Los del último carromato
Presidente J. Reuben Clark, hijo
Primer Consejero de la Primera Presidencia
La fe y la perseverancia de los santos humildes contribuyen a edificar Sion.
Hermanos y hermanas, quisiera comenzar añadiendo mi testimonio a los muchos que hemos escuchado durante esta conferencia: testifico que Dios vive; que Jesús es el Cristo, el Redentor del mundo y las primicias de la resurrección (1 Corintios 15:20); que José Smith fue un profeta; que por medio de él se restauraron el evangelio y el sacerdocio, la autoridad delegada al hombre en la tierra para representar aquí a la Deidad; y que, desde el Profeta hasta nuestro actual presidente, George Albert Smith, lo han sucedido hombres que poseían las llaves de la última dispensación conferidas a José Smith.
Lo que voy a compartir hoy es muy querido para mí. Como deseo expresarlo de la mejor manera posible, lo he escrito y voy a leerlo. Espero que mis palabras estén en armonía con el espíritu de esta gran conferencia, que considero la más elevada espiritualmente de cuantas he presenciado.
Homenaje a los pioneros
Al acercarnos al final del centenario de la entrada de sus padres y madres —y de algunos de los míos— en estos valles, deseo ofrecerles unas palabras más de humilde homenaje y gratitud. Quiero honrar especialmente a los más mansos y humildes (Mateo 11:29): aquellas grandes almas, majestuosas en la sencillez de su fe y en su testimonio vivo de la verdad del evangelio restaurado. Sus nombres son desconocidos; las páginas de la historia no los recuerdan ni los honran. Sin embargo, se los evoca con amor junto al hogar de sus hijos y de los hijos de sus hijos, quienes transmiten de generación en generación la historia de su fe, sus grandes obras y su vida recta. Fueron almas que trabajaron y siguieron trabajando, que oraron, siguieron a sus líderes y realizaron una obra gloriosa.
No quisiera restar ni una palabra de elogio, gratitud, honor o reverencia a los grandes hombres que guiaron a estos humildes antepasados nuestros. Fueron hombres de gran inteligencia y fortaleza, de valor, honradez y amor por la verdad. Vivían cerca del Señor: los hermanos Brigham, Heber, Wilford, Willard y Charles; los dos Orson, Parley, John, George, Erastus, Lorenzo, Daniel, Joseph y Jedediah, y muchos otros gigantes. Todos fueron abundantemente bendecidos con el amor divino del Señor y con el don del Espíritu Santo que los convirtió en líderes semejantes a Moisés en la antigüedad (Doctrina y Convenios 107:91).
Nuestra gratitud hacia ellos y hacia su labor de dirigir la conquista de estas tierras y salvar almas no es menor que la de nadie. Sus nombres resplandecen en las páginas de la historia que registran los hechos de quienes dan forma a una época. Fueron espíritus escogidos antes de la fundación del mundo para dirigir y edificar dispensaciones de la obra de Dios entre los hombres; nuestros líderes fueron escogidos para edificar la que antiguamente recibió el nombre de Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos. Se los recordará y honrará por eternidades incontables.
Pero quisiera hablar ahora de quienes caminaron detrás de esos gigantes. Algunos viajaron en las mismas compañías que ellos condujeron; otros llegaron en compañías posteriores, durante aquel año y los siguientes; otros vinieron en los decisivos grupos de carros de mano, con una entrega, un heroísmo y una fe incomparables. Todos fueron avanzando en una corriente pequeña pero constante, hasta llenar el valle al que habían llegado. Luego se extendieron por sus alrededores y poblaron estas tierras desiertas, a las que hicieron fructificar, cumpliendo la antigua profecía de que el desierto florecería como la rosa (Isaías 35:1).
Los del último carromato
Quisiera hablar del último carromato de cada una de aquellas largas caravanas que avanzaban trabajosamente por las llanuras, subían por los pasos de montaña, descendían por cañones estrechos y empinados y salían finalmente al valle que sería su hogar.
Era el último porque los bueyes que tiraban de él eran los más pequeños, flacos y débiles de la caravana, y tenían las patas más sensibles. Les costaba arrancar y avanzaban lentamente. Era el último porque el carromato, gastado y crujiente, exigía más tiempo para repararlo y engrasarlo; el joven Jimmy, por lo general, tenía dificultades para colocar el gato bajo el eje. Era el último porque su cubierta, vieja y remendada, había sido rasgada por el viento y hacían falta horas para coserla y atarla de modo que resistiera la tormenta. Era el último porque la esposa, embarazada, necesitaba descansar hasta el momento mismo de partir. Era el último porque el pequeño Bill, el hijo menor, enfermizo y mal alimentado, tenía que ser lavado y persuadido para que comiera la comida áspera que era todo cuanto tenían.
Era el último porque, además de ayudar al pequeño Bill, cocinar y recoger después del desayuno —la madre apenas podía ayudar—, el padre tardaba un poco más en uncir los bueyes y prepararse para la jornada. Era el último porque sus oraciones matutinas duraban unos minutos más que las de los demás. Tenía tantas bendiciones que agradecer al Señor y otras especiales que pedirle: salud y fuerzas para su esposa, para el pequeño Bill y para los demás; luego, para sí mismo, pedía que no le faltara el valor y, sobre todo, pedía fe. Fe en Dios y en los hermanos que a veces parecían estar tan lejos.
Ellos iban al frente, donde el aire era claro y limpio y podían contemplar sin obstáculos la bóveda azul del cielo. Los hermanos habían percibido verdaderamente la gloria del Señor, que caminaba cerca de ellos, ponía Sus pensamientos en sus mentes y los guiaba con Su Espíritu. Miles de santos que se encontraban en Winter Quarters, en Iowa, en otros lugares de los Estados Unidos e incluso al otro lado del océano rogaban fervientemente al Dios Todopoderoso que los inspirara. Los santos sostenían a los hermanos que iban al frente con palabras de ánimo, elogios y, a veces, hasta admiración desmedida. Como sabían que eran profetas de Dios, expresaban su plena confianza en ellos a diario, casi a cada hora. Los hermanos vivían rodeados del reconocimiento de sus amigos y de los santos fieles. Rara vez estos cuestionaban sus palabras o sus actos. Así debía ser para que se cumplieran los propósitos del Señor.
Pero en el último carromato no siempre podían ver a los hermanos que marchaban muy adelante. A menudo, densas nubes de polvo les ocultaban el cielo azul. Aun así, día tras día, los del último carromato seguían adelante: agotados, con los pies doloridos y, en ocasiones, casi desalentados. Los sostenía la fe en que Dios los amaba, el evangelio restaurado era verdadero y el Señor guiaba a los hermanos que iban al frente.
A veces, cuando su fe cobraba mayor fuerza, los del último carromato alcanzaban a vislumbrar por un instante la gloria de un mundo celestial. Pero les parecía tan lejano, y la visión desaparecía tan pronto, pues la necesidad, el cansancio, la angustia y, en ocasiones, el desaliento estaban siempre muy cerca. Cuando aquella visión se desvanecía, el corazón se les encogía. Entonces oraban de nuevo y seguían adelante, con pocos elogios, sin demasiado estímulo y nunca con admiración desmedida.
Casi siempre había algún problema con el último carromato o con sus bueyes: uno cojeaba ligeramente de la pata delantera derecha; el cubo de la rueda delantera izquierda se calentaba a menudo; el aro de la rueda trasera de ese mismo lado estaba flojo. Por eso recibían consejos para corregir las fallas y, a veces, reprensiones severas: el carromato no debía retrasar a toda la caravana.
Sin embargo, en aquel último carromato había devoción, lealtad e integridad. Y, por encima de todo, había fe en los hermanos y en el poder y la bondad de Dios. ¿No había dicho el Señor que ni un gorrión caía sin que el Padre lo advirtiera y que ellos valían más que los gorriones? (Mateo 10:29–31). Ardía siempre en su interior, como un fuego eterno sobre un altar santo, el testimonio de que el evangelio restaurado era verdadero, de que José era un profeta de Dios y de que Brigham era su sucesor escogido.
Cuando la caravana partía bajo el sol de la mañana y los bueyes, con un tirón que casi rompía la vara, ponían en marcha el último carromato, el polvo quedaba suspendido sobre el camino en el aire inmóvil. Cada carromato, empezando por el primero, levantaba su propia nube, hasta que, cuando el último entraba en la fila, el polvo era denso y sofocante. Cubría el carromato y todo lo que había en él, se pegaba a la ropa, ennegrecía los rostros y llenaba los ojos —ya irritados— y los oídos.
A la esposa, que pronto sería madre, le costaba respirar en aquel polvo espeso. Incluso en el aire limpio respiraba con dificultad a causa del peso que llevaba. Cada sacudida del carromato —pues los de adelante habían dejado surcos casi tan profundos como el eje— le arrancaba de los labios apretados un gemido contenido que procuraba ocultar a su esposo. Él avanzaba lentamente a su lado, preocupado por ella, guiando y animando a los pobres bueyes, también cansados por el largo viaje. Así, durante toda aquella jornada de sacudidas, incomodidad y a veces dolor, la madre viajaba en el carromato, preocupada sobre todo por que su hijo aún no nacido no sufriera daño. No podía caminar. Los niños, en cambio, iban a pie porque la carga era demasiado grande para llevarlos; y el padre caminaba con paso firme junto a ellos y oraba.
Al anochecer, cuando el último carromato entraba crujiente y lentamente en su lugar dentro del círculo de la caravana, y los hermanos se acercaban a preguntar cómo había pasado el día la madre, la alegría llenaba sus corazones: ¡los hermanos se habían acordado de ellos! Renacía la esperanza, huía el cansancio y se encendía un nuevo deseo de seguir adelante. Daban gracias a Dios por conocer la verdad, por su testimonio de que Dios vivía, Jesús era el Cristo, José era un profeta y Brigham su sucesor ordenado, y por saber que a los justos les aguardaba una corona de gloria por las eternidades de la vida venidera. Entonces se unían a los cantos y bailes del campamento y compartían su alegría, hasta donde el estado de la madre lo permitía.
Llegó luego una mañana en que, desde el último carromato, se oyó el balbuceo de un recién nacido. El amor de la madre convirtió aquel lugar en un santuario, ante el cual el padre se inclinó con reverencia. Pero la caravana debía seguir adelante. Así que el último carromato volvió al polvo y a la tierra, meciéndose y dando sacudidas. La madre procuraba amortiguar cada golpe doloroso para no sufrir daño y conservar las fuerzas necesarias para alimentar al pequeño, hueso de sus huesos y carne de su carne (Génesis 2:23). ¿Quién se atrevería a decir que los ángeles no la rodeaban y protegían, y no hacían más llevadero su lecho incómodo? Había dado un cuerpo mortal a otro espíritu escogido para que pudiera cumplir el destino que Dios le había señalado.
Mi madre fue uno de esos bebés nacidos en un carromato, en 1848, hace noventa y nueve años.
Llegó otra mañana en que el valiente pequeño Bill, que había caminado durante largas jornadas bajo el sol ardiente y muchos kilómetros por el barro empapado de lluvia, con su pequeño cuerpo mojado, tuvo que subir al carromato junto a su madre. Estaba enfermo a causa de un fuerte resfriado. Meses antes, en la fría noche de invierno en que habían huido de Nauvoo para salvar la vida de la violencia de una turba, Bill había enfermado gravemente de neumonía, que le había debilitado los pulmones. Aquella antigua dolencia había regresado. Su estado empeoró cada vez más. Los élderes acudieron y oraron para que sanara. Pero el Señor quería al pequeño Bill consigo.
Unas mañanas después, una madre llorosa, un padre afligido y el último carromato volvieron a ocupar su lugar en la fila. Junto al camino dejaban, bajo unos matorrales, un pequeño montículo sin ninguna señal salvo unas piedras apiladas para mantener alejados a los lobos. Allí descansaba otro mártir de la causa de la verdad.
Así, entre polvo y tierra, tierra y polvo, durante largas horas y días aún más largos que se convirtieron en semanas y luego en meses, avanzaron lentamente. Por fin atravesaron la entrada del valle, que los recibió ofreciéndoles descanso y un hogar. Los bueyes cayeron de costado, casi muertos de agotamiento, y no se movían sin que los animaran, pues también ellos parecían sentir que el viaje había terminado.
Aquella noche marcó el final de la gran travesía, la más imponente que registra la historia desde la salida de Israel de Egipto. Mientras el sol descendía detrás de las cumbres occidentales, los riscos del este se bañaban en un resplandor amatista que parecía tener vida y las laderas del oeste se cubrían de sombras de un azul profundo como el mar, los del último carromato se arrodillaron. También lo hicieron los del carromato anterior, y los del anterior a ese, hasta llegar al primero de la caravana. Todos, con el alma llena de gozo, dieron gracias a Dios porque al fin estaban en Sion. «Sion, Sion, hermosa Sion, bella Sion, Sion, ciudad de nuestro Dios».
Sabían que Dios existía, pues solo Él podía haberlos conducido victoriosos a través del desprecio, las burlas, las calumnias, los ataques en que los habían cubierto de brea y plumas, los azotes, los incendios, los saqueos, los asesinatos y las agresiones contra esposas e hijas que su pueblo había sufrido desde que José contempló al Padre y al Hijo.
Pero para cientos de aquellas almas firmes, de fe inquebrantable y gran capacidad, el viaje aún no había terminado.
El hermano Brigham volvió a llamarlos al servicio del reino de Dios y los envió a establecer poblaciones en los valles cercanos y lejanos de estas vastas montañas de refugio. Una vez más uncieron los bueyes y prepararon los animales de tiro. Pusieron todas sus pertenencias en el carromato cubierto y emprendieron lentamente el camino hacia nuevos valles. Esta vez lo hicieron voluntariamente, sin que los empujara la amenaza de la crueldad y los atropellos de las turbas. Volvieron a confiar plenamente en la sabiduría y la guía divina de su Moisés. Hasta los elementos obedecían a una fe semejante a aquella por la que fueron formados los mundos (Hebreos 11:3).
Las decenas de miles de personas que se trasladaron y edificaron de ese modo formaron el tejido de la gran comunidad del hermano Brigham. Sin ellas, él no habría cumplido su misión. Fueron los instrumentos que el Señor puso a su disposición y a la de los profetas que lo sucedieron: quienes cavaban, araban, sembraban y cosechaban; los mecánicos, arquitectos, albañiles, carpinteros, constructores de órganos, artesanos, matemáticos y hombres de letras llegados de los cuatro rincones de la tierra. Así pudieron dirigir la realización de los propósitos del Señor. Aquellas personas llevaron a cabo lo que Dios inspiró al hermano Brigham y a los demás profetas a planear, todo para la gloria de Dios y la edificación de Su reino.
Eran personas rectas y valientes. Cuando cumplían con su deber, no se inquietaban por lo que otros pensaran o dijeran de ellas. La calumnia, la difamación, la burla y el desprecio no las apartaban del camino estrecho y angosto. Si el Señor las aprobaba, no les preocupaban las censuras humanas. Los elogios tampoco las desviaban de la verdad. Dotadas de discernimiento espiritual, sabían cuándo las palabras amables eran una simple cortesía y cuándo expresaban un interés sincero. No se apartaban ni a la derecha ni a la izquierda del camino de la verdad para ganarse el favor de nadie.
La contribución de las almas humildes
Durante cien años, impulsadas por el espíritu del recogimiento y guiadas por un testimonio ardiente de la verdad del evangelio restaurado, miles y decenas de miles de estas humildes almas —una de una ciudad, dos de una familia (Jeremías 3:14)— se han despedido de sus amigos, hogares y seres queridos. Con el dolor de la separación y acompañadas de privaciones y sacrificios, incluso al costo de la propia vida, han venido a Sion para unirse a quienes tuvieron el privilegio de llegar antes. Juntas han edificado el reino de Dios sobre la tierra.
Las han unido las dificultades y los sufrimientos compartidos, el trabajo incesante y las grandes privaciones, las tragedias y las penas más hondas, la fe constante y el gozo que eleva el alma, el testimonio firme y el conocimiento espiritual vivo. Han llegado a ser un pueblo poderoso, encargado de contribuir a la salvación no solo de los vivos, sino también de los muertos. No adoran a sus antepasados: participan en su salvación. Sus corazones arden con el fuego divino del espíritu de Elías, que vuelve el corazón de los padres hacia los hijos y el de los hijos hacia los padres (Malaquías 4:5–6).
Miles y miles de estas decenas de miles de personas, desde los primeros pioneros hasta hoy, han sido escogidas por Dios (Doctrina y Convenios 84:34). Cumplieron con sus llamamientos humildes y con su destino tan plenamente como el hermano Brigham y los demás cumplieron con los suyos, y Dios las recompensará por ello. Fueron pioneras en sus palabras, pensamientos, hechos y fe, igual que quienes ocupaban puestos más destacados. La edificación de esta comunidad entre las montañas no fue algo hecho en secreto (Hechos 26:26) por unos pocos escogidos. La realizó esa gran multitud llegada de muchas naciones, que vino, trabajó y siguió fielmente a sus líderes llamados por Dios.
Debemos elevarnos mediante nuestra propia labor
Al vivir nuestra vida, no olvidemos nunca que los hechos de nuestros padres y madres les pertenecen a ellos, no a nosotros. Sus obras no pueden contarse como gloria nuestra. No podemos reclamar mérito ni posición alguna por lo que hicieron: debemos elevarnos mediante nuestra propia labor, y si dejamos de trabajar, fracasaremos. Lo que nuestros padres fueron o realizaron no nos da derecho a honores, recompensas, respeto, puestos especiales, reconocimiento ni crédito alguno. Cada uno se sostiene sobre sus propios pies. En esta Iglesia no existe una aristocracia de nacimiento: pertenece por igual a los más encumbrados y a los más humildes. Como dijo Pedro al centurión romano Cornelio, que lo había buscado:
En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que, en toda nación, se agrada del que le teme y hace justicia.
—Hechos 10:34–35
Por tanto, a esas almas humildes pero grandes —nuestros padres y madres, instrumentos del Señor— que labraron las piedras y pusieron los cimientos del reino de Dios para este gran pueblo, tan sólidos como las montañas de granito de las que extrajeron las piedras de su templo; a esas almas grandes en fe, en trabajo, en vida recta y en la formación de nuestra invaluable herencia, les ofrezco humildemente mi amor, mi respeto y mi reverente homenaje.
Que Dios mantenga siempre vivo su recuerdo entre nosotros, sus hijos, para ayudarnos a cumplir nuestros deberes como ellos cumplieron los suyos. Que la obra de Dios crezca y prospere hasta que el evangelio restaurado de Jesucristo llegue a todas las naciones y todos los pueblos; hasta que la paz de Cristo llene toda la tierra; hasta que «la tierra esté llena del conocimiento de Jehová, como las aguas cubren el mar» (Isaías 11:9). Dediquemos aquí y ahora todo cuanto tenemos y todo cuanto somos a esta obra divina. Que Dios nos ayude a hacerlo, ruego humildemente en el nombre de Su Hijo Jesucristo. Amén.


























