El renacimiento y la muerte espirituales
Élder Harold B. Lee
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
La conversión a Jesucristo trae vida espiritual.
Hace algunas semanas conversé con un joven que se está recuperando de manera extraordinaria de unas heridas muy graves recibidas en el campo de batalla europeo. La explosión de una mina terrestre le había causado una grave lesión en la columna vertebral que lo dejó casi completamente paralizado. Cuando el equipo de rescate llegó y lo retiraba del campo, el enemigo abrió fuego con una ametralladora y el joven recibió seis heridas de bala en el pecho. Lo llevaron al hospital creyendo que estaba a punto de morir. Mientras yacía en su camilla, después de que los cirujanos lo atendieran, se acercó un capellán que llevaba la insignia de otra iglesia. Le preguntó cuál era su religión. Al enterarse de que era Santo de los Últimos Días, el capellán dijo:
—Entonces quizá prefieras que no ore por ti.
LA ORACIÓN DEL CAPELLÁN
—Sí —respondió el joven—. Me gustaría que orara por mí, si así lo desea.
Con gran respeto, el capellán le dijo:
—Me quitaré la insignia de mi iglesia y me arrodillaré aquí, junto a tu camilla. Entonces oraremos juntos, sencillamente como dos hombres de Dios.
El joven contó que el capellán oró durante unos veinte minutos. Lo principal que recordaba de aquella oración, lo que lo sostuvo y despertó en él el deseo de vivir, fue esto:
Oh Dios, ayúdanos a vivir sin miedo a morir y a morir sin miedo a vivir.
Desde entonces he pensado muchas veces en esa oración y me he preguntado: ¿Cuántos miles de personas hay hoy entre nosotros que viven de tal manera que, si no se arrepienten, tendrán miedo a morir y, al morir, temerán la vida que les espera después?
El propósito del evangelio de Jesucristo es enseñar a las personas a vivir de modo que, cuando llegue la muerte, puedan hacerlo en el espíritu de estas palabras del inmortal poema Thanatopsis:
No vayas como el esclavo al que, de noche,
conducen a latigazos hacia su calabozo,
sino sostenido y consolado
por una confianza que no vacila…
EL EVANGELIO, «LA PERFECTA LEY DE LA LIBERTAD»
El apóstol Pablo definió el evangelio como «poder de Dios para salvación» (Romanos 1:16), y para el apóstol Santiago era «la perfecta ley de la libertad» (Santiago 1:25).
El Maestro amplió esta última idea cuando dijo a quienes lo escuchaban:
«Si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8:31–32).
El Maestro explicó más adelante la naturaleza de esa libertad en una revelación dada en nuestros días. Al hablar de Adán y de toda su posteridad, representada en la humanidad entera, el Señor dijo:
«Por tanto, yo, Dios el Señor, hice que él [Adán] fuese echado del Jardín de Edén, de mi presencia, a causa de su transgresión, por lo que quedó espiritualmente muerto, que es la primera muerte, la misma que es la última muerte, que es espiritual, y que será pronunciada sobre los inicuos en el postrer día, cuando yo diga: Apartaos, malditos.
»Pero he aquí, os digo que yo, Dios el Señor, concedí a Adán y a su posteridad que no muriesen en cuanto a la muerte temporal hasta que yo, Dios el Señor, enviara ángeles para declararles el arrepentimiento y la redención, mediante la fe en el nombre de mi Hijo Unigénito.
»Y así yo, Dios el Señor, señalé al hombre los días de su probación, para que por su muerte natural se levantara en inmortalidad a vida eterna, sí, cuantos creyeren; y los que no creyeren, a condenación eterna, porque no pueden ser redimidos de su caída espiritual, debido a que no se arrepienten» (Doctrina y Convenios 29:41–44).
«OS ES NECESARIO NACER DE NUEVO»
Esa revelación de nuestros días nos ayuda a comprender mejor la respuesta que el Maestro dio a Nicodemo cuando este acudió a Él para preguntar qué debía hacer para ser salvo. El Maestro respondió: «Os es necesario nacer de nuevo» (Juan 3:3–5): nacer del agua y del Espíritu. De otro modo no podría ver ni entrar en el reino de Dios.
El bautismo por inmersión simboliza la muerte y sepultura del hombre de pecado; salir del agua representa levantarse a una nueva vida espiritual (Romanos 6:4). Después del bautismo, se imponen las manos sobre la cabeza del creyente bautizado y se lo bendice para que reciba el Espíritu Santo. Así recibe la promesa, o el don, del Espíritu Santo: el privilegio de volver a estar en la presencia de uno de los miembros de la Trinidad. Si obedece Su guía y permanece fiel, podrá recibir la dirección del Espíritu Santo en su vida cotidiana, tal como Adán caminaba y conversaba en el Jardín de Edén con Dios, su Padre Celestial. Recibir esa guía y dirección del Espíritu Santo es nacer espiritualmente de nuevo.
LA PARÁBOLA DEL SEMBRADOR
Lamentablemente, muchas personas bendecidas con el don del Espíritu Santo y con la posibilidad de gozar de la compañía de un miembro de la Trinidad durante su vida mortal no llegan a recibir plenamente esas bendiciones. El Maestro lo enseñó claramente en la parábola del sembrador, que representa a quienes enseñan el evangelio. Dividió a quienes escuchaban la palabra en cuatro grupos.
Del primero dijo, en esencia: «Son los que recibieron la semilla junto al camino, y pronto vinieron las aves y se la llevaron» (Mateo 13:4). Representan a quienes oyen la palabra, pero no la comprenden; entonces el diablo se apresura a quitarla de su corazón para impedir que la reciban y crean para salvación (Mateo 13:19).
Comparó a otro grupo con quienes recibieron la semilla en terreno pedregoso. La semilla comenzó a echar raíces, pero, cuando salió el sol, se quemó y se secó porque no tenía raíz profunda (Mateo 13:5–6). Representan a quienes reciben la palabra con gozo durante un tiempo, pero tropiezan y decaen en su fe cuando sobrevienen la persecución y la aflicción por causa de ella (Mateo 13:20–21).
Otro grupo de oyentes recibe el evangelio como la semilla que cae entre espinos; con el tiempo, los espinos la ahogan (Mateo 13:7). Son quienes permiten que las preocupaciones del mundo, el engaño de las riquezas, los placeres y los deseos mundanos destruyan su participación en la Iglesia, que podría conducirlos con seguridad a la vida eterna (Mateo 13:22).
Afortunadamente, algunos reciben el evangelio en buena tierra y producen fruto: unos al ciento por uno, otros al sesenta y otros al treinta (Mateo 13:8). Algo semejante parece ocurrir entre los miembros activos de la Iglesia hoy: algunos prestan un servicio pleno y otros, lamentablemente, producen solo al treinta por uno (Mateo 13:23).
POR QUÉ ALGUNOS NO RECIBEN SUS BENDICIONES
En nuestros días, el Señor dio una revelación que explica claramente por qué algunas personas pierden sus bendiciones. Dijo:
«Porque sus corazones de tal modo están puestos en las cosas de este mundo, y aspiran tanto a los honores de los hombres, que no aprenden esta lección única: que los derechos del sacerdocio están inseparablemente unidos a los poderes del cielo, y que estos no pueden ser gobernados ni manejados sino conforme a los principios de la rectitud.
»Es cierto que se nos pueden conferir; pero cuando intentamos encubrir nuestros pecados, satisfacer nuestro orgullo, nuestra vana ambición, o ejercer mando, dominio o compulsión sobre las almas de los hijos de los hombres, en cualquier grado de injusticia, he aquí, los cielos se retiran; el Espíritu del Señor es ofendido; y cuando se aparta, se acabó el sacerdocio o autoridad de tal hombre.
»He aquí, antes que se dé cuenta, queda abandonado a sí mismo para dar coces contra el aguijón, perseguir a los santos y luchar contra Dios» (Doctrina y Convenios 121:35–38).
Según lo que hemos observado, así parece avanzar la caída espiritual de algunas personas. Primero comienzan a «dar coces contra el aguijón». Me he preguntado qué significa esa expresión. Sin duda, esos aguijones son las exigencias del evangelio. Quizá sean las cosas a las que se refirió el presidente Clark en un notable artículo publicado hace algunos años en The Improvement Era, a las que llamó «restricciones»: las de la Palabra de Sabiduría, las de santificar el día de reposo, las indicaciones contra los juegos de cartas y las exigencias de participar en el programa de bienestar. Podríamos mencionar otras. Algunas personas parecen rebelarse constantemente contra esas exigencias: los «aguijones» del evangelio.
Recuerdo algo que alguien dijo al clasificar a la humanidad. Según él, solo había tres clases de personas: «los santos, los que no lo son y los que se quejan». Quizá quienes se quejan representen a los que parecen dar coces contra el aguijón. Son los que después comienzan a «perseguir a los santos» y, finalmente, a «luchar contra Dios».
LOS APÓSTATAS EN TINIEBLAS
Al hablar de quienes persiguen a los santos, recuerdo lo que dijo el profeta José durante su vida:
De los apóstatas han recibido los fieles las persecuciones más severas. Judas fue reprendido e inmediatamente traicionó a su Señor, entregándolo en manos de sus enemigos, porque Satanás entró en él (Lucas 22:3). A quienes obedecen el evangelio con íntegro propósito de corazón se les concede una inteligencia superior. Si pecan contra ella, el apóstata queda desnudo y privado del Espíritu de Dios; en verdad, está cerca de la maldición, y su fin es ser quemado (Hebreos 6:8). Una vez que se les quita la luz que había en ellos, quedan tan oscurecidos como antes habían sido iluminados. No es de extrañar, entonces, que empleen todas sus fuerzas contra la verdad y que, como Judas, procuren destruir a quienes habían sido sus mayores bienhechores (Joseph Fielding Smith, Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 67).
Sí, quienes enseñan la verdad parecen estar expuestos a la persecución. Recuerden lo que dijo el Maestro:
«Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo… porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros» (Mateo 5:11–12).
Hace unos años, por encargo de la Presidencia y del Cuórum de los Doce, entrevisté a un hombre que se había apartado y había sido excomulgado de la Iglesia a causa de sus pecados. Me dijo: «Quiero darle este testimonio: los últimos años han sido un camino muy duro. Cuando recibí el fallo del tribunal que me excomulgó de la Iglesia, fue como si alguien hubiera apagado la luz de mi alma. Desde entonces quedé en completa oscuridad».
LOS PUROS DE CORAZÓN VERÁN A DIOS
En el Sermón del Monte, el Maestro hizo otra declaración muy expresiva:
«Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios» (Mateo 5:8).
Recordarán que, durante Su vida, algunos solo vieron en Él al hijo del carpintero (Mateo 13:55). Otros dijeron que era bebedor de vino (Mateo 11:19). Hubo incluso quienes pensaron que estaba poseído por demonios (Juan 8:48). Solo los puros de corazón lo vieron como el Hijo de Dios.
Así sucede también hoy. Hay quienes consideran que los líderes de esta Iglesia y los ungidos de Dios actúan por motivos egoístas. Esas personas siempre tergiversan las palabras de nuestros líderes con el fin de poner obstáculos a la obra del Señor. Presten atención a quienes hablan mal de los ungidos del Señor, pues, a mi juicio, hablan desde corazones impuros. Solo los «puros de corazón» ven lo divino en las personas y aceptan a nuestros líderes como profetas del Dios viviente.
Los testimonios de nuestros líderes sobre este asunto han sido muy significativos para mí. Recuerdo haber oído decir al presidente Grant en varias ocasiones:
Cuando ciertas personas que no llevan una buena vida comienzan a felicitarme y a hablar bien de mí, me digo: «Heber J. Grant, ¿qué te pasa? No debes estar cumpliendo tu deber; de otro modo, esa clase de persona no sentiría tanto aprecio por ti».
También recuerdo una declaración profética que el presidente George Albert Smith pronunció desde este púlpito hace dieciocho meses:
Muchos han menospreciado a José Smith, y quienes lo han hecho serán olvidados en el seno de la tierra; la mala fama de sus actos los acompañará. Pero el honor, la majestad y la fidelidad a Dios asociados con el nombre de José Smith y ejemplificados por él nunca morirán.
Desearía que esa declaración pudiera oírse hasta los confines de la tierra.
LOS CRÍTICOS Y LA ENFERMEDAD ESPIRITUAL
Quiero darles mi testimonio de que mi experiencia me ha enseñado que quienes critican a los líderes de esta Iglesia muestran señales de una enfermedad espiritual que, si no se detiene, finalmente les causará la muerte espiritual. También testifico que quienes intentan desacreditar públicamente a nuestros líderes mediante sus críticas se perjudicarán más a sí mismos que a las personas a quienes procuran difamar. A lo largo de los años he observado y leído la historia de muchos que se apartaron de esta Iglesia, y testifico que ningún apóstata que la haya dejado ha prosperado después como influencia en su comunidad.
Conviene que recordemos hoy las palabras del antiguo profeta que el coro cantó tan hermosamente como palabras del Maestro. Fue Isaías quien dijo:
«…Paz, paz al que está lejos y al que está cerca, dice Jehová; y yo lo sanaré. Pero los malvados son como el mar en tempestad, que no puede estar quieto, y sus aguas arrojan cieno y lodo. No hay paz, dijo mi Dios, para los malvados» (Isaías 57:19–21).
Hermanos y hermanas, ruego por todos nosotros: que vivamos de tal manera que, cuando llegue nuestro momento, no tengamos miedo a morir y que, al morir, podamos esperar con confianza una vida eterna en la presencia del Señor Jesucristo, en el reino celestial. Lo ruego humildemente en Su nombre. Amén.


























