Conferencia General — octubre de 1947

La obediencia, el camino hacia la exaltación

Presidente George F. Richards
Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles
La obediencia a los mandamientos de Dios conduce a la exaltación.


Mis queridos hermanos, hermanas y amigos: siento la enorme responsabilidad de intentar guiar hacia pensamientos provechosos a esta congregación de miles de personas reflexivas, tanto a quienes están presentes como a quienes escuchan por radio, sean o no miembros de la Iglesia. Espero sinceramente que mis palabras les resulten interesantes y útiles.

Supongo que la mayoría de quienes nacen en este mundo y llegan a la madurez se preguntan alguna vez: ¿De dónde vine? ¿Por qué estoy aquí? ¿Adónde iré cuando deje esta vida? ¿Qué efecto tendrán mis acciones de esta vida en mi vida futura?

EL EVANGELIO RESPONDE PREGUNTAS IMPORTANTES

El evangelio de Jesucristo, tal como lo hemos recibido por revelación divina, responde satisfactoriamente a estas y a muchas otras preguntas importantes que surgen de vez en cuando en nuestra mente. No puede afirmarse con verdad lo mismo de ninguna otra organización religiosa. El evangelio nos enseña que, antes de venir a la tierra, vivíamos como seres inteligentes en forma de espíritus; que somos hijos e hijas espirituales de Dios y hermanos y hermanas del Señor Jesucristo. Él es el Primogénito en el espíritu y el Unigénito del Padre en la carne. Venir a la tierra es una parte importante del plan establecido en los concilios de los cielos para el progreso eterno del hombre hacia la meta de nuestra existencia: la exaltación en el reino y la presencia del Padre y del Hijo para siempre.

Es aquí donde debemos hacer todos los preparativos necesarios para la vida venidera. Hay condiciones establecidas que debemos cumplir: principios que aceptar, ordenanzas que recibir, mandamientos que guardar, leyes que obedecer, sacrificios que hacer, servicios que prestar y relaciones familiares que formar. Debemos vivir de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mateo 4:4). Debemos amar al Señor nuestro Dios con todo el corazón y al prójimo como a nosotros mismos (Mateo 22:37–39). Incluso debemos amar a nuestros enemigos, bendecir a quienes nos maldicen, hacer el bien a quienes nos aborrecen y orar por quienes nos ultrajan y persiguen (Mateo 5:44). Así seguimos el ejemplo de Jesús, quien, mientras lo perseguían hasta darle muerte, pidió al Padre que perdonara a Sus perseguidores (Lucas 23:34). Ese es el verdadero espíritu de Cristo, que debería motivar todas nuestras acciones. Debemos esforzarnos por ser semejantes a Dios en nuestros principios y nuestra conducta, así como en nuestra forma. Debemos mantenernos fieles a la doctrina en nuestros pensamientos, nuestra comprensión, nuestras enseñanzas y nuestra manera de vivir.

Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes y virtuosos, y en hacer el bien a todos los hombres. En efecto, podemos decir que seguimos la exhortación de Pablo: todo lo creemos, todo lo esperamos, hemos sufrido muchas cosas y esperamos poder sufrir todas las cosas. Si hay algo virtuoso, bello, de buena reputación o digno de alabanza, a esto aspiramos (Artículos de Fe 1:13).

LA OBEDIENCIA PRODUCE ORDEN Y BELLEZA

Las leyes del evangelio son las leyes de Dios y son tan perfectas en su ámbito como las leyes que gobiernan el universo y toda la naturaleza. Proceden de la misma fuente y, cuando el hombre las obedece, producen orden y belleza. De todas las creaciones de Dios, solo el hombre desobedece Sus leyes.

La ley del evangelio es aquella según la cual vivió nuestro Salvador. Ella contribuyó a hacer de Él lo que fue en esta vida y lo que es ahora, entronizado en gloria a la diestra de Dios el Padre, en Su reino celestial.

Esas mismas leyes del evangelio tienen por objeto ayudarnos a llegar a ser semejantes al Salvador y salvarnos junto con Él en el reino de nuestro Padre. Él nos ha dado albedrío y poder para vencer y vivir de acuerdo con la ley.

James Allen, autor del libro As a Man Thinketh, expresa en él este pensamiento religioso:

Como ser dotado de poder, inteligencia y amor, y dueño de sus propios pensamientos, el hombre tiene la llave de toda situación y lleva en su interior la capacidad transformadora y regeneradora mediante la cual puede llegar a ser lo que se proponga.

LA INFLUENCIA DE LA RELIGIÓN

Mi formación religiosa me ha enseñado, y me sigue enseñando, que si hago las cosas que sé que debo hacer y dejo de hacer las que sé que no debo hacer, quedará asegurada mi salvación, la meta de mi existencia. Mi religión me alienta en ese empeño. Su influencia en mi vida me impulsa y también me contiene: me anima a hacer el bien y me aparta de las malas acciones.

Soy un hombre mejor y más feliz gracias a mi religión y a la influencia que ha tenido en mi vida. Habría sido todavía mejor y más feliz si hubiera vivido más plenamente de acuerdo con sus preceptos, los del evangelio de Jesucristo.

Alguien ha dicho que la experiencia es una escuela costosa, pero que los necios no aprenden en ninguna otra. Esto indica que la persona prudente aprende de la experiencia de los demás y se beneficia de ella.

EL CASTIGO DE LOS INICUOS

En las Escrituras encontramos muchas lecciones de las que podemos aprender. En el concilio de los cielos, antes de que existiera el mundo, se nos presentaron dos caminos: el propuesto por el Primogénito y el propuesto por Lucifer. Uno conducía a la vida eterna y el otro, a una decepción eterna. Antes de venir a la tierra ya habíamos decidido cuál seguiríamos.

A las personas de raza negra se les ha negado el sacerdocio y las bendiciones más elevadas del templo, presumiblemente por no haber sido valientes cuando eran espíritus. No conviene ser otra cosa que valientes.

Por medio de Juan el Revelador, el Señor dijo a los laodicenses:

«Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Así que, por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca» (Apocalipsis 3:15–16).

Ni siquiera nos conviene ser tibios.

Conocemos la maldición que, según el relato, recayó sobre Lamán y Lemuel y sus descendientes, los lamanitas, como consecuencia de su desobediencia, rebeldía e iniquidad.

Conocemos la maldición que, según el relato, recayó sobre los judíos por rechazar a su Señor, el Salvador. Han sido objeto de burla y menosprecio entre todas las naciones (1 Nefi 19:14), y eso expresa solo una pequeña parte de sus desgracias.

La historia de quienes vivieron antes del Diluvio nos ofrece un ejemplo impresionante de las graves consecuencias del pecado y del rechazo del evangelio.

Noé predicó a aquel pueblo durante 120 años (Moisés 8:17). Rechazaron al profeta y su mensaje, y llegaron a ser un pueblo sumamente inicuo y moralmente corrupto.

Parte del castigo que recibieron fue morir ahogados en un diluvio que cubrió toda la tierra. Pero la muerte es solo una pequeña parte de lo que les ocurrió a causa de su iniquidad. Según la cronología bíblica, estuvieron confinados en una prisión espiritual durante más de 2300 años. El profeta Alma explicó así la naturaleza de ese estado:

«Y este es el estado de las almas de los malvados, sí, en tinieblas y en un estado de terrible y espantosa expectación de la ardiente indignación de la ira de Dios sobre ellos; así permanecen en este estado, como los justos en el paraíso, hasta el tiempo de su resurrección» (Alma 40:14).

EL EVANGELIO SE PREDICÓ A LOS ESPÍRITUS EN PRISIÓN

Ese período de 2300 años transcurrió entre el Diluvio y la muerte del Salvador, cuando Él fue a visitarlos.

«Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo muerto en la carne, pero vivificado por el Espíritu; en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados, que en otro tiempo fueron desobedientes, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé, mientras se preparaba el arca, en la cual pocas personas, es decir, ocho, fueron salvadas por agua» (1 Pedro 3:18–20).

No sabemos cuánto tiempo más permanecieron encarcelados después de la visita y la resurrección de Cristo. Pero se nos ha revelado que, si aceptaban el evangelio o el testimonio de Jesús cuando se les predicara en el mundo de los espíritus, solo podrían alcanzar el reino terrestre:

«Y además, vimos el mundo terrestre; y he aquí, estos son los que pertenecen a lo terrestre, cuya gloria difiere de la de la iglesia del Primogénito, que ha recibido la plenitud del Padre, como difiere la luna del sol en el firmamento. He aquí, estos son los que murieron sin ley; y también los que son los espíritus de los hombres retenidos en prisión, a quienes el Hijo visitó y predicó el evangelio, para que fueran juzgados como los hombres en la carne; los que no recibieron el testimonio de Jesús en la carne, pero después lo recibieron» (Doctrina y Convenios 76:71–74; cursivas del autor).

Las ciudades de la llanura, Sodoma y Gomorra, y sus habitantes fueron destruidos por fuego del cielo a causa de su iniquidad. Ellos también serían confinados en una prisión espiritual y se les negarían las bendiciones del reino celestial, aunque aceptaran el testimonio de Jesús en el mundo de los espíritus.

Es razonable pensar que otras personas igualmente desobedientes e inicuas, aunque no mueran de esa manera, serán confinadas en una prisión espiritual después de su muerte y excluidas del reino celestial, tanto las de nuestra época como las de tiempos pasados.

El reino de Dios ha sido establecido nuevamente en la tierra y el evangelio en su plenitud ha sido restaurado, en cumplimiento de antiguas profecías. Sin embargo, muchas personas de hoy no están preparadas para recibirlo, aunque el evangelio y el reino de esta dispensación tienen todas las características del original.

LA SEGUNDA VENIDA DEL SALVADOR

El gran acontecimiento venidero hacia el cual la predicación del evangelio dirige la atención del mundo es la segunda y gloriosa venida de nuestro Señor y Salvador. Todos los buenos cristianos la esperan con anhelo, pues en ese día los justos que hayan muerto se levantarán y los justos que vivan serán transformados o vivificados. Juntos serán arrebatados para encontrarse con el Salvador y Sus santos ángeles en las nubes del cielo (Doctrina y Convenios 88:96). Satanás será atado durante mil años y la paz prevalecerá en la tierra (Doctrina y Convenios 88:110).

Las señales de la venida del Señor se ven en las guerras y los rumores de guerras, el hambre, las enfermedades, los mares que se salen de sus límites, la incredulidad, la apostasía y la iniquidad de toda clase imaginable (Doctrina y Convenios 45:26; 88:90; José Smith—Historia 1:45).

«Han transgredido las leyes, cambiado las ordenanzas y quebrantado el convenio sempiterno» (Isaías 24:5), y el pecado y la iniquidad prevalecen en toda la tierra.

Hoy actúan sobre la mente y el corazón de los hijos de los hombres dos grandes poderes invisibles: el poder de Dios y el de Lucifer, o Satanás. Ambos procuran influir en las almas; uno para salvarlas y el otro para destruirlas. En palabras de las Escrituras: «Escogeos hoy a quién sirváis» (Josué 24:15). Para que no nos sorprendan desprevenidos y terminemos sirviendo sin saberlo al amo equivocado, recordemos que:

«…todas las cosas que son buenas vienen de Dios; y lo que es malo viene del diablo» (Moroni 7:12).

TESTIMONIO

Hermanos, hermanas y amigos, les doy un testimonio fiel y sincero: sé que la obra en la que participamos como Santos de los Últimos Días es la obra de Dios, el evangelio del Señor Jesucristo, que tuvo su origen en los concilios de los cielos antes de que existiera el mundo. En él está el poder de Dios para salvación y vida eterna (Romanos 1:16).

Invitamos a todos a venir a Dios y ser salvos con Él en Su reino mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio, que tienen poder para salvar al hombre gracias a la Expiación realizada por nuestro Señor y Salvador Jesucristo (Artículos de Fe 1:3). Ruego en el nombre de Jesús que Sus bendiciones acompañen a todos ustedes. Amén.

Esta entrada fue publicada en Arrepentimiento, perdón y conversión. Guarda el enlace permanente.

Deja un comentario