y te allegarás a ella y a ninguna otra.
—Doctrina y Convenios 42:22
¡Qué bendición sería para toda la humanidad si cada hombre actuara conforme al espíritu de este mandato!
La influencia de la vida familiar
La fortaleza de una nación se mide, en gran parte, por la vida familiar de sus ciudadanos. ¿Qué hace fuerte a un hogar? El carácter. Y un buen carácter comprende integridad, honradez, moralidad, un sentido de justicia, confianza en la propia capacidad y una fe constante en Dios. Cuando hablamos de los grandes hombres de la historia, solemos referirnos a sus hogares: una familia reunida junto al fuego, una madre piadosa, momentos de devoción, la lectura de las Sagradas Escrituras y la oración familiar. En ese ambiente, nuestros grandes hombres adquirieron confianza en su capacidad, espíritu emprendedor y disposición para trabajar. La honradez y la integridad los guiaban, y tenían el debido respeto por las enseñanzas del Todopoderoso. ¿Contribuye hoy cada familia estadounidense de esa manera a la grandeza nacional? ¿Fortalecemos a nuestro país con hogares como esos, o nos conformamos con condiciones que terminan por quebrantar los cimientos de una democracia fuerte?
La regla de oro
El egoísmo de ciertos grupos ha provocado divisiones internas, agitación y odio entre clases sociales, y ha generado una desunión sumamente peligrosa. Esto tiene consecuencias que van más allá de lo político y lo económico. Plantea una cuestión moral seria: una cuestión de lo que está bien y lo que está mal. Tiene que ver con el carácter fundamental de cada persona involucrada, con su honradez y con su deseo de actuar justamente. ¿Estamos dispuestos en Estados Unidos a tratar a los demás como quisiéramos que nos trataran? ¿Significa algo para nosotros la regla de oro (Mateo 7:12) cuando la aplicamos al trabajo o a nuestra relación con otras personas en grupos y organizaciones? La regla de oro genera fortaleza; quebrantarla produce conflictos y debilidad.
Trabajar para obtener nuestro sustento es un principio divino. Cuando el Señor puso sobre la tierra a Adán, el primer hombre, le mandó trabajar para vivir y ganar el pan con el sudor de su frente (Génesis 3:19). En el monte Sinaí, el Señor mandó a los hombres trabajar (Éxodo 20:9). Las filosofías que restan valor al principio de trabajar para mantenerse debilitan la estabilidad de la nación. También afectan moralmente a la persona: le quitan el respeto por sí misma y socavan su carácter.
La religión, fuente de las virtudes
La libertad política significa poco y, de hecho, no puede perdurar sin la fortaleza que dan la moralidad y la integridad. George Washington dijo que la moralidad es un sostén necesario del gobierno del pueblo. Pero, como también nos recuerda Washington, la moralidad de una nación no puede prevalecer si se excluyen los principios de la religión.
Para ser fuerte, Estados Unidos debe poseer esas virtudes fundamentales. Y, para adquirirlas y conservarlas, debe acudir a su fuente: la religión.
En esta hora de peligro, ¿podemos permitirnos pasar por alto a nuestro mayor Benefactor, quien es verdaderamente el Autor de la libertad y de la fe religiosa? ¿Podemos olvidar que la libertad es uno de los frutos de la religión y que, si abandonamos la fe, también debemos esperar perder sus frutos? Recordemos, además, que la fe en Dios está inseparablemente unida al arrepentimiento sincero del pecado. Si como pueblo deseamos disfrutar de los frutos de la fe —entre ellos, la continuidad de nuestra libertad—, debemos vivir conforme a los principios de la religión revelada.
Si nuestra fortaleza política depende tanto de nuestro poder moral, y este, a su vez, descansa en nuestra devoción religiosa, ¿tendremos suficiente fe para abandonar las prácticas que destruyen el buen carácter y tienden a debilitarnos como nación?
Para recibir bendiciones de Dios, debemos ser sinceros en nuestra devoción y constantes en nuestra fidelidad. Debemos escoger a quién seguiremos, recordando que no podemos servir a dos señores a la vez y ser leales a ambos (Mateo 6:24). Ante el Señor no hay lugar para la hipocresía.
La necesidad que tiene Estados Unidos de Dios
En esta hora de peligro, como pueblo debemos volvernos a Dios con devoción y sincero propósito, aprender sus caminos y andar por sus sendas (Isaías 2:3; Doctrina y Convenios 19:23). Entonces sabremos que obedecer la religión revelada puede fortalecernos.
Una persona verdaderamente religiosa no desperdiciará sus fuerzas en el pecado.
Guiada por el Espíritu Santo en una vida recta, conocerá la fortaleza de mantenerse limpia.
Conocerá la fortaleza de ser honrada.
Conocerá la fortaleza de pensar y actuar con sobriedad.
Descubrirá la gran fortaleza que se obtiene mediante la oración honesta y sincera. Crecerá en poder al observar el día de reposo. Hallará fortaleza al reverenciar el nombre del Señor.
Conocerá el poder de la fe: esa fe capaz de mover montañas, ablandar el corazón de las personas y traer paz y entendimiento mutuo.
Conocerá la fortaleza de ser bondadosa al aprender a amar a su prójimo como a sí misma.
Conocerá la fortaleza que se obtiene del trabajo y aprenderá la verdad divina de que «el ocioso no comerá el pan del trabajador» (Doctrina y Convenios 42:42).
Fortalecerá su carácter al ofrecer un valor justo en cada transacción: una jornada honrada de trabajo a cambio de una paga honrada en su ocupación diaria, así como el peso correcto y la calidad verdadera en el comercio. Tratará a los demás como desearía que ellos la trataran.
La fortalecerá la certeza de que Dios es real, de que vive y de que protege y hace prosperar a quienes lo adoran sinceramente.
Estados Unidos necesita fortaleza y la continuidad de su libertad, y puede obtenerlas si sirve al Señor. Si como nación vivimos de ese modo, cada estadounidense podrá sentirse seguro a pesar del caos mundial y decir con confianza, en palabras de David:
Jehová es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?
—Salmos 27:1


























