La responsabilidad de las mujeres
Élder John A. Widtsoe
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
La fe y la labor de las mujeres son esenciales para edificar las familias y el reino de Dios.
Mis queridos hermanos y hermanas, esta ha sido una conferencia gloriosa. Me siento tentado a decir que es la mejor que hemos tenido, a menos que siempre nos parezca mejor la más reciente.
He disfrutado de las palabras de los hermanos. Creo que durante estos tres días se ha tratado ante nosotros cada principio importante del evangelio, y todos son importantes. Esta conferencia ha fortalecido mi fe. Siento que el Espíritu de Dios nos ha acompañado para ayudarnos e inspirarnos en estas reuniones.
Mi aporte esta tarde tendrá que ser humilde, pues, al igual que el hermano Joseph Fielding Smith, he escuchado a mis elocuentes compañeros tomar, uno tras otro, temas sobre los que yo pensaba hablar y exponerlos espléndidamente ante la congregación.
Agradecimiento por el programa del centenario
Antes de compartir lo que tengo en mente, quisiera referirme a algo que dijo el presidente David O. McKay en la sesión de esta mañana. Él agradeció a los miembros de la Iglesia y a los habitantes del estado la ayuda que le brindaron a él, al gobernador y a los integrantes de su comisión para llevar a cabo la celebración del centenario. Todos agradecemos sus amables palabras, pero creo que corresponde invertir el agradecimiento: nosotros, como miembros de la Iglesia y ciudadanos de Utah, debemos dar las gracias al presidente McKay y a quienes trabajaron con él por el magnífico programa que organizaron y dirigieron. Se llevó a cabo en todo el estado, así como en barrios y estacas de Sion mucho más allá de las fronteras de Utah, para gran gozo y renovación de los miembros de la Iglesia y de muchas otras personas que no comparten nuestra fe.
Quisiera decir lo mismo del presidente George Albert Smith y de su comisión. También afrontaron una tarea difícil: concluir, después de una larga planificación, el gran monumento a los pioneros que ahora adorna la colina situada al este, y tenerlo listo a tiempo. Lo consiguieron. El pasado 24 de julio se celebró la ceremonia de dedicación y cumplieron con su responsabilidad.
Creo que puedo hablar en nombre de ustedes al expresar a estos dos hombres y a sus comisiones nuestro agradecimiento por una labor bien hecha.
El monumento de la colina honra principalmente a los pioneros mormones. Sin embargo, gracias a la habilidad del escultor, también presenta una historia casi completa de esta región antes de la llegada de los pioneros. Quien recorra el monumento, estudie sus figuras y aprenda lo que significan, podrá formarse una buena idea de lo ocurrido en estos valles desde 1776, cuando el padre Escalante entró en lo que hoy es Utah, hasta la llegada de los pioneros en 1847.
La grandeza de los pioneros
El 24 de julio de 1947, poco antes de que comenzara el gran desfile, me detuve cerca de un grupo de pioneros sobrevivientes que estaban sentados frente al Edificio Administrativo de la Iglesia. Los observé, conversé con ellos, miré sus rostros y sus manos y, al caminar entre ellos, pude leer buena parte de la historia de sus vidas. Sus rostros contaban una historia maravillosa, no solo de trabajo arduo, sino también de grandes aspiraciones y gran fe. Sus manos hacían lo mismo. No sé si todos ustedes se fijan en las manos de las personas, pero son testigos elocuentes del camino recorrido en la vida, desde el pequeño puño regordete de un bebé hasta las manos surcadas de venas de la vejez.
Los hombres y mujeres sentados aquel día junto al Edificio Administrativo habían soportado mucho. Llegaron aquí siendo niños, apenas unos pequeños, y aun así participaron en la edificación de la comunidad pionera. Muchos de nosotros, entre ellos yo, hemos conocido personalmente a decenas de personas que llegaron aquí como adultos en los primeros tiempos y contribuyeron a hacer de este estado y esta región lo que son hoy. Me conmovió conocer a aquellos hombres y mujeres de avanzada edad y ver en ellos la grandeza de la historia que hemos celebrado durante este último año.
Cuando llegue la próxima conferencia general, este año de recuerdos —que sé que nos ha reconfortado a todos, como a mí— será también un recuerdo, ¡pero uno grande y glorioso! Mientras estaba junto a aquellos pioneros, los últimos sobrevivientes de quienes llegaron antes del ferrocarril, observé que la gran mayoría, al menos en el lugar donde yo estaba, eran mujeres. Eran mujeres de muchos años, aunque no ancianas —porque, por supuesto, ninguna mujer envejece jamás—. En sus rostros podía leer la historia de sus vidas: cómo se habían esforzado y trabajado, y cómo habían edificado Sion junto a sus esposos e hijos.
La contribución de las mujeres
Todos comprendemos la parte que tuvieron las mujeres en la construcción del Oeste, pero a veces olvidamos darles el reconocimiento que merecen. Mientras el hombre salía a despejar los terrenos de artemisa, ella permanecía en casa y terminaba de acondicionar la pequeña vivienda pionera, al menos por dentro. Preparaba comidas sencillas para su esposo y su familia y, por lo general, sembraba flores en algún rincón del exterior para añadir un poco de belleza a la vida.
No podemos vivir sin belleza. Se ha dicho una y otra vez hoy, ayer y el día anterior. La vida es más que tres comidas al día. Para disfrutarla plenamente, debemos entrar en el ámbito espiritual que nos rodea.
Espero que hoy y en los días venideros, como estoy seguro de que también se ha hecho antes, rindamos el debido homenaje a las mujeres pioneras: nuestras madres, abuelas y bisabuelas, que a su manera hicieron tanto como los hombres. Tuvieron la oportunidad de ayudar a construir esta gran comunidad del Oeste y aceptaron el desafío sin temor.
La fe de las mujeres pioneras
La mujer pionera hizo algo que enaltece su memoria. Hubo momentos en que el hombre se desanimaba. Tal vez ambos procedían de lugares con un clima más benigno. Quizá ella había llegado con manos delicadas y mejillas sonrosadas, como las de una joven inglesa, y tuvo que afrontar las dificultades del Oeste. A veces el hombre, poco acostumbrado al trabajo de quitar la artemisa, arar la tierra y realizar tantas tareas nuevas, perdía el ánimo. En ocasiones llegaba a desesperarse. Entonces la mujer acudía en su ayuda. Cuando él bajaba la mirada, ella la alzaba. Cuando él comenzaba a dudar, la fe de ella aumentaba.
La mejor representación que conozco de esa cualidad de la mujer está en la placa situada al sur del Monumento a las Gaviotas. Si no la han visto, vayan a contemplarla. Habían llegado los grillos y la destrucción de las cosechas parecía inevitable. El hombre se ha rendido, pero la mujer permanece de pie, con la cabeza alzada hacia el cielo. Quizá no conociera estos versos de Browning, pero sabía que:
Dios está en Su cielo;
todo está bien en el mundo.
Creo que esta es la mejor obra de Mahonri Young entre las muchas obras excelentes que ha realizado a lo largo de los años. Ahora también él comienza a hacerse mayor, como el resto de nosotros.
Reconocimiento a la labor de las mujeres
Al hablar de las mujeres pioneras, necesariamente pienso en las mujeres de todas las épocas: no solo en las pioneras, sino también en las mujeres de hoy y de mañana, del este y del oeste, del norte y del sur, dondequiera que vayamos. Los hombres tenemos buenas razones para agradecer a Dios por las mujeres de nuestros hogares. Son fuertes en la fe, están llenas de valor y son capaces de afrontar el trabajo de cada día.
He traído palabras de dos grandes presidentes de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Una de ellas es del presidente Heber J. Grant, a quien todos conocimos y amamos. Él dijo:
Reconozco que, sin la maravillosa labor de las mujeres, la Iglesia habría fracasado.
Es una afirmación contundente. No soy yo quien la hace; cito al presidente Grant.
La madre, mucho más que el padre, es quien inculca en el corazón de los hijos un testimonio del evangelio de Jesucristo y amor por él. Nuestros padres y madres llegaron aquí en los primeros días con un único propósito: servir al Señor y trabajar por la salvación de la humanidad. Dondequiera que se encuentre a una mujer dedicada a esta obra, casi sin excepción se encontrará también a hijos dedicados a ella.
Otro presidente de la Iglesia a quien quisimos mucho y que pertenece a nuestra época —la mayoría de los presentes lo conocimos; un hombre noble entre los hombres— fue Joseph F. Smith. En una ocasión dijo:
Hay quienes acostumbran decir que las mujeres son el sexo débil. Yo no lo creo. Físicamente quizá lo sean, pero, en lo espiritual, moral, religioso y en la fe, ¿qué hombre puede igualar a una mujer verdaderamente convencida? Siempre están más dispuestas a sacrificarse y son iguales a los hombres en firmeza, devoción a Dios, moralidad y fe.
En la década de 1870, el coronel Thomas L. Kane —distinguido abuelo de un distinguido nieto que se encuentra hoy aquí; lo llamamos cariñosamente «coronel Kane», pues así lo conocíamos mejor— vino a Utah en su último viaje. Él y el presidente Young viajaron juntos desde Salt Lake City hasta St. George. El coronel Kane iba acompañado de su esposa y dos hijos; uno de ellos quizá fuera el padre del señor Kent Kane, aunque no estoy seguro.
Entre los presentes se encuentra la señora Mabel Y. Sanborn, una de las dos hijas sobrevivientes de Brigham Young. Ella participó en aquel viaje, jugó con esos niños y cantó con ellos. La señora Kane escribió entonces una serie de cartas a su familia, que esta publicó de manera privada en un pequeño libro. Lo leí hace unos días en la Biblioteca del Congreso, en Washington D. C. No sabía que también teníamos un ejemplar en la biblioteca del historiador. En él encontré el profundo y ferviente testimonio que aquella mujer expresó acerca de las madres pioneras de Utah y de la Iglesia.
Pero, si todo esto es cierto, sobre las mujeres descansa una gran responsabilidad, una responsabilidad enorme que el tiempo no nos permite examinar aquí. Si poseen fortaleza y fe, y tienen oportunidades en esta Iglesia, ¡cuánto pueden hacer para edificar este reino como el Señor desea!
A veces oímos decir que esta es una iglesia de hombres y no de mujeres. Es un grave error. No es una iglesia de hombres ni una iglesia de mujeres: es una Iglesia de familias, formada por padres, madres e hijos. Las bendiciones que recibe la familia son compartidas por todos sus integrantes, cada uno de acuerdo con la función que desempeña en ella.
El mal del divorcio
Queda un asunto en mi mente, si el presidente Smith me permite tomar dos o tres minutos más. En aquellos primeros tiempos prácticamente no había divorcios, rupturas matrimoniales ni problemas familiares como los que vemos hoy. En la actualidad, el divorcio en Estados Unidos se está convirtiendo en un escándalo nacional. A menudo se pregunta: «¿Cómo lograron las familias de aquellos días conservar la unión, la paz y la armonía?». La Iglesia nunca ha dicho que el divorcio deba prohibirse ni que no pueda concederse o solicitarse. Dadas las limitaciones de nuestra condición mortal, puede haber circunstancias que lo justifiquen. Pero la Iglesia siempre lo ha considerado con cautela y pesar.
El diario de Brigham Young registra que un día una hermana fue a verlo y le dijo: «Mi esposo no me trata bien. Quiero divorciarme». El diario añade que el presidente Young habló con ella durante una hora, de diez a once de la mañana; incluso consigna la hora exacta. Al terminar, le dijo: «Hermana, he escuchado su historia. No voy a concederle el divorcio». Como saben, Brigham Young defendía la causa de las mujeres y consideraba que debían tener el primer derecho a elegir. «No voy a concederle el divorcio —le dijo—. Vuelva a casa, trate bien a su esposo y no espere encontrar el cielo en la tierra» (véase Mateo 6:10).
Hay una gran lección en esa última frase: «No espere encontrar el cielo en la tierra».
Un hombre se casa con una joven y espera que sea una mujer perfecta. Ella espera que él sea un hombre perfecto. Ambos son imperfectos. Su tarea en la vida es ayudarse mutuamente a acercarse a la perfección.
La necesidad de compartir el interés por el reino de Dios
Creo, sin embargo, que la verdadera razón por la que había tan poca infelicidad matrimonial en aquellos días era algo que hemos olvidado en los nuestros. El hombre y la mujer, el esposo y la esposa, compartían un interés elevado y digno. Hay peligro para un hogar cuando el esposo tiene un objetivo y la esposa otro. Así se sientan las bases de toda clase de desacuerdos y, finalmente, de insatisfacción ante los problemas familiares. Para ser felices en el matrimonio, ambos necesitan compartir un interés noble y un propósito común.
Ese propósito existía en los primeros tiempos. Debemos tenerlo ahora, y espero que así sea. Los pioneros no llegaron a estos valles únicamente en busca de alimento, ropa, refugio o un medio de vida. Ese no fue el propósito de su travesía por las llanuras. Vinieron para hallar un lugar seguro y ayudar a edificar el reino de Dios como Él quería que se hiciera. Todo cuanto hacían —arar, lavar los platos, remendar la ropa, levantar casas, cercas y graneros— tenía como propósito principal permitirles impulsar mejor la obra del reino de Dios en la tierra.
Si cada familia de Sion adopta ese propósito en todos sus quehaceres y proyectos; si considera todas las cosas a la luz de la edificación y el crecimiento del reino de Dios, habrá poco trabajo para los abogados de divorcios. Entonces viviremos felices como familias y criaremos a nuestros hijos para que sean ciudadanos nobles y útiles tanto para el estado como para la Iglesia.
Esa es una lección que nos llega de aquellos primeros días y que está relacionada con el lugar de la mujer en esta comunidad que llamamos la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.
Conozco la fortaleza de las mujeres desde mi propia experiencia. Desde mis primeros años crecí como hijo de una viuda. El recuerdo de mi padre es apenas una sombra en mi memoria. Mi madre me enseñó y me crió tan bien como, creo yo, podría haberlo hecho un padre. El Señor la ayudó. Él no limita Sus bendiciones según el sexo, sino que las concede conforme a nuestra fe y devoción a Él.
Esta ha sido una gran conferencia. Ruego humildemente, en el nombre del Señor Jesucristo, que Dios nos bendiga, esté con nosotros y nos convierta en poderosos ejemplos de bien para el mundo. Amén.


























