Conferencia General — octubre de 1947

La aplicación práctica de la religión

Élder Stephen L Richards
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
El evangelio debe guiar todos los aspectos de la vida.


Nos reunimos periódicamente en las conferencias de la Iglesia, o escuchamos sus sesiones por radio como parte de nuestra adoración, para renovar nuestra fe y comprender mejor nuestros principios y deberes. Estoy seguro de que las sesiones de esta conferencia nos han servido bien en ambos sentidos. Deseo sinceramente contribuir, aunque sea un poco, al ánimo y al estímulo que estamos recibiendo.

Portadores del mensaje del evangelio

Pocas cosas fortalecen tanto nuestra fe y devoción a esta noble causa, con la que tenemos el honor de estar vinculados, como comprender claramente sus elevados propósitos para los hijos de Dios. Quizá a muchos de nosotros no nos sea dado contemplar el panorama completo en toda su perfección. Solo podemos hacer cuanto esté a nuestro alcance para ayudar al mundo a comprender la importancia y la vitalidad del mensaje que llevamos. Después de hacer lo mejor posible con nuestros pensamientos, palabras y obras, solo nos queda rogar que el Señor añada Su bendición.

Queremos que el mundo comprenda la posición de esta Iglesia. Difundimos sus doctrinas y principios. Por desgracia, la palabra propaganda ha adquirido una connotación desagradable, aunque en su sentido propio describe lo que hacemos. Somos portadores convencidos de un mensaje que se nos ha encomendado comunicar al mundo. No podemos eludir esa obligación y seguir siendo leales a la causa. Llevamos el mensaje a nuestros semejantes no solo porque se nos ha mandado hacerlo, sino porque nos importa profundamente su bienestar y deseamos ayudarlos con amor cristiano. Estamos plenamente convencidos de que el mensaje que tenemos para ellos es una de las mayores bendiciones que pueden recibir.

¿Cuál es, entonces, el mensaje que esta Iglesia lleva a la humanidad? En el breve tiempo de que dispongo, naturalmente solo puedo presentar algunos de sus aspectos y hacerlo a grandes rasgos. Agradeceré poder expresarlos con cierta claridad en el lenguaje cotidiano que hablamos hoy.

Un mensaje que define la religión

Este mensaje define la religión. Interpreta todas las facetas de la existencia humana a la luz de ella. No hay parte de la vida que quede fuera de su influencia. Nuestros pensamientos, nuestro entorno, nuestra educación, nuestras amistades y relaciones, nuestra salud y nuestras ideas sobre la riqueza, el gobierno y la sociedad son, dentro del alcance de este mensaje, asuntos religiosos. Por tanto, la religión no es una filosofía separada de la vida, puesta ante nosotros para examinarla, criticarla y debatirla. Es una forma de vida integrada: un sistema y un programa para la vida individual y comunitaria, regidos por una ley eterna que el ser humano no creó ni puede cambiar.

Hace unos días, el élder Albert E. Bowen nos explicó de manera impresionante por qué no se puede transigir respecto de esa ley. Cuando una persona llega a conocer y sentir esta interpretación de la religión, ella rige por completo sus valoraciones, elecciones y juicios. Muchos la llamarían fanática; y lo sería si su religión no fuera verdadera ni procediera de la fuente divina de la sabiduría.

La religión como fuerza que impulsa la vida

¿Han explicado alguna vez los críticos de una religión tan exigente las virtudes de practicarla solo a medias? Agradezco al hermano Richard L. Evans que haya definido esa idea en sus palabras de la transmisión de esta mañana. A veces se la llama «religión de domingo»: la clase de religión que algunos hombres tienen solo porque figura a nombre de sus esposas. ¿Cómo justifican aceptar únicamente una parte de las leyes y principios divinos? La coherencia exige que, si se reconoce el origen divino de la religión, se la aplique en todos los aspectos de la vida y sin excepciones.

Comprendo que muchos hombres no hayan aceptado ciertas interpretaciones de la ley divina y de la religión, y que muchos se hayan rebelado contra las prácticas de personas religiosas. Pero, si se acepta la religión, no veo cómo una mente lógica y clara puede considerarla algo menor de lo que realmente es: la fuerza que impulsa y gobierna toda la vida humana y la organización del universo.

Me pregunto si alcanzamos a comprender lo que esta interpretación de la religión podría hacer por el mundo si fuera ampliamente aceptada. Mencionaré algunas cosas que, a mi juicio, lograría. Eliminaría la incertidumbre y las dudas sobre los principios y las normas que deben guiarnos al tomar decisiones personales, sociales, nacionales e internacionales. ¡Qué gran avance sería que la mayoría encontrara la respuesta a la antigua pregunta «¿Qué es lo correcto?» aceptando que el bien tiene un origen divino!

Aquí vuelve a manifestarse la incoherencia y la inutilidad de practicar la religión solo en parte. En gran medida, el mundo reconoce las leyes divinas que prohíben matar, cometer adulterio, robar y mentir. Pocos cuestionan el origen o la vigencia de estas normas de conducta. ¿Qué justificación hay, entonces, para rechazar las otras leyes que exigen adorar y obedecer al Dios del universo, y que prohíben la idolatría, la blasfemia y la profanación del día santo del Señor? Las leyes que mandan adorar a Dios y honrar tanto a nuestros padres celestiales como a los terrenales (Éxodo 20:12) constituyen la mitad de los Diez Mandamientos; recuerden, además, que aparecen primero. En la interpretación de la religión que ofrecemos al mundo, ocupan el primer lugar tanto en la práctica como en la doctrina.

La religión en los asuntos mundiales

¿Creen que, si esta interpretación de la religión estuviera extendida incluso entre las naciones cristianas, presenciaríamos el espectáculo de discordia e intrigas que recientemente han ofrecido las naciones ante personas desalentadas e indignadas de todo el mundo? Desde que se crearon las Naciones Unidas hace más de dos años, ¿han oído ustedes que en alguna de sus sesiones se haya alzado una voz para protestar contra las transgresiones de las leyes de Dios o para suplicar Su ayuda en el cumplimiento de los fines de la organización? Creo que no, salvo quizá de una manera meramente formal, pues sospecho que existe un acuerdo tácito para excluir a Dios y a la religión de sus deliberaciones.

Amigos míos, parte del mensaje que la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días lleva al mundo es que excluir a Dios y a la religión del examen de los asuntos mundiales pone en grave peligro la causa del bien y de la paz.

Derechos inalienables

He leído y escuchado a muchos escritores y oradores destacados afirmar que nuestra libertad, de la que justamente nos sentimos orgullosos, es una conquista y no un don. En el sentido de que hubo que trabajar y luchar por ella, y de que debe preservarse con vigilancia, esas afirmaciones son verdaderas. Pero no olvidemos nunca que nuestra comprensión de la libertad es un don. Ningún ser humano es autor de ese principio. Muchos grandes hombres lo reconocieron, entre ellos Thomas Jefferson, quien escribió en la Declaración de Independencia que «los hombres están dotados de ciertos derechos inalienables».

¿Por qué son inalienables esos derechos? Porque los hombres no crearon el derecho a la libertad. Una persona puede, al ejercer su albedrío, ceder sus privilegios y bienes, e incluso llegar a ser esclava de otras personas o del Estado; pero su albedrío le es tan propio como el aire que respira. Forma parte de su naturaleza eterna. Jefferson tenía más razón de la que quizá él mismo comprendía cuando declaró que se trataba de un don que no se puede enajenar.

El mensaje que llevamos afirma que Dios es el Autor de nuestra libertad inalienable; que todos los seres humanos poseen un noble linaje, pues son hijos e hijas del Padre Eterno; y que la libertad les pertenece por nacimiento. Creo que, antes de la llegada del evangelio restaurado hace poco más de un siglo, no existía una comprensión tan amplia de este precioso don como la que existe hoy. El Señor ha hablado mucho de él en Sus revelaciones de los últimos días. Sin embargo, doy gracias a Dios porque, incluso antes de esas revelaciones, hombres nobles fueron bendecidos con esta elevada comprensión del derecho inherente del ser humano a la libertad, y recibieron la inspiración de incorporar esos principios divinos a las leyes fundamentales y a la historia de nuestra favorecida nación (Doctrina y Convenios 101:80).

La necesidad de ayuda divina

Sé que muchas personas de las naciones cristianas, incluso algunas que ocupan cargos importantes, aceptan que la religión quede excluida al tratar los asuntos nacionales y mundiales. Parecen pensar que pueden combatir al comunismo ateo y agresivo sin pronunciar una palabra en defensa de los principios dados por Dios, sin explicarlos y sin siquiera buscar ayuda divina para preservarlos en beneficio de la humanidad.

No pretendo hablar como experto en asuntos internacionales. Pero estoy seguro de expresar el sentir de millones de personas que aman a Dios en todo el mundo al afirmar que, cuanto antes se reconozcan los problemas que enfrentan las naciones como un conflicto moral entre el bien y el mal, entre la verdad y el error, entre Cristo y el anticristo, antes llegarán la solución y la paz. Sé que esta es y siempre ha sido la postura de esta Iglesia. La respaldan profecías antiguas y modernas, declaraciones y experiencias.

Un programa para afrontar la crisis mundial

Soy consciente de lo que algunos podrían decir, aun cuando no estén en desacuerdo con las ideas que he expresado. Preguntan: «Aunque haya llegado el momento de una confrontación decisiva entre las fuerzas del bien y las del mal, ¿qué justifica que su Iglesia, relativamente pequeña, de historia breve y con un lugar poco destacado entre las religiones del mundo, pretenda proponer los principios religiosos y las acciones necesarias para afrontar la crisis mundial? ¿Por qué no dejan la carga de esa lucha a las grandes religiones de la tierra y las siguen?».

Vacilo un poco antes de responder, no porque dude de la respuesta, sino porque temo herir sentimientos. Mi respuesta tiene tres partes.

Las limitaciones de las religiones del mundo

Primero, durante los siglos en que las grandes confesiones religiosas han dominado las ideas y prácticas religiosas de sus pueblos, ha habido un fracaso evidente en sostener las normas divinas de rectitud, amor fraternal y paz. Por buenas que hayan sido sus intenciones, esas grandes religiones no han logrado impedir las guerras ni evitar la barbarie, la brutalidad y las atrocidades, incluso entre pueblos donde prácticamente todos profesaban un mismo credo.

Desde luego, no tiene sentido especular sobre cómo sería el mundo sin esas confesiones. Nadie que conozca la historia dejará de reconocer su contribución a la educación y la cultura de la humanidad. Pero, en cuanto a su capacidad de influir en las personas para que dominen su codicia y sus pasiones, los resultados conocidos no son alentadores.

Respuestas a las preguntas de la vida

Segundo, la búsqueda cada vez mayor de conocimiento entre los pueblos exige respuestas e información confiable sobre preguntas esenciales acerca de la vida y su significado. En muchos casos, la ciencia ha puesto de relieve la importancia de esas preguntas y ha ayudado mucho a pensar con mayor claridad sobre ellas. Sin embargo, pocas veces ha proporcionado las respuestas, especialmente en lo referente a la conducta y las relaciones humanas.

Sé que a muchas personas que no comparten mi fe les puede parecer inoportuno que afirme que nosotros tenemos las respuestas. Me refiero al origen, el significado y el propósito de la vida, así como a la manera en que debe guiarse a la humanidad. No sabemos ni podemos decir por qué el Señor no confió estas respuestas, que constituyen la esencia del santo evangelio, a muchas personas de muchas naciones. Pero sabemos que las confió a esta Iglesia por medio de quienes escogió para iniciar Su obra en los últimos días.

Tenemos pruebas importantes que sustentan esta convicción: testimonios y experiencias de generaciones recientes, documentados de manera que permiten examinarlos razonablemente, en lugar de depender solo de fuentes antiguas sujetas a debate. Aquí se encuentra la verdad de Dios y Su palabra más reciente para guiar a la familia humana. Cuando se ha puesto en práctica, ha dado buenos resultados.

Una comisión divina para actuar

Tercero, creo que casi todos estarán de acuerdo en que, para defender eficazmente una causa, es preciso tener autoridad para representarla. Hay que formar parte de ella y estar autorizado para hablar en su nombre. Sé que al hablar de la autoridad para representar a Dios y a Cristo en la tierra abordo un asunto controvertido. Pero ¿debemos dejar de analizar las grandes cuestiones del mundo porque generan controversia y tememos herir sensibilidades?

Creo que las personas reflexivas, sinceras y deseosas de aprender quieren conocer la verdad acerca de esa autoridad: la comisión divina para establecer la obra del Señor en la tierra, administrar las ordenanzas del santo evangelio e interpretar Su palabra y Su voluntad para guiar a la humanidad.

Podría repasar hoy muchas pruebas que sustentan la afirmación de esta Iglesia de poseer autoridad divina. No lo haré: el tiempo no lo permite, y muchos de ustedes ya las conocen. Me limitaré a un aspecto de la autoridad que, a mi juicio, nuestros amigos de fuera de la Iglesia comprenden muy poco.

¿No es lógico suponer que Dios, Padre de todos los seres humanos, quien ha dotado a todos de libertad e igualdad de oportunidades, no muestra favoritismo? Si representarlo es una bendición y un honor, ¿hay alguna buena razón para que esa bendición y ese honor no se concedan a todos Sus hijos que sean dignos? ¿Conocen algún fundamento, en las Escrituras o en otra parte, para crear y mantener grupos exclusivos de especialistas religiosos que posean la autoridad del Señor y excluyan de ella a otros hombres buenos?

¿Qué justifica distinguir entre hijos de Dios leales y fieles por la ropa que llevan? ¿Confiere autoridad la vestimenta? ¿Es necesaria para reconocer una vida buena y dedicada al Señor? Y si los hijos dignos de Dios han de disfrutar de Su compañía en el mundo venidero como recompensa por su labor fiel en esta vida, ¿no parece razonable que todos reciban una parte de Su poder y sean dotados de una porción de Su conocimiento espiritual, que constituyen la esencia de la autoridad divina y del sacerdocio?

¡Qué bendición sería para el mundo que todos comprendieran la naturaleza y la permanencia del Santo Sacerdocio, y su función indispensable en la exaltación de una persona y su familia! Lamentablemente, pocos lo comprenden. Siglo tras siglo, el mundo sigue las formas y tradiciones, más impresionado por la pompa y las ceremonias que por una doctrina sólida manifestada en una religión vivida de manera práctica. Esta es mi respuesta a quienes preguntan por qué no podemos limitarnos a seguir a las llamadas grandes religiones en la defensa de Cristo y Su forma de vida durante la decisiva lucha de nuestros días.

La Iglesia debe tomar la iniciativa

De ello se desprende, tal como yo lo veo, que debemos tomar la iniciativa. No tenemos a nadie más a quien seguir que a Aquel que está y siempre ha estado a nuestra cabeza. Con Su aprobación se han escogido líderes para nosotros. Ellos no poseen un sacerdocio mayor ni de una clase diferente del que posee el hombre digno más humilde del reino; pero tienen una comisión especial para guiar y dirigir nuestros esfuerzos al establecer el reino y llevar adelante su obra en el mundo. Y a uno se le dan las llaves del reino (Mateo 16:19). Seguiremos su dirección, y ellos no nos desviarán, porque están dedicados desinteresadamente a nuestro bienestar y su sabiduría recibe inspiración.

Queridos hermanos y hermanas, nos rodea un mundo hambriento, un mundo necesitado que nos llama a actuar. Las personas necesitan alimento para el cuerpo y para el alma. No tenemos los millones necesarios para darles techo y vestido a todas. Si los tuviéramos, creo que lo haríamos para que nadie sufriera. Hacemos cuanto podemos. Sin embargo, poseemos algo que la humanidad afligida necesita para saciar el hambre de su alma y renovar su esperanza y su confianza en que puede haber paz y seguridad.

El mensaje que llevamos ilumina tanto al estadista como al indigente. Enseña que la felicidad duradera solo se encuentra en la bondad y que el mayor homenaje a Cristo es una vida buena. Enseña que la fortaleza de una nación —descrita tan bien esta mañana por el hermano Mark E. Petersen en su discurso para La Iglesia por radio— nace de esa bondad.

Este mensaje presenta a Dios como una persona, no como un principio intangible del universo: un Ser con atributos tan hermosos, admirables y poderosos que merece el amor, la confianza y la reverencia permanentes de toda alma que llega a conocer la verdad acerca de Él. Enseña una hermandad que, tanto en espíritu como en la práctica, supera las ideas sobre esa relación que el mundo ha conocido, al menos en tiempos modernos. Consuela a quienes sufren. Reprende la avaricia y eleva los negocios al plano de la mayordomía y la responsabilidad en la obtención y distribución de la riqueza. Brinda satisfacción y paz mental. Da a la vida un propósito firme. Reconoce el valor de cada hombre, mujer y niño. En efecto, pone todas las cosas —el gobierno e incluso la Iglesia misma— al servicio del bienestar eterno del ser humano.

Si hoy pudiera expresar un deseo, sería que cada hijo de Dios escuchara este glorioso mensaje y lo considerara seriamente. Estoy seguro de que, por medio de los susurros del Espíritu, innumerables corazones recibirían el gozo y la felicidad que acompañan nuestro propio testimonio de la verdad. Mediante nuestro sistema misional hemos contribuido mucho a ese fin, pero no es suficiente. Debemos encontrar nuevas maneras de informar y persuadir al mundo. Si somos fieles y estamos verdaderamente dedicados, Dios abrirá el camino. Esa es mi convicción.

Sé, tan ciertamente como sé que estoy vivo, que este es Su reino. Él nunca lo abandonará. Ruego humildemente, en el nombre de Jesucristo, que Dios nos ayude a no abandonarlo jamás. Amén.

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