Las responsabilidades del hogar de los Santos de los Últimos Días
Élder Ezra Taft Benson
Del Cuórum de los Doce Apóstoles
Los padres tienen la responsabilidad de establecer un hogar centrado en el evangelio.
Ruego contar con la inspiración de nuestro Padre Celestial durante los breves momentos en que les hablaré esta mañana.
Al mirar los rostros de esta gran congregación y pensar en los otros miles de personas a quienes va dirigido el mensaje de esta conferencia, me he hecho esta pregunta: ¿De qué clase de hogares hemos salido esta mañana? ¿Cuántos nos arrodillamos en oración familiar antes de venir a la conferencia o de ir a nuestras diversas ocupaciones? ¿Venimos de hogares donde hay un espíritu de amor y unidad, donde está presente el espíritu del evangelio? ¿Venimos de verdaderos hogares de Santos de los Últimos Días?
EL HOGAR ES UNA INSTITUCIÓN DIVINA
El Señor ha puesto en cada corazón el deseo de encontrar un compañero o compañera y formar un hogar. La estrecha relación entre esposo y esposa, y entre padres e hijos, se cuenta entre las experiencias más dulces y satisfactorias para el alma en esta vida. El deseo de tener un hogar y una familia es fuerte y natural. ¡Qué gratos recuerdos surgen en nuestro corazón con solo mencionar a la madre, al padre, a los hermanos y hermanas, al hogar y a la familia! Así lo ha dispuesto el Señor. La familia es una institución divina establecida por nuestro Padre Celestial. Es fundamental para la civilización y, en particular, para la civilización cristiana. Establecer un hogar no es solo un privilegio: el matrimonio y el tener, criar y educar debidamente a los hijos constituyen un deber de la mayor importancia.
Para los Santos de los Últimos Días, el primer y gran mandamiento es una realidad solemne, de importancia incomparable. Nadie que sea capaz de cumplir este deber sagrado queda exento, cualquiera que sea su posición en la vida. Dios estableció el matrimonio, el hogar y la familia como parte de Su plan divino para bendecir a Sus hijos. Las bendiciones más ricas y las alegrías más profundas de esta vida y de la venidera están ligadas al cumplimiento de estos deberes sagrados. De hecho, nuestra exaltación misma en el reino celestial está directamente relacionada con la familia y con la naturaleza eterna del convenio matrimonial.
LA EDUCACIÓN DE LOS HIJOS
Hoy hay muchas personas en el mundo cristiano, y posiblemente incluso entre los Santos de los Últimos Días, que consideran cumplido su deber cuando han proporcionado a sus hijos alimento, vivienda, ropa y educación académica, y han acumulado bienes que estos heredarán más adelante. Sin embargo, eso no basta. Según las revelaciones que el Señor ha dado, tampoco es suficiente proporcionarles todo eso y enviarlos, además, a la Escuela Dominical, a la Primaria y a las Asociaciones de Mejoramiento Mutuo. Queda mucho por hacer.
LA OBLIGACIÓN DE LOS PADRES
La Iglesia llevaba muy poco tiempo organizada cuando el Señor habló de la importante obligación que tienen los padres de educar a sus hijos. Permítanme leer unas palabras de Doctrina y Convenios que se citan con frecuencia:
«Y además, si hay padres que tengan hijos en Sion o en cualquiera de sus estacas organizadas, y no les enseñen a comprender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, del bautismo y del don del Espíritu Santo por la imposición de manos, al llegar a la edad de ocho años, el pecado recaerá sobre la cabeza de los padres» (Doctrina y Convenios 68:25).
La obligación de enseñar los principios del evangelio a los jóvenes de Sion recae directamente sobre los padres de la Iglesia. Y el Señor no solo les manda enseñarlos; en esa misma revelación añade:
«Y sus hijos serán bautizados para la remisión de sus pecados a la edad de ocho años, y recibirán la imposición de manos» (Doctrina y Convenios 68:27).
Los padres tienen la obligación de procurar que se efectúen estas ordenanzas sagradas después de haber enseñado debidamente a sus hijos. No es prerrogativa de los padres permitir que sus hijos crezcan y elijan por sí mismos. Su deber y obligación es educarlos mientras son pequeños y procurar que se efectúen estas importantes ordenanzas para ellos.
En esa misma revelación, el Señor indica que los padres son responsables de enseñar a sus hijos a orar. Esto no se refiere únicamente a las oraciones personales. Estoy seguro de que incluye enseñar mediante el ejemplo de la oración familiar. Necesitamos la influencia santificadora que proviene de la devoción en el hogar: de orar como familia. El Señor también indica que deben santificar el día de reposo y ocuparse en sus labores, sin dar lugar a la ociosidad. Habla con mucha claridad acerca de los niños que crecen en la ociosidad:
«Ahora, yo, el Señor, no estoy bien complacido con los habitantes de Sion, porque hay ociosos entre ellos; y sus hijos también están creciendo en la iniquidad; tampoco buscan solícitamente las riquezas de la eternidad, antes sus ojos están llenos de avaricia. Estas cosas no deben ser, y tienen que ser quitadas de entre ellos» (Doctrina y Convenios 68:31–32).
Esta revelación, dada en Ohio poco más de un año después de la organización de la Iglesia, fue llevada por Oliver Cowdery a los santos de Sion por mandato del Señor.
NINGÚN PADRE QUEDA EXENTO DE SUS RESPONSABILIDADES
También encontramos en las revelaciones que el Señor deja muy claro que nadie está exento de la obligación de educar debidamente a sus hijos. Hermanos y hermanas, quisiera que, como padres, pudiéramos merecer el elogio que el Señor hizo al padre Abraham:
«Porque yo lo conozco, que mandará a sus hijos y a su casa después de sí que guarden el camino de Jehová» (Génesis 18:19).
¡Qué glorioso sería si pudiéramos merecer esas palabras de aprobación como esposos y padres, y como esposas y madres en Sion!
En otra revelación, el Señor también deja claro que espera que los hombres que ocupan cargos de liderazgo cumplan este deber sagrado. La obligación no cesa cuando un hombre es llamado como obispo, presidente de estaca o miembro de las Autoridades Generales. Por pesada que sea la carga que se nos pida llevar y por muchas que sean nuestras actividades, esta obligación permanece. En Doctrina y Convenios, el Señor habla del contraste entre dos fuerzas que actúan en el universo: el poder del mal y el poder de la verdad y de la luz.
«La gloria de Dios es la inteligencia, o en otras palabras, luz y verdad. La luz y la verdad desechan a aquel inicuo» (Doctrina y Convenios 93:36–37).
Después señala que:
«…aquel inicuo viene y quita la luz y la verdad, por medio de la desobediencia, de los hijos de los hombres… Mas yo os he mandado criar a vuestros hijos en la luz y la verdad» (Doctrina y Convenios 93:39–40).
Luego se refiere a algunos líderes de la Iglesia. Los llama Sus amigos y los reprende con un espíritu de amistad y amor. Primero habla de Frederick G. Williams, quien recientemente había sido llamado a formar parte del consejo más alto de la Iglesia:
«Pero de cierto te digo, mi siervo Frederick G. Williams, que has permanecido bajo esta condenación; no has enseñado a tus hijos luz y verdad, conforme a los mandamientos… Y ahora te doy un mandamiento: si quieres ser librado, pondrás tu propia casa en orden, porque hay muchas cosas que no están bien en ella» (Doctrina y Convenios 93:41–43).
De Sidney Rigdon dice algo semejante:
«…en algunas cosas no ha guardado los mandamientos en cuanto a sus hijos; por tanto, pon primero en orden tu casa» (Doctrina y Convenios 93:44).
E incluso al profeta José le dice:
«Y ahora, de cierto le digo a José Smith, hijo: No has guardado los mandamientos, y es necesario que seas reprendido ante el Señor; es preciso que tu familia se arrepienta y abandone algunas cosas, y preste más seria atención a tus palabras, o será quitada de su lugar» (Doctrina y Convenios 93:47–48).
El Señor también habla de Newel K. Whitney, un obispo de la Iglesia, y agrega estas palabras, como si quisiera incluirnos a todos:
«Lo que digo a uno lo digo a todos» (Doctrina y Convenios 93:49).
SE INSTITUYE LA NOCHE DE HOGAR
Esta es una obligación seria, hermanos y hermanas. A lo largo de los años, la Primera Presidencia de la Iglesia y otros líderes nos han aconsejado y exhortado en cuanto al sagrado deber de ser padres y de enseñar a los hijos en el hogar. Durante el ministerio del presidente Joseph F. Smith se organizó y anunció en la Iglesia una nueva iniciativa. Se envió una carta a los presidentes de estaca, los obispos y los padres de Sion, de la cual cito lo siguiente:
…Aconsejamos y exhortamos a que se establezca en toda la Iglesia una «Noche de Hogar», durante la cual los padres y las madres puedan reunir a sus hijos en casa y enseñarles la palabra del Señor (The Improvement Era, junio de 1915, pág. 733).
En esa misma carta, la Primera Presidencia hizo a los padres de Israel una de las promesas más grandes que se hayan dado:
Si los santos obedecen este consejo, prometemos que recibirán grandes bendiciones. Aumentarán el amor en el hogar y la obediencia a los padres. Se desarrollará la fe en el corazón de los jóvenes de Israel y adquirirán poder para combatir las malas influencias y las tentaciones que los rodean (ibid., pág. 734).
Poco después, las Asociaciones de Mejoramiento Mutuo, con la aprobación de la Primera Presidencia, adoptaron el lema: «Apoyamos una noche de hogar semanal».
Más adelante, el presidente Heber J. Grant reafirmó las instrucciones anteriores y respaldó oficialmente la celebración de una hora familiar en el hogar como medio eficaz para enseñar el evangelio a nuestros hijos y fortalecer los lazos de amor y afecto entre padres e hijos. Luego, el 4 de enero de 1936, la Primera Presidencia declaró:
Como ayuda para que los padres cumplan esta obligación y este deber sumamente sagrados, se ha establecido… una «Noche de Hogar», durante la cual padres e hijos se reúnen en torno al hogar para compartir momentos sociales y religiosos. En estos días, cuando las reuniones sociales, las fiestas, las cenas, los asuntos de negocios y otras actividades tienden a apartarnos de la convivencia familiar, es muy aconsejable adoptar la Noche de Hogar. Brinda a los padres la oportunidad de conocer mejor a sus hijos, y a los hijos, de conocer y apreciar a sus padres…
Elogiamos a los barrios y estacas que están haciendo esfuerzos especiales para que la vida en el hogar sea lo que debe ser: un refugio de paz donde prevalezcan la fe en Dios, el respeto y la consideración mutuos, y la lealtad a la verdad y a la rectitud (Claude Richards, Home Evening Handbook, págs. 2–3).
RENOVACIÓN DE LA NOCHE DE HOGAR
Durante los últimos meses, el Consejo de los Doce, bajo la dirección de la Primera Presidencia, ha vuelto a considerar las poderosas influencias que tienden a destruir el hogar y debilitar la relación entre padres e hijos. Como resultado, el presidente George F. Richards ha dirigido una carta a los presidentes de estaca y a los obispos en la que recomienda renovar y fortalecer esta iniciativa, establecida muchos años atrás bajo la dirección del presidente Joseph F. Smith.
El Consejo ha solicitado la ayuda del Obispado Presidente, de los dirigentes de las organizaciones auxiliares de la Iglesia y, por supuesto, de los líderes locales del sacerdocio en estacas y barrios. Se ha confiado una responsabilidad importante a la Sociedad de Socorro. Por medio de esta gran organización de mujeres —madres en Israel que desempeñan un papel tan importante en la educación de nuestros hijos— se prepararán materiales para ayudar a los padres. Las maestras de la Sociedad de Socorro y los maestros del barrio llevarán esos materiales a los hogares. También habrá discursos y demostraciones para despertar el interés por esta valiosa iniciativa.
Así pues, hermanos y hermanas, esta mañana les pido que presten atención a esta iniciativa conforme sea puesta en marcha y apoyada por las organizaciones que he mencionado.
No puede haber verdadera felicidad separada del hogar. Allí se encuentran las influencias y las relaciones más dulces de la vida. Por muchas metas materiales que alcancemos y por muchos honores que recibamos de los hombres, no habremos tenido éxito en la vida si fracasamos como padres y madres. Que no tengamos motivos para lamentarnos. Que atendamos los consejos que se nos han dado. Debemos comprender que, aun en esta gran tierra de los Estados Unidos, tan ricamente bendecida como señaló el presidente Smith esta mañana, no puede haber prosperidad ni felicidad duraderas en hogares donde la religión no tiene lugar.
Debemos preservar la integridad del hogar y fortalecer sus fundamentos espirituales. Tenemos que prestar más atención a nuestros hogares; de lo contrario, los resultados nos decepcionarán a todos. Más recreación y más devoción en el hogar producirán una mayor unión familiar.
Esta es una gran obligación. Nuestra felicidad aquí y en la vida venidera está ligada al cumplimiento de esta importante responsabilidad. Hermanos y hermanas, merece que la atendamos y la planifiquemos con oración. Estoy convencido de que recibiremos grandes bendiciones, alegría y satisfacción si seguimos este consejo, así como los demás que nos da la Presidencia de la Iglesia.
Como su humilde siervo, les prometo esta mañana que, si ustedes, los padres de Sion, obedecen este consejo, aumentarán el amor en el hogar y la obediencia a los padres; se desarrollará la fe en el corazón de los jóvenes de Israel, y ellos recibirán poder y fortaleza para combatir las malas influencias y tentaciones que los rodean. Esto es lo que ruego por los hogares de Israel, en el nombre de Jesucristo. Amén.


























