Conferencia General — octubre de 1947

Discurso de clausura

Presidente George Albert Smith
Honrar a Dios exige obedecer Sus mandamientos y seguir la dirección profética.


Hemos estado celebrando durante casi un año. Ha sido un tiempo de alegría y esparcimiento, y estoy seguro de que, si nuestros antepasados pioneros hubieran estado aquí, se habrían unido gustosamente a nosotros. El año está llegando a su fin, y los siglos se extienden ante nosotros. El mejor homenaje que nosotros, como miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, podemos rendir a quienes están al otro lado del velo es honrar a Dios y guardar Sus mandamientos. Al hacerlo, honraremos también a aquellos cuyos nombres llevamos. Así aumentaremos nuestra propia felicidad y daremos a quienes vengan después de nosotros la oportunidad de sentir gozo.

Nuestra gran responsabilidad

Recibiremos las bendiciones del Señor si recordamos que, por ser hijos de Dios, nuestra responsabilidad es mayor que la de cualquier otro pueblo. Ninguna otra iglesia tiene la responsabilidad que descansa sobre esta, porque el Señor nos ha mandado ir por todo el mundo y predicar el evangelio a toda criatura (Marcos 16:15), para que:

El que crea y sea bautizado será salvo; pero el que no crea será condenado.
—Marcos 16:16

Por tanto, no se trata solamente de vivir cómodamente nuestra breve vida. Si esperamos disfrutar de la felicidad eterna en el reino celestial, debemos esforzarnos por ayudar a tantos hijos de nuestro Padre como nos sea posible a regresar a vivir con Él.

Dios ha sido bueno con nosotros. Ningún pueblo del mundo tiene más motivos para sentir gratitud. Aquí, bajo este techo, podemos derramar nuestra alma ante Él, que es el Autor de nuestra existencia, y recordar con amor a quienes, bajo Su cuidado, hicieron posible que disfrutemos de lo que hoy tenemos.

La publicación del Manifiesto

El 6 de octubre de 1890, el pueblo se reunió en conferencia en este Tabernáculo. La Iglesia había sido hostigada y maltratada; el gobierno había confiscado propiedades y muchas personas habían sido encarceladas por sus creencias. En aquella ocasión, el presidente de la Iglesia, Wilford Woodruff, nos comunicó, entre otras cosas, este mensaje:

Por cuanto el Congreso ha promulgado leyes que prohíben el matrimonio plural, leyes que el tribunal de última instancia ha declarado constitucionales, por la presente declaro mi intención de someterme a esas leyes y de emplear mi influencia entre los miembros de la Iglesia que presido para que ellos hagan lo mismo.
—Declaración Oficial 1

Ese es un fragmento del Manifiesto.

Después de su lectura, Lorenzo Snow, quien más tarde sucedería a Wilford Woodruff como presidente de la Iglesia, dijo:

Propongo que, reconociendo a Wilford Woodruff como Presidente de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y como el único hombre sobre la tierra que en la actualidad posee las llaves de las ordenanzas de sellamiento, lo consideremos plenamente autorizado, en virtud de su cargo, para publicar el Manifiesto que acabamos de escuchar, fechado el 24 de septiembre de 1890; y que nosotros, como Iglesia reunida en conferencia general, aceptemos su declaración acerca de los matrimonios plurales como autorizada y obligatoria.

La propuesta fue aprobada por unanimidad.

El cese de la práctica del matrimonio plural

Esa fue la decisión que tomó la Iglesia en aquel momento. La práctica del matrimonio plural cesó porque el gobierno de los Estados Unidos la prohibió. Nuestro Padre Celestial siempre ha indicado que debemos sostener las leyes constitucionales del país, y la Corte Suprema, como máxima autoridad judicial, había declarado constitucional la ley que prohibía el matrimonio plural.

Desde entonces hemos hablado poco de este asunto. Ahora, después de tantos años, quisiera decir que, durante aproximadamente los cincuenta años transcurridos desde aquella decisión, la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no ha solemnizado matrimonios plurales que violen las leyes de este país.

El Manifiesto sigue vigente

Menciono esto porque, lamentablemente, hay personas que todavía insisten en que ya no prestamos atención al Manifiesto y que este no nos obliga. A causa de esa actitud, algunos hombres y mujeres están cayendo en adulterio y cometiendo un pecado tanto contra las leyes de los Estados Unidos como contra la Iglesia misma. No obstante, afirman que, como no hablamos del tema, aprobamos lo que hacen.

Como presidente de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, digo que no lo aprobamos. Deseamos que nuestro pueblo obedezca las leyes del país relativas al matrimonio. Si oyen a alguien decir que los líderes de la Iglesia no están de acuerdo con el Manifiesto de Wilford Woodruff, tal como fue sostenido por la Iglesia, sepan que esa persona está equivocada.

Lamento que sea necesario referirme a este asunto, pero hay quienes van de un lugar a otro alentando a las personas a quebrantar la ley moral. Eso es lo que están haciendo. Si la Iglesia de Jesucristo defiende algo, es la moralidad. Por ello llamo hoy su atención sobre este asunto al concluir la conferencia.

Un pueblo bendecido

Ningún pueblo del mundo ha recibido mayores bendiciones que nosotros. Es maravilloso lo que nuestro Padre Celestial ha hecho por nosotros. La Iglesia crece, se expande y se fortalece con el paso de los días.

Dos veces al año podemos reunirnos en este gran edificio para celebrar una conferencia general. Durante los últimos tres días hemos escuchado las enseñanzas de nuestros hermanos. Aquí, bajo la influencia del Espíritu del Señor, se nos enseña a obedecer las leyes del país y a guardar los mandamientos de nuestro Padre Celestial.

Hoy tenemos motivos para estar agradecidos. Se avecinan dificultades. El mundo está enfermo y se encuentra en una situación lamentable. Mientras las personas no se arrepientan de sus pecados y regresen al Dios verdadero y viviente, no habrá una paz digna de ese nombre. Tenemos el deber de dar el ejemplo y mantener en alto el estandarte de la verdad. Tenemos el deber de alentar a los demás hijos de nuestro Padre a escuchar Sus consejos y a ordenar su vida de tal manera que, dondequiera que nos encontremos, el Espíritu de Dios arda en nuestra alma y nuestra influencia sea para bien.

Ruego que continuemos siendo fieles. Felicito a quienes han podido asistir a esta conferencia. Deseo que el Señor bendiga al coro, que nos ha ofrecido una música tan espléndida, a las Madres Cantoras de la Sociedad de Socorro y a todos los demás que han cantado para nosotros. Les estoy agradecido y ruego al Señor que los bendiga a ellos y a todos nosotros, para que seamos dignos de pertenecer a la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y también de ser llamados hijos e hijas del Dios viviente, procurando hacer Su voluntad y guardar Sus mandamientos.

Testimonio

Dios vive. Jesús es el Cristo. La tierra que habitamos, en todas las regiones del mundo, le pertenece. Nosotros solo vivimos en ella por un tiempo. Él nos coloca aquí con la oportunidad de prepararnos para la felicidad eterna y nos promete que, a su debido tiempo, este mundo llegará a ser un reino celestial (Doctrina y Convenios 130:9). ¡Qué maravilloso es saber que tenemos la oportunidad de obtener un lugar en ese reino si seguimos los consejos que Él nos da! Si continuamos haciéndolo, recibiremos felicidad, satisfacción y gozo.

Sé que Dios vive. Sé que Jesús es el Cristo. Sé que José Smith fue un profeta del Dios viviente y que el evangelio de nuestro Señor está sobre la tierra. El poder y la autoridad del sacerdocio están aquí. Si seguimos los consejos que hemos recibido y honramos a Aquel que es el Autor de nuestra existencia, tanto nosotros como nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos estaremos entre aquellos a quienes Dios bendecirá por toda la eternidad. Este es mi testimonio, y hoy se lo declaro en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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