Conferencia General — octubre de 1947

El crecimiento de la Iglesia

Presidente George Albert Smith
La obra restaurada de Jesucristo crece mediante la fe, el servicio y la ayuda al prójimo.


Estoy muy agradecido esta mañana de poder estar aquí, en esta sesión de la conferencia. Parece increíble que hoy pueda haber tanta tranquilidad, paz y comodidad —sí, incluso lujos— en esta parte del mundo, mientras que en muchas otras partes las personas carecen de lo indispensable para vivir y parece que no habrá paz en esas regiones, ni de hecho en ninguna, durante mucho tiempo.

Nos hemos reunido esta mañana para adorar. Hoy veo entre los presentes a destacados funcionarios del estado, representantes de nuestras instituciones educativas y de las misiones, y personas de todas partes de la Iglesia. Creo que debo mencionar que hoy nos acompaña el nieto de un gran amigo de la Iglesia en sus primeros días: el coronel Thomas L. Kane. Él estuvo dispuesto a dar la vida para proteger a los habitantes de este valle. El Señor lo preservó para que cumpliera su labor y regresara a salvo a su hogar. Hoy nos sentimos agradecidos de que su nieto esté aquí. Esperamos que disfrute de estar entre las personas por quienes su abuelo sacrificó tanto.

Hace ochenta y nueve años que el coronel Kane nos visitó; pero hace cien años se celebró la primera conferencia general en este valle. Creo que les interesará saber un poco de lo que ocurrió.

ACONTECIMIENTOS DE HACE CIEN AÑOS

Las reuniones de la conferencia comenzaron el domingo 3 de octubre y continuaron hasta el viernes 8 de octubre. Durante ese período, el clima en Salt Lake City fue cálido. Brigham Young fue sostenido como Presidente de toda la Iglesia. Los Doce Apóstoles fueron sostenidos, con excepción de Lyman Wight, cuyo caso quedó pendiente hasta que se presentara en persona, cosa que no hizo. Parley P. Pratt leyó una epístola de los Doce, y los santos la aceptaron. Charles C. Rich y John Young fueron elegidos consejeros del presidente John Smith. El padre John Smith, que era mi bisabuelo, fue sostenido como presidente de la Estaca Salt Lake de Sion y como patriarca de la Iglesia.

Cuesta creer que estemos hablando de hace cien años. En aquel entonces, Henry G. Sherwood, Thomas Grover, Levi Jackman, John Murdock, Daniel Spencer, Lewis Abbott, Ira Eldredge, Edson Whipple, Shadrach Roundy, John Vance, Willard Snow y Abram O. Smoot fueron elegidos miembros del sumo consejo. Charles C. Rich también fue elegido comandante militar principal. Albert Carrington fue elegido secretario, historiador y administrador adjunto de correos de la ciudad. John Van Cott fue elegido alguacil de la ciudad. ¡Todo esto ocurrió hace cien años!

El lunes 4 de octubre llegaron a Salt Lake City varias compañías de santos emigrantes. La presidencia de la estaca y el sumo consejo se reunieron por primera vez en Great Salt Lake City a las siete de la tarde. En esa reunión consideraron la conveniencia de construir molinos en City Creek y Mill Creek.

El martes, la presidencia de la estaca y el sumo consejo se reunieron a las nueve de la mañana y nombraron un comité para trazar las tierras de cultivo. La ciudad ya había sido medida y trazada, y se preparaban para extenderse un poco más allá. Ese día llegaron a Salt Lake City otras compañías de pioneros.

La presidencia de la estaca y el sumo consejo se reunieron el 6 de octubre y nombraron un comité para asegurarse de que se construyeran puertas adecuadas para el fuerte. Henry G. Sherwood, además, continuaba sus trabajos de agrimensura.

Nancy Rich, madre de Charles C. Rich, fue sepultada junto a la tumba de Caroline Grant, a poca distancia al sureste del fuerte, que se encontraba en la parte suroeste de la ciudad.

Las últimas familias de santos emigrantes llegaron a Salt Lake City el viernes 8 de octubre. Para entonces había unas dos mil personas en el valle.

Pensé que estos hechos podrían traerles a la memoria cosas que les resultarían interesantes. Es maravilloso pensar que esta tierra extraordinaria en la que vivimos, entonces desértica, es ahora como el jardín del Señor; y comprender que nuestro Padre Celestial preservó a aquellas personas y les abrió el camino para multiplicarse y crecer, hasta el punto de que hoy disfrutamos en este valle de toda clase de comodidades, facilidades y casi todas las bendiciones que puedan imaginarse en cualquier parte del mundo.

EL BASTÓN DE THOMAS L. KANE

En vista de la visita del honorable E. Kent Kane, nieto del coronel Thomas L. Kane, traje conmigo el bastón que sostengo en la mano. El coronel Kane se lo regaló a mi bisabuelo, John Smith, como muestra de su amistad. Eran grandes amigos desde antes de que cualquiera de los dos llegara al Valle del Lago Salado, pues se habían conocido durante el éxodo de nuestro pueblo de Nauvoo. El bastón pasó de John Smith a George A. Smith, mi abuelo; después a John Henry Smith, mi padre; luego llegó a mis manos y, finalmente, pasó a mi hijo, George Albert Smith IV.

Pensé que podría ser interesante recordar esta historia, especialmente porque nos honra la presencia del nieto del hombre que regaló este bastón. Procede de un bosquecillo de nogales americanos de la antigua finca Hermitage, cerca de Nashville. Andrew Jackson, quien llegó a ser presidente de los Estados Unidos, era dueño de aquella propiedad y vivía allí. Él le dio el bastón a Thomas L. Kane, y este se lo entregó a John Smith, quien llegó a ser el primer presidente de estaca de este valle.

Hoy, en lugar de tener solo dos mil miembros de la Iglesia en este valle, tenemos más de cuatro mil misioneros de la Iglesia por el mundo compartiendo el evangelio de Jesucristo con los hijos de los hombres: el mayor número que jamás haya habido en el mundo al mismo tiempo.

LA MANZANA DEL TEMPLO

Si hubiera tiempo, podrían narrarse cientos de acontecimientos que resultarían interesantes para esta audiencia. Hoy estamos reunidos en el gran Tabernáculo, conocido en todo el mundo porque, durante más de diecisiete años, desde este edificio se ha transmitido cada semana un programa del Coro del Tabernáculo y del gran órgano que ha llegado a casi todas las partes del mundo civilizado. Por supuesto, hace cien años nadie había pensado aún en este Tabernáculo. Desde entonces, en esta manzana se han levantado el Tabernáculo, con capacidad para diez mil personas y uno de los lugares más agradables del mundo para reunirse; el gran templo; la Oficina de Información; la pequeña y antigua cabaña de troncos que antes estaba en First North Street; y el Salón de Asambleas. Todo ello se encuentra en esta manzana de diez acres. Les hago notar que la plaza está adornada no solo por estos edificios, sino también por monumentos y placas en honor de quienes han fallecido, y embellecida con jardines de flores, arbustos y árboles. Es una de las plazas más hermosas del mundo.

AYUDA PARA LOS SANTOS DE EUROPA

Recibimos noticias de nuestra gente en Europa. En muchos casos todavía atraviesan tiempos difíciles, pero, en general, permanecen fieles a Dios y a la Iglesia. Los mensajes de agradecimiento que nos envían de vez en cuando por los alimentos, la ropa y la ropa de cama que les hemos hecho llegar nos llenan de emoción.

Tal vez les interese saber que, desde el final de la Segunda Guerra Mundial, se han enviado por mar más de setenta y cinco cargamentos grandes, equivalentes a vagones de ferrocarril, con alimentos, ropa y ropa de cama para aquellas personas necesitadas, sin costo alguno para ellas.

VISITA AL PRESIDENTE TRUMAN

Cuando terminó la guerra, fui en representación de la Iglesia a ver al presidente de los Estados Unidos. Al visitarlo, me recibió con mucha amabilidad —ya lo había conocido antes— y le dije:

—Señor Presidente, he venido a conocer su parecer en caso de que los Santos de los Últimos Días estén preparados para enviar alimentos, ropa y ropa de cama a Europa.

Sonrió, me miró y dijo:

—Bueno, ¿para qué quieren enviarlos allá? Su dinero no vale nada.

—No queremos su dinero —le dije.

Me miró y preguntó:

—¿No querrá decir que piensan regalárselos?

—Por supuesto que se los daríamos. Son nuestros hermanos y hermanas, y están pasando necesidades. Dios nos ha bendecido con excedentes y estaremos encantados de enviárselos si contamos con la cooperación del gobierno.

—Van por buen camino —dijo—, y nos complacerá ayudarlos de cualquier manera que podamos.

He pensado muchas veces en aquella conversación. Después de que estuvimos sentados unos momentos, volvió a preguntar:

—¿Cuánto tiempo les llevará prepararlo todo?

—Ya está todo preparado —le respondí.

Como recordarán, durante la guerra el gobierno había estado destruyendo alimentos y desalentando la siembra de cereales, así que le dije:

—Señor Presidente, mientras el gobierno de Washington aconsejaba destruir alimentos, nosotros construíamos silos y los llenábamos de grano, y aumentábamos nuestros rebaños y manadas. Ahora lo que necesitamos son vagones y barcos para enviar cantidades considerables de alimentos, ropa y ropa de cama a las personas que sufren en Europa. Tenemos una organización de la Iglesia que ya ha preparado más de dos mil colchas hechas a mano.

El grupo que cantó para ustedes esta mañana, las Madres Cantoras de la Sociedad de Socorro, representa a esa organización. Habían confeccionado con sus propias manos dos mil colchas listas para enviar. Como resultado, muchas personas recibieron sin demora ropa abrigada, ropa de cama y alimentos. Tan pronto como conseguimos vagones y barcos, tuvimos todo lo necesario para enviarlo a Europa.

LOS LOGROS DEL ÚLTIMO SIGLO

Hace cien años no habríamos podido hacer eso. Nosotros mismos buscábamos alimento. Nuestro pueblo en este valle desenterraba cardos y raíces de sego para comer, y utilizaba todos los medios posibles para conseguir sustento. En cien años, el desierto ha florecido como la rosa (Isaías 35:1). En cien años, el evangelio se ha predicado en casi todas las naciones de la tierra donde ha sido recibido. En cien años, personas de diversas naciones se han congregado aquí, en Sion, y han establecido sus hogares. En Utah, Idaho, Nevada, Wyoming, Colorado, Arizona, Montana, California y Oregón, así como en el estado de Washington y el oeste de Canadá, tenemos congregaciones cuyos miembros pueden reunirse en cantidades tan grandes como esta: miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días que tienen motivos para agradecer a Dios el evangelio de Jesucristo revelado en estos últimos días. Sin él, no habría sido posible el establecimiento ni el recogimiento que nuestro pueblo ha llevado a cabo en esta gran región occidental.

Así pues, hermanos y hermanas, tenemos mucho por lo que estar agradecidos esta mañana. La gratitud debería llenar nuestro corazón. Aquí estamos, en este edificio que se ha utilizado durante muchos, muchos años. Yo mismo estuve en él en 1875. Era un niño pequeño y solía jugar entre las grandes piedras que se habían apilado en esta manzana mientras se construía el templo. Ahora todas están colocadas en su lugar y la obra está terminada. Se construyó el gran órgano y cientos de miles de personas han adorado a Dios en este edificio bajo la influencia del Espíritu de nuestro Padre Celestial.

LOS PIONEROS DE LOS CARROS DE MANO

Justo al norte de este edificio se está terminando esta mañana un monumento dedicado a los emigrantes que llegaron al Valle del Lago Salado con todas sus posesiones terrenales en carros de mano que los miembros de sus familias empujaban y tiraban. Caminaron aproximadamente mil quinientas millas desde Iowa City, Iowa, hasta este lugar, y soportaron dificultades indescriptibles durante el trayecto. Más de doscientos murieron en el camino por causa del hambre, el frío y el agotamiento; pero sus compañeros siguieron adelante y finalmente llegaron aquí para establecer sus hogares.

Piensen ahora en cuánto han cambiado las cosas. Ese mismo viaje desde Iowa City hasta el Valle del Gran Lago Salado puede hacerse cómodamente, con comidas preparadas durante el trayecto mientras uno vuela sobre el territorio. En siete horas se completa el viaje. A los pioneros de los carros de mano les tomó largos y agotadores meses, al igual que a quienes viajaron con yuntas de bueyes. Ahora tenemos ferrocarriles con trenes rápidos; tenemos automóviles y aviones. Y, además, contamos con ese maravilloso invento, la radio, por el que el Coro del Tabernáculo y el órgano han llegado al mundo desde este edificio cada día de reposo durante diecisiete años. Por ese mismo medio, personas de todo el país escuchan hoy este servicio, quizá con tanta claridad en sus hogares e iglesias como si estuvieran presentes con nosotros. Ciertamente, una obra maravillosa y un prodigio (Isaías 29:14) han venido al mundo.

Las Escrituras se han cumplido y hoy nosotros, humildes miembros de la Iglesia, hombres y mujeres que disfrutamos de casi todas las comodidades deseables —y, en todo caso, de cuanto necesitamos—, nos reunimos esta mañana en la casa del Señor. Aquí, en paz, compartimos unos con otros; escuchamos la música; ofrecemos oraciones de agradecimiento a nuestro Padre Celestial; y escuchamos los discursos de hombres con experiencia en el mundo, cada uno de los cuales ha sido misionero de una u otra manera.

LA INSPIRACIÓN DURANTE LA ADORACIÓN

Esto me recuerda algo que ocurrió hace mucho tiempo. Un hermano holandés de apellido Folkers vivía con su esposa en mi casa. Ninguno de los dos podía hablar ni entender inglés. Él solía asistir a las reuniones de ayuno y, cuando los demás hablaban, no comprendía lo que decían. Cuando terminaban, él se levantaba y hablaba, y nosotros no podíamos entenderlo. Un día le pregunté:

—¿Por qué asiste a reuniones en inglés? Usted no puede entender lo que se dice.

Me tomó un tiempo hacerle comprender lo que quería saber. Finalmente sonrió y respondió:

—No es lo que oye lo que le hace feliz, ni lo que ve. Es lo que siente, y yo puedo sentir igual que cualquier otra persona.

Eso es lo que deseo recalcarles esta mañana. En este edificio, dedicado a la adoración de nuestro Padre Celestial, no solo podemos oír y ver, sino también sentir la inspiración de este momento, fortalecer nuestra fe y renovar nuestras fuerzas espirituales. No estamos aquí como un gran grupo de desconocidos, sino como verdaderos hermanos y hermanas, hijos del Dios viviente. Podemos estar juntos y sentir, sin duda, gratitud hacia nuestro Padre Celestial por las muchas bendiciones que nos ha concedido y por las oportunidades y los privilegios de que disfrutamos.

GRATITUD POR LAS BENDICIONES

Hermanos y hermanas, ustedes han venido aquí a esperar en el Señor (Isaías 40:31). Dejen de lado, en lo posible, las preocupaciones de afuera y recuerden esta invitación:

Cuenta tus muchas bendiciones, nómbralas una por una;
y te sorprenderá lo que el Señor ha hecho.

Quienes estamos aquí como descendientes de los que llegaron a este valle hace cien años podemos ver que la mano del Señor ha estado sobre este pueblo. Nos ha bendecido como a pocos pueblos del mundo, y sin duda habrá en nuestro corazón un sentimiento de gratitud hacia Él, el Autor de nuestra existencia, por todas las bendiciones que nos ha otorgado.

Me alegra mucho ver aquí esta mañana a la tía Augusta Grant. Ha asistido a estas conferencias desde que pudo hacerlo, y ahora, en sus años avanzados, se sienta entre nosotros representando a una gran familia. Su presencia nos recuerda que, no hace mucho, su esposo estaba donde yo estoy ahora, transmitiéndonos el mensaje que el Señor tenía para nosotros por medio de él. Cuando terminó su obra, se le permitió ir al paraíso.

Que el Señor añada Sus bendiciones. Ruego que Su Espíritu esté en nuestro corazón y en nuestros hogares; que amemos a nuestros semejantes dondequiera que estén; y que deseemos sinceramente compartir con los demás hijos de nuestro Padre el único mensaje que traerá paz al mundo: el evangelio de Jesucristo. Espero que suficientes personas lo comprendan y lo hagan suyo para que, por lo menos durante algún tiempo, se evite la guerra y podamos seguir sirviendo con alegría a nuestro Padre Celestial.

Esta mañana les doy mi testimonio de que sé que Dios vive; sé que Jesús es el Cristo; sé que José Smith fue Su profeta. Ruego que todos tengamos esa certeza y vivamos de tal manera que, cuando llegue el momento de partir de aquí, recibamos como recompensa una herencia en el reino celestial, en compañía de las personas que amamos, para estar con ellas para siempre. Así lo ruego en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

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