La publicidad de bebidas alcohólicas
Élder Joseph F. Merrill
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
La obediencia a la Palabra de Sabiduría protege a las personas y a la sociedad.
Durante los pocos minutos que se me han concedido en esta conferencia, deseo considerar brevemente un problema que despierta cada vez más atención entre las personas reflexivas de los Estados Unidos que se preocupan profundamente por su bienestar moral y espiritual. Me refiero al problema de las bebidas alcohólicas: uno de los problemas internos más difíciles e importantes que el país aún no ha resuelto. Naturalmente, lo examinaré desde la perspectiva de las enseñanzas y normas morales de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Me apresuro a añadir, sin embargo, que muchas personas de otras iglesias y organizaciones sostienen enseñanzas y normas semejantes a las nuestras sobre este asunto. Algunas reconocen con tanta claridad como nosotros que el consumo de alcohol es un mal que todas las personas de buena voluntad deberían unirse para eliminar.
LOS EFECTOS DESTRUCTIVOS DEL ALCOHOL
Al hablar de «beber», me refiero a ingerir un líquido que contiene alcohol, un compuesto químico definido que la Revista de la Asociación Médica Estadounidense describió en una ocasión como:
…un veneno por su propia naturaleza, absoluta y esencialmente; en una gota o en un galón, en cualquier cantidad. Es evidente que la cantidad no puede alterar su composición química.
¿Y qué hace el alcohol cuando se consume? En palabras del fallecido Robert G. Ingersoll:
…el alcohol consume a los hombres, destruye a las mujeres, acaba con vidas, maldice a Dios y desprecia el cielo. Soborna a los testigos, mancilla al jurado y mancha la dignidad de la justicia. Compra votos, corrompe las elecciones, pone en peligro al gobierno, degrada al ciudadano, envilece a los legisladores y deshonra a los estadistas. Trae vergüenza en lugar de honor; terror en lugar de seguridad; desesperación en lugar de esperanza; miseria en lugar de felicidad. Destruye la paz y arruina la moral; mata el alma; es el padre de todos los delitos, la madre de todas las abominaciones y el mejor amigo del diablo.
En palabras de la Primera Presidencia de la Iglesia:
La bebida lleva crueldad al hogar; camina del brazo de la pobreza; la acompañan la enfermedad y las epidemias; ahuyenta la castidad; no conoce el honor ni el trato justo; es completamente ajena a la verdad; ahoga la conciencia; protege al mal y maldice a todos los que la tocan. La bebida ha causado más dolor y miseria, ha quebrantado más corazones, destruido más hogares, provocado más delitos y llenado más ataúdes que todas las guerras que ha padecido el mundo.
Está implicada en más accidentes y muertes de tránsito, y lleva a más pacientes a los hospitales psiquiátricos, que cualquier otro factor considerado por separado.
MILES DE MILLONES DE DÓLARES DESPERDICIADOS
A pesar de estos hechos, que justifican una severa denuncia del alcohol, se calcula que hay cien millones de estadounidenses mayores de quince años, de los cuales cincuenta millones beben con cierta regularidad. Según el Departamento de Comercio de los Estados Unidos, durante 1946 esas personas gastaron casi nueve mil millones de dólares en bebidas alcohólicas: 8.770.000.000 de dólares. Esa suma supera lo gastado durante el mismo período en todos los tipos de escuelas públicas y privadas, incluidas las bibliotecas escolares y universitarias, y en los servicios gubernamentales estatales y federales de salud, bienestar, asistencia a los ancianos y otros ámbitos semejantes.
Se calcula que, de esos cincuenta millones de bebedores, tres millones beben en exceso; es decir, son alcohólicos: personas que han perdido en cierta medida el control de su consumo. Han desarrollado lo que los especialistas llaman la enfermedad del alcoholismo. Una persona que padeció esa enfermedad, la señora Marty Mann, actual directora ejecutiva del Comité Nacional para la Educación sobre el Alcoholismo, dijo en una transmisión de la Columbia Broadcasting System el pasado diciembre:
Fueron los años más dolorosos de mi vida. Sufría constantemente, y no un solo tipo de dolor, sino toda clase de dolores. Sufría física, mental, emocional, económica y socialmente: en todos los aspectos de mi vida. Les digo sinceramente, en mi nombre y en el de esos tres millones de seres humanos, que el alcoholismo es la enfermedad más dolorosa que conoce el hombre.
CONFERENCIAS SOBRE «USTED Y EL ALCOHOL»
Quizá algunos recuerden que, hace varios meses, la Columbia Broadcasting System transmitió por su red trece conferencias tituladas «Usted y el alcohol», descritas como:
Una serie de transmisiones que examinan el problema del consumo de alcohol en los Estados Unidos y sus efectos sobre nuestra población e instituciones, emitidas los martes por la noche a partir del 12 de noviembre de 1946.
En el prefacio de esas conferencias se decía:
Puesto que el alcohol afecta la vida de un gran número de personas, a Columbia le pareció lógico considerar este asunto como un problema para el cual las funciones especiales y singulares de la radio podían ser útiles: explicarlo en términos claros e impactantes y llevarlo directamente a la atención de millones de oyentes.
Cada uno de los trece participantes era considerado especialista en el aspecto del tema que abordó. Acabo de citar a una de ellos. Otros nueve eran doctores de distintas áreas de investigación: medicina, neurología, psicología, sociología y psiquiatría. Al parecer, todos coincidían con la señora Mann —como lo hacen, en general, los especialistas médicos— en que el alcoholismo es una enfermedad, tan ciertamente como lo son la neumonía, la tuberculosis y el cáncer, y que debe tratarse como tal. Uno de los participantes, el doctor Lyman C. Duryea, escribió:
Como médico, me preocupan las personas que beben en exceso y no pueden controlar su consumo [los alcohólicos]. Estas personas necesitan atención médica. Están enfermas.
EL ALCOHOLISMO ES UNA ENFERMEDAD
A la persona alcohólica —a quien el doctor Duryea llama «bebedor compulsivo»— le resulta absolutamente imposible beber con moderación. Esto se aplica a todas las bebidas alcohólicas, así como a los medicamentos o cualquier otra cosa que contenga alcohol. La abstinencia completa es su única salvación. Quien tiene un problema con el alcohol debe recordar que está enfermo y que nunca más puede tomar «nada que contenga alcohol». Admitamos, pues, que el alcoholismo es una enfermedad. Sin embargo, esta enfermedad tiene una particularidad: nadie la desarrolla sin haber tomado antes su primera bebida. Ese es un hecho que todos deben recordar.
Como acabo de señalar, según las cifras aceptadas, cincuenta millones de estadounidenses beben. De ellos, tres millones —uno de cada dieciséis, aproximadamente el seis por ciento— desarrollan alcoholismo, enferman y necesitan tratamiento. Se nos dice que esa cifra supera en más del doble el número de personas afectadas por la tuberculosis. Estos datos muestran la magnitud del problema. Permítanme añadir que, en mi opinión, el tratamiento más eficaz y, con mucho, el menos costoso para el alcoholismo es el que ofrecen los grupos de Alcohólicos Anónimos, presentes en todo el país. He dicho que nadie llega a ser alcohólico sin tomar primero su primer vaso.
Pero puede decirse algo más. Según los especialistas en alcohol, ninguna persona que empieza a beber —sea rica o pobre, patrón o empleado, instruida o sin estudios— puede saber, hasta que es demasiado tarde, si desarrollará alcoholismo en caso de seguir bebiendo. Ningún examen médico puede determinarlo. Los especialistas nos dicen que el paso del consumo controlado al descontrolado ocurre repentinamente y sin advertencia. Por eso debemos recordar dos cosas acerca del alcoholismo: evitar contraerlo no cuesta nada y, una vez superado, evitar su reaparición tampoco cuesta nada. La abstinencia total es el remedio seguro antes y después.
PROYECTO DE LEY SOBRE LA PUBLICIDAD DE BEBIDAS ALCOHÓLICAS
Pasemos ahora a otro aspecto del problema del alcohol: la publicidad. Los días 12 y 13 de mayo de este año, 1947, el Comité de Comercio Interestatal y Exterior del Senado de los Estados Unidos celebró una audiencia pública en Washington D. C. sobre el proyecto de ley S. 265, presentado por el senador Arthur Capper, de Kansas. El proyecto prohibiría toda clase de publicidad de cualquier bebida alcohólica. Sus partidarios estaban bien preparados y contaban con el respaldo de numerosas resoluciones de iglesias y otras organizaciones, además de miles de peticiones con numerosas firmas. Al apoyar el proyecto, el senador Capper dijo:
Me alarma el crecimiento y la extensión del hábito de beber en los Estados Unidos durante los últimos años. Antes de la derogación de la prohibición, sus partidarios nos dijeron que los fabricantes y vendedores de bebidas alcohólicas desalentarían el consumo excesivo. Sin embargo, en 1946 el gasto nacional en bebidas fue de casi nueve mil millones de dólares: ochenta y nueve dólares por cada persona mayor de dieciocho años en los Estados Unidos, aproximadamente una cuarta parte del presupuesto federal para el año siguiente. Señor presidente del comité, creo que la enorme cantidad de publicidad destinada a despertar el deseo de beber y a conseguir nuevos clientes, especialmente entre las mujeres y los menores, tiene mucho que ver con el gran aumento del consumo de alcohol en los últimos años.
En su testimonio, el obispo Wilbur E. Hammaker, de la Junta Metodista de Templanza, dijo:
Nuestros jueces, hasta llegar a la Corte Suprema, han determinado repetidas veces que el negocio de las bebidas alcohólicas perjudica la vida y es enemigo del bienestar de la sociedad, y que existe solo porque se lo tolera. No posee derechos inherentes ni inalienables. La tragedia acompaña a ese negocio; constantemente infringe las mismas leyes que permiten su presencia entre nosotros. Su historia es sórdida y vergonzosa, muy distinta de la imagen alegre, noble y admirable que su publicidad intenta presentarnos.
En su declaración ante el comité, el señor O. G. Christgau, superintendente de la Liga Antitabernas de Iowa, mencionó, entre otras cosas, que el señor P. S. DuPont, presidente de la Asociación contra la Enmienda de la Prohibición, había escrito lo siguiente dos años antes de que esta fuera derogada:
La publicidad es uno de los medios más eficaces para aumentar los negocios y promover las ventas. Puesto que la política de este país es reducir la venta de bebidas alcohólicas, no debería permitirse a los fabricantes ni a los vendedores ningún tipo de publicidad.
Al proclamar la derogación de la Decimoctava Enmienda, el presidente Roosevelt declaró:
El objetivo que buscamos mediante la política nacional es educar a todos los ciudadanos para que haya mayor templanza en toda la nación.
Compárense esas declaraciones con el hecho de que, durante 1946, se gastaron más de cien millones de dólares en publicidad de bebidas alcohólicas.
El doctor Glen Cunningham, conocido internacionalmente años atrás como atleta y ahora profesor universitario, declaró ante el comité. Entre otras cosas, dijo:
En mi trabajo con miles de jóvenes durante los últimos quince años, he observado un aumento alarmante del número de quienes consumen bebidas alcohólicas. Toda persona consciente del sorprendente aumento de la delincuencia juvenil, de las muertes y lesiones por accidentes, de los asesinatos y las violaciones, de los hogares empobrecidos y destruidos, y de los trastornos mentales, comprende la urgente necesidad de que el Congreso apruebe el proyecto del senador Capper. El costo en sufrimiento humano, en cuerpos y mentes dañados y en vidas perdidas hace incalculablemente más importante controlar la publicidad de bebidas alcohólicas, que tanto contribuye a estas grandes tragedias.
SE INSTA A APOYAR EL PROYECTO CAPPER
En vista de las consecuencias del consumo de bebidas alcohólicas, ¿por qué lo tolera el pueblo estadounidense? Dejo que ellos respondan. En cualquier caso, las enormes sumas dedicadas a una publicidad extendida, atractiva y engañosa han contribuido mucho a esa tolerancia y al gran aumento del consumo, especialmente entre las mujeres y los adolescentes. Pero permítanme preguntarles a ustedes, el pueblo mormón: ¿por qué lo toleran? Aceptan y enseñan la Palabra de Sabiduría como una revelación divina que prohíbe las bebidas alcohólicas. Por consiguiente, si los Santos de los Últimos Días son fieles a sus creencias, no pueden beber con buena conciencia. El mundo exterior lo sabe. Los miembros de la Iglesia no pueden hacerlo sin desagradar a Dios y sin perder, en mayor o menor medida, el respeto de sus amigos que no son mormones, muchos de los cuales consideran débiles o hipócritas a los mormones que beben.
¿No podemos pedir, con toda propiedad y con la esperanza de recibir una respuesta favorable, que todos los miembros de la Iglesia y quienes no pertenecen a ella, si aman a sus semejantes y desean trabajar por su bienestar, hagan cuanto esté a su alcance para reducir el consumo de bebidas alcohólicas al mínimo posible? Como un medio para lograrlo, apoyemos activamente el proyecto Capper y oremos para que se convierta en ley, pues contribuiría en gran medida a eliminar toda clase de publicidad de bebidas alcohólicas. Sin embargo, este proyecto no se convertirá en ley sin superar la fuerte oposición de la poderosa industria de las bebidas alcohólicas, que ha gastado cientos de millones de dólares y continúa gastando enormes sumas en publicidad.
El representante Joseph R. Bryson dijo lo siguiente en la audiencia del comité del Senado:
La publicidad da forma a nuestra vida e influye en la generación que crece. Comemos, bebemos, nos vestimos y pensamos conforme a ella. Los jóvenes que aún no han madurado son especialmente impresionables. Esta publicidad nos llega principalmente por la prensa y la radio. Si queremos frenar la demanda de bebidas embriagantes creada artificialmente, debe cesar la publicidad del alcohol. Esa publicidad contrarresta los esfuerzos educativos del hogar, la escuela y la iglesia sobre los peligros del alcohol. ¡Qué insensato es enseñar a los jóvenes esos peligros mientras se permite anunciar la bebida de la manera más atractiva posible!
LA IGLESIA DEFIENDE LA ABSTINENCIA TOTAL
Vuelvo a preguntar: ¿por qué tolera el pueblo mormón el consumo de bebidas alcohólicas entre sus miembros? Todos saben que la Iglesia defiende firmemente la abstinencia total. Se dan muchas respuestas, pero quizá una de las más frecuentes y fundamentales es que no se le puede negar a nadie su «libre albedrío», su derecho a beber. Pero pregunto: ¿se debe permitir que una persona ejerza su libre albedrío de una manera que ponga en peligro la seguridad, la paz, el bienestar y la felicidad de los demás? Nuestras leyes civiles responden que no.
Satanás, el diablo, es un ser real que anda por la tierra con multitud de ayudantes. En él se encuentra el origen de todos los pecados, delitos, maldades y dificultades de la familia humana. Satanás ambiciona obstaculizar la obra del Señor. Procura hacerlo apartando a los hijos del Padre y utilizándolos de cualquier manera que les cause miseria, angustia y destrucción. Resolvamos resistirlo dondequiera que se manifieste su influencia, como ciertamente sucede en todos los aspectos del problema de las bebidas alcohólicas.
LA PUBLICIDAD DE BEBIDAS ALCOHÓLICAS ES INMORAL
A la luz de todo lo que puede afirmarse con verdad acerca de los efectos del alcohol, ¿no tenemos razones suficientes para declarar que su publicidad es inmoral y equivocada? Alentar e inducir a los seres humanos, especialmente a los jóvenes que aún no han madurado, a destruirse es malo ante Dios y criminal ante los hombres. A mi juicio, no puede decirse con sinceridad algo más moderado sobre el vasto negocio de promover bebidas alcohólicas. Detrás de todo ello se encuentran algunas de las mentes más agudas y capaces, que trabajan, planifican y buscan maneras de conseguir que cada vez más personas beban.
«He aquí, de cierto, así os dice el Señor: Por motivo de las maldades y designios que existen y que existirán en el corazón de hombres conspiradores en los últimos días, os he advertido y os prevengo, dándoos esta palabra de sabiduría por revelación» (Doctrina y Convenios 89:4).
Sin duda, Satanás obra por medio de esos hombres para perjudicar y destruir a nuestros semejantes.
Por supuesto, muchas de esas personas se mueven en círculos respetables y de la llamada alta sociedad. Pero eso no cambia el hecho de que su negocio es condenable y no debería anunciarse. No se permite publicitar el tráfico de morfina o marihuana, el robo, los juegos de azar, la prostitución y muchos otros males. Sin embargo, por sus consecuencias perjudiciales, ¿no supera el comercio de bebidas alcohólicas a cualquiera de esos negocios? Por consideración a los jóvenes, a quienes no advierten el peligro y a la gente en general, ¿no es la eliminación de toda clase de publicidad de bebidas alcohólicas lo mínimo que podemos hacer? Apoyemos sincera y decididamente el proyecto de ley S. 265.
Hermanos y hermanas de esta Iglesia, por promesa y convenio estamos obligados a servir a Dios y a trabajar por el bien de nuestros semejantes. Ruego que seamos fieles a nuestras obligaciones. En el nombre de Jesucristo. Amén.


























