El Sermón del Monte como sermón de ordenación
Presidente Levi Edgar Young
Del Primer Consejo de los Setenta
Los discípulos y misioneros deben vivir y enseñar los principios de Jesucristo.
Esta gran multitud reunida para adorar a nuestro Señor y dar gracias por nuestras bendiciones ofrece una hermosa lección sobre el significado de la vida. Ustedes han venido a esta casa de Dios obedeciendo el llamado. La obediencia nos conduce al conocimiento y al amor de Dios, y entendemos Sus decretos como verdades eternas. Nos renueva la fe y, como dice Sholem Asch:
Es la fe, y no la sabiduría, la que lleva la llave del reino de los cielos.
CONTRIBUCIONES A LA PAZ
Entre las muchas preguntas que nos han pedido responder en el Capitolio estatal, por medio de la Sociedad Histórica del Estado de Utah, hay una que sé que les interesará y que hemos procurado responder debidamente, aunque de forma breve. Es una pregunta de gran importancia:
¿Qué contribución ha hecho La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, junto con las demás iglesias cristianas, para llevar la paz a este mundo ensombrecido?
Mientras escuchamos a las Madres Cantoras de la Sociedad de Socorro, recordamos algo que nos llega desde la antigüedad. En un antiguo código rabínico descubierto recientemente se describen los deberes de las mujeres tal como se enseñaban en la sinagoga. Debían:
Dar de comer al hambriento y de beber al sediento.
Vestir al desnudo y dar refugio a quien no tiene hogar.
Visitar al enfermo, sepultar al muerto y consolar a quien llora.
Sostener a la viuda e instruir al huérfano.
Rescatar al cautivo.
Confeccionar ropa para el huérfano y atender las necesidades de la joven prometida en matrimonio.
Si pensamos que este código tiene muchos cientos de años y se enseñaba en las antiguas sinagogas de Jerusalén, comprendemos cuán elevada ha sido siempre la misión de las mujeres de Dios.
INCERTIDUMBRE EN EL MUNDO CRISTIANO
El mundo cristiano moderno afronta dos situaciones cuya importancia parece comprenderse poco. La primera es la incertidumbre dentro del propio cristianismo, que parece no conocer con claridad sus creencias fundamentales. El mundo cristiano está confundido respecto de lo que enseñó Jesús de Nazaret.
También está el auge del comunismo, una fuerza que ha penetrado entre nosotros más de lo que advertimos.
Ningún movimiento de la historia se ha convertido tan repentinamente en un movimiento mundial. Los sistemas crecen solo en la medida en que atraen a las personas. El comunismo seguirá creciendo hasta que se expongan y enseñen a la gente los fundamentos del cristianismo y estos se lleven a la práctica de manera creadora en la sociedad humana.
Sabemos que el evangelio de Jesucristo es amplio y abarca todos los valores de la religión tal como se manifiestan en la experiencia humana. Purifica y refina: corrige los excesos y rechaza los abusos que, a lo largo de la historia, han corrompido la naturaleza de la religión y obstruido su camino. El evangelio de Jesucristo se distingue claramente por basarse en la revelación y por dar pleno sentido a sus posibilidades. Da el lugar que corresponde a todos los intereses humanos que forman parte de la vida espiritual. Es cierto que el mundo cristiano ha perdido el camino. La razón es que carece del vigor interior necesario para ejercer una influencia decisiva. La religión de Jesucristo requiere revelación: revelación a profetas escogidos, quienes enseñan los principios de la redención de la humanidad. En la doctrina cristiana se encuentran el principio y el poder de la redención.
LOS IDEALES MÁS ELEVADOS DE LIBERTAD
La confianza que tenemos en el gobierno de los Estados Unidos responde a un ideal muy elevado. Para nosotros es una institución sagrada, debido a la guía de Dios que hizo posible su establecimiento. El gobierno de los Estados Unidos surgió de los ideales de libertad para la humanidad más elevados que el mundo había conocido a lo largo de la historia.
Si volvemos a los sencillos comienzos de los fundadores de los Estados Unidos, sabemos que procedían de Inglaterra y de otros países de Europa, y que eran personas de gran calidad. En sus pequeños barcos no trajeron dinero ni mercancías ni grandes fuerzas armadas; llegaron con la religión, el conocimiento y la ley. Desembarcaron en estas costas y los recibió una tierra agreste. Fortalecidos por su fe en Dios y por su heroica paciencia, comenzaron a luchar contra el peligro y las privaciones. A veces los azotaba la enfermedad, pero no desfallecían; cuando llegaba la hambruna, comían raíces con espíritu paciente. Comenzaron por edificar una casa para Dios y después construyeron las suyas. Establecieron la educación y la observancia de una moralidad firme y solemne; luego legislaron sobre asuntos de menor importancia, relacionados con la riqueza y las comodidades. Dedicaron a sus hijos a Dios y, mediante la virtud, al servicio del Estado. Así pusieron sus cimientos. Surgieron aldeas, se construyeron iglesias y universidades y, cada vez más adentro de aquella tierra agreste, se multiplicaron las actividades productivas. La vida cívica y el orden se desarrollaron hasta alcanzar la grandeza de los estados.
En esto se resume también la historia de nuestro propio estado. Utah fue fundado con esperanzas sublimes y con ideales de moralidad pura. La vida espiritual se combinó con la agricultura y con toda clase de trabajo, haciendo que la tierra produjera alimento para el hombre. A todo ello se sumó el aprecio por el aprendizaje. Este estado se asentó sobre la religión, porque esta formaba parte de los principios y sentimientos de la gente. Eso dio forma a nuestra moralidad, a nuestro entusiasmo por el bien común y a nuestra manera inspirada de vivir.
LA OBEDIENCIA A LA LEY ES LIBERTAD
Hay un principio que a menudo se entiende mal: la obediencia. Es un principio que hace feliz la vida y despierta en nosotros la fe en la verdad y en los frutos de hacer lo correcto. En la antigua biblioteca de Worcester, Massachusetts, figuran estas palabras: «La obediencia a la ley es libertad».
Obedecer las leyes que adoptamos para regir nuestra propia conducta —leyes justas y rectas que expresan principios correctos— supone disciplinar el intelecto, sentir vergüenza ante la maldad, respetar a quienes tienen autoridad, mostrar consideración por los pobres y necesitados, venerar lo bueno y compadecerse de los débiles. Esa es la verdadera autodisciplina. Entonces comprendemos lo que significa la libertad. Obedecer las leyes que expresan principios correctos se convierte en un deber religioso y nos conduce a tener fe en los mandamientos de Dios.
Durante cuarenta años, Moisés no había estado solo. El cuidado y la carga de todo el pueblo, el peso de sus aflicciones, su culpa y sus muertes habían recaído continuamente sobre él. En ocasiones sentía que el Señor lo había abandonado, y había orado pidiendo que se le quitara la vida para que Dios no tuviera que ver su desdicha. Luego, cuando terminó la marcha hacia la Tierra Prometida, oyó la voz del Señor:
«Sube a este monte…» (Deuteronomio 32:49).
En su vejez, el largo viaje estaba por concluir y él habría de ver la tierra con la que había soñado. Moisés murió, pero por medio de la obediencia había llegado a conocer la ley perfecta de la libertad.
EL LLAMAMIENTO MISIONAL DE LOS SETENTA
Cada generación escribe su propia historia. No es que el pasado cambie, sino que cambiamos nosotros, y nuestro presente transformado nos abre nuevas perspectivas y plantea nuevas preguntas. El evangelio, tal como fue revelado a los siervos de Dios, permanecerá siempre igual. Ustedes, los setenta, que son los misioneros de la Iglesia, han sido llamados a salir a enseñar al mundo, como lo fueron sus antecesores hace años. El evangelio tiene una misión mundial. Al igual que Pablo, la Iglesia no puede sino exclamar:
«¡Ay de mí si no predicare el evangelio!» (1 Corintios 9:16).
«Soy deudor a los griegos y a los no griegos, a los sabios y a los no sabios» (Romanos 1:14).
Deben dar gratuitamente lo que gratuitamente han recibido (Mateo 10:8). Tienen nobles ideales; se han preparado para pensar y actuar como su Redentor desea que piensen y actúen. Recuerden que son miembros de un cuórum del sacerdocio de Dios y que su organización es una democracia en su forma más pura. Por esta razón, ustedes comprenden el significado de un buen gobierno.
LOS IDEALES DEL SERMÓN DEL MONTE
Cuando Jesús llamó a los Doce y a los Setenta para que salieran a predicar el evangelio, reunió a los discípulos a orillas del mar de Galilea para que escucharan Su «Sermón del Monte», que fue el sermón de ordenación del Maestro. Piensen en lo que se esperaba de los discípulos de Jesús, pues esos mismos ideales se esperan de nosotros. Como misioneros en la actualidad, ¿no podemos imaginar que oímos la voz del Maestro?
Los misioneros salen con un profundo conocimiento de los preceptos de Dios, y es al seguirlos como demuestran su fe en Él. Si creemos en Él, guardaremos Sus mandamientos; y el gran mandamiento es que nos amemos unos a otros. ¡Cuán sencillas son todas estas doctrinas! Son sencillas porque todas las grandes verdades lo son. Fue el profeta Isaías quien escribió:
«Lavaos, limpiaos; quitad la maldad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo. Aprended a hacer lo bueno; buscad la justicia, socorred al oprimido, haced justicia al huérfano, defended a la viuda» (Isaías 1:16–17).
Los preceptos del Sermón del Monte, junto con las palabras de Isaías que nos llaman a dejar de hacer el mal y aprender a hacer el bien —no solo a nuestros hermanos y conciudadanos, sino a toda la humanidad—, guiarán siempre nuestra vida.


























