Conferencia General — octubre de 1947

Las bendiciones de la vida eterna

Élder Milton R. Hunter
Del Primer Consejo de los Setenta
La vida eterna se alcanza al vivir con rectitud y guardar los mandamientos.


Contemplar los rostros de esta vasta congregación desde aquí inspira reverencia. Ocupo este lugar hoy con humildad. Ruego a nuestro Padre Celestial que su Espíritu me acompañe.

Esta tarde deseo dirigir mis palabras a los jóvenes de la Iglesia. Al igual que los hermanos que han hablado antes, siento gran fe, admiración y amor por ellos. Sé que tienen un testimonio del evangelio de Jesucristo y que seguirán adelante con fidelidad.

Bendiciones concedidas a los jóvenes

Jóvenes de la Iglesia, hombres y mujeres jóvenes: ustedes son las personas más ricas del mundo. Algunos quizá piensen que no tienen dinero. No importa si tienen diez centavos o un millón de dólares. El dinero perece; la riqueza que ustedes poseen supera todo lo material que puedan obtener en este mundo. Son miembros de la verdadera Iglesia de Jesucristo y han recibido el evangelio restaurado de nuestro Señor y Salvador. Tienen el Santo Sacerdocio según el orden del Hijo de Dios. Están a su alcance todas las bendiciones que reciben quienes aman a Dios y guardan sus mandamientos, incluso la promesa de la vida eterna, que Él llama el mayor de todos sus dones para el hombre (Doctrina y Convenios 6:7; 14:7), si sirven al Señor su Dios con todo su corazón, alma, mente y fuerza (Doctrina y Convenios 4:2; 50:5; 51:19).

Hace más de cien años, Dios el Eterno Padre y su Hijo Unigénito se aparecieron al profeta José Smith y dieron comienzo a la última dispensación del evangelio. Después de esa gran visión, varios seres celestiales se aparecieron al profeta José Smith y le confirieron todos los dones, bendiciones, poderes, ordenanzas y autoridad del sacerdocio necesarios para la salvación de la familia humana. Los jóvenes de la Iglesia poseen hoy ese sacerdocio y esos dones y bendiciones.

El evangelio trae gozo

El evangelio de Jesucristo nos fue dado para que tuviéramos gozo. De hecho:

Adán cayó para que los hombres existiesen; y existen los hombres para que tengan gozo.
—2 Nefi 2:25

El propósito y la voluntad de Dios son que seamos felices hoy, mañana, la próxima semana, dentro de cien años y, sí, dentro de un millón de años. Quizá piensen: «Pero no viviremos tanto tiempo». Sí viviremos tanto. La vida es eterna, y lo que debemos recordar es que nuestra manera de vivir hoy y durante toda la vida mortal determinará nuestra felicidad por la eternidad; determinará nuestra condición para siempre.

Para ilustrar lo que quiero decir, contaré una vieja historia. Cierta vez, un perro fue al mercado y consiguió un trozo de carne. De regreso a casa tuvo que cruzar un puente sobre un arroyo. Al llegar a la mitad, miró el agua cristalina y vio a otro perro con un trozo de carne en la boca. Sintió codicia y decidió arrebatarle la carne. Abrió la boca para atraparla y, al hacerlo, su propio trozo cayó al agua y se alejó con la corriente. Para su pesar, descubrió que había intentado atrapar una sombra.

Sombras de la verdadera felicidad

Jóvenes de la Iglesia, sentirán la tentación de perseguir muchas sombras de la verdadera felicidad. Les aseguro que, si lo hacen, les ocurrirá lo mismo que a aquel perro. Descubrirán que han perdido las cosas buenas que ahora poseen —la felicidad, el evangelio y posiblemente la vida eterna— y que solo han recibido a cambio una sombra de la verdadera felicidad. Me refiero al pecado, a cualquiera de los pecados que podemos cometer. Recuerden la advertencia de Alma, el antiguo profeta nefita: «La maldad nunca fue felicidad» (Alma 41:10; véase también Helamán 13:38).

El hábito de consumir tabaco

Hoy quisiera señalar brevemente tres o cuatro de esas sombras. La primera es el consumo de tabaco. Todos los hombres jóvenes de la Iglesia —y lamento decir que hoy también todas las mujeres jóvenes— afrontan y seguirán afrontando la tentación de adquirir ese hábito. Quizá sus amigos ya lo hayan hecho. Puede que les digan: «Vamos, fuma. Fumar está de moda. Demuestra que sabes divertirte. Todas las personas importantes fuman. Pásalo bien mientras eres joven; podrás arrepentirte cuando seas mayor». Además de decir estas cosas, presentarán toda clase de argumentos para inducirlos a consumir tabaco.

Jóvenes de la Iglesia, el diablo intenta hablar por medio de sus amigos para inducirlos a adoptar ese mal hábito. Quiere que sean infelices. Desea perjudicar su vida espiritual, física y mental, y destruir sus posibilidades de alcanzar una plenitud de gozo. Por eso se esfuerza tanto en persuadirlos de que consuman tabaco.

La nicotina, un veneno mortal

Como todos sabemos, el tabaco es venenoso. Puede causar la muerte. Para ilustrar cuán mortífero es el veneno que contiene, quisiera contarles algo que ocurrió en mi familia cuando yo apenas salía de la adolescencia. Tenía una hermana que entonces contaba treinta y siete años y era madre de siete hijos. En aquella época, sus hijos padecían tos ferina. Un día fue con su esposo a la granja, situada a unos diez u once kilómetros del pueblo. Al llegar, él tuvo que llevar una vaca de regreso a casa; por eso dejó a mi hermana en una pequeña tienda que quedaba a unos seis kilómetros del pueblo y volvió a caballo a la granja.

Cuando mi hermana entró en la tienda, la mujer que atendía detrás del mostrador le preguntó cómo seguían sus hijos de la tos ferina. «No muy bien», respondió ella. Entonces la dependienta tomó del mostrador una botella medio llena de una sustancia oscura. La etiqueta decía: «Medicamento para la tos ferina». La dependienta le dijo: «Es el mejor medicamento para la tos ferina que he visto. Ahora no tengo más en la tienda, pero puedo pedirlo si usted quiere». Luego dejó la botella y fue al teléfono para llamar al hijo de mi hermana y pedirle que viniera a conducir el automóvil para llevar a su madre a casa.

Mi hermana tomó la botella, quitó el tapón, olió su contenido y lo probó. Dijo: «¡Qué desagradable!». Enseguida cayó muerta. Llamaron urgentemente a un médico. Tras examinar el contenido de la botella, declaró que era nicotina pura. Dijo que la nicotina era uno de los venenos más mortíferos que una persona podía ingerir y que aquel sorbo había causado la muerte repentina de mi hermana.

Jóvenes, ese es el veneno que introducimos en el cuerpo cuando fumamos o mascamos tabaco.

El tabaco no solo mata el cuerpo, sino que mata el espíritu: acaba con la espiritualidad. No es compatible que un hombre que posee el Santo Sacerdocio de Dios consuma tabaco y, al mismo tiempo, estudie la Biblia y se mantenga activo en la Iglesia. Por lo general, cuando adquiere ese hábito, deja de lado las Santas Escrituras, reduce su participación en la Iglesia y, hasta cierto punto, queda espiritualmente muerto. Esa es la peor muerte que podemos sufrir.

Dios nos ha dado el mandamiento de no matar. Jóvenes de la Iglesia, cuando introducimos venenos en nuestro cuerpo a sabiendas, en cierta medida quebrantamos esa gran ley.

El hábito de beber alcohol

Otra sombra de la verdadera felicidad que deseo mencionar hoy tiene efectos aún más perjudiciales que el hábito de consumir tabaco: beber alcohol. El élder Joseph F. Merrill ya ha descrito vívidamente sus malos efectos, así que seré muy breve al respecto.

Creo sinceramente que el diablo nunca ha descubierto ni inventado un instrumento más destructivo para el alma humana que el alcohol. No tiene otro medio que lleve a las personas con tanta facilidad a la miseria, la pobreza y la degradación, que cause corrupción y que las induzca a cometer toda clase de pecados. Las personas ebrias no están en pleno uso de sus facultades. Bajo la influencia del alcohol se debilita el dominio de sí mismos, tanto en hombres como en mujeres, y cometen pecados que de otro modo no cometerían, como el adulterio o el asesinato. Jóvenes de la Iglesia, sé que el diablo pone en el corazón de hombres malvados el deseo de dar alcohol a nuestras jóvenes para embriagarlas y despojarlas de su virtud.

Refiriéndose al alcohol, Robert G. Ingersoll dijo:

Asesina el alma; reúne toda la maldad, es padre de todos los crímenes, madre de todas las abominaciones, el mejor amigo del diablo y el peor enemigo de Dios.
—Editorial de la sección de la Iglesia, Deseret News, 27 de septiembre de 1947

Hoy invito a todos los jóvenes de la Iglesia a tomar la decisión de no fumar nunca. Si ya han fumado, decidan no volver a hacerlo. Decidan no beber alcohol de ninguna clase. Si ya lo han hecho, arrepiéntanse y resuelvan hoy que, mientras vivan, no volverán a beberlo. Les prometo que, si toman esa decisión y la mantienen, serán felices durante esta vida y por toda la eternidad, porque habrán conservado limpio su cuerpo.

La inmoralidad sexual

Quisiera señalar una tercera sombra de la verdadera felicidad, aún peor que las otras dos: la inmoralidad sexual. Creo firmemente que no hay otro pecado que prive a las personas de tanta felicidad, las degrade tanto, destruya tantos hogares, arruine el amor de manera tan duradera, aleje con tanta fuerza al Espíritu de Dios y conduzca con tanta certeza a la apostasía de la Iglesia verdadera.

A lo largo de la historia, los profetas de Dios han enseñado el valor de la virtud. Todavía podemos oír la voz de Dios que, desde el monte Sinaí, dijo a Moisés:

No cometerás adulterio.
—Éxodo 20:14

Alma, el gran profeta nefita, dijo lo siguiente a su hijo Coriantón, quien había tenido una relación ilícita con la ramera Isabel:

¿No sabes, hijo mío, que estas cosas son una abominación a los ojos del Señor? Sí, más abominables que todos los pecados, salvo derramar sangre inocente o negar al Espíritu Santo.
—Alma 39:5

Los profetas de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, desde sus primeros presidentes hasta el presente, han declarado que nuestra virtud es tan valiosa como nuestra vida y que debemos protegerla incluso con la vida.

Hace más de cien años, el Señor reveló lo siguiente al profeta José Smith:

Y de cierto os digo, como he dicho antes, que quien mira a una mujer para codiciarla, o si algunos cometen adulterio en su corazón, no tendrán el Espíritu, sino que negarán la fe y temerán.

Por tanto, yo, el Señor, he dicho que los temerosos, los incrédulos, todos los mentirosos, y quien ame y practique la mentira, el fornicario y el hechicero tendrán su parte en aquel lago que arde con fuego y azufre, que es la segunda muerte.

De cierto digo que no tendrán parte en la primera resurrección. […]

Mas a quien guarda mis mandamientos le daré los misterios de mi reino, y serán en él una fuente de agua viva que brote para vida eterna.
—Doctrina y Convenios 63:16–18, 23

Nuestros cuerpos son templos de Dios

Jóvenes de la Iglesia, los invito una vez más a decidirse a conservar su cuerpo limpio y puro en todo sentido. Obedezcan todas las palabras que proceden de la boca de Dios y vivan todos los principios del evangelio lo mejor que puedan, para que sean felices. Háganlo para recibir el gozo que Dios desea darles. Recuerden siempre que su cuerpo es templo de Dios, como dijo Pablo, el antiguo apóstol:

¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?

Si alguno profana el templo de Dios, Dios lo destruirá; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es.
—1 Corintios 3:16–17

Si hacemos todas estas cosas como miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, la mayoría de los jóvenes de la Iglesia tendrá, a su debido tiempo, el privilegio de entrar en la casa del Señor con la persona que haya elegido y casarse allí, no solo por esta vida, sino por toda la eternidad. Los hijos que nazcan bajo ese convenio serán suyos para siempre. Esas bendiciones, sin embargo, dependen de que continúen viviendo con rectitud.

Bendiciones prometidas a los justos

Cuando llegue el gran día del juicio y todos los hombres y mujeres que hayan sido verídicos y fieles en todas las cosas comparezcan ante Dios el Eterno Padre y Jesucristo para dar cuenta de sus actos, palabras y pensamientos durante la vida mortal, se les dirá:

Bien hecho, mis amados siervos. Entrad en vuestra exaltación. Recibid la vida eterna.

Ese día se cumplirá este gran pasaje de las Escrituras, dado al profeta José Smith:

[…] y pasarán por los ángeles y los dioses que están allí, hacia su exaltación y gloria en todas las cosas, según lo que haya sido sellado sobre su cabeza; y esta gloria será una plenitud y una continuación de la posteridad por siempre jamás. [Y el profeta José Smith dijo que esa promesa significaba tener el poder de engendrar hijos espirituales.]

Entonces serán dioses, porque no tienen fin; por tanto, existirán de eternidad en eternidad, porque continúan; entonces estarán por encima de todo, porque todas las cosas les estarán sujetas. Entonces serán dioses, porque tendrán todo poder, y los ángeles les estarán sujetos.

De cierto, de cierto os digo que, a menos que guardéis mi ley, no podréis alcanzar esta gloria.

Porque estrecha es la puerta y angosto el camino que conduce a la exaltación y a la continuación de las vidas, y pocos son los que lo hallan, porque no me recibís en el mundo ni me conocéis.
—Doctrina y Convenios 132:19–22

Esta es la vida eterna, hermanos y hermanas míos. Esta es la exaltación que el evangelio de Jesucristo promete a quienes aman a Dios y guardan sus mandamientos.

Ruego humildemente a nuestro Padre Celestial que bendiga a los jóvenes de la Iglesia para que vivan limpios y puros en todo sentido, y caminen con rectitud y sin mancha ante Dios, a fin de que reciban la gran exaltación de la vida eterna. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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