Conferencia General — octubre de 1947

Los lamanitas

Élder Spencer W. Kimball
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
Las promesas de Dios a los lamanitas y su lugar en el pueblo del convenio.


Pido humildemente que me acompañen con su fe y sus oraciones esta mañana, mientras estoy ante ustedes en esta ocasión tan especial y agradable. Es verdaderamente inspirador ver a los hermanos del sacerdocio sentados frente a nosotros, junto con otros miembros de la Iglesia, en este edificio grande e histórico.

VISITAS A GRUPOS INDÍGENAS

Desde la última conferencia he tenido el privilegio de visitar a muchas tribus indígenas y de pasar algún tiempo en México entre otros lamanitas. En México encontré a muchos indígenas de ascendencia indígena plena que viven el evangelio de Jesucristo. Están organizados en ramas. Visité a un grupo azteca al sur del volcán Popocatépetl. Los vi bailar en el Baile de Oro y Verde, aunque generalmente andan descalzos. Los vi participar en toda clase de actividades de la Mutual: cantar himnos del templo, bailar, representar obras y hacer muchas de las cosas que hacemos aquí. Llegué a desear que todos los indígenas o lamanitas, dondequiera que se encuentren, pudieran tener las mismas oportunidades y recibir las bendiciones de la Iglesia.

RESPONSABILIDAD DE PREDICAR EL EVANGELIO A LOS LAMANITAS

Reconozco que tenemos la responsabilidad de llevar el evangelio, junto con todo el progreso y la cultura que lo acompañan, a los indígenas. Ningún otro pueblo del mundo tiene el programa que nosotros podemos ofrecerles; por tanto, nos corresponde hacerlo. Al reconocer esta gran responsabilidad, recordamos el pasaje que dice:

«…ablandaré el corazón de los gentiles, para que sean como un padre para ellos» (2 Nefi 10:18).

Una de las primeras revelaciones dadas a la Iglesia en esta última dispensación llegó por medio del profeta José Smith a Oliver Cowdery. En ella el Señor dijo:

«…he aquí, te digo que irás a los lamanitas y les predicarás mi evangelio; y si reciben tus enseñanzas, harás que mi iglesia se establezca entre ellos» (Doctrina y Convenios 28:8).

Ahora tenemos una estaca en Hawái, cuya membresía está integrada en gran parte por descendientes de Lehi. Tenemos numerosas ramas de la Iglesia en los países hispanoamericanos y en las islas del mar. También tenemos una rama indígena en Carolina del Sur y barrios indígenas en las estacas de Malad y Maricopa. Pero aún no hemos cumplido nuestra responsabilidad, pues en las Américas hay unos sesenta millones de personas que llevan en sus venas parte de la sangre de Israel y que deben escuchar el evangelio.

EL DESTINO DE LA IGLESIA

El presidente Wilford Woodruff citó al profeta José Smith al referirse a este importante asunto. Permítanme repetir sus palabras. El Profeta se dirigía a un grupo de poseedores del sacerdocio y dijo:

Hermanos… saben tan poco acerca de los destinos de esta Iglesia y de este reino como un bebé en el regazo de su madre. No lo comprenden…

Esta noche solo ven aquí a un puñado de poseedores del sacerdocio, pero esta Iglesia llenará Norteamérica y Sudamérica; llenará el mundo.

Llenará las Montañas Rocosas. Decenas de miles de Santos de los Últimos Días se congregarán en las Montañas Rocosas y allí abrirán la puerta para que se establezca el evangelio entre los lamanitas, quienes recibirán el evangelio, sus investiduras y las bendiciones de Dios (Discourses of Wilford Woodruff, págs. 38–39).

Luego, en Segundo Nefi, leemos:

«Y se les declarará el evangelio de Jesucristo; por tanto, les será restaurado el conocimiento de sus padres, y también el conocimiento de Jesucristo que hubo entre sus padres» (2 Nefi 30:5).

Estoy seguro de que la obra del reino de Dios en esta dispensación no podrá culminar sin esta parte importante de la restauración de todas las cosas.

En Tercer Nefi, el Señor inspiró a Su profeta para decir:

«Y entonces empezará la obra del Padre en ese día, sí, cuando este evangelio sea predicado entre el resto de este pueblo. De cierto os digo que en ese día comenzará la obra del Padre entre todos los dispersos de mi pueblo; sí, aun entre las tribus que han sido perdidas» (3 Nefi 21:26).

HISTORIA DE LAS CONVERSIONES DE INDÍGENAS

Se ha dicho que el evangelio sería predicado y que habría naciones que «nacerían en un día» (Isaías 66:8). Hubo una época, entre 1875 y 1876, en que muchos indígenas se unieron a la Iglesia. El jefe Poko-Tel-Lo, de la región del río Snake, se bautizó junto con todo su grupo. Salieron de Salt Lake City para regresar a sus hogares decididos a abstenerse de toda mala práctica. El anciano jefe dijo que otros indígenas estaban interesados y que muchos se bautizarían. Llegaron cincuenta personas del norte. El jefe Alma descendió con veintidós integrantes de su pueblo desde la región del río Salmon, y se bautizaron en la Iglesia. El jefe predijo que cientos y miles de indígenas llegarían a unirse a ella.

En junio de aquel año, Orson Pratt bautizó a cincuenta y dos personas y bendijo a nueve niños indígenas en Mount Pleasant. En julio se bautizaron ochenta y cinco integrantes del grupo de Kanosh. Al año siguiente, en Kanab, se bautizaron cuarenta y un hombres y treinta y nueve mujeres indígenas. Parece que también hubo muchos bautismos en la región de Malad. Cito The Deseret News del 22 de julio de 1875:

…Ayer nos reunimos con el hermano G. W. Hill, que está a cargo de una colonia de varios cientos de indígenas, principalmente de las tribus shoshone, bannock y paiute. Son indígenas que se han presentado y han pedido ser bautizados. El asentamiento se encuentra en el valle de Malad, Territorio de Idaho… Declaran que ya no desean andar de un lugar a otro, sino llevar una vida laboriosa y en paz con todos sus semejantes; abstenerse del robo y de toda clase de malas prácticas; y cumplir las condiciones de su bautismo, entre ellas dejar de cometer cualquier clase de mal. El élder Hill ha bautizado a unas trescientas personas desde la primavera pasada.

También se informó que esas personas ya habían demostrado su buena fe: bendecían los alimentos, oraban en familia y asistían regularmente a las reuniones del día de reposo.

MISIONES QUE TRABAJAN ENTRE LOS LAMANITAS

En 1943, la Iglesia organizó la Misión Navajo-Zuni para atender a los indígenas de aquella región. Este año se ha ampliado para incluir a todos los indígenas de Arizona y Nuevo México, así como de una pequeña franja del sur de Utah y Colorado. Ahora es una misión de tiempo completo. Estamos comprando una casa de misión en Gallup, Nuevo México, que servirá de sede. Se está llamando a élderes jóvenes y a misioneras para servir allí, como en las demás misiones de la Iglesia.

Este año se ha abierto la Misión Uruguaya. Hoy, contando esa misión y las de Brasil y Argentina, tenemos en Sudamérica a 169 misioneros trabajando entre los lamanitas. Esto cumple, por supuesto, las aspiraciones de los hermanos y, especialmente, la promesa y oración del élder Melvin J. Ballard. El 25 de diciembre de 1925, a orillas del Río de la Plata, en Buenos Aires, bajo unos sauces llorones, él bendijo Sudamérica. Entre otras cosas, dijo:

…Giro la llave, desatranco y abro la puerta para la predicación del evangelio en todas estas naciones sudamericanas; reprendo a todo poder que se oponga a la predicación del evangelio en estas tierras y le mando que se detenga. Bendecimos y dedicamos estas naciones y esta tierra para la predicación del evangelio (The Improvement Era, abril de 1926, págs. 575–576).

En los últimos tres meses también se han abierto dos campos nuevos. Se ha enviado a misioneros mexicanos de la Misión Mexicana a Guatemala y Costa Rica. La obra avanza allí, al parecer, con la aprobación y una respuesta cordial de las principales autoridades de esos países.

Tenemos la Misión Mexicana, la Misión Hispanoamericana y la Misión Navajo-Zuni en los Estados Unidos y México, además de toda la labor que se realiza en las islas del mar. La obra también avanza en las estacas. Hay indígenas en muchas estacas del oeste, y los presidentes de estaca atienden la labor proselitista entre ellos dentro de sus respectivos límites, especialmente en las estacas de Blackfoot, Roosevelt, Sevier, Parowan y otras.

Nos alegra la renovación de la obra en las misiones de la Iglesia, sobre todo aquí en Norteamérica. En Canadá se está haciendo una excelente labor en la reserva de las Seis Naciones, cerca de Brantford, Ontario. En la zona central de Canadá hay dos grandes reservas, Carry the Kettle y Piapot, que el presidente Ivins visitó recientemente. Entre 175 y 200 indígenas asistieron a sus reuniones. Según tengo entendido, fueron las reuniones más concurridas de toda su visita misional por el oeste de Canadá.

En Nebraska, indígenas ponca y sioux muestran interés; en Wyoming, los shoshones y los arapahos. Estamos trabajando en las reservas de Rogue River, Tule River y Rancho Rio, en el norte de California, y en la reserva menominee de la Misión de los Estados del Norte. También estamos entre los iroqueses y los catteraugas de Nueva York. Recordarán que, cuando Oliver Cowdery comenzó su servicio misional entre los lamanitas en 1830, aquellos fueron los primeros indígenas visitados en esta dispensación. Hoy, jóvenes élderes viajan en motocicleta a zonas apartadas para visitar a los indígenas, quienes los reciben con mucha cordialidad. Los cheroquis de la Misión de los Estados Centroorientales están interesados. Su jefe, Armichain, ha mostrado una gran disposición a ayudar.

Quisiera citar un párrafo de una carta escrita por alguien que ha demostrado mucho interés y ha prestado gran ayuda:

…Conduje con uno de mis amigos indígenas, Charles Crow, hasta Asheville, donde conocimos a las misioneras y a los élderes… Le causaron una gran impresión… Dimos una bendición a uno de los élderes que estaba enfermo, y Charles Crow presenció la ordenanza… Más tarde me dijo que aquello se enseñaba en la Biblia y que nosotros éramos las primeras personas que él conocía que lo practicaban. Cuando oré aquella noche, me arrodillé a su lado… Antes de que terminara, puso una mano sobre mi hombro y dijo: «Élder Stokes, ore para que algún día yo también pueda tener un testimonio así y una oración en mi corazón».

Hace poco tuve el privilegio de ver en la Estaca Malad a muchos de nuestros miembros indígenas. Una de las hermanas dio un hermoso testimonio en la conferencia y uno de los ancianos ofreció la oración final. Era uno de los trescientos que el hermano Hill había bautizado en 1875. Era sordo, pero ofreció una oración muy hermosa.

CRECE EL INTERÉS POR LOS LAMANITAS

Creo que el interés se está extendiendo y aumentando, y que nos encontramos en los albores de una gran época para el pueblo lamanita. Cuando visité la Misión Mexicana en mayo, descubrí que quince de sus setenta y un misioneros eran lamanitas. También observé que los jóvenes misioneros estadounidenses competían por tener como compañeros a esos misioneros mexicanos e indígenas, porque eran muy eficientes.

Se han realizado cientos de bautismos. Entre los más recientes se cuentan veinte en la Estaca Roosevelt durante las últimas semanas y cuatro en Sand Hills, Arizona. Mientras yo estaba en Ciudad de México, cuarenta y una personas se bautizaron en un solo día, y presencié sus bautismos. Además, cientos y cientos de personas han vuelto a participar en la Iglesia en México gracias a los esfuerzos del presidente George Albert Smith, el presidente Arwell L. Pierce y otras personas que contribuyeron a ese gran logro.

Hemos tenido escuelas en México, Hawái, Tonga y Nueva Zelanda. Esperamos, por tanto, una nueva época en la educación, en la que nuestros lamanitas puedan recibir muchas de las oportunidades de las que disfrutan nuestros propios hijos.

Hace un año establecimos en Blanding, Utah, una pequeña escuela, en cierto modo como experimento. Ha tenido mucho éxito. Con un gasto total de solo 1500 dólares, construimos y equipamos allí una escuela de dos aulas bajo la dirección del hermano Albert R. Lyman, quien ha realizado una obra magnífica. Se han recibido muchas donaciones de materiales, alimentos y ropa. Durante el primer año se dio a veintisiete niños indígenas un almuerzo caliente, se les proporcionó ropa y se les enseñaron tanto las materias básicas como el evangelio. La experiencia ha tenido mucho éxito, y nos entusiasman las posibilidades del segundo año, que ahora comienza.

Visité la escuela el año pasado mientras estaba en funcionamiento. Vi llegar a tres mujeres indígenas. Una de ellas tenía cinco hijos: cuatro asistían a la escuela y llevaba al quinto en una cuna sobre la espalda. Permaneció todo el día junto a una máquina de coser, en un rincón del aula más grande. Con frecuencia la veíamos acercarse a uno de los pequeños pupitres, arrodillarse a su lado y ayudar a sus hijos a aprender, haciéndoles comprender la importancia de aprovechar aquella oportunidad extraordinaria que muchos miles de niños y niñas deberían tener, pero no tienen.

El informe misional de 1946 indica que, entre los lamanitas, hubo seis veces más conversos por misionero que en el conjunto de las otras misiones del mundo, y veinte veces más conversos por misionero en las misiones lamanitas que en algunas misiones de Canadá y los Estados Unidos.

HISTORIA DE LA FAMILIA POLACCA

Hace unos días recibí una carta de un indígena tewa de Sand Hills, Arizona. Se llama Vinton Polacca. Es hijo de Tom Polacca, bautizado muchos años atrás por Jacob Hamblin o alguno de sus contemporáneos. Después, al parecer, pasaron varias décadas sin que hubiera misioneros en la región que pudieran prestarles ayuda y aliento. Pero Tom Polacca siguió adelante: enseñó a sus hijos los relatos del Libro de Mormón y les prometió que, aunque tardara, la Iglesia volvería a ellos.

Vinton y su esposa, Fanny, fueron bautizados hace algunos años en Snowflake, Arizona. Hablaron en el centro de reuniones. Fueron recibidos en los hogares de las personas blancas y agasajados como hermanos y hermanas. La historia de la conversión de este hombre es muy interesante.

Un día caminaba por su pequeña comunidad, cerca de la tienda situada por Second Mesa, en aquella región escasamente poblada del norte de Arizona. Oyó a un misionero que hablaba con algunos indígenas junto a su automóvil. Se detuvo a escucharlo. Lo que decía le recordó lo que su padre le había enseñado muchos años antes. Cuando el misionero subió al automóvil para alejarse un poco y almorzar, Vinton, que había salido a buscar su caballo y llevaba las riendas en el brazo, se subió al costado del automóvil. Recorrieron una corta distancia y encontraron un lugar donde sentarse. El caballo quedó sin recoger y el almuerzo sin comer, pues Vinton quedó profundamente absorto en lo que aprendía del evangelio de Jesucristo. Algún tiempo después, él y su esposa se bautizaron.

Permítanme citar algunos párrafos de su carta, que creo que les interesarán. El hermano Vinton tiene unos cuarenta años y una hermosa familia indígena. Recientemente bautizamos a algunos de sus integrantes. Celebramos con ellos una reunión de testimonios en su pequeña casa, allá lejos, entre las colinas de arena. Creo que era la primera reunión de testimonios a la que asistían y la primera vez que participaban de la Santa Cena. Él era presbítero y lo ayudé a administrar la Santa Cena. Su carta dice, en parte:

…Ahora estamos en la escuela de Kearns Canyon. He vuelto a trabajar en la panadería. Me gusta mucho estar con tantos niños pequeños… y siempre me pregunto cuánto bien haría a nuestra tribu que todas esas almas jóvenes conocieran el evangelio verdadero. Sí, siempre hablamos de su agradable visita a Sand Hills. No hay mucho que ver allí, pero creo que un gran espíritu guio a mi padre hasta un manantial y un buen hogar, donde tuvo más libertad para orar a su Dios verdadero. Si cierro los ojos, puedo verlo arrodillado en lo alto de aquellas colinas de arena, orando a nuestro gran Padre Celestial… Quisiera contarles a todos la conversión de mi padre y cómo encontró el evangelio verdadero…

Una vez, en invierno, mi padre me contó una historia en el campamento de las ovejas. Estábamos sentados junto al fuego mientras él cosía mis cubiertas de piel de oveja para los zapatos. Me dijo: «Mi querido hijo, eres mi hijo menor. Voy a contarte algo de mi vida y de otras personas. Debes recordarlo y tratar de vivir conforme a ello. Pero recuerda, hijo, que esto no es solo para ti. Como te he dicho antes, hay otras personas que no pueden ver ni oír. Si vives rectamente y oras, quizá puedas guiarlas y hablarles de ello. Dales de beber cuando te lo pidan.

»Sí, hijo, he viajado muchas veces por el territorio, muy lejos, hasta otras tribus, para intercambiar nuestros bienes. Muchas veces he ido solo por lugares desiertos donde no hay caminos y no sabía dónde encontrar un manantial ni alimento cuando los necesitaba. Hijo mío, escucha con atención. Nuestro gran Padre Espiritual que está en los cielos me guía. Oro cuando tengo sed, oro cuando estoy perdido y oro cuando necesito comida. Si uno cree en Él, recibe respuesta. Todavía no comprendes, hijo, lo que te digo. Pero debes recordarlo y orar por ello, y lo encontrarás. La persona indicada vendrá a ti y la reconocerás, hijo mío.

»Habrá muchas personas blancas. Al verlas, todas te parecerán iguales porque son blancas. Pero, hijo mío, sus corazones no son iguales; por eso debes tener mucho cuidado de encontrar a la persona indicada. Yo he encontrado el evangelio verdadero, así que debes tratar de encontrar el mismo, hijo mío: el de los mormones. Ellos tienen el registro verdadero de nuestro pueblo. Tardan en llegar, pero vendrán. Los verás y oirás cuando lleguen. Los reconocerás por el nombre de “mormones”. Así que, hijo mío, espera a los mormones. Ellos tienen el evangelio verdadero de nuestro gran Padre Espiritual que está en los cielos. Ora para que encuentres a las personas indicadas».

Cuando estaba en su lecho de muerte, yo me encontraba sentado junto a él. Extendió las manos y dijo: «Hijo mío, me voy. Recuerda lo que te he dicho. Espera a los mormones. Mira, hijo, allí viene el hombre que me llevará a casa. Mira, hay una cruz sobre mí. Sé un buen muchacho, hijo. Sé valiente y sé fiel a nuestro Dios verdadero y viviente. Adiós». Y falleció.

También me dijo que conoció a los misioneros por primera vez cerca de Tuba City. Más adelante fue con su hermano a Salt Lake City para comprar un caballo y, según me contó, fue entonces cuando se bautizó. No me dijo dónde ocurrió. El único nombre que recuerdo es Jacob.

Luego Vinton cuenta brevemente su propia historia:

Cuando tenía unos ocho años empecé a cuidar ovejas y, desde entonces, he aprendido mucho acerca de la obra de Dios. Era un niño solitario. Mis hermanos y hermanas eran mayores. Cuando mi padre murió, en 1911, quedé solo con mi madre. Ella también me animaba a recordar las últimas palabras de mi padre. Me decía que viviera rectamente y que orara por la mañana y por la noche, y así lo hice. Pero a veces me preguntaba si yo tenía algún valor para Dios. Entonces, con humildad, miraba hacia el este, donde sale el sol, y pensaba en el día en que encontraría el evangelio verdadero.

En 1913 aprendí a leer y escribir. Fui a una iglesia bautista. Conseguí la Santa Biblia y la estudié mucho, pero seguía sin encontrar en ella toda la historia que mi padre me había contado. Yo seguía pensando en los mormones. En 1915 fui a estudiar a Santa Fe y allí conocí a los católicos. Quería ir a su iglesia, así que fui, pero descubrí que no era la que mi padre me había descrito. Aquella noche de domingo pregunté a nuestro Dios qué debía hacer. Pensé que estaba perdido. El domingo siguiente me dijeron que fuera a la iglesia, pero me quedé solo entre toda la multitud. No sabía adónde ir, y dejé de asistir a la iglesia durante aproximadamente un mes. Los muchachos de la escuela solían llamarme «diablo» porque yo no quería ir a la iglesia…

Esperé unos veinte años antes de encontrar el evangelio verdadero… Bien, hermano, trataré de contarle… toda la vida de mi padre… y también mi propio camino difícil en busca del evangelio verdadero, que por fin he encontrado. Ahora me siento muy feliz…

Desearía estar allí con ustedes durante la conferencia general. Todos enviamos nuestro cariño a nuestros hermanos y hermanas. Permanecemos fieles al evangelio.

La familia Polacca
Vinton L. Polacca

LOS LAMANITAS LLEGARÁN A SER «BLANCOS Y DELEITABLES»

Hermanos y hermanas, para concluir, permítanme decir que tenemos una gran deuda con estas personas. Solo podemos saldarla llevándoles el evangelio y muchas de las ventajas y oportunidades de las que nosotros disfrutamos. Son personas afectuosas y dedicadas. Creen sin escepticismo. Tienen una fe sencilla, como la de un niño, que no admite justificaciones superficiales.

Los lamanitas deben elevarse en majestad y poder. Debemos esperar con anhelo el día en que lleguen a ser «blancos y deleitables» (2 Nefi 5:21; 2 Nefi 30:6), compartiendo las libertades y bendiciones de las que disfrutamos; cuando tengan seguridad económica, cultura, refinamiento y educación; cuando dirijan granjas, negocios e industrias, y ejerzan profesiones y se dediquen a la enseñanza; cuando se organicen en barrios y estacas de Sion y proporcionen buena parte de sus propios líderes; cuando construyan templos, los ocupen y los llenen, y sirvan en ellos como ahora sirven los miembros locales en el Templo de Hawái, donde el año pasado vi que dirigían todos los servicios de manera perfecta. Y en el día en que surja su profeta, se levantará uno

«…poderoso entre ellos… como instrumento en las manos de Dios, con gran fe, para efectuar poderosos prodigios» (2 Nefi 3:24).

Hermanos y hermanas, el florecimiento de los lamanitas está en nuestras manos. Ruego que no les fallemos. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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