Conferencia General — octubre de 1947

Los hombres existen para que tengan gozo

Élder Thomas E. McKay
Ayudante del Cuórum de los Doce Apóstoles
Vivir el evangelio y servir a los demás produce verdadero gozo.


La música inspiradora de nuestro gran coro y del órgano, tanto en la transmisión de esta mañana como en esta sesión; el oportuno y magistral discurso del presidente McKay; y las interesantes palabras del obispo Wirthlin, sin duda nos han elevado y nos han acercado a nuestro Padre Celestial y a quienes están al otro lado del velo.

Hermanos y hermanas, deseo sinceramente —y ruego poder hacerlo— decir algo útil, algo que nos ayude y traiga más felicidad y gozo a nuestra vida diaria. Uno de mis temas favoritos, que ya han mencionado uno o dos de los oradores, es este:

Los hombres existen para que tengan gozo.
—2 Nefi 2:25

La actividad trae gozo

El trabajo es una gran bendición; la actividad trae gozo. El domingo pasado estuve en California, asistiendo a la conferencia de la Estaca Inglewood. Algunos de ustedes ya leyeron, en la sección de la Iglesia del periódico News de la semana pasada, acerca de las actividades de esta estaca, especialmente de sus proyectos de construcción. Quisiera mencionar un logro que no aparecía en aquel artículo.

El verano pasado, California tuvo uno de sus períodos de calor «inusual», bastante prolongado. Toda la cosecha de albaricoques maduró tan rápido que fue necesario recogerla para evitar que se perdiera. Se informó de la situación a los encargados regionales de bienestar del sur de California, quienes a su vez avisaron a las estacas de la región. No sé qué hicieron las demás, pero los miembros de la Estaca Inglewood reservaron un día para recoger la fruta. Como resultado, ahora tienen 25.777 latas de albaricoques en el almacén de la estaca y en sus hogares.

Hace exactamente un mes estuve en la conferencia de la Estaca Burley, en Idaho. Al concluir, el presidente se levantó y anunció con naturalidad que los responsables de la fábrica de azúcar habían fijado una fecha para comenzar la cosecha de remolacha. «Nos gustaría recoger los cultivos del programa de bienestar antes de empezar con los nuestros», dijo. Se decidió cuándo hacerlo y añadió: «Nos gustaría recoger toda la cosecha en esos dos días».

Yo había visitado esos proyectos y visto su extensión, así que me levanté y dije: «Si lo consiguen, tengan la bondad de enviarme un telegrama a cobro revertido. Si no lo consiguen, no hace falta que me digan nada».

El domingo pasado, mientras estaba en la conferencia de la Estaca Inglewood, justo al comenzar la sesión de las diez y media, me entregaron este telegrama:

Burley, Idaho

Thomas E. McKay
A la atención del presidente Alfred E. Rohner

Hermano McKay:

Los miembros de la Estaca Burley cosecharon cuarenta acres de papas el viernes 26; diez acres de papas y veintisiete acres de remolacha el sábado 27, y cortaron cinco acres de maíz ese mismo día. Asistieron aproximadamente novecientas personas durante los dos días. Contamos con cincuenta camiones, veinticinco tractores, dieciocho máquinas para extraer papas y cinco para extraer remolacha. La Sociedad de Socorro sirvió el almuerzo. Gracias por el desafío que nos hizo en la conferencia.

Atentamente,
Conferencia de la Estaca Burley

¡Felicitaciones a los miembros de la Estaca Burley!

La Iglesia cuenta ahora con 168 estacas, como nos dijo ayer el presidente Richard L. Evans en su elocuente discurso —casi diría que musical— sobre el crecimiento de la Iglesia. Setenta y ocho están fuera de Utah; todas se mantienen activas y realizan una labor espléndida. Como dijo un amigo que estaba conociendo la Iglesia: «Parece que aquí todos se conocen, como una sola familia grande y feliz».

Es un privilegio visitar esas estacas. Me emociona especialmente encontrar a tantos miembros que ahora participan activamente y ocupan cargos importantes, aunque antes no eran tan activos en sus barrios y estacas de origen. Uno de ellos me dijo: «En casa yo pertenecía a ese grupo bastante numeroso que usted describió como personas que tratan su religión como una rueda de repuesto: nunca la usan salvo en una emergencia. Además —continuó—, nos sobraba tiempo y lo empleábamos en criticar a los hermanos y a la Iglesia. Buscábamos la espina de la rosa y la tierra de la azucena, en vez de apreciar las flores».

La historia del filósofo japonés

Se refería a una historia que me gusta contar sobre un filósofo japonés que acostumbraba salir a las colinas y los bosques a estudiar las leyes de la naturaleza. Después de dedicar el día a ese estudio, volvía por la noche a su aldea, reunía a la gente y le enseñaba las lecciones que había aprendido.

Una mañana se le acercó un amigo y le dijo: «Cuando regrese, ¿podría traerme una ramita de espino para que estudie la lección que nos enseñó la semana pasada sobre ese árbol?». «Sí —respondió el filósofo—, esta noche te traeré la ramita». Otro amigo le pidió: «¿Me traerá una rosa para que pueda estudiar lo que explicó anoche?». «Sí, te traeré una rosa». Y, poco antes de que saliera por la puerta de la aldea, un tercer amigo le dijo: «¿Me traerá una azucena para que pueda estudiar la lección sobre la pureza que nos dio anoche?». El filósofo prometió llevarle una.

Al atardecer, cuando el anciano filósofo regresó a la aldea, los tres amigos lo esperaban junto a la puerta para recibirlo. Al primero le entregó la ramita de espino; al segundo, la rosa; y al tercero, la azucena. De repente, el hombre que tenía la ramita exclamó: «¡Hay una hoja muerta en el tallo de mi espino!». El segundo dijo: «¡Hay una espina en el tallo de mi rosa!». Y el tercero protestó: «¡Hay tierra en las raíces de mi azucena!».

«Déjenme ver», dijo el filósofo. Tomó la ramita, la rosa y la azucena. Arrancó la hoja muerta de la ramita de espino y se la dio al primer amigo. Quitó la espina del tallo de la rosa y se la entregó al segundo. Sacudió la tierra de las raíces de la azucena y la puso en las manos del tercero. Sosteniendo la ramita, la rosa y la azucena, dijo: «Ahora cada uno tiene aquello en lo que primero se fijó. Buscaste la hoja muerta y la encontraste. Buscaste la espina y allí estaba. Encontraste la tierra de la azucena porque la dejé en sus raíces. Pueden quedarse con lo que primero atrajo su atención. Yo conservaré la ramita de espino, la azucena y la rosa por la belleza que veo en ellas».

En este mundo encontramos, en gran medida, aquello que buscamos. Si buscamos suciedad y cosas desagradables, las encontraremos; también encontraremos errores en los demás si nos empeñamos en buscarlos. Si buscamos lo bueno y lo hermoso, eso será lo que volverá a nosotros. No hay lugar para el odio en el corazón de un Santo de los Últimos Días ni en el de cualquier otro cristiano verdadero.

[…] Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen y orad por los que os ultrajan y os persiguen.
—Mateo 5:44

Esa es la doctrina del Salvador.

El odio impide a cualquier persona dar lo mejor de sí misma, ya sea odio hacia un individuo o hacia un pueblo.

A quienes los dioses quieren destruir, primero los vuelven locos.
—Eurípides

El odio, la envidia, los celos, la ingratitud y la intolerancia son armas que Satanás emplea para frustrar los propósitos de Dios.

El amor al dinero

Creo que una de sus armas principales, de la que no hablamos muy a menudo y que se introduce silenciosamente en nuestra vida, es el amor al dinero. Se nos dice que el amor al dinero es la raíz de todos los males (1 Timoteo 6:10). Tal vez algunos no estén de acuerdo con lo que voy a decir, pero creo que una de las principales razones por las que a ciertos miembros les resulta tan difícil pagar el diezmo es que Satanás no quiere que lo paguen. Les pone toda clase de excusas en el camino, porque sabe que quien paga el diezmo no adorará el oro en lugar de adorar a Dios.

Hermanos y hermanas, estamos tan empeñados —casi diría obsesionados— en enriquecernos y ganar dinero que nos perdemos algunas de las cosas más dulces de la vida. Nunca tenemos tiempo para levantar la mirada hacia el hermoso cielo azul, disfrutar de nuestras maravillosas puestas de sol, contemplar las flores o ver a un pájaro azul saltar de un poste a otro. Tampoco escuchamos el canto de la alondra mientras avanzamos a toda velocidad por la carretera. No tenemos tiempo para ir con nuestra familia a esos cañones llenos de color ni para salir de pesca de vez en cuando, cosa imperdonable. No, estamos demasiado ocupados para todo eso.

Sí, el amor al dinero, el tabaco y el alcohol —del que habló ayer el hermano Merrill en su excelente discurso— son armas que Satanás utiliza para frustrar los propósitos de Dios.

El presidente Smith nos ha aconsejado mantenernos alejados del territorio del diablo, y me gusta cómo lo expresa. No es una tarea pequeña, al menos según Mark Twain, quien dijo:

Quiero ver al diablo, aunque solo sea para contemplar a ese personaje que, durante incontables siglos, ha sido el jefe espiritual de las cuatro quintas partes de la humanidad y el jefe político de toda ella.

Quizá la afirmación sea un poco exagerada, pero sí coincido con esta parte: «Sin duda debe tener una capacidad de dirección de primer orden». Creo que haríamos bien en seguir el consejo del presidente Smith y mantenernos alejados de su territorio; y «entrad por la puerta estrecha» (Mateo 7:13). Venzamos el mal con el bien; resistamos al diablo y huirá de nosotros (Santiago 4:7).

Hermanos y hermanas, nuestro Padre Celestial es verdaderamente nuestro Padre. Nos ama y, porque nos ama, nos ha dado el evangelio. Cada uno de sus principios y mandamientos tiene como propósito nuestra felicidad en esta vida. Honrar a nuestros padres, santificar el día de reposo, no tomar el nombre del Señor en vano, asistir a las reuniones sacramentales y del sacerdocio, ser honrados, verídicos, castos, benevolentes y virtuosos, guardar la Palabra de Sabiduría, pagar el diezmo y las ofrendas de ayuno: todo ello nos ha sido dado para que tengamos gozo en esta vida.

Una propuesta sobre las ofrendas de ayuno

Al mencionar las ofrendas de ayuno, pienso con afecto en nuestros hermanos y hermanas de Europa y en los millones de personas que padecen hambre en los países devastados por la guerra. Desearía que pudiéramos hacer más para establecer las ofrendas de ayuno en todo el mundo. Espero no excederme al decirlo, pero me gustaría que esta gran congregación respaldara una propuesta dirigida a las Naciones Unidas: recomendar la adopción del programa de ofrendas de ayuno de la Iglesia como medio para ayudar a los millones de personas que pasan hambre en los países afectados por la guerra.

Ruego, en el nombre de Jesucristo, que tengamos un mayor deseo, una fe más grande y más fuerza de voluntad para vivir de acuerdo con el gran plan del evangelio, el plan de vida y salvación revelado en nuestros días por medio del profeta José Smith. Amén.

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