Conferencia General — octubre de 1947

La necesidad y el valor del Plan de Bienestar

Élder Henry D. Moyle
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
El trabajo y el servicio permiten cuidar de quienes tienen necesidades.


Hermanos y hermanas, comparezco ante ustedes con humildad para ocupar unos momentos de su valioso tiempo. En esta época del año, y dadas las condiciones favorables de que disfrutamos, convendría mirar hacia nuestro pasado reciente y preguntarnos si los consejos dados desde este púlpito hace once años y medio se han convertido ya en principios fundamentales de nuestra vida y nuestras actividades. ¿Tenemos hoy todos en nuestros hogares provisiones de lo indispensable para un año? ¿Hemos rendido cuentas al Señor, hasta la fecha, mediante el pago de nuestros diezmos? ¿Hemos ayunado durante el año y entregado al obispo el ahorro correspondiente? ¿Hemos contribuido con toda la generosidad posible para cumplir el presupuesto de bienestar de 1947? Estas preguntas son importantes para nuestra vida actual, quizá más que nunca. Si no hemos hecho esas cosas, ciertamente nos han faltado la fe y el valor para seguir lo que nuestros grandes líderes nos han aconsejado.

TESTIMONIO DEL PROGRAMA DE BIENESTAR

Mientras viajaba por la Iglesia trabajando en el programa de bienestar, he contado muchas veces que, cuando el presidente Grant me llamó al comité general de bienestar, no me preguntó si estaba convencido de este gran principio de que la Iglesia cuidara de los suyos. Sencillamente me dijo que había sido llamado a esta labor y que se esperaba que saliera a hacer lo necesario para establecer el plan entre nuestro pueblo.

Esta mañana me impresionaron mucho las palabras del presidente Smith acerca de lo que vemos y oímos. Eso no es lo más importante. Lo importante para ustedes y para mí es lo que sentimos. Hoy les digo con toda humildad, hermanos y hermanas, que desde el momento en que el presidente Grant me llamó a trabajar en bienestar, jamás he dejado de sentirme bien al hacerlo ni de sentir que estaba realizando algo que el Señor deseaba que se hiciera. Por ello, siguiendo la pauta que nuestro profeta nos ha dado hoy, me complace testificarles que aún existe una gran necesidad de este magnífico programa de bienestar, tanto en el mundo como en esta Iglesia.

LA OPOSICIÓN DEL ADVERSARIO

El otro día, mientras leía La vida de Brigham Young, encontré este pasaje:

Al comienzo de esta Iglesia me fue revelado que se extendería, prosperaría, crecería y se expandiría; y que, en proporción a la difusión del evangelio entre las naciones de la tierra, aumentaría el poder de Satanás.

Tengo la convicción de que hemos visto manifestarse el poder del adversario contra nuestros esfuerzos por difundir el programa de bienestar entre nuestro pueblo. Creo que ha utilizado a algunos de sus colaboradores más capaces para impedir que ustedes y yo sigamos como debiéramos los consejos de nuestros líderes. No hemos sido tan diligentes como debíamos en el cumplimiento de las responsabilidades que nos corresponden dentro de este plan.

Si durante los últimos once años y medio hubiéramos mantenido las normas de la Iglesia en nuestra labor de bienestar, habríamos podido bendecir a la gente de Europa muchas veces más de lo que ya lo hemos hecho. Habríamos contado con varias veces más de los ochenta y tres vagones de suministros enviados para aliviar su sufrimiento. Por lo que he podido observar, hermanos y hermanas, si examinamos el asunto con seriedad, nadie se ha aprovechado de nosotros ni hemos sufrido por participar. El programa de bienestar no ha sido una carga. Quiero decirles que los miembros de esta Iglesia que han seguido al pie de la letra los consejos de nuestros hermanos han sido bendecidos.

LA OBSERVANCIA DEL DÍA DE REPOSO

Hay otro asunto que hoy siento muy cerca del corazón y sobre el cual me veo impulsado a hablar. Las abundantes bendiciones de la tierra han sido prometidas a los Santos de los Últimos Días y a todos los hijos de nuestro Padre Celestial si santifican el día de reposo. Tenemos sobradas razones para considerar este asunto en relación con nuestra labor de bienestar. Uno de los primeros mandamientos dados al hombre fue recordar el día de reposo para santificarlo:

«Seis días trabajarás y harás toda tu obra; mas el séptimo día es reposo para Jehová tu Dios; no hagas en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu ganado, ni el extranjero que está dentro de tus puertas.

»Porque en seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día; por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó» (Éxodo 20:9–11).

Brigham Young dijo sobre este tema:

Recuerden, hermanos míos, que quienes salen a patinar, a pasear en carruaje o de excursión el día de reposo —y esto ocurre con frecuencia— son débiles en la fe. Por lo general, poco a poco se les escapa del corazón el espíritu de su religión y se enfría su afecto por ella. Con el tiempo comienzan a encontrar defectos en sus hermanos, en las doctrinas y en la organización de la Iglesia, hasta que finalmente abandonan el reino de Dios y se encaminan a la destrucción. El Señor ha mandado a Su pueblo descansar una séptima parte del tiempo. Nosotros apartamos el primer día de la semana y lo llamamos nuestro día de reposo, conforme a la práctica cristiana. Debemos observarlo por nuestro bien temporal y nuestro bienestar espiritual. Cuando veo a un agricultor tan apurado que considera necesario atender su cosecha, recoger el heno, construir cercas o reunir su ganado el día de reposo, lo considero débil en la fe. Ha perdido, en mayor o menor grado, el espíritu de su religión. Seis días bastan para trabajar; si deseamos divertirnos, hagámoslo durante esos seis días; si deseamos ir de excursión, elijamos uno de ellos. Pero el séptimo día vayamos al lugar de adoración, participemos de la Santa Cena, confesemos nuestras faltas unos a otros y a nuestro Dios, y prestemos atención a las ordenanzas de la casa de Dios (Discourses of Brigham Young, pág. 165).

LA OBEDIENCIA TRAE BENDICIONES

Quisiera leer también otra cosa relacionada con este tema. En Doctrina y Convenios se nos promete que, si santificamos el día de reposo, será nuestra la abundancia de la tierra (Doctrina y Convenios 59:16). Por eso repito que, si tenemos fe en la obra del Señor, la fórmula es bastante sencilla. Si la abundancia de la tierra es nuestra, nunca tendremos dificultades para cumplir nuestro presupuesto de bienestar ni para cuidar de quienes necesitan nuestra ayuda. Nuestro problema es que nos falta el valor para confiar plenamente en la obra de Dios y hacer lo que Él nos ha aconsejado.

Hoy somos mucho más ricos como Iglesia de lo que solemos reconocer. No hay en la tierra un pueblo tan rico como nosotros. Piensen en nuestras bendiciones y en la abundancia con que las disfrutamos. Tenemos fe, verdad, virtud, caridad, humildad, espíritu de ahorro, diligencia, aspiraciones y entusiasmo. Como resultado de todas esas virtudes, hermanos y hermanas, entre los miembros de esta Iglesia abundan las cosas necesarias para vivir.

Si somos ricos —y estoy seguro de que lo somos—, debemos tomar en serio las palabras que nuestro Padre Celestial reveló por medio del profeta José Smith. Al pronunciarlas, él no hablaba simplemente como un hombre a otro, sino como portavoz de nuestro Padre Celestial:

«¡Ay de vosotros, hombres ricos, que no queréis dar de vuestros bienes a los pobres!, porque vuestras riquezas corromperán vuestras almas; y esta será vuestra lamentación en el día de la visitación, del juicio y de la indignación: ¡La siega ha pasado, el verano ha terminado, y mi alma no se ha salvado!

»¡Ay de vosotros, hombres pobres, cuyos corazones no están quebrantados, cuyos espíritus no son contritos, cuyos vientres no están satisfechos, cuyas manos no se abstienen de apoderarse de los bienes ajenos, cuyos ojos están llenos de avaricia y que no queréis trabajar con vuestras propias manos!

»Pero benditos son los puros de corazón, cuyos corazones están quebrantados y cuyos espíritus son contritos, porque verán venir el reino de Dios con poder y gran gloria para su liberación; porque la abundancia de la tierra será de ellos» (Doctrina y Convenios 56:16–18).

He aquí otra promesa de cuanto necesitamos para cumplir todos los propósitos de Dios en la tierra, tanto temporales como espirituales:

«Porque he aquí, el Señor vendrá, y su recompensa estará con él, y recompensará a cada hombre, y los pobres se regocijarán» (Doctrina y Convenios 56:19).

EL ESPÍRITU DE SERVICIO

Tenemos el espíritu de contribuir, y estoy seguro, hermanos y hermanas, de que ese espíritu va de la mano con el de la obra misional que realizamos en esta Iglesia. ¡Piensen en los cuatro mil misioneros que predican el evangelio! Digo que tenemos el espíritu de contribuir porque, ¿qué hacemos mediante la obra misional? Compartimos con quienes reciben a nuestros misioneros el conocimiento de que tenemos el evangelio de Jesucristo. Es un espíritu de sacrificio y de servicio. Junto con las doctrinas espirituales que nuestros profetas nos han enseñado en esta época, debemos atender también las necesidades temporales de nuestro pueblo y ayudar a preservar su bienestar. Eso es lo que hace nuestro gran programa de bienestar.

HONRAR A LOS PADRES

Hay otra cosa digna de elogio que logra nuestro programa. El apóstol Pablo dijo a los efesios:

«Hijos, obedeced a vuestros padres en el Señor, porque esto es justo.

»Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa;

»para que te vaya bien y tengas larga vida sobre la tierra. Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor… Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo» (Efesios 6:1–3, 11).

Nuestro gran programa de bienestar está concebido para acercar al padre y al hijo, y al hijo y al padre, en la relación estrecha que Pablo deseaba ver en la Iglesia de su época. Hacerlo es igual de esencial para nosotros hoy. Ligado a ese gran principio se encuentra el principio eterno del albedrío, que todos valoramos tanto. Debíamos tener nuestro albedrío en los concilios de los cielos y, al ejercerlo, escogimos venir aquí para procurar nuestro sustento temporal y, mediante la obediencia a las leyes y los mandamientos de Dios, llegar a ser literalmente Sus hijos y Sus hijas.

EL VALOR DEL ALBEDRÍO

¿Vamos a perder ahora ese albedrío, mientras estamos en esta vida mortal procurando la salvación eterna para la cual fuimos puestos sobre la tierra? ¿Sacrificaremos la posibilidad de conservar nuestro albedrío por algo que el mundo pueda ofrecernos? Basta con examinar cualquier movimiento que aparezca entre nosotros, sea social, político o de otra índole. Si muestra la menor intención de privarnos de nuestro albedrío, debemos evitarlo como evitaríamos la inmoralidad o cualquier otra cosa perjudicial. Estoy seguro de que el albedrío es tan necesario para nuestra salvación eterna como lo es la virtud. Debemos proteger nuestro albedrío con el mismo cuidado con que protegemos nuestra virtud.

Hasta donde alcanza mi experiencia en esta vida mortal, hermanos y hermanas, cada vez que permito que otra persona cumpla una función que el Señor espera que yo cumpla por mí mismo, en esa medida paso a depender de ella. Les digo que, si alguna vez los miembros de esta Iglesia llegáramos a depender de una fuente externa para nuestros recursos y nuestro sustento, esa fuerza externa trataría, sin duda, de dictarnos lo que debemos hacer. Quienes sabemos leer solo tenemos que observar lo ocurrido en la historia. Siempre que un poder ha procurado controlar el bienestar de las personas mediante el sustento que les proporciona, ha llegado a dominarlas en otros aspectos de su vida. No hay hoy en la tierra ningún sistema social que, llevado lo bastante lejos durante el tiempo suficiente, no termine por arrebatarnos el albedrío. Hoy agradezco a mi Padre Celestial el conocimiento y la convicción que tengo de que existe una sola fuente a la que ustedes y yo, como fieles Santos de los Últimos Días, debemos acudir para recibir ayuda en tiempos de necesidad: la que el Señor ha revelado.

Examinemos cuidadosamente cualquier movimiento que hoy procure atar las manos de las personas, privarlas de su albedrío e impedirles decidir en cada momento de su vida si irán a la derecha o a la izquierda.

APOYO AL PROGRAMA DE BIENESTAR

Debemos amar y apreciar nuestro gran programa de bienestar, porque en él está ligado un principio que nos permitirá establecernos en la tierra como hombres y mujeres libres, siempre que sigamos los dictados de nuestra conciencia y los consejos que nuestro Padre Celestial nos da por medio de Sus siervos.

Espero y ruego, hermanos y hermanas, que no dejemos pasar otros once años y medio sin tomar más en serio los constantes consejos de nuestros líderes de poner nuestros hogares en orden y permitir que los hijos e hijas cuiden de sus madres y padres. Llevemos a las familias de las que el hermano Benson habló tan bellamente esta mañana un amor, un afecto y una devoción que no permitan que intereses externos asuman las funciones de la familia, sean temporales o espirituales.

Todo hijo e hija de Israel que contribuya con lo que el Señor le ha dado para sostener a los familiares menos favorecidos recibirá parte de la abundancia de la que hemos hablado esta tarde. Les prometo que, si viviéramos de acuerdo con este principio, cada familia de esta Iglesia podría sostenerse por sí misma, sin ayuda de ninguna fuente externa.

Ruego que el Señor nos ayude a llegar a ser así. En el nombre de Jesús. Amén.

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